EL EMPERADOR DE TODOS LOS MALES

Publicado en General el 8 de Abril, 2012, 12:51 por Siddartha Mukherjee

Tópico de Cáncer

Identificada comúnmente como una enfermedad de la vida moderna, el cáncer acompaña y amenaza al hombre desde la Antigüedad. Los intentos por vencerlo conforman, en buena medida, la historia de los progresos (y fracasos) científicos y filosóficos del ser humano frente a la enfermedad. Desde los primeros médicos egipcios y griegos hasta los asépticos laboratorios de la genética, pasando por las operaciones medievales, los quirófanos victorianos, el descubrimiento de la anestesia y los rayos X, el monumental y premiado volumen El emperador de todos los males, del oncólogo Siddartha Mukherjee, es un abordaje sensible e inteligente de la historia de esa enfermedad hoy atravesada por el marketing, los medios, los negocios de los laboratorios, a la que Estados Unidos llegó a declararle la guerra y que recién ahora estamos empezando a comprender. A continuación, una breve historia de esa larga batalla.


 Por Soledad Barruti

“En 2010 unos 600 mil estadounidenses y más de 7 millones de personas en todo el mundo murieron de cáncer. En Estados Unidos, una de cada tres mujeres y uno de cada dos hombres desarrollarán cáncer durante su vida. Una cuarta parte de las muertes estadounidenses, y alrededor del 15 por ciento de todos los fallecimientos en el mundo, se atribuirán a él.” Estos abrumadores números son la puerta de entrada a uno de los éxitos editoriales de 2011. Ganador del Pulitzer y del First Book Award de The Guardian, nominado al National Book Critics Circle Award y Top 10 del año según un abanico crítico tan amplio como el The New York Times, la revista Time y Oprah Winfrey, El emperador de todos los males se presenta nada más y nada menos que como la biografía oficial del cáncer. Escrito de a lapsos de entre 5 y 15 minutos por día (lo que quedaba de tiempo libre a su ahora famosísimo autor, pero entonces respetado y joven oncólogo full time más padre de familia, Siddartha Mukherjee), el libro tiene casi 700 páginas y consiguió contrato cuando su escritura iba más o menos por la mitad. Claro que con el diario del lunes lo primero que uno piensa es que es increíble que los editores no se hayan batido a duelo por publicarlo. Pero lo cierto es que su autor se topó más bien con pensamientos encontrados donde imperaba la cautela. “Las respuestas fueron bipolares. O me decían: ‘Nadie va a leer sobre el cáncer’, o: ‘Cómo puede ser que este libro no haya sido escrito antes’.” En lo que definitivamente acordaban todos era en que el cáncer atemoriza, lo que no hacía más que avivar el entusiasmo de su autor. “Para mí ésa era la respuesta equivocada. Si la gente tiene miedo, es la principal razón para hablar”, dijo enfático mientras redondeaba su ambicioso proyecto.

El Dr. Sidney Farber, confidente y asesor de Mary Lasker, legendaria “hada madrina” de la investigación, que intimó a la nación norteamericana a luchar contra la enfermedad.

BAJO EL SIGNO DEL CANGREJO

¿Dónde empieza la historia del cáncer? ¿Se puede hablar de su nacimiento? Carla, la paciente que da comienzo al relato, no se formula esa pregunta, al menos no de cara al médico que luego va a contar su historia. Carla se pregunta qué tiene y si se va a poder curar. Para ella el comienzo son unas tremendas migrañas, una fatiga irreconocible para su carácter “alegre y entusiasta”. Las dos o tres visitas a médicos que no dieron con ningún diagnóstico. Finalmente, su propio pedido de que le hagan un análisis más profundo. La extracción de sangre y una nueva extracción para confirmar el peor de los pronósticos: leucemia. La segunda de sus preguntas no tendrá respuesta hasta el final del libro. En medio, mientras Mukherjee recorre la historia del cáncer, Carla pasará por la aislación total para someterse a la inmunodepresión gracias a la que soportará el cruento y a la vez esperanzador tratamiento oncológico. Es hacia las últimas páginas de El emperador... cuando el lector se entera de que Carla se cura. Para sorpresa de su propio médico y autor, que esperaba cerrar el libro con la muerte de su paciente, la remisión de Carla se mantiene hasta ahora y su futuro parece de lo más auspicioso. Pero contar el desenlace de la vida de Carla no le quita ni un ápice de intriga al libro. Porque la trama de El emperador... no está centrada en esta maestra jardinera joven (ni en torno de ningún paciente) sino en los científicos que, como piezas de un rompecabezas, fueron armando la silueta de esta enfermedad que por momentos parece tener a la humanidad atenazada.

La empresa de la ciencia es lenta, y la figura que usa Mukherjee para contarla es –una vez más– la de la guerra. Aunque no le gusten las metáforas y cite una y otra vez a Susan Sontag –que en los años ‘70 combatió desde su libro La enfermedad y sus metáforas los estereotipos, las fantasías punitivas y sentimentales alrededor del cáncer–, Mukherjee es médico y trabaja en Estados Unidos, país que oficialmente declaró la guerra no sólo a un sinnúmero de países, sino también a esta enfermedad. Una guerra fría, filosa, de luz blanca, en la que los médicos actúan como generales y héroes que batallan contra un monstruo invasor que se despliega con sus mil y una caras sobre pacientes que son soldados, víctimas, trinchera y campo de batalla.

“Solemos pensar en el cáncer como una enfermedad ‘moderna’ porque sus metáforas lo son, y tanto. Es una enfermedad de la sobreproducción, de crecimiento fulminante: crecimiento imparable, crecimiento inclinado sobre el abismo del descontrol (...) El cáncer es una enfermedad expansionista; invade los tejidos, establece colonias en paisajes hostiles, busca un ‘santuario’ en un órgano y luego migra a otro. Vive desesperada, inventiva, feroz, territorial, astuta y defensivamente; por momentos es como si nos enseñara a sobrevivir. El cáncer explota las características que nos hacen exitosos como especie o como organismo.” Sin embargo, el cáncer aparece por primera vez en la Antigüedad, en un papiro egipcio. Es el propio Imhotep el que escribe sobre “un fruto sanguíneo no maduro, duro y frío al tacto” y él, que siempre tenía un método de cura, frente al tumor se queda mudo. “Cura: no hay ninguna”, sentencia.

De aquella era, Mukherjee cuenta también sobre los cadáveres momificados que conservan sus tumores malignos como un misterio a salvo del paso del tiempo.

Recién dos mil años después aparece un nuevo registro de la enfermedad: en el 440 a.C., Atosa, reina de Persia, sintió la presencia de un bulto sangrante en el pecho. Sumida en una aislación autoinfligida, sin querer recibir tratamiento alguno, se rindió a su padecer. Hasta que un esclavo, Democedes, la convenció de que podría extirpárselo. Nadie sabe cómo resultó esa primera mastectomía, pero sí que cuarenta años después la enfermedad de Atosa aparece nombrada por primera vez. “Bautizar una enfermedad es describir cierto estado de sufrimiento: un acto literario antes que un acto médico”, dice Mukherjee. El racimo de vasos inflamados en torno del tumor fue la viva imagen de un cangrejo desparramado en la arena para Hipócrates: de ahí su nombre karkinos, cangrejo en griego. Luego, ese nombre se cruzaría con otro término que lo completa: onkos, que describe “una carga o, más comúnmente, un peso llevado por el cuerpo”.

Los griegos entendían que el cáncer era el desequilibrio de alguno de los cuatro fluidos que circulaban por dentro. Había rojo, amarillo, blanco y negro. En el 160 d. C., Claudio Galeno reservaba este último al cáncer. “Galeno sostenía que el cáncer era bilis negra ‘atrapada’, esto es bilis estática incapaz de escapar de un lugar y, con ello, coagulada en una masa apelmazada.” Después de nombrarlo, Hipócrates aseguró que era mejor no tratar el cáncer. Galeno, por su parte, creía que era inútil, que “la bilis negra estaba por doquier”. Tintura de plomo, colmillos de jabalí, pulmones de zorro o la compresión de un tumor con planchas eran algunas de las recetas preferibles a entregarse a la descarnada cirugía que se practicaba entonces.

La página publicada en 1969 en la revista Time que le hablaba directamente al presidente: “Sr. Nixon: usted puede vencer al cáncer”. América necesitaba una guerra más fácil que Vietnam y conquistar el espacio interior como se había conquistado el exterior con la llegada a la Luna.

BREVE HISTORIA DE UNA LARGA LUCHA

Fue a partir de la primera autopsia que las teorías de Galeno empezaron a desplomarse. No había bilis negra sino un organismo por descubrir. El estudio de la anatomía retomó la idea de la ablación quirúrgica del cáncer inaugurando toda una etapa tan prolífica como sanguinaria, recién paliada por el descubrimiento de la anestesia, en 1846. “La anestesia y la antisepsia fueron avances tecnológicos aunados que liberaron a la cirugía de su crisálida medieval. Armados de éter y jabón carbónico, una nueva generación de cirujanos acometió los procedimientos anatómicos terriblemente complejos”. Los aventurados primeros oncólogos lograban quitar algunos tumores del cuerpo, pero no lograban evitar que el cáncer volviera a crecer tarde o temprano. Una y otra vez “volvían a la mesa de operaciones y cortaban, como si estuvieran atrapados en un juego del gato y el ratón, mientras el cáncer horadaba el cuerpo humano pedazo a pedazo”.

El encarnizamiento terapéutico para acabar con el maligno cangrejo tuvo su máximo exponente en William Halsted: un médico cocainómano que hacia fines del 1800 inventó la mastectomía radical. Vaciar lo más posible el cuerpo de las mujeres (quitaba glándulas, músculos, incluso huesos de las costillas) con el fin de lograr remisiones totales y, en muchos casos, donde no era necesario operar, con la siniestra intensión de doblegar su carácter.

Las cirugías eran todo un espectáculo. El 1900 inaugura la época de los médicos celebrities “rebozantes de confianza” que operaban para deleite de testigos tan privilegiados como intrigadísimos. “El quirófano era para ellos un teatro de operaciones y la cirugía, una actuación elaborada, a menudo presenciada por un público silencioso que miraba desde una claraboya situada encima del teatro.” Deslumbrados por su propio brillo, ni siquiera podían ver todavía el fracaso que escondía la brutal operación. Es que no importaba cuánto quitaran, el cáncer volvía o ya estaba esperando, agazapado, en algún otro órgano.

Para la misma época, en un escenario diferente, una serie de casualidades dieron los descubrimientos de los rayos X, el radio y finalmente, eureka, la loca idea de que esta nueva forma de energía tal vez sirviera para todo esto. Fue un joven de veintiún años, Emil Grubbe, quien a puro instinto hizo la primera prueba exitosa: “Grubbe comenzó a bombardear con radiación a Rose Lee, una mujer mayor afectada con cáncer de mama, por medio de un tubo improvisado de rayos X (...) La irradió durante 18 días. Aunque doloroso, el tratamiento tuvo algún éxito”. Gruebbe enseguida siguió con otras pacientes, todas con el mismo resultado: los tumores se reducían. A comienzos del siglo XX “había nacido una nueva rama de la medicina del cáncer, la oncología radioterápica”.

Pero la nueva cura tenía dos problemas. La primera era que la radiación en sí misma producía cáncer (y sus víctimas más notorias fueron la propia Marie Curie y el joven inspirado Grubbe). La segunda, que tampoco era eficaz con las metástasis. “El cáncer, aun cuando comience localmente, espera de manera inevitable para salir de su confinamiento.”

Escapar de la encrucijada de elegir entre “el rayo caliente o el cuchillo frío” requirió de una nueva herramienta –o arma, para volver al lenguaje de guerra que subyace detrás de este relato–. Un veneno específico y sistémico para el cáncer.

El descubrimiento de la quimioterapia encuentra sus raíces a fines del siglo XIX en las fábricas textiles, que explotaban el uso de químicos y tinturas. ¿Qué reacción tiene un colorante sobre una célula?, se preguntaba el médico alemán y Nobel de 1908 Paul Ehrlich. Tinturas químicas para atacar microbacterias era lo que probaba cuando descubrió sustancias que las destrozaban. La idea de encontrar una sustancia como ésa que, cual “bala mágica”, destruyera el cáncer obsesionó por años no sólo a Ehrlich sino a quienes siguieron sus pasos. Pero la similitud entre las células cancerosas y las normales no hacían nada fácil la tarea. La investigación recién dio sus frutos cuando el conocimiento químico y molecular se volvió más profundo, alrededor de los años ‘50.

Hasta acá más o menos el racconto de los hechos, que nos lleva a las prácticas actuales que se utilizan para curar el cáncer. Faltaba que la ciencia ahondara en la genética para comprender la complejidad de la enfermedad ante la que se enfrentaba. En ese camino, los científicos irían virando hasta conformar su propio establishment, los pacientes se convertirían en seres de derechos con sus propios reclamos, y la curación sería no sólo un anhelo sino también un negoción multimillonario que, como todos, o, tal vez, más que ningún otro, puede representar los más turbios intereses por sobre cualquier otro propósito.

Imhotep, el médico del Antiguo Egipto que menciona por primera vez, entre los papiros conocidos, el cáncer. Escribe sobre “un fruto sanguíneo no maduro, duro y frío al tacto”, y, él, que siempre tenía un método de cura, frente al tumor se queda mudo. “Cura: no hay ninguna”, sentencia.

JUNTANDO FONDOS PARA LA SILENCIOSA GUERRA MUNDIAL

La primera vez que apareció una gran cantidad de dinero asociada al cáncer fue en 1927. Alertados ya por el aumento de enfermos, el senador Matthew Nelly le pidió al Congreso que ofreciera una suma de cinco millones de dólares “por cualquier información que condujera a la detención del cáncer humano”. Claro que la absurda propuesta, digna del Lejano Oeste, no tuvo ninguna respuesta seria, pero fue el puntapié para que en 1937 el país lanzara un “ataque nacional contra el cáncer”. Así, ese mismo año el presidente Roosevelt promulgó la ley de creación del Instituto Nacional del Cáncer para coordinar la investigación y la educación sobre el tema. Los médicos se pusieron a trabajar con entusiasmo, pero la propuesta se topó enseguida con un límite feroz: la guerra real que los alemanes declaraban al mundo unos meses después truncó esa primera abatida conjunta. Si bien la empresa bélica y sus descubrimientos terminarían nutriendo la lucha contra el cáncer, para los médicos ése fue un duro golpe que se sumaba al achique que ya habían experimentado cuando, en la Primera Guerra, las empresas químicas dejaron de desarrollar remedios para pasar a crear venenos para el enemigo.

Por otro lado, no sólo la Segunda Guerra desplazaba los intereses. Con el descubrimiento de las vacunas y los antibióticos la gente se enfermaba menos. La ciencia había logrado que en treinta años la esperanza de vida trepara de 47 a 68 años. Entre 1945 y 1960 se construyeron en Estados Unidos casi mil hospitales y, ostentando salud, florecía “una joven generación que soñaba con una existencia libre de la muerte y de las enfermedades y arrullada por la idea de perdurabilidad de la vida, se lanzaba al consumo de bienes durables”. Sin embargo, en las sombras y en silencio “a diferencia de las demás enfermedades, el cáncer se había negado a participar de esta marcha del progreso”.

En el mundo de posguerra, entonces, el cáncer aparecería y desaparecería de la primera plana de los medios que despiertan la atención pública. Si había guerra, conflictos económicos, si mataban presidentes, o había que acunar el progreso como la llegada de Dios, el cáncer parecía perder interés público. (Lo que no significaba que no hubieran descubrimientos. Si la utilización de drogas específicas para el cáncer prosperó después de la Segunda Guerra Mundial, por ejemplo, se debió a que a raíz de un accidente con gas mostaza se creó una unidad encubierta llamada Unidad de Guerra Química para estudiar esos compuestos tóxicos y sus posibles utilidades. El resultado fue el avance más grande contra un tipo de leucemia jamás logrado, “sellando la vinculación entre la guerra química de los campos de batalla y la guerra química del cuerpo”). Pero a primera vista, así como en la guerra muchos científicos dejaban a los pacientes para idear bombas y otras armas letales, en épocas de bonanza nadie quería seguir escuchando hablar de nada terminal.

Para tener continuidad en esos avatares de la coyuntura mundial, la investigación médica debería aggionarse. Es decir, sumar las ideas que bullían en otros barrios, como el de la publicidad y el marketing. Los médicos necesitaban volverse políticos que manejaran fondos. Fue Sidney Farber, un prolífico estudioso de la enfermedad y hasta entonces outsider que hacía sus valiosas pruebas ocupando escritorios vacíos y huecos de escaleras, quien labraría esa relación.

Era una época propicia para la caridad. Los grupos de la alta sociedad como el Variety Club de Nueva Inglaterra empezaban a “mostrar” conciencia social y el público no hacía más que agradecer y aplaudir de pie el melodrama. El Variety Club ya había adoptado una niña huérfana cuando, en su búsqueda por entidades a las que beneficiar, se acercaron al hospital de niños y conocieron a Farber. Juntos crearon el fondo para la investigación del cáncer infantil. Y enseguida se lanzaron al propósito principal: conseguir fondos. La primera propuesta fue organizar una rifa. Obtuvieron casi 50 mil dólares. Mucho. Pero no tanto como esperaban.

“Entendieron que necesitaban un niño como emblema, como gancho para atraer al público.” Algo que no era tarea fácil. “Las salas estaban ocupadas por pacientes en lamentables condiciones, deshidratados y con náuseas a causa de la quimioterapia, niños casi incapaces de mantenerse erguidos.” Había un solo chico, que no tenía leucemia sino un linfoma poco común y un nombre poco común: Einar Gustafson.

La conversión de Einar en el símbolo del niño con cáncer es todo un signo de época. Médico y mecenas le cambiaron el nombre a Jimmy, lo hicieron hablar por la radio y en medio de la transmisión, después de que Einar declarara que su deporte preferido era el béisbol, los jugadores de su equipo favorito entraron a su habitación para cantar con él el himno del juego en vivo, partiendo el corazón de los conductores, de la audiencia, de todo un país que lloraba al ritmo de “llévame al partido de béisbol, llévame con la multitud, cómprame cacahuate”. “Poco se dijo del cáncer del niño: innombrable, la enfermedad acechaba en la sombra como un espectro. (...) Pero aun antes de que los Bravers se hubieran ido, se había formado una fila de donantes frente a la entrada principal del hospital infantil.” La campaña contra el cáncer, al igual que la política, necesitaba “íconos, mascotas, imágenes, consignas; tanto las estrategias de la publicidad como las herramientas de la ciencia”.

Enseguida, los cuartos de hospital se llenaron de dibujitos (“era Disneyworld mezclado con Cancerlandia”), pero la idea recién prosperó realmente cuando Farber y sus benefactores encontraron un hada madrina. Mary Woodward Lasker, una multimillonaria neoyorquina “cuya misión era transformar la geografía de la salud estadounidense mediante la creación de grupos, la presión y la acción política” mientras “almorzaba con los Rockefeller, bailaba con los Truman y cenaba con los Kennedy”.

Con ella nació la Sociedad Estadounidense del Cáncer (que sería seguida por un montón de fundaciones y asociaciones). De su mano las donaciones no paraban de crecer, se comenzó a usar la palabra “cruzada” para la lucha y en el campo de la medicina, los recursos abundaban. Los experimentos, como combinar rayos con quimioterapia para tratar metástasis, daban sus frutos. Hacia 1958, Farber logró que por primera vez un tumor sólido metástico respondiera al tratamiento. Se sintetizaron más drogas y sustancias, se describieron varios tipos de cánceres diferentes y así, entre cocktails y cocktails, había quienes se permitían celebrar esas primeras ganancias.

Einar Gustavson, un paciente del Dr. Farber, convertido durante la postguerra en emblema de la lucha contra el cáncer por el aristocrático Variety Club de Nueva Inglaterra, que lo rebautizó “Jimmy” y lo hizo parte de una campaña junto a su equipo de béisbol favorito para juntar fondos destinados a investigación.

LA NUEVA GUERRA AMERICANA

Claro que la lucha química tenía su contracara tan salvaje como la quirúrgica. Con el avance de la quimioterapia, el límite entre lo que cura y lo que mata se fue volviendo cada vez más difuso. Sin idea de pacientes con derechos, las personas parecían muchas veces las meras portadoras de su acérrimo enemigo. Muertos por infecciones, por nuevos cánceres, por náuseas feroces que derribaban a las personas como patadas en el estómago, la idea de que cualquier cosa parecía mejor que morir de cáncer era llevada al extremo. La fórmula cargaba con la convicción de que si se salvaba una vida mejor, pero lo importante era salvar a la humanidad. La presión estaba puesta sobre todos: políticos, médicos y pacientes. Así, una vez más el cáncer dejaba de ser un murmullo y saltaba con vehemencia a las tapas de los diarios, volviéndose La Enfermedad de la época. La Gran Bomba –escribió una columnista del The New York Times– era reemplazada por La Gran C. En 1969 la revista Time sacaba un artículo instando al presidente: “Señor Nixon: usted puede curar el cáncer”. Sólo faltaba voluntad y, siempre, más dinero; después de todo, parecía mucho más abordable que el fin de la guerra de Vietnam. Además, si el hombre podía llegar a la Luna, no podía ser tan complejo llegar a la gran cura universal (dominar el espacio interior así como habían hecho con el exterior): “Las guerras demandan una definición clara del enemigo. De modo que el cáncer, una enfermedad polimorfa de colosal diversidad, se reformuló como una entidad monolítica. Era una enfermedad”. O más bien, La Enfermedad.

Ahora, si bien había ciertos avances en los tratamientos, nada –o casi nada– se sabía todavía del cáncer en sí. ¿Qué lo generaba exactamente? ¿Por qué su comportamiento era tan anárquico, tan feroz? La idea de indagar en la causa era igual de importante para la cura como para la posibilidad de prevención. Y esas preguntas todavía sin respuesta llamaban al repliegue en los laboratorios. Con el antecedente de que en 1911 el médico norteamericano y también Nobel Peyton Rous había encontrado un virus que provocaba un extraño sarcoma, importantes científicos se abocaron a investigar exhaustivamente todos los tipos de virus y bacterias que pudieran, avivando sin querer una fantasía que sobrevoló desde siempre: la idea de que el cáncer se podía transmitir, como una gripe.

Por fortuna, en paralelo, el descubrimiento de que factores ambientales como el hollín o el radio podían hacer mutar las células que luego devendrían en cáncer empezaban a ahuyentar esas ideas de contagio. Hacia 1960, con el cáncer de pulmón como epidemia, se comenzaron a establecer los claros vínculos entre el hábito con más pregnancia de las sociedades modernas y la enfermedad. El primer carcinógeno irrefutable salió a la luz a mediados de esa década, pero sus víctimas seguirían (siguen) cayendo mucho tiempo después de que las primeras leyendas de alerta aparecieran en las cajas de Marlboro.

La detección de los carcinógenos avanzó en la idea de prevención. “Nómbreme cinco cosas que debería hacer para no contraer cáncer”, le pidió una periodista de The Guardian a Mukherjee. “No fume, no fume, no fume, no fume y no fume”, respondió él. Si los médicos blanden desde hace cincuenta años con tanta furia la campaña antitabaco, es porque desde el comienzo entienden que hacer desaparecer el resto de los carcinógenos nos llevaría a modificar el sistema en el que vivimos integralmente. El mismo Mukherjee lo dice en su libro: “Somos simios químicos: tras descubrir la capacidad de extraer, purificar y hacer reaccionar moléculas para producir nuevas moléculas hemos empezado a hilar un nuevo universo químico a nuestro alrededor. Así, nuestros cuerpos, nuestras células, nuestros genes, se sumergen y vuelven a sumergirse en un cambiante mundo de moléculas: pesticidas, drogas farmacéuticas, plásticos, cosméticos, estrógenos, alimentos, hormonas. Alguna de ellas serán inevitablemente carcinógenas. Pero no podemos hacer que ese mundo desaparezca”.

Más allá de que en torno del cáncer el número de enfermos siempre ha ido en ascenso, la posibilidad de detectarlo antes de que fuera irreversible y los diferentes tratamientos que se iban aplicando hicieron que la sobrevida ante algunas formas malignas fuera cada vez mayor. Las conquistas de esos años (el papanicolaou y la mamografía, por ejemplo, marcarían un antes y un después en la historia del cáncer de cuello de útero y de mama) se completan con la especificidad en las estrategias terapéuticas que traerían los ’70, cuando el estudio de las hormonas logró llegar al descubrimiento de drogas como el tamoxifeno que, junto con la cirugía, la radiación y la quimioterapia adyuvante (la que se administra como complemento para disminuir la posibilidad de reincidencia), generaron progresos muy significativos en algunos cánceres de mama, logrando aumentar la sobrevida de una paciente de 17 a 30 años.

LOS OSCUROS ’80

Ahora bien, si el objetivo era la erradicación del mal, esos avances no eran más que consuelo de pocos. Los ’80 fue la hora más oscura de la quimioterapia, dice Mukherjee. “Fue una época extraordinariamente cruel, que mezcló promesas con decepción y aguante con desesperación.” No sólo por las pruebas de resistencia tóxica que se hacía sobre los pacientes, sino porque venía de la mano con otra ola de presión social y política surgida a la vera del avance de otra enfermedad masiva: el sida.

Eran los mismos pacientes los que pedían que aprobaran las drogas sin tanta prueba, que la medicina avanzara. “Los pacientes habían perdido la paciencia. No querían ensayos, querían drogas y curas.” Pero el rótulo de experimental no sólo era una precaución médica que se alzaba para evitar dañar personas. Con la medicina cada vez más privatizada, una vez superada la etapa experimental (en la que los pacientes podían comprar los remedios), las prepagas tenían que suministrarlos en forma gratuita, obstaculizando un negocio que de 1970 a 1990 alcanzó los tres mil millones de dólares y que hoy es un entramado de cifras incalculables que despierta las peores sospechas.

“El cáncer moderno es un gran negocio y sus drogas son el cash del futuro de las grandes droguerías. El costo del desarrollo de fármacos claramente valdría la pena si prometieran curas o remisiones. Pero la gran mayoría logra resultados mucho más modestos. Por ejemplo, la droga llamada Tarceva extiende la vida de pacientes con cáncer de páncreas por solo doce días y cuesta veintiséis mil dólares”, escribió Steven Shapin para el The New Yorker en su reseña sobre el libro.

Ese medio no fue el único en señalar que el relato épico de Mukherjee es justamente, a veces, demasiado épico. La omisión casi total del manejo de los laboratorios, la exposición de un único caso de engaño público realizado por un médico sospechosamente no norteamericano (un sudafricano que fraguó resultados para promocionar su método para el autotransplante de médula ósea), el escaso espacio que da a otros cancerígenos que no sean el tabaco, dejan un tendal de dudas, no tanto por lo que cuenta sino por las porciones del presente que deja sin contar. El libro es un relato completo y apasionante, por momentos bastante complejo también, de la parte de la historia que Mukherjee quiso contar: un viaje de casi treinta siglos que recorren no sólo cómo se fue encendiendo la luz alrededor del cáncer, sino la relación científica y filosófica del hombre con esa enfermedad.

El emperador de todos los males. Una biografía del cáncer Siddhartha Mukherjee Taurus 640 páginas

NUESTRO LADO INMORTAL

En los últimos años, la lucha contra el cáncer tuvo un fuerte avance. En ese sentido, la elección de una paciente como Carla –aparentemente terminal, que confiesa que el cáncer se ha convertido en su vida, pero que aun así logra salvarse– puede oficiar de un nuevo símbolo de época. Hay cánceres totalmente curables y remisiones que duran toda la vida.

El descubrimiento del comportamiento genético de la enfermedad (el hallazgo más contemporáneo) fue fundamental para el descubrimiento de nuevas drogas específicas. “La célula cancerosa es una versión distorsionada de nuestro ser normal –explica Mukherjee–. El cáncer está cosido a nuestro genoma. Los oncogenes surgen de mutaciones de genes esenciales que regulan el crecimiento de las células. Las mutaciones se acumulan en ellos cuando los carcinógenos dañan el ADN, pero también a partir de errores aparentemente azarosos en sus copias cuando las células se dividen. El primer aspecto podría prevenirse, pero el segundo es endógeno. El cáncer es un defecto de nuestro crecimiento, pero ese defecto está profundamente arraigado en nosotros. Sólo podremos librarnos del cáncer cuando podamos librarnos de los procesos de nuestra fisiología que dependen del crecimiento: envejecimiento, regeneración, curación, reproducción. (...) Desde un punto de vista conceptual, la batalla contra el cáncer lleva la idea de la tecnología hasta su límite último, porque el objeto sobre el que se interviene es nuestro genoma.”

El cáncer es poderoso, tanto que en el laboratorio el propio Mukherjee trabaja con células cancerígenas totalmente en actividad de una paciente que murió hace treinta años. “Uno de los ejemplos más provocativos del comportamiento de una célula cancerosa es su inmortalidad (...). El cáncer trata de una manera muy literal de emular un órgano que se regenera, o tal vez –una posibilidad mucho más perturbadora– a un organismo que se regenera. Su búsqueda de la inmortalidad refleja la nuestra.” Ahora bien, Mukherjee también sabe que “toda biografía debe también afrontar la muerte de su biografiado”. La muerte de algo inmortal que vive en no-sotros: un oxímoron tan despiadado como la misma enfermedad. Así, la idea de este médico que refleja la de toda la campaña de una nueva generación de médicos que libera una lucha renovada es dedicar su ciencia a que esa muerte no ocurra antes de la vejez. “Tal vez el cáncer defina el límite exterior intrínseco de nuestra supervivencia. Cuando nuestras células se dividen y nuestro cuerpo envejece, y las mutaciones se acumulan inexorablemente unas sobre otras, el cáncer bien podría ser el término final en nuestro desarrollo como organismos. Sería una victoria sobre nuestra inevitabilidad: una victoria sobre nuestro genoma.”

LA ENERGIA NUCLEAR

Publicado en General el 5 de Mayo, 2011, 7:54 por feyerabend
LA ENERGIA NUCLEAR, UN DILEMA QUE NOS COMPROMETE A TODOS

Las múltiples caras de Chernobyl



Por Jorge Forno

Las abuelas empapadas en saber popular y las conspicuas Leyes de Murphy nos recuerdan que si algo puede salir mal, saldrá mal. Pero parece que algunos dirigentes soviéticos no escuchaban a sus abuelas ni leían grotescos compilados de máximas capitalistas, por lo que desconocían estas reglas vigentes para casi todo tipo de asuntos, desde los más pueriles hasta los más complejos, y en materia nuclear jugaron con fuego para mantener el abastecimiento energético de la inmensa Unión Soviética. En abril de 1986, la central nuclear de Chernobyl, en territorio de la por entonces República Socialista Soviética de Ucrania, fue escenario de un accidente originado en una desafortunada combinación de ingredientes que incluían a un reactor emplazado en una central nuclear de muy dudosa calidad y casi nula seguridad, la impericia o negligencia de sus operadores, y, luego de detectado el siniestro, la falta de un plan de contingencia adecuado.

Demasiados desatinos para un país que había sido pionero en el desarrollo tecnológico. Así como son recordados sus éxitos espaciales, la URSS también vivió tiempos de gloria en cuestiones nucleoeléctricas. En 1954 había puesto en marcha el primer reactor destinado a la producción de energía de origen nuclear en la ciudad de Obninsk, concebida además como la primera ciudad científica del mundo. Como casi todo hito de la Guerra Fría que se precie, el acontecimiento fue objeto de profusa difusión por parte de los soviéticos, aunque ha sido discutido por Occidente. Para el bloque capitalista, el reactor inglés de Calder Hall, puesto en funcionamiento en 1956, se llevaba los laureles por ser el primer reactor hecho y derecho, capaz de producir energía eléctrica en una escala mucho mayor al de Obninsk.

EL REACTOR DE TIPO SOVIETICO

La Unión Soviética era un conglomerado de repúblicas de asombrosa extensión territorial, que atravesaba dos continentes. Mientras sus ciudades más pobladas y la mayor parte de su producción industrial se ubicaban en el sector europeo, sus reservas de gas, petróleo y carbón se encontraban en las regiones más alejadas de Europa o en Asia. Su abastecimiento energético resultaba muy problemático y costoso. Era necesario construir gasoductos de miles de kilómetros atravesando regiones climática y geográficamente poco amigables y sobrecargar la infraestructura de transporte para utilizar las generosas pero alejadas reservas de combustibles fósiles. La posibilidad de echar mano al recurso nuclear –que requiere poco volumen de combustible para generar grandes cantidades de energía– se convertía, por ello, en una opción muy considerable.

En el sitio web de la Agencia Internacional de Energía Atómica (IAEA) es posible encontrar documentos escritos en los años previos al accidente de Chernobyl. Allí los especialistas soviéticos defendían a capa y espada su programa de producción de energía nuclear. El producto estrella del programa era el reactor de tipo canal refrigerado por agua ligera y moderado por grafito (RBMK), orgullosamente bautizado como el Reactor de Tipo Soviético y heredero del mismo principio tecnológico de aquella central pionera de Obninsk. Los documentos resaltaban las ventajas de estos generadores, en cuanto a requerimientos de fabricación, sencillez, operabilidad y facilidad de montaje. La sugerencia de los especialistas era inundar la URSS de estos reactores baratos y de construcción rápida, que proporcionaban energía a un costo más que tentador y que eran capaces de trabajar siempre a destajo, aun durante el proceso de carga de combustible.

LA OTRA CARA DEL RBMK

Pero algunas de las supuestas ventajas del RBMK escondían increíbles fallas de seguridad que quedaron al desnudo en el accidente de la central de Chernobyl, ocurrido en la madrugada del 26 de abril de 1986. Según transcendió, todo comenzó cuando se intentaba realizar un experimento muy riesgoso: bajar drásticamente la potencia del reactor, diseñado para trabajar siempre al ciento por ciento y así aportar su grano de arena a la energéticamente voraz industria soviética. Esto ocasionó la descompensación del reactor a los pocos segundos, generándose una burbuja de hidrógeno que se combinó con el oxígeno para formar agua en una reacción explosiva (no fue una explosión nuclear sino de vapor que arrastró elementos radioactivos). En el RBMK, la sencillez de su construcción ocultaba la falta de un sistema de protección lo suficientemente robusto para soportar presiones elevadas, por lo que el techo del reactor voló por los aires desparramando una galería de partículas radiactivas. Como si fuera poco, el grafito usado como moderador –elemento que absorbe los neutrones para controlar la reacción en el núcleo– es también altamente inflamable y rápidamente se prendió fuego. El humo del incendio propagó los radionucleidos expulsados por la explosión de la planta a una vasta región de la URSS y de Europa. Los primeros indicios del accidente llegaron al mundo occidental tres días después, cuando se detectaron partículas radiactivas en la región escandinava. Eran tiempos en que el temor nuclear estaba muy presente, pero no tanto por las centrales nucleoeléctricas sino más bien por la amenaza que representaban los portentosos misiles de gran alcance que apuntaban a las ciudades más importantes de Europa y Norteamérica. La Unión Soviética debió admitir lo ocurrido cuando los reportes de radiación y las elocuentes imágenes satelitales daban la vuelta al mundo. Los habitantes de Prypyat, ciudad vecina a la zona de la explosión, fueron reubicados en sitios considerados seguros. La evacuación se extendió luego a un radio de casi 40 kilómetros e incluyó al ganado.

CIFRAS DE TODO TIPO

Inicialmente se reportaron 31 muertes por enfermedad de radiación aguda, en especial entre los bomberos que acudieron en los primeros momentos a combatir el siniestro sin saber exactamente a qué se enfrentaban. Una gran cantidad de trabajadores se expusieron a niveles muy elevados de radiación en la construcción del famoso sarcófago, erigido en forma urgente tras la tragedia. El sarcófago es un cajón de concreto y acero que hace de escudo contra la radiación y fue pensado para durar 25 años, por lo que actualmente está siendo reforzado por la construcción de una nueva estructura.

Estimar el número de víctimas en un asunto tan sensible no es tarea simple. Las cifras siempre aparecen teñidas de controversias de tinte político, social y económico. ¿Cómo determinar fehacientemente las causas de muerte directa o indirectamente relacionadas con el accidente nuclear? La falta de un consenso hace que se arrojen todo tipo de cifras. Algunos miden las muertes por decenas. Otros, basándose en datos epidemiológicos indican que hasta 2006 hubo aproximadamente 1800 casos bien documentados de cáncer tiroideo por absorción de yodo radiactivo en altas dosis, y finalmente hay quienes las estiman en millones.

Algunos medios, por sensacionalismo o ingenuidad, colaboraron para que la confusión sobre los efectos de Chernobyl sea mayor. Basta bucear por internet para toparse con historias de mutantes de toda laya: desde perros ciegos que olfatean la radiación hasta gallinas de dos metros de altura tan evolutivamente veloces que se denunciaron como aparecidas dos días después de la explosión. En medios pretendidamente más serios, cada tanto se repiten documentales mostrando casos puntuales de niños con leucemia o malformaciones nacidos en las regiones afectadas, que luego son extrapolados ligeramente hasta alcanzar cifras del orden de los millones. O sobrevivientes que requieren tratamientos médicos que pueden obedecer a una multitud de causas, pero que sistemáticamente se atribuyen a la radiación, un fantasma silencioso, invisible y muy taquillero.

La comunidad internacional, y especialmente los países europeos han brindado ayuda económica para solventar los costos de descontaminación, gastos médicos y pago de indemnizaciones a la población en la región afectada. Y en la zona de Prypiat, una ciudad hasta hoy desierta, comienza a promocionarse una especie de “turismo radiactivo” sólo apto para espíritus aventureros.

DE FUKUSHIMA EN ADELANTE

Veniticinco años después, los grupos antinucleares y la prensa catastrofista se encontraron con el accidente de la planta nuclear de Fukushima en Japón, una remake del accidente de Chernobyl. El árbol nuclear tapó al bosque, en este caso un colosal terremoto seguido de un gigantesco tsunami que dejaron un tendal de muertos y daños materiales. La discusión se centró en la totalidad de la energía nuclear y no en un modelo de central como la de Fukushima, que estaba en revisión desde hacía varios años. Y que resistió bastante bien el fortísimo terremoto, pero sucumbió cuando el sistema de enfriamiento se quedó sin fuente energética alternativa –barrida por el violento maremoto– abandonando a su suerte no sólo a los reactores, sino a barras de combustible nuclear en desuso, depositadas en la central.

Fukushima no es Chernobyl. En este caso, el retaceo informativo provino de la empresa operadora de la planta, pero el gobierno japonés actuó rápidamente ante la contingencia. Sea como fuere, Fukushima renueva la polémica por el uso de esta fuente de energía, criticada por algunos ecologistas y defendida por otros. Tal es el caso de James Lovelock –un gurú de la guerra contra el cambio climático– que en un artículo publicado en 2004 señaló que la utilización de los combustibles nucleares es menos contaminante en términos planetarios que otras formas de energía convencionales. Según expresaba Loverlock, la generación nucleoeléctrica constituye la única manera de detener en el corto plazo el cambio climático, ya no hay tiempo para desarrollar otras fuentes renovables a gran escala.

Como la vida misma, ninguna fuente de energía está exenta de riesgos. Chernobyl y Fukushima nos enseñan que la falta de información –provenga de un Estado socialista o de una empresa capitalista– o la información falsa, conspiran contra la participación ciudadana y la posibilidad de tomar decisiones adecuadas para minimizarlos.

TEORÍA DE LA EVOLUCIÓN

Publicado en General el 2 de Abril, 2011, 6:40 por feyerabend

Vamos mutando despacio

De la mano de los avances de la tecnología y el estudio de los genes, la Teoría de la Evolución sigue galopando a paso firme junto a Darwin. El Jinete Hipotético, convertido en mosca de la fruta para la ocasión, se interna en las investigaciones actuales para conocer el estado de la cuestión.


 Por Leonardo Moledo

Cuénteme qué es lo que hace.

–Nosotros estudiamos la genética de la adaptación y la genética del origen de las nuevas especies, y usamos como modelo la drosophila. Somos algo así como señores de las moscas.

–¿Qué quiere decir adaptación?

–Bueno, es una palabra muy compleja y mal entendida. Una característica adaptativa es aquella que le permite a un organismo vivir y reproducirse en su ambiente. Esos son los dos componentes básicos de la selección natural: la supervivencia y la reproducción. Ambas cosas van juntas, porque obviamente un bicho que vive más tiempo tiene mayores posibilidades de reproducirse. La evolución adaptativa es una consecuencia de la selección natural. Es decir: se va seleccionando lo más adaptado. Por eso son dos conceptos que van de la mano.

–¿Y qué quiere decir genética de la adaptación?

–Le pongo un ejemplo: en muchas especies, el tamaño del cuerpo es una característica adaptativa.

–Depende dónde y cuándo...

–Sin dudas, algo que es conveniente en el trópico puede no serlo en el polo. Pero a lo que iba es a lo siguiente: para que una característica que resulta adaptativa pueda pasar a la siguiente generación, tiene que haber una correa de transmisión (que es la herencia). Si esa característica tiene una base genética, entonces se transmitirá a la siguiente generación y habrá evolución por selección natural.

–O sea que seguimos evolucionando en este momento.

–Yo estoy convencido de que sí, aunque es una gran discusión que se sigue dando hoy en día. Pero fíjese, por ejemplo, la última gran epidemia de sida. En Europa existían variantes genéticas de ciertas regiones del genoma que conferían resistencia al virus. Para características relacionadas con algún patógeno, hay diferencias en la población humana: hay quienes son más susceptibles y quienes son más resistentes. Quien tiene características que le permiten hacer frente a este patógeno tiene una ventaja. Los proyectos genómicos nos han dado también muchas sorpresas. En Islandia, hace poco había un proyecto de tener el genoma completo de todos los islandeses (que no son muchos). Por cuestiones éticas esa iniciativa fracasó, pero de todos modos se generó una base de datos importante en la cual se observó que algunas personas tenían ciertas partes del genoma que estaban invertidas en 180 grados respecto de otras. Y resulta que cuando fueron a los datos censales de las personas que eran portadoras de este reordenamiento en la información genética, descubrieron que eran más fecundas. Esto significa que la selección natural sigue teniendo la materia prima necesaria para seguir actuando en las poblaciones humanas. Lo cual nos permite decir que nosotros seguimos evolucionando por selección natural, a pesar de esa gran coraza que nos ofrece la cultura.

–Lo que pasa es que hay rasgos que sin la cultura serían determinantes...

–Sí, pero eso no quiere decir que la selección natural no siga operando.

–Hay una cosa que siempre me intrigó. La base de la selección natural es que nacen más individuos de los que el medio ambiente puede tolerar. La pregunta es: ¿dónde están los animales que no pueden sobrevivir? Por ejemplo, ¿dónde están los gorriones? Porque, si es así, uno debería ver muchos gorriones muertos.

–Probablemente muchos estén en los estómagos de los predadores. Hay un ejemplo que yo siempre pongo en las clases. Una hembra de esturión puede producir hasta cinco millones de huevos. En el momento en que esos huevos son puestos en el medio acuático, inmediatamente hay una disminución impresionante de la cantidad de huevos. ¿Hasta qué momento llega eso? Si el medio ambiente está en equilibrio, hasta los números que implican el reemplazo de la generación parental. Pero es difícil contestar a su pregunta, porque la selección natural puede actuar de una enorme cantidad de maneras.

–Pero, de cualquier manera, uno no ve muchos animales muertos.

–Es que los cadáveres duran muy poco. Los carroñeros se comen los cuerpos muy rápidamente.

–La teoría de la selección natural no estuvo siempre en el mismo estadio. Estuvo el equilibrio puntuado, la síntesis neodarwiniana, Kimura, la deriva genética... ¿En qué estado está ahora?

–La Teoría de la Evolución de hoy no es la misma que la de 1859 de Darwin. Ahora tenemos, obviamente, muchísimas más herramientas para aproximarnos a estudiar toda la problemática de la evolución. Hay una cosa que es importantísima de reconocer: no importa cuán sofisticada sea la herramienta que utilicemos (contar con secuencias de genomas completos, poder saber de qué modos se expresan determinados genes, etc.). Porque todas terminan por servir para corroborar lo que Darwin propuso: la descendencia con modificación y el rol central que ha jugado la selección natural. Eso no implica que la selección natural sea el único mecanismo. La deriva genética es lo que llamamos nosotros “evolución por azar”.

–¿Qué es la deriva genética?

–Es un mecanismo evolutivo en el cual los distintos individuos de una población pueden tener éxito reproductivo diferente, pero independientemente de su constitución genética: simplemente por azar. Imaginemos esta situación: una persona que tiene sus cromosomas X e Y. Existe una probabilidad de ½ de que se le transmita un X y ½ de que se le transmita un Y a la gameta, que es la exitosa y que va a producir un huevo. En el primer caso daría un varón y, en el segundo, una mujer. Eso es en una primera concepción. Supongamos que hay una segunda: las probabilidades son exactamente las mismas. Ahora bien: si un varón tiene solamente hijas mujeres, su cromosoma Y dejó de reproducirse. Y esto ocurrió simplemente por azar.

–Con el tema de la descendencia, es interesante que el propio Darwin admitió no tener ni idea de qué era. El problema es que después emparchó la teoría con una suerte de lamarckismo ad hoc.

–La pangénesis es una herencia de caracteres adquiridos un poco más sofisticada. Esa teoría, de todos modos, fue totalmente desestimada ya antes del siglo XIX por Weissmann, que mediante un experimento muy simple pudo demostrar que si yo hago mucha gimnasia, mis hijos no necesariamente van a nacer musculosos.

–El otro día leía un fragmento de Lamarck en el cual afirmaba que si se le tapara un ojo durante sucesivas generaciones a, por decir algún animal, las ratas, finalmente terminarían por nacer con el ojo atrofiado o por tener un solo ojo.

–Eso, evolutivamente, se ve. Formas de vida que descienden de ancestros con ojos totalmente desarrollados, pero que adquieren una forma de vida subterránea, lo van perdiendo. Es un relajamiento de la selección. ¿Esto qué quiere decir? Los genomas están constantemente bombardeados por mutaciones. Esas mutaciones, lo más probable (y eso lo sabemos desde hace muchos años) es que sean perjudiciales. Si no hay un factor que lo filtre, todo terminaría mal. Ese factor que filtra las malas variantes es la selección natural. Gracias a la selección natural, que detiene las mutaciones que afectarían al ojo, el ojo mantiene su función. Ahora bien: si no hay nada que ver, la mutación por la cual el ojo se ve afectado termina siendo neutra evolutivamente. La selección natural, por lo tanto, no tiene motivos para detenerla. Esto puede parecer lamarckista, pero no lo es: es completamente darwiniano.

–¿Cómo está la Teoría de la Evolución ahora?

–Bueno, pasó por varias revoluciones. Hoy en día contamos con varias ideas y desarrollos que fueron, de alguna manera, incorporados al cuerpo de teoría y a reforzarlo. Hoy en día, por ejemplo, la teoría de Kimura (a la que los defensores del seleccionismo puro criticaban agriamente) se convirtió en algo así como la hipótesis nula de la evolución, a nivel molecular por lo menos.

–¿Qué quiere decir hipótesis nula?

–Es la hipótesis contra la cual tengo que confrontar mis resultados. Es una teoría matemática muy fuerte con predicciones que yo puedo contrastar estadísticamente. Si yo estudio la variación de un gen, lo contrasto con lo esperado por la teoría y veo que estadísticamente no se ajusta a lo que dice la teoría, tengo que proponer otro mecanismo, y no lo que propone la teoría neutralista de la evolución, que es la evolución por equilibrio entre la deriva genética y la tasa de mutación. La teoría de la deriva genética lo que dice, básicamente, es que la mayor parte de las diferencias que hay entre especies a nivel molecular es el resultado de un origen por mutación y evolución aleatoria, es decir que una variante aparece por mutación: o bien se fija, o bien se pierde.

–Hay cosas que son muy fáciles de comprender porque son muy visibles. Por ejemplo, el tamaño, que usted citaba al principio. Pero hay cosas que son mucho más difíciles de entender, ¿no? Pienso, por ejemplo, en las danzas de cortejo de los pájaros.

PARECIDOS PERO DIFERENTES

Publicado en General el 20 de Diciembre, 2010, 8:27 por feyerabend

Parecidos...

 Por Jorge Forno

La lectura de los prospectos de medicamentos es un ejercicio poco amable, que sin embargo ciertas personas curiosas realizan meticulosamente. Y en ocasiones resulta una actividad muy ilustrativa. Por caso, si leemos un texto típico de información médica podemos encontrarnos con párrafos que rezan afirmaciones como éstas: “Aunque losartán es antihipertensivo en todas las razas, en los hipertensos negros la respuesta media a la monoterapia con losartán es inferior a la observada en los pacientes no negros”. En el ejercicio de la sacrificada lectura nos enteramos, no sólo de las propiedades del medicamento en cuestión, sino también de la persistente vigencia del concepto de raza biológica en la medicina y otras áreas de la ciencia. Una vez que el Proyecto Genoma Humano (PHG) –una iniciativa pública destinada a conocer los secretos más íntimos de nuestro ADN– había determinado que todos los seres humanos compartíamos más del 99 por ciento de nuestra dotación genética, parecía que el concepto de raza, tristemente célebre a lo largo de la historia de la Humanidad, quedaría definitivamente desterrado en manos de la evidencia científica. Sin embargo, diez años después, estudios de farmacología o de prevalencia de enfermedades siguen buceando el tormentoso mar de las diferencias entre individuos negros o blancos, asiáticos o africanos, con criterios más o menos abarcativos.

LOS SECRETOS DE LA ABUELA

Aunque nunca sepultado, el tema de la raza biológica volvió a estar sobre el tapete en los primeros años del siglo XXI generando nutridas controversias. Esta discusión mereció incluso un número especial de la revista Nature Genetics en noviembre 2004, en el que se cuestionaban las afirmaciones acerca del uso y respuesta terapéutica de los medicamentos según el origen racial de los individuos. El tema no es menor: se discute si la aparición de enfermedades, su evolución y tratamiento son una cuestión meramente fisiológica y determinada genéticamente según el origen del individuo o, por el contrario, además de la carga genética influyen en su aparición factores ambientales y sociales. Más allá de la controversia, para cualquiera de las dos posturas, hasta los aparentemente más triviales secretos de la abuela pueden ser una información sensible a la hora de elaborar un diagnóstico. En las prácticas médicas suelen mantener vigencia los puntillosos interrogatorios acerca del origen, la ascendencia y las enfermedades familiares de los pacientes y un conocimiento genético más acabado podría facilitar enormemente la realización de los diagnósticos. Varios grupos de investigación, aprovechando las cada vez más precisas y rápidas técnicas de análisis genético, se han embarcado en la búsqueda de los enigmas que encierra esa minúscula pero misteriosa fracción del ADN que, se sabe, difiere entre los miembros de la especie humana.

CONTAR HASTA MIL

Meterse en las intimidades del ADN no es tarea fácil. El tiempo y el esfuerzo humano y económico que demandó el Proyecto Genoma Humano dan cuenta de ello. Se necesitaron diez años de trabajo colaborativo y un inmenso apoyo político para obtener el primer mapa genético humano, y trece años para su conclusión. Todo matizado, claro, por algunos conflictos en cuanto al carácter del conocimiento producido, que finalmente quedó bajo dominio público.

Trece años parece mucho, pero fue un lapso de tiempo que resultó bastante menor al inicialmente previsto, gracias a que durante la década del ‘90 se desarrollaron y perfeccionaron técnicas para secuenciar el ADN, es decir para determinar en orden y arreglo de los nucleótidos Adenina, Timina, Citosina y Guanina, que combinados portan el repertorio completo de las instrucciones genéticas. El final científicamente feliz del PGH inspiró nuevas iniciativas para escudriñar en lo más profundo de nuestros genes. Así, en 2008 se puso en marcha el Proyecto 1000 Genomas. Como se indica en su sitio web oficial, http://www.100genomes.org, la iniciativa busca develar, no ya las similitudes que hacen que un genoma humano sea efectivamente humano, sino las instrucciones bioquímicas que marcan las diferencias. Un verdadero y exhaustivo catálogo de las diferencias que pueden significar variaciones en la susceptibilidad a la acción de un fármaco o en la probabilidad de contraer determinadas enfermedades.

PUBLICO Y PRIVADO

La idea, como el nombre del proyecto deja dicho, era secuenciar los genomas de al menos mil personas, para registrar las variaciones que encuentren en por lo menos el uno por ciento de ellas, es decir en diez personas como mínimo. De esa forma se busca obtener una base de datos de amplio alcance y que estaría disponible en Internet para consulta de los científicos de todo el mundo ya que, como el genoma mismo, sería conocimiento de uso público. Las personas participantes mantendrían su anonimato y el criterio de selección –aunque el paper de presentación del proyecto no lo menciona explícitamente– bordearía el concepto de raza. Los seleccionados provendrían de un puñado de poblaciones específicas como las de algunas tribus de Nigeria y Kenia, los chinos residentes en Beijing; los toscanos en Italia; los indios Gujarati en Houston, descendientes africanos que habiten el sudoeste de Estados Unidos y las personas con ascendiente mexicano en Los Angeles.

En enero de 2008 el proyecto se puso en marcha con la participación de tres pesos pesado de la genética: el norteamericano National Human Genome Research Institute, el inglés Wellcome Trust Sanger Institute (Hinxton, Inglaterra) y el chino Beijing Genomics Institute, más la colaboración de algunos laboratorios universitarios de los Estados Unidos. Pocos meses más tarde el proyecto sumó a compañías privadas que desarrollaban novedosas y veloces técnicas de secuenciación, conformando un gran consorcio con participación pública y privada que en estos días se convirtió en la estrella de moda en las revistas científicas, cuando se publicaron los primeros resultados –en realidad los primeros avances– de sus investigaciones.

JUNTANDO LAS PIEZAS DEL ROMPECABEZAS

Lograr el secuenciamiento de un genoma es una tarea con varios obstáculos a la vista: primero se deben romper las cadenas de ADN para obtener fragmentos que luego deben ser ensamblados, como piezas de un gigantesco rompecabezas biológico. Pero con un problema adicional: las piezas pueden faltar, estar dañadas o repetidas, debido a las limitaciones que aún hoy poseen las técnicas de secuenciación. Afinar el análisis es posible, pero con un elevado costo en tiempo y dinero, por lo cual para obtener los primeros resultados del proyecto se resignó algún grado de precisión. Ciertos espacios vacíos del rompecabezas, para el cual no se tienen las piezas, fueron cubiertos por aproximación, en un procedimiento que según los investigadores no es significativo a la hora de sopesar el margen de error.

El ensamblaje se realizó por medio de técnicas de computación que proporcionaron una formidable capacidad de procesamiento, imprescindible para el gigantesco volumen de información obtenida.

LOS ANUNCIOS Y LAS COSAS

A dos años de la puesta en marcha del Proyecto 1000 genomas, los primeros anuncios son tan provisionales como prometedores. Y como suele suceder, el paper publicado en Nature es mucho más cauteloso que los comentarios aparecidos en los medios. El artículo explica meticulosamente cómo se secuenciaron un grupo de 159 genomas completos y otro grupo de 697 fragmentos de genomas. Los fragmentos secuenciados equivalen a un 1,5 por ciento de un genoma completo y no son fragmentos elegidos al azar. La diferencia radica en que cuando se secuencia el genoma completo se mapea toda la información genética, de la cual sólo una selecta minoría de ADN lleva el código para fabricar proteínas. Esta fracción del ADN, conocida como exones, se encuentra distribuida en un mar de ADN que no tiene expresión alguna conocida y que será irremediablemente removido sin pena ni gloria en el proceso de síntesis proteica, pero que en ocasiones puede actuar regulando la expresión genética. Este ADN constituye las porciones llamadas intrones, que no fueron secuenciadas en el segundo grupo de casos.

El artículo deja claro que los resultados de este primer avance en la investigación permitieron comprobar la utilidad de las técnicas e inferir la importancia funcional de algunas variaciones en regiones del genoma, que estarían involucradas en patologías como el autismo, la epilepsia y algunas discapacidades mentales. Un primer paso promisorio para las siguientes etapas de la investigación, que espera resultados más concluyentes para 2012.

VARIADA HERENCIA

La información fue presentada en algunos medios con diversos grados de grandilocuencia, producto del entusiasmo de los científicos, y también de la necesidad de mostrar resultados con un cierto grado de impacto, dando por ciertas suposiciones reforzadas por este avance y que en realidad esperan ser comprobadas en la próxima etapa del proyecto. Por ejemplo, determinar unas 75 variantes genéticas relacionadas con enfermedades que se consideran hereditarias.

Pero también mostraron la cara más inquietante que puede tener este tipo de conocimiento. Conocer la predisposición de un individuo a contraer determinadas enfermedades puede servir como herramienta de prevención, pero también de discriminación social o laboral. Y si esta predisposición se extiende generalizadamente para caracterizar a algunos de los grupos de personas seleccionados para el proyecto, podríamos estar echando más leña al fuego de la discriminación. Como vemos, un tema que excede los límites de la ciencia.

ESCLAVOS DEL DIAGNÓSTICO

Publicado en General el 21 de Noviembre, 2010, 8:09 por feyerabend

Esclavos...

 Por Marcelo Rodriguez

Fulvio era el nombre de un escriba que debió haber vivido –según nos lo contó en 1940 el escritor húngaro Arthur Koestler (1905-1983) en su novela histórica Espartaco– en la ciudad de Capua, cerca de Roma, alrededor de un siglo antes de la era cristiana. La pequeña ciudad, donde se encontraba la escuela de gladiadores destinados a morir combatiendo en la arena para divertir al público, se hallaba conmocionada por la proximidad de un ejército de esclavos sublevados, decididos a tomarla y liberar a los cautivos.

Fulvio volvió a su casa ese día y tomó la pluma para volcar por escrito sus impresiones, confusas al principio. Escribía en una miserable buhardilla en la quinta planta de un edificio de alquiler, apestado del olor a pescado viejo del mercado aledaño. “Sobre su tambaleante escritorio se cernía la cruz de vigas de madera que sostenía el techo, por lo cual se veía forzado a escribir siempre inclinado. Siempre que lo asaltaba una idea afortunada, daba un respingo y se golpeaba la cabeza contra la enorme viga, de modo que Fulvio estaba destinado a pagar cada pensamiento lúcido con un chichón en el cráneo.”

AMOS Y ESCLAVOS

Después de resumir los acontecimientos recientes, el escriba se dispuso a titular la segunda parte de su tratado: “De las causas que inducen al hombre a actuar en contra de sus propios intereses”. Mientras rememoraba litigios de su vida de abogado y escuchaba por las calles desfilar a los gladiadores condenados a muerte armados para defender a la ciudadela de las tropas de Espartaco, Fulvio reformuló el título: “De las causas que inducen a los hombres a actuar en contra de otros cuando se hallan aislados, y a actuar en contra de sus propios intereses cuando se asocian en grupos y multitudes”. Luego bajó a la calle y escuchó los mismos discursos una y otra vez: todos sentían la necesidad de seguir escuchándolos y repitiéndolos porque nadie creía en nada. El pueblo necesitaba creer para ocultar la terrible verdad de que la sociedad estaba dividida entre amos y esclavos. Sólo Fulvio parecía saberlo, mientras la insensatez humana lo atormentaba y la cabeza se le llenaba de chichones.

¿Eran los magullones en el cráneo del escriba en realidad su dolencia o eran la marca –aunque fuese dolorosa y nada placentera– de los intentos de su cuerpo por recuperar la salud, escondida bajo el sometimiento de vivir agachado?

Samuel Cartwright (1793-1863).

EN LOS CAMPOS DE ALGODON

En la edición de mayo de 1851 de la revista médica The New Orleans Medical and Surgical Journal –más de una década antes de que fuera abolida la esclavitud en ese país, al final de la Guerra de Secesión estadounidense–, el doctor S.A. Cartwright reportaba una extraña enfermedad en un artículo titulado “Reporte sobre la enfermedad y las peculiaridades físicas de la raza negra”. Esta “enfermedad”, conocida como drapetomanía, consistía en una aparentemente inexplicable compulsión de la población afroamericana que los llevaba a querer fugarse de los campos de algodón y de las barracas donde vivían hacinados. La causa de esta “manía del esclavo fugitivo” –eso significa etimológicamente “drapetomanía”– era, según postulaba Cartwright, “una enfermedad metal o algún otro tipo de alienación mental, curable por regla general”, y los “factores de riesgo” para la aparición de esta patología –para utilizar términos afines a la medicina actual– eran básicamente dos: uno, no establecer la suficiente distancia entre amos y esclavos, tratarlos casi como si fueran iguales; el otro, tratarlos mal.

De modo que, dejándoles en claro a los esclavos su condición de tales con la mayor amabilidad, y procurando que no les faltara comida ni diversión, no había que temer que la epidemia de drapetomanía se propagase y afectara seriamente el orden político, económico y, desde luego, sanitario de la sociedad agrícola esclavista.

ENFERMEDADES Y SEUDOENFERMEDADES

La primera característica de las seudoenfermedades es que tienen un fuerte componente ideológico, además de carecer de suficiente sustento empírico (en otras palabras, “no convencen” más que a quienes comparten ciertas peculiaridades ideológicas). Las seudoenfermedades cumplen la función de promover el poder político de un grupo (los que ostentarán en virtud de ella la categoría de “sanos”) sobre otros grupos, en los que recae la categoría de “enfermos”.

“En la seudoenfermedad –afirma el filósofo mexicano Juan Rokyi Reyes Juárez– se pone casi siempre de manifiesto el intento de un sector social de imponerse sobre otro.”

En uno de sus más famosos discursos académicos, el francés Michel Foucault (1926-1984) pintaba la locura simplemente como una forma de excluir políticamente un determinado tipo de discursos, de afirmaciones, de formas de hablar, de argumentos y de temas de los que hablar. Una forma de dejarlos automáticamente fuera de juego: todo acierto que se haga desde esa posición de offside no es válido, es locura. De esta manera, Foucault daba cuenta de este espinoso tema no en tanto “enfermedad mental”, sino simplemente como un fenómeno social del lenguaje.

Pero cuando desde la ciencia médica se habla de “seudoenfermedades”, se lo hace desde una perspectiva positivista, en la que por definición existe algo a lo que se denomina enfermedad y, en oposición, algo a lo que muchos llaman “enfermedad” sin que lo sea. Todo un desafío porque, a lo largo de la historia de la ciencia, pocas cosas han variado tanto y se han mantenido en tensión tan permanente como los conceptos de salud y enfermedad.

De paso por Buenos Aires para participar del Congreso Iberoamericano de Filosofía de la Ciencia que se realizó el pasado mes de septiembre, Reyes Juárez, que es docente investigador de la unidad de Filosofía de la Universidad Autónoma de Zacatecas, estableció en su ponencia pautas bastante claras para pensar este tema desde una óptica positivista y biomédica, que es a su criterio la que más utilidad puede brindar para hacer frente a un fenómeno que cada vez se discute más en esta cultura industrial capitalista: la medicalización de la vida.

Una cabalgata hacia la libertad, 1862.

UN PROBLEMA DE DEFINICION

Reyes Juárez rastreó el tema en el British Medical Journal (BMJ) y rescató una definición de seudoenfermedad que data de 2002 y que, aun con todo el formalismo que cabe esperar de este nivel de literatura médica, no está exenta de cierta picaresca. La seudoenfermedad, dice allí, es un “proceso humano o problema que algunos han definido como un trastorno médico, pero en el cual una persona tendría mejor resultado si el problema no fuese catalogado de esa manera”.

Se entenderá mejor de qué se trata cuando se repase la lista de veinte “afecciones” a las que el público consultado por el investigador del BMJ toma por “enfermedades”, a saber: envejecimiento, trabajo –o tal vez el exceso de él, el mal de los workaholics–, aburrimiento, bolsas bajo los ojos, ignorancia (!), calvicie, pecas, orejas grandes, canas, fealdad, parto, alergia al siglo XXI, descompensación horaria, infelicidad, celulitis, resaca, ansiedad por el tamaño del pene, embarazo (!), furia en la carretera, soledad.

Sea por consenso ideológico, por la influencia de la industria terapéutica, por la ambición de algunos investigadores que buscan notoriedad pública a caballo de temas “vendedores” o, en gran medida, por la compulsión a la diferenciación social a través de parámetros relacionados con la estética y el hedonismo –y cabría preguntarse qué estética y qué conceptos de placer son los que la sociedad del capital concentrado tiene como ideales–, a estos malestares que cualquiera puede padecer, y que incluso pueden llegar a ser un estigma de acuerdo con la vulnerabilidad psíquica de cada uno, se les suma el estigma médico. Exagerando aún más: el estigma de la ciencia médica, de la ciencia objetiva.

De lo que se está hablando es, por lo tanto, de un dispositivo social que convierte ciertos estigmas subjetivos relacionados con la percepción del cuerpo en estigmas objetivos legitimados como tales, cuando no por las instituciones médicas más prestigiosas, por publicaciones masivas y otros elementos de la cultura que condicionan la percepción de lo que es la salud y la enfermedad.

EL VALOR DEL CONCEPTO

Por eso es que, aun en una época como ésta en que la bioética aconseja rescatar ciertos principios hipocráticos –ciertamente no la teoría de los humores, pero sí el principio de que “no existen enfermedades sino personas enfermas”– e interrogar al paciente para escuchar su voz –“¿Qué cree usted que le pasa?”, una pregunta que los médicos habían dejado de hacer–, estar atentos al concepto de “seudoenfermedad” puede ser valioso, a fin de romper ciertos estigmas con que el poder médico, mal utilizado, puede transformarse en un factor de control social del cuerpo ajeno allí donde nadie lo ha llamado a hacerlo. Cuando la masturbación era considerada una enfermedad –ejemplifica Reyes Juárez, y habla de lo que sucedía hasta entrado este siglo en países del Occidente europeo y americano–, los métodos para “combatirla” llegaron a ser bastante drásticos, y no excluían la hospitalización de los masturbadores, la colocación de anillos sobre el prepucio que dificultaran la operación o, en el caso de las mujeres, la ablación del clítoris. Incluso hay historias clínicas donde se registra a la masturbación como causa de muerte de algún interno.

Parece haber un elemento necesario en la fundamentación de que existen estas seudoenfermedades, y es el conflicto de intereses entre la ciencia y los negocios, casi en calidad de mito fundante. Casos objetivos y reales de psiquiatras infantiles en Estados Unidos –el gremio de los psiquiatras infantiles en ese país parece haber hecho bastante para ganarse esa mala prensa–, donde se documentan las fuertes sumas de dinero que han recibido de la industria farmacéutica para extender la población target de algunos psicofármacos a edades cada vez más tempranas, en las que ni las asociaciones profesionales de psiquiatras y ni siquiera el Manual Diagnóstico DSM-IV (que, de descuidarse el paciente o el médico, convierte a casi toda conducta humana en “patología”) aprueban su uso.

Existe cierto sano consenso en que estos conflictos de intereses invalidan las razones para sostener tales prácticas médicas; y habilitan, en cambio, a sostener el argumento esgrimido contra las seudoenfermedades: el de que su existencia carece de sustento empírico.

Lo que no carece de sustento empírico suele ser, sin embargo, la eficacia de los fármacos, rigurosamente testeados mediante ensayos clínicos por los propios laboratorios que los desarrollan, los producen y, lógicamente, quieren venderlos. Y esto acarrea el consabido riesgo de acallar todo cuestionamiento ético, político o social con la sola prepotencia de los resultados.

“El consumismo y los intereses de las compañías farmacéuticas son en la actualidad los factores más importantes que impulsan el desarrollo de las seudoenfermedades”, remarca el investigador mexicano. La salud es un producto de consumo, y la ideología del óptimo bienestar propone siempre más, y extiende su influencia al mercado de bienes domésticos. “La fórmula –dice Reyes Juárez– parece insignificante y poco ingeniosa, pero cambia drásticamente los objetivos sanitarios, porque proponer siempre más significa estar cada vez más delgado, ser más joven, tener piel más lozana, ser más competitivo, obtener más placer; en definitiva, ser más saludables.”

Pero el concepto de seudoenfermedad es de clara raigambre positivista y se basa en una afirmación “dura”: en las seudoenfermedades, el conocimiento real del cuerpo –el de la medicina, basado en el modelo de la anatomía patológica generado en el siglo XIX– es sustituido por fantasías y percepciones sobre él. Estas “fantasías y percepciones” son, desde luego, derivadas de la cultura de consumo y de un sistema de valores identificable de manera bastante clara. “Las seudoenfermedades no son hechos del mundo, sino representaciones o construcciones ideológicas.”

Tradicionalmente, la medicina se había ocupado de la muerte –tal vez lo más objetivo que existe– y del dolor –quizá lo más subjetivo, porque no hay parámetros objetivos para evaluarlo, sino que es lo que el paciente dice que es–. Ahora, por lo visto, no podrá dejar de vérselas con las representaciones ideológicas que, aunque son de otra naturaleza, también forman parte del mundo real. Sobre todo cuando logran consenso y hay poderes que las sustentan.

NO EXISTE NINGÚN MODELO CIENTÍFICO ETERNO

Publicado en General el 13 de Noviembre, 2010, 7:05 por feyerabend

“No existe ningún modelo científico eterno”

Primero revolucionó el conocimiento sobre los agujeros negros, después y presentó un modelo del universo, y de lo finito lo infinito, antes de que los satélites comprobaran que existía. Pero Jean Pierre Luminet, que esta semana expondrá sus ideas en Buenos Aires, también avanza en el terreno de las artes y presenta una visión del mundo y de la ciencia que entrecruza lo científico con el imaginario.

 Por Eduardo Febbro

Desde París

Definir una teoría sobre la topología del universo, sobre lo infinito del cosmos, sobre los agujeros negros y sobre lo visible y lo invisible no sofoca la humanidad del instante. La garúa cae con persistencia en el parque del Observatorio de París Meudon. Imposible encontrar la puerta de entrada en este vasto recinto. Corre la hora de la cita con el astrofísico francés Jean Pierre Luminet y ningún camino visible conduce a la puerta del Laboratorio Universo y Teorías, LUTH, donde trabaja. Jean Pierre Luminet toma su auto y acude en ayuda del visitante perdido en un ángulo lejano de parque. Astrofísico fuera de lo común, especialista en la gravitación relativista, pionero de las investigaciones sobre los agujeros negros, divulgador científico ejemplar, especialista en cosmología y en la topología del universo, poeta y novelista, Luminet concentra una alucinante convergencia de disciplinas. En 1979, Luminet fue el primero en simular las distorsiones ópticas provocadas por el campo gravitacional de un agujero negro; en 1982, innovó con el estudio de los efectos del paso de una estrella en las inmediaciones de un agujero negro súper masivo. A partir de 2003, Luminet concibió un modelo sobre la forma del espacio corroborado luego por las observaciones satelitales. Este modelo fue expuesto por el astrofísico francés en un libro que lleva el nombre de su esquema topológico: L’Univers Chiffonné, el Universo arrugado o “en bollo”. Esta patrón sobre la topología plantea que el universo podría estar cerrado sobre sí mismo, un poco como una pelota de fútbol pero con una forma dodecaédrica.

Calificado como un “descubrimiento mayor”, este modelo no cierra el debate ancestral sobre la infinitud o la finitud del universo. Sin embargo, agrega una contribución al conocimiento de nuestro vasto mundo. En paralelo a sus brillantes investigaciones científicas, Luminet escribió varios libros de poemas y novelas de divulgación científica sobre esos genios de la historia que son Newton, Galileo y Kepler.

La forma del universo

–Hemos tenido varios modelos del universo. En breve, el de Ptolomeo, el de Copérnico y el de Galileo. En la ciencia contemporánea, también hubo varios modelos sobre la infinitud o la no infinitud de nuestro universo. Usted ha propuesto un esquema fuera de lo común.

–La talla del universo, es decir, es finito o infinito, es una cuestión que se remonta a los pensadores de la antigüedad. En el curso de los siglos hubo un ir y venir entre la idea de un universo finito y un universo infinito. La situación moderna permite que esas cuestiones sean abordadas no ya desde las teorías de Galileo, Copérnico, Kepler o Newton sino con la ley de la Relatividad General de Einstein. A ella hay que agregarle preceptos matemáticos nuevos como los de la topología. Eso permite poner sobre el papel infinitos tipos de espacios posibles. Con la topología se descubrió que existe un número infinito de espacios posibles. Hay espacios finitos sin bordes, y modelos de espacios infinitos. Esas dos opciones son posibles en el marco de los modelos cosmológicos actuales, que se llaman modelos relativistas porque están basados en la teoría de Einstein. Son los famosos modelos en expansión derivados del Big Bang. Hay dos, sea que se trate de una expansión por contracción, sea de una expansión perpetua, acelerada. Con ello tenemos una respuesta sobre la dinámica, es decir, sobre la historia en el curso del tiempo, pero aún no tenemos una respuesta sobre la extensión del espacio: no sabemos si el espacio es finito o infinito.

–Es allí donde se sitúa su descubrimiento: el universo arrugado.

–Sí, lo llamé así de forma metafórica. Se trata de una modelización matemática con una forma del espacio fascinante que trasladé a la cosmología. Un universo arrugado es un modelo de espacio finito, que no tiene bordes. ¡Claro, no es simple concebir la idea de un espacio finito sin bordes! Para explicarlo de alguna manera diría que si viajamos en un cohete en línea recta sin dar la vuelta, un espacio finito sin bordes nos traerá a nuestro punto de partida. Hay en esto una analogía con la superficie de una esfera, que es en dos dimensiones. Una línea recta es como un gran círculo que da la vuelta completa. Se regresa al punto de partida sin chocar con ningún borde ni ir al infinito. Se puede imaginar esto, pero en tres dimensiones. Se pueden imaginar espacios normales, en tres dimensiones, en los que se viaja derecho y se vuelve al punto de partida. Ahora bien, este tipo de espacio es clásico y se conoce desde hace mucho. Pero hay variantes topológicas, como la que yo llamé el universo arrugado, en donde los espacios están reconectados. Si tomamos una hoja de papel y pegamos los bordes para hacer un cilindro y luego cortamos los extremos y los volvemos a pegar, tenemos entonces una superficie finita pero sin bordes. Así se pueden construir miles de espacios tridimensionales, finitos, sin bordes y reconectados. Es un poco como la pantalla de un videojuego: el cohete va hacia delante y en cuanto llega al borde de la pantalla el cohete reaparece del otro lado. Los bordes están así reconectados. Entonces, un modelo de espacio arrugado es un modelo de espacio tridimensional que carece de bordes. En realidad, hay bordes, pero como están pegados, reconectados, eso los suprime. Aclaro que este esquema no es un juego o una fantasía matemática sino una propuesta de espacio físico real.

Lo finito y lo infinito

–Con este modelo se crea una suerte de ilusión óptica que desemboca en réplicas del universo o de los objetos observados.

–Efectivamente. La reconexión de los espacios multiplica los caminos de los rayos luminosos entre dos puntos. Ello crea imágenes múltiples de un mismo objeto celeste: una galaxia lejana podría ser vista en varios ejemplares, en diferentes lugares del espacio, y sin reconocer que se trata del mismo objeto porque la estamos viendo en diferentes momentos de su historia. ¡La luz recorre muchos caminos distintos hasta llegar a nosotros! También se pueden fabricar modelos del espacio arrugado cuyo tamaño físico es más pequeño que el espacio que se observa. En general, se piensa que observamos un subconjunto de una realidad que es extraordinariamente grande, tal vez infinita. Aquí, al contrario, asistimos a una redundancia: observamos una duplicación del universo físico entero más allá del cual solo veríamos una réplica, una repetición. En el año 2003, las observaciones astronómicas realizadas por un satélite de la NASA que cartografió la luz fósil encontraron indicios capaces de sustentar este tipo de modelo, en lo concreto a uno de los modelos de espacio que propuse. Se trata de una forma del universo que se asemeja a un dodecaedro cuyos lados pegados, reconectados, hacen que viajemos de una cara a la otra sin salir nunca de la caja. Esta modelización topográfica del espacio del universo no pone en tela de juicio los modelos existentes, el Big Bang, por ejemplo. En cambio, sí pone en tela de juicio nuestra relación con lo real entre el espacio percibido, el verdadero espacio, y las ilusiones ópticas.

–De alguna manera usted encontró una de las formas de lo infinito.

–Me gusta mucho la paradoja que hay en todo esto. Siempre existió el debate entre espacio infinito y finito. Con el modelo del universo arrugado tenemos un modelo de universo finito pero capaz de dar la ilusión de lo infinito. En cierta forma volvemos a la pregunta fundamental planteada por Aristóteles: ¿el infinito actual o el infinito potencial? Con este modelo del universo arrugado tenemos un infinito que no está reactualizado porque el espacio sería así realmente finito, pero con la ilusión y la apariencia de ser infinito. Es un juego de espejos. Aclaro que no es el universo el que se repite en un juego de espejos sino la percepción que nosotros tenemos de él. Imaginemos una pieza tapizada de espejos en la cual encendemos velas. La habitación no se repite, es la ilusión de la visión la que crea la sensación de infinito. La pieza es única.

–Usted fija un límite, si se puede decir, a lo que la teoría de la Relatividad General puede explicar. Usted dice que se llega a un momento en que la teoría de Einstein no sirve para explicar la cuestión del infinito. Ello implica un afirmación objetiva: no existe teoría absoluta para explicar la vida, el universo.

–Por supuesto que no. Como toda teoría científica, por más bella y elegante que sea, la Relatividad General acabó por encontrar sus límites. Lo mismo ocurrió con algunas teorías de Newton, que funcionaron durante 150 años. A finales del siglo XIX la física era completamente newtoniana. Todo iba muy bien hasta que un físico inglés de la época recordó que existían solo dos nubes para poder explicarlo todo con Newton: esas dos nubes van a desembocar en la teoría de la relatividad y el la física cuántica. En el siglo XX se dijo lo mismo, que la Teoría de la Relatividad explicaba todos los fenómenos a gran escala mientras que la física cuántica explica todo lo que es infinitamente pequeño. Se dijo: casi no queda nada por hacer, a no ser unir las dos teorías para elaborar una teoría definitiva, final y única. Pensar así es inocente. La teoría de Einstein tiene dos límites: el primero a escala de lo infinitamente pequeño, el segundo, la Teoría de la Relatividad igualmente incompleta a escala de lo infinitamente grande. La Teoría General de la Relatividad no dice si el espacio es finito o infinito. Para completarla hace falta agregar las hipótesis de la topología, que es lo que yo hice.

–Usted aborda también esta pregunta en su libro El Universo arrugado. La idea del infinito, ¿acaso nos expone o nos protege?

–Depende del sentimiento cósmico que hay en cada individuo, de su cultura, de sus opciones filosóficas. Puede que sintamos terror frente a la idea del infinito porque como no tiene fin nos sentimos perdidos. No hay ni centro ni borde y así carecemos de referencias. Cuando en los siglos XVI y XVII, con la gran revolución astronómica que va de Copérnico a Newton, se plasma la concepción cosmológica de un universo, que era pequeño, finito y cerrado en la antigüedad, al universo inmenso, tal vez infinito, de Newton, se produce una pérdida de referencias. Para otras personas, al contrario, la idea de lo infinito no es perturbadora. Giordano Bruno decía “un espacio infinito multiplica al infinito las posibilidades”. Ello implica la idea de la pluralidad de los mundos, etc. Hoy, cuatro siglos más tarde, siguen existiendo las dos modelizaciones posibles, ambas compatibles con la relatividad y el modelo del Big Bang. Incluso en el seno de la comunidad científica hay quienes prefieren un espacio infinito y otros no. Puede que un científico racionalmente esté con la idea de un espacio finito y que, al mismo tiempo, filosóficamente prefiera el otro espacio.

La racionalidad científica y el imaginario

–¿Ambas opciones son posibles en la racionalidad científica?

–Desde luego que sí. Los científicos no se han sacado de encima la subjetividad. Desde el vamos, todo modelo científico parte de nuestro imaginario, igual que toda creación. Ese imaginario será luego reelaborado en un modelo que obedece a reglas, a obligaciones, a la coherencia matemática, a la comparación con las observaciones, a la experiencia. Insisto igualmente en que las preferencias de los científicos tienen una relación con la estética. Desde el nacimiento de la ciencia hay como una apuesta filosófica de que existe una forma estética en la organización del cosmos. La física es eso, una apuesta a favor de que existan leyes físicas en lugar de un caos sobre el que nunca entenderemos nada. Esa apuesta sobre la existencia de una forma de orden en el universo se asemeja a una forma de la estética. Para un matemático o un físico, la estética va a pasar por una formulación matemática o geométrica elegante en la descripción del universo.

–Hay en el espíritu humano una dualidad esencial: razón y providencia. Nada ilustra mejor esa dualidad como el baúl de Newton. El hombre que creó la ciencia moderna tenía un baúl lleno de escritos esotéricos que se descubrió muchos siglos después de su muerte. Como si el infinito sólo pudiese alcanzarse mediante el arte, la religión o la filosofía.

–Los escritos encontrados en al baúl de Newton no están en contradicción con sus escritos racionales. Pero creo que todos sus escritos escondidos en el baúl, es decir, sus investigaciones en torno de la alquimia, sus investigaciones sobre los escritos bíblicos, sus cálculos sobre el Apocalipsis, su fascinación por el esoterismo y el hermetismo, esto forma un todo. Newton es un personaje extremadamente complejo. Sin embargo, esa tendencia a mezclar investigaciones racionales e irracionales se explica porque nuestro imaginario no es racional. Sacamos nuestras teorías racionales de nuestro imaginario, que no lo es. En mi serie sobre los constructores del cielo mostré cómo Kepler, que es un personaje genial, no dudó en mezclar en todos sus tratados científicos, astronómicos y matemáticos las consideraciones místico-religiosas. Ahí vemos el funcionamiento de un espíritu extraordinariamente creativo, sin separación. El sabio más racional siempre funciona con su imaginario.

–Esa dualidad ciencia/imaginario, razón e irracionalidad, usted la expuso mediante un trabajo creativo muy fructífero: novelas históricas sobre los genios de la ciencia, música, poesía.

–Cuando yo era adolescente mi verdadera pasión era la literatura, la poseía. La poseía es una forma de expresión particular que se asemeja un poco a la ecuación matemática. En la poesía se intenta unir en una frase un núcleo, el núcleo duro del sentido, lo mismo que en una ecuación se concentra el núcleo duro de una teoría. La literatura, la poesía, la música, terminó por alimentar mi imaginario. No se si todo eso influyó en las ideas que luego tuve en la ciencia, tal vez sí. Pero son caminos subterráneos, con muchas ramificaciones. Antes de que me consagrara a los trapazos sobre el universo arrugado yo me dediqué a la investigación sobre lo invisible, es decir, a los agujeros negros. Me sentí atraído por lo invisible, por la idea de visualizar lo que no se ve. Y esto no es ajeno a mi fascinación por una forma de literatura como la de Borges o Cortázar. En esos juegos de espejos, la biblioteca de Babel, hay en todo esto muchas correlaciones. Sigo fascinado por las relaciones entre lo visible y lo invisible, lo percibido y lo no percibido, las ilusiones ópticas, los espejos. A su vez, la ciencia influyó en mi obra poética. Por ejemplo, mis poemas fueron adquiriendo con el tiempo una forma cada vez más topológica, una suerte de polisemia que proviene de un enfoque topológico, con una relación de conexiones entre frases y palabras que se pueden cambiar. Cada vez que cambiamos las conexiones se cambia el sentido del poema, y eso me gusta mucho. Esa es una clara influencia de mis investigaciones científicas en la poesía. Y como tengo la pasión de la escritura escribí libros de vulgarización científica sobre los agujeros negros, unos 15 en total, y luego novelas. En los años ’90 me interesé en la historia de las ciencias, en las ideas, y volví a la escritura con obras sobre los grandes creadores de ideas del pasado: Copérnico, Kepler, Newton. Los tres propusieron mucho más que el sol en el centro del universo, las elipsis y Newton la ley sobre la atracción universal. A través de las novelas sobre ellos quise contar la gran historia, el inmenso debate de ideas que hubo en el curso del tiempo. En total escribí seis novelas sobre estos genios y las ideas que se discutieron durante siglos y siglos. Quise contar la historia de la ciencia pero no mediante una biografía lisa en la que sólo se muestran los éxitos de los científicos y las cosas brillantes. No. Son gente de carne y hueso y yo elegí contar también las cosas escondidas. Fíjese en Kepler: con todos los problemas derivados de su enfermedad física, de sus problemas económicos y familiares fue capaz de llegar, en contados momentos, a desbloquear su espíritu, a evadirse.

La ciencia y el arte

–En realidad, esos científicos –como los de ahora–, al construir el cielo construyeron la Tierra.

–Desde luego. A menudo la gente cree ocuparse de la organización celeste es estar desconectado de los asuntos terrestres. ¡Para nada! Cuando miramos la historia vemos que sin esos cambios globales de la visión del mundo, la sociedad actual no sería lo que es. Las grandes preguntas humanas tampoco están ausentes en esas temáticas: el lugar del ser humano en el universo, el sentido de la existencia, etc., etc. Se puede pensar que la astrofísica evacua un poco al hombre del universo porque nos damos cuenta de que somos un puñado de polvo ínfimo. Pero, por otro lado, otros enfoques ofrecen lazos más interesantes y nos muestran que estamos inscriptos en una historia cósmica hecha de materia y de átomos fabricados por las estrellas durante miles de millones de años. Toda la historia del universo está en nosotros. Es maravilloso reencontrar mediante la ciencia moderna, que trata de desprenderse de las viejas ideas, toda la historia del universo en nosotros. Y no sólo a través de nosotros, sino también del conejo, la lombriz. En suma, la vida en sí, la comple-jidad acunada en la historia del universo. Esto cambia la perspectiva del sentimiento cósmico y las interrogaciones sobre lo que hacemos en el universo. Por cierto, estamos hechos de polvo, pero somos polvo pensante.

–A sus maneras distintas, ¿acaso la ciencia y el arte no son dos formas de creación de la verdad?

–No sé si se puede decir que toda creación desemboca en una forma de verdad. Seré prudente en este enunciado. No pienso en términos de una verdad absoluta con una gran “V”. Diría que hay verdades provisorias. La ciencia es una creación intelectual que puede confrontarse con las observaciones y la experiencia. No pretendo que eso sea la verdad del universo. El universo es como es y es indiferente a nuestras teorías. Además, no existe ningún modelo científico eterno. La teoría del universo arrugado subsiste desde hace 7 años, y no está mal. Si dura 20 años más es aún mejor. Ello querrá decir que abrió pistas nuevas sobre nuestras concepciones sobre el espacio. Ciencia, arte, todo esto es creación pura. No me animo a decir que es creación de la verdad. Tal vez sea una creación para nuestra verdad interior, que no es universal.

SOL NEGRO

Publicado en General el 5 de Octubre, 2010, 8:42 por feyerabend

Sol Negro

 Por Pablo Capanna

Sin ánimo de invadir las páginas de espectáculos (y gracias a la complicidad de Daniel Paz), estamos en condiciones de anticipar un estreno para enero 2011. Después de todo, si esto se llama Futuro, es porque algo podemos adelantar. La película quizá no llegue a los cines porque los autores todavía están pidiendo plata para financiarla, pero ya hace bastante que se habla de ella en Internet. Iron Sky es una producción finlandesa dirigida por Timo Vuorensola, con el mismo equipo que realizó Star Wreck, una parodia al gusto de los fans del cine de ciencia ficción, con algo de Monty Python pero con menos gracia.

La historia que cuenta parece bastante descabellada. Hans Kammler, un ingeniero de las SS, descubre la antigravedad y para 1945 tiene listo un plato volador capaz de volar a la Luna. A la hora de la capitulación alemana la nave parte desde una base secreta de la Antártida. De este modo, en la cara oculta del satélite los nazis construyen la base Schwarze Sonne (Sol Negro) y para el 2015 están de vuelta para conquistar al mundo. Ahí empieza una historia bizarra, al estilo de ¡Marte ataca!

EL OVNI ARIO

Lo que imaginó la guionista de la película no es totalmente caprichoso. Cuando se hace una parodia generalmente es porque se trata de algo que goza de alguna popularidad. En este caso, la parodia pretende desmitificar una leyenda en la que muchos están dispuestos a creer. Por lo menos, no es como algunas otras parodias, que de tan ambiguas parecen complacientes.

La película se hace eco de cierta mitología del nazismo que ha venido creciendo durante medio siglo. No sólo seduce a los neonazis confesos, sino a muchos curiosos, quizás ingenuos pero no menos neuróticos. El mito ovni, que generalmente gira en torno de los extraterrestres, se asocia aquí con el nazismo y hace pie en uno de los escasísimos lugares que todavía conservan algo de misterio, la Antártida. Al cabo de los años ha terminado por asimilarse con la línea dominante y ahora también incluye a los alienígenas.

Como observa el historiador Nicholas Goodrick-Clarke en Black Sun (2002), la mitología ovni-nazi ha ido creciendo conforme a una estructura serial. Los detalles se retocan constantemente, y se incorporan nuevas ideas y personajes, como en esos teleteatros donde cada cambio de guionista significa un cambio de género y los actores aparecen o desaparecen al compás de los contratos.

Para empezar, digamos que el Sol Negro es el símbolo que ha reemplazado a la esvástica entre los neo-nazis. El Gruppenführer (general de división) Hans Kammler existió. Fue el responsable de la producción de los misiles V2 y un genocida de siniestra presencia en los campos de exterminio, que al parecer se suicidó para no ser juzgado en Nuremberg.

Es probable que bajo su responsabilidad hayan surgido los proyectos aeronáuticos secretos del Reich. Entre ellos había dispositivos como los foo-figthers, diseñados para desorientar a los bombarderos, o la mítica V-7, que habría sido un disco volante. De hecho, en la inmediata posguerra una empresa canadiense construyó un prototipo de “plato volador” basándose en uno de esos diseños que había sido apropiado por los aliados.

Antes del fin de la Segunda Guerra Mundial, las “armas secretas” de Hitler ya eran leyenda. Medio siglo más tarde, el mito no sólo sigue vivo, sino que ha crecido. Se lo encuentra tanto en los panfletos y videos neonazis, como también en exitosas novelas como Genesis (1980) del inglés W. A. Harbison o en los tres volúmenes de D. H. Haarmann, Armas secretas maravillosas (1983-85), un compendio de todas las teorías conspirativas conocidas.

TODO EMPEZO EN MAR DEL PLATA

De la Antártida, se comenzó a hablar al día siguiente de la capitulación de Alemania. El 10 de julio de 1945 el submarino U-530 se entregó en Mar del Plata, y el 17 de agosto lo hizo el U-977. El día 16, el Chicago Times (en una nota que retomaron Le Monde, el Times de Londres y el New York Times) echó a correr la versión de que Hitler y Eva Braun se escondían en la Patagonia. Al día siguiente, Crítica, el diario porteño de Botana, sugirió que podían estar en la Antártida.

Ambos medios hacían hincapié en el hecho de que los tripulantes de los submarinos eran muy jóvenes y traían un cargamento de alimentos que, curiosamente, incluía quinientos contenedores de cigarrillos. Esto parecía sugerir que formaban parte de un convoy nazi que iba a aprovisionar una base antártica secreta. Pero nada se decía del submarino que se había rendido en Portugal. La juventud de los soldados no era nada sorprendente, porque para la defensa de Berlín se habían reclutado adolescentes. Además, nadie parecía recordar que los nazis habían hecho la más exitosa campaña de la historia contra el hábito de fumar. Las leyendas suelen obviar estos detalles. Oportunamente, Crítica traía a colación la expedición antártica de 1938-39. Seis años antes, los alemanes habían hecho un completo relevamiento de la Tierra de la Reina Maud, un territorio reclamado por Noruega al que habían rebautizado Nueva Suabia y reivindicaban como propio. También habían descubierto los lagos Schirrmacher, una suerte de oasis de aguas tibias en medio de los hielos.

Apenas concluida la guerra, la marina norteamericana realizó, con participación noruega y soviética, unas importantes maniobras en territorio antártico. La llamada Operación Highjump movilizó trece barcos, cien aviones, varios helicópteros y un submarino. Pero después de varios traspiés, incluyendo la pérdida de cuatro aviones, el almirante Byrd le había puesto fin anticipadamente.

Este fracaso pareció dar pie a varias leyendas. Según una de ellas, Byrd había descubierto el acceso al centro de la Tierra. Según otra, había sido derrotado por los nazis que estaban atrincherados en la Antártida. El ideólogo conspirativo D. H. Haarmann jura que en 1958 hubo otra campaña secreta, bajo la cobertura del Año Geofísico, donde se usaron armas nucleares, sin que nadie se enterara (¡!). Esa sería la causa del agujero de ozono que hoy padecemos (sic).

A dos años de que los submarinos se rindieran en Mar del Plata, y más allá de la afluencia de criminales de guerra que solían venir por otros caminos, el mito antártico nazi tomó forma. La tarea estuvo a cargo del periodista húngaro Ladislao Szabó, que escribía en Crítica y resumió sus conjeturas en Hitler está vivo (1947), un libro que fue traducido al francés y alimentó a la prensa sensacionalista durante tres años.

En los veinte años que siguieron, la historia de los submarinos y la base antártica de Hitler siguió complicándose, por ejemplo con los libros de Michael Barton, ¿Hitler vive? (1960) y La historia de los platos voladores alemanes (1968), que ya comenzaba a usar el ingrediente ovni.

LA CONEXION OCULTISTA

Si aquellas tempranas conjeturas podían llegar a entenderse por la persistencia del clima bélico, la locura dio un salto cualitativo a partir de 1947, cuando se registró en los Estados Unidos el primer avistamiento de platos voladores. Poco después de que Kenneth Arnold los viera pasar volando, un pintoresco personaje llamado George Adamski dijo haberse entrevistado con uno de sus tripulantes, que decía proceder de Venus.

Mientras se multiplicaban los ufólogos, el naciente mito ovni fue asumido entre 1951 y 1955 por diversos grupos ocultistas, muchos de los cuales simpatizaban con el nazismo tanto como éste con ellos. El primer lazo lo anudó un ingeniero suizo (ex oficial de las SS) llamado Erich Halik. En las páginas de su revista Hombre y Destino Halik anunció que los seres con quienes se había encontrado Adamski no eran venusinos sino alemanes procedentes de la Antártida. Es más, había dos bases alemanas, una en cada Polo. Maestro del reciclaje, Halik se las ingenió para meter de todo en una historia relativamente simple. Incluyó a los cátaros, el Grial y el esoterismo fascista de Rahn, Evola y Serrano. Hasta la alquimia, a la cual recurrió para proponer un nuevo símbolo: el Sol Negro.

Halik pertenecía al círculo esotérico de Wilhelm Landig, otro SS muerto en 1997, que popularizó el mito en tres exitosas novelas: Los ídolos contra Thule (1971), Tiempo de lobos en Thule (1980) y Rebeldes para Thule (1991). Con todas las licencias que permite la novela, Landig se lanzó a desarrollar toda una saga fantástica de los platos voladores nazis. Ahora eran naves movidas por energías espirituales, como el famoso Vril, con base en el Antártico pero de apoyo en Argentina y Chile.

Otro responsable de la construcción del mito es el ideólogo Ernst Zündel, uno de los más conspicuos negadores del Holocausto y editor de numerosas publicaciones neonazis. Zündel fue quien editó y difundió los libelos de Willibald Mattern, un alemán radicado en Chile, que hacía lo suyo para mantener vivo el mito.

En sus libros Expediciones secretas al Polo (1978) y Hitler en el Polo Sur (1979) Zündel reciclaba todas las especulaciones anteriores. Por más delirante que fuese la idea, sostenía que tras derrotar a Byrd los nazis habían prosperado en la Antártida y ahora se aprestaban a volver. No sólo eso: también habían encontrado la forma de acceder al centro de la Tierra. Pero sin duda, el bonus track era el testimonio del encuentro de un tal Reinhold Schmidt con unos habitantes de Saturno rubios y altos que hablaban perfectamente alemán. Ahora quedaba claro que la clave de la superioridad aria era su origen extraterrestre.

EL REGRESO DE LAS VALKYRIAS

Por si aún faltaba algo para completar el delirio, apareció una nueva generación de ideólogos, que encabezan los austríacos Jürgen Ratthofer y Ralf Ettl.

Ya no falta nada. El esoterismo hace su aporte con el Vril, la Atlántida y el secreto de la pirámide. Pero también abundan los elementos de ciencia ficción: los taquiones, la antigravedad y las máquinas del tiempo. Hitler sigue vivo, a pesar de que ya debería andar por los 121 años.

Gracias al posmodernismo, ya no hay límites claros entre la realidad y la ficción. Ratthofer pone a la religión de Marción, un heresiarca antisemita del siglo II, en el eje de sus especulaciones teosóficas. Cuando todos anuncian la era de Acuario como el reino de la paz, el amor y las buenas ondas, el austríaco pronostica que será la hora de la guerra final, que por supuesto ganarán los arios.

¿Cómo lo sabe? Una de las fuentes en las que confía son los mensajes en lengua sumeria que le han hecho llegar algunas medium de confianza. Eso le permite asegurar que alemanes y sumerios son pueblos hermanos, porque ambos descienden de una raza superior que llegó desde Aldebarán hace quinientos millones (¡!) de años. Por supuesto, el sistema de Aldebarán tiene dos planetas; en uno habita la raza superior, que tiene un régimen nazi, y en el otro la inferior, que por ahora está sometida, a la espera de una solución final.

Ettl, por su parte, nos cuenta de las naves espaciales que en 1943 Hitler envió a Aldebarán para pedir ayuda. La expedición llegó en 1967, e inmediatamente los aldebaranos despacharon una armada de 280 naves para vengar a los nazis. Ya tenían que haber llegado en algún momento entre 1992 y 2005, pero parecen haber tenido inconvenientes. Ya ni en la puntualidad sumeria se puede creer...

Todos estos delirios, por fin, aparecen potenciados y ampliados en una novela del ideólogo conspirativo Jan Udo Holey, que firma Jan van Helsing. Sus libros están prohibidos en Alemania y Suiza por racismo y negación del Holocausto. La novela se titula Operación Aldebaran (1997) y es el más acabado reciclaje del mito, que no omite nada de lo que hemos visto y hasta incluye a Perón en la trama marplatense.

Ahora todo parece cerrar. Como sabrán los que van mucho al cine, Van Helsing era un experto en vampiros, enemigo jurado de Drácula, y de esas cosas debía saber mucho. Gracias a él la humanidad se ha sentido aliviada. Si es cierto que los nazis vinieron de Aldebarán, podemos ponernos contentos, porque por lo menos no eran humanos. De paso, como son inmigrantes ilegales, podríamos empezar a discriminarlos...

SANGRíAS

Publicado en General el 4 de Septiembre, 2010, 16:23 por feyerabend

HISTORIA DE LA MEDICINA

Mucha sangre, y quién sabe cuántas lágrimas

Por su alto grado de riesgo y sus dudosos beneficios, hoy sería impensable que un médico prescriba una sangría, en especial a una persona sana. Sin embargo, el sangrado terapéutico fue por siglos la práctica más común –y de primera elección– en la medicina occidental. Y no sólo eso: una de las más prestigiosas revistas de medicina se llama, hoy, The Lancet, el instrumento para hacer sangrías. ¿Por qué?


 Por Marcelo Rodriguez

“La salud excesiva, aun en los atletas, es peligrosa por la imposibilidad de mantenerse siempre en el mismo punto y por la imposibilidad de mejorar [...]. Será pues conveniente mantener esa exuberancia por debajo del máximo.”
Hipócrates

Claudio Galeno (130-200), cuyo nombre es hoy sinónimo de “médico” por haber sido él quien lanzó al mundo el modelo de la medicina grecorromana –al compás de las conquistas militares del emperador Marco Aurelio–, fue un fundamentalista de la sangría. Pero en realidad la práctica es ancestral y su origen real se desconoce.

Punzar las infecciones para que se desangren o supuren era común en varias medicinas antiguas. Pudo haber sido una extensión por inducción del hecho de que una hinchazón cede cuando es depurada la herida. Pero el hacer sangrar tanto a sanos como a enfermos, cortando un vaso periférico por el supuesto bien del paciente, procede de la antigua Grecia, donde se hablaba de “venas” y de “flebotomía” porque no existía distinción entre arterias y venas, es decir, entre los vasos que salen del corazón para irrigar el organismo y los que llevan la sangre de vuelta al corazón.

Al inicio de la era cristiana, la sangría ya se había vuelto moda, tanto que, alrededor del año 30, el médico griego Celso, en actitud que hoy algunos llamarían “apocalíptica”, se quejaba de los avances médicos de entonces: “No es nuevo purgar sangre cortando una vena, pero el que apenas haya una enfermedad en la que la sangre no sea purgada, eso sí que es nuevo”.

Galeno recogió esas tradiciones, las sistematizó y las relanzó al mundo en carácter de doctrina. Su método de sangrías “topológicas” fijaba un lugar específico donde hacer la incisión, según cuál fuera la dolencia que aquejaba al enfermo. De manera que para aliviar los “dolores de hígado” –hoy se sabe que, en rigor, el hígado “nunca duele”— se debía hacer un corte en el codo derecho; para aliviar las dolencias del bazo, en el codo izquierdo; los cortes sobre los costados exterior e interior del tobillo eran indicados, respectivamente, para calmar los dolores de espalda y los dolores de testículos.

La práctica de la sangría se llevaba de maravillas con la teoría de los humores, que había sido sistematizada siete siglos antes por Hipócrates. Pero éste, siempre partidario de métodos menos cruentos como el ayuno, no le dio en su corpus el lugar central que iba a darle Galeno en el siglo II.

MEDICINA PREVENTIVA

“Pletórico” hoy significa “lleno” y no es un término usado en medicina, pero por entonces se consideraba a ese estado como el origen de muchas enfermedades. La plétora –el exceso de sangre contaminada con otros humores, decían los médicos de la Antigüedad tardía– tendía a acumularse en las partes del organismo lesionadas o debilitadas, y allí se convertía en foco de la enfermedad. Galeno dejó escrito que la plétora era la causa de las infecciones, del empeoramiento de las fracturas, de los tumores, de muchas afecciones de la piel. “La mezcla humoral determinaba el carácter de la inflamación resultante: la sangre en que predominaba la bilis amarilla producía el herpes; la bilis muy caliente, la erisipela; la sangre caliente y espesa, ántrax; la flema, edema”, describe Shigehisa Kuriyama en su obra La expresividad del cuerpo (2005). El exceso de bilis negra era la causa del cáncer, que para Galeno era una forma más de inflamación.

Dado que la plétora no era una enfermedad en sí sino una potencial causa, la instrumentación de la sangría fue una de las primeras estrategias de medicina preventiva. Se confiaba en que al depurar sangre se prevenían posibles complicaciones, e incluso que a la larga se fortalecía al cuerpo porque se tornaba menos vulnerable a las inflamaciones si sufría heridas.

Propietarios de ese saber, los médicos medievales prescribirán la sangría como primera opción casi universal, desde lejos y sin tomar contacto con el paciente, ya que de la práctica en sí se encargaban los barberos. Las sanguijuelas –el anélido Hirudo medicinalis, un gusano muy frecuente en Europa que se alimenta de sangre– fueron utilizadas con tal fin desde la Antigüedad por las propiedades de su saliva, que tiene un efecto anestésico, posee un componente anticoagulante (hirudina) y contiene una sustancia semejante a la histamina, con efecto vasodilatador.

LAS RAMAS DEL ARBOL

Sin hablar de los riesgos que seguramente implicaba en realidad, tal vez el efecto placebo de esta medida depurativa fuera sustancial, porque a la sangre se le atribuyeron múltiples significaciones sociales a lo largo de toda la historia. La naturaleza del sistema circulatorio será develada en muy cómodas cuotas a partir del siglo XI.

El polifacético Avicena (Abu Ibn Sina, 980-1037), además de ser el gran codificador de la medicina medieval, fue el primero en describir la circulación pulmonar: el circuito por el cual la sangre se oxigena. La gran incógnita es cómo las enseñanzas de un médico y filósofo musulmán –nacido en la actual Uzbekistán– pudieron haber sido sacralizadas incluso por el intolerante cristianismo europeo. Pero lo cierto es que el pensamiento aristotélico retornó a Occidente en gran parte a través de Avicena, que además conocía profundamente la obra de Galeno y de Hipócrates.

Su obra completa consta de unos 450 volúmenes, entre los que se destaca el Canon. Avicena, que identificaba a Dios con la Razón y no creía en la inmortalidad del alma, fue el primero en describir la anatomía del ojo, en diagnosticar la diabetes, la úlcera gástrica y la meningitis, en realizar traqueotomías y en sugerir que la peste podía ser causada por las ratas.

Recién a partir de los trabajos del británico William Harvey (1578-1657) se considera adquirido un conocimiento más o menos acabado de la circulación de la sangre y de sus formas de propulsión a través de las arterias y las venas. Pero eso no fue razón para que se dejaran de implementar las sangrías según el precepto galénico: hasta bien entrado el siglo XIX, los médicos europeos y americanos la seguirán prescribiendo habitualmente.

EL SECRETO DE TUS GENES

Publicado en General el 4 de Julio, 2010, 5:45 por feyerabend

El secreto de tus genes

Por Jorge Forno

Para los estudiantes que se iniciaban en la genética, una regla mnemotécnica sencilla y bien rioplatense parecía concentrar todos los secretos del ADN. Las bases que constituyen el código genético –adenina, timina, guanina y citosina, simbolizadas respectivamente por A, T, G y C– se unían de a pares siguiendo una tanguera e inapelable regla de combinaciones: Aníbal Troilo (A con T) y Carlos Gardel (C con G).

Pero las cosas nunca son tan simples. Comprender los secretos más profundos del código genético demandaría a los científicos años de duro trabajo. Así como en épocas pasadas los cartógrafos lidiaban con información geográfica confusa y armaban un fenomenal rompecabezas para unir mapas antiguos con datos que les acercaban intrépidos exploradores y comerciantes aventureros, la dilucidación del genoma humano significó una empresa de proporciones tan gigantescas como aquella, no exenta de controversias. Se trataba de localizar y secuenciar varios miles de genes que constituyen el genoma de los humanos. Un verdadero mapa que contendría el conocimiento completo de la organización, estructura y función genética en los cromosomas, portadores de la información que organiza la vida y las condiciones hereditarias. Pero, ¿qué pasaría con esa información? ¿Sería de uso público y libre o se patentaría y habría que pagar para acceder a ella?

Secuenciar y cartografiar la totalidad del genoma humano requería de grandes dotaciones de hombres de ciencia, equipamiento y, por supuesto, dinero, y en el proyecto se habían embarcado dos contendientes de peso: el consorcio público Proyecto Genoma Humano y el privado Celera Genomics. La carrera por obtener el primer borrador del genoma humano resultó, tal como la tarea de los cartógrafos de antaño, una acción colaborativa no siempre reconocida en la que abundaban las intrigas, el espionaje y las copias no autorizadas. Sucesivos y rimbombantes anuncios sobre logros en la titánica tarea se convirtieron en moneda corriente a finales del siglo pasado y principios del actual.

WATSON VS. VENTER

En 1990 el Departamento de Energía y los institutos de salud de los Estados Unidos fundaron el Proyecto Genoma Humano. Las riendas del proyecto estaban a cargo de John Watson, un veterano conocedor del ADN y sus propiedades. En 1953 había desentrañado junto a Francis Crick –con una ayudita inconsulta de Rosalind Franklin y sus difracciones de rayos X– la estructura del ADN. Un plazo de 15 años y 90 mil millones de dólares eran las bases de una cruzada que contó además con las más modernas herramientas informáticas y una amplísima colaboración internacional, principalmente de Francia, Alemania y Japón. Un trabajo colaborativo paradigmático de lo que se dio en llamar megaciencia, que arrojó sus primeros resultados en el año 2000, difundidos con bombos y platillos en Internet.

El otro contendiente de la carrera, Celera Genomics, era una empresa fundada en mayo de 1998 por Applera Corporation y John Craig Venter, un biólogo especialista en genética viral y –también hay que decirlo– en negocios. Celera y Craig Venter manejaban plazos más cortos –se proponían lograr la secuencia completa del ADN en tres años– y utilizaban técnicas diferentes de secuenciación y herramientas más nuevas y costosas. Es más: Celera fue el proveedor de buena parte del equipamiento que requería el consorcio público. En su afán por ganar la carrera, el 6 de abril de 2000 la empresa de Craig Venter anunció que había obtenido la secuencia casi completa –el “casi” era una salvaguarda frente a un mínimo margen de error metodológico– del genoma humano.

Completa –o casi– pero no ordenada: igual a tener todas las piezas de un rompecabezas, pero sin armarlo. El genoma había sido secuenciado pero no cartografiado, utilizando además –vaya detalle– información pública del proyecto rival. Sus competidores no se quedaron quietos: hicieron valer su enorme peso político –nada menos que estar apadrinados por los Estados más poderosos de la Tierra– y se llegó a un aparente acuerdo: el 26 de junio de 2000, Bill Clinton y Tony Blair anunciaron al mundo que el consorcio de laboratorios del Proyecto Genoma Humano y la Celera Genomics Corporation habían logrado completar el mapa genético tan ansiado, un auténtico manual de instrucciones bioquímicas vitales. En el año 2001, ambos grupos presentaron artículos en las revistas Nature y Science, mostrando que el secreto del genoma humano había sido develado. La publicación simultánea evitó el choque de colosos por la autoría del hallazgo. En las publicaciones se dieron a conocer genomas de 5 etnias diferentes, entre los cuales se encontraba el del controvertido Craig Venter, que si bien tuvo que aceptar que la información del genoma fuera pública, siguió pensando en patentar el conocimiento que pudiera tener aplicabilidad industrial. La información se hizo tan pública que un diario alemán se dio el lujo de publicar seis páginas con secuencias del genoma humano. Textos tan amenos como Gtcaa o Cattg se convirtieron en un infierno para lectores y editores.

CERCA DE LA REVOLUCION

El logro prometía, y mucho. Se esperaban avances extraordinarios en la prevención y cura de enfermedades de origen genético, una verdadera revolución para la medicina que permitiría terapias dirigidas a patologías de difícil tratamiento. Pero en los diez años que pasaron los cambios fueron, aunque valiosos, menos espectaculares de lo que se creía. No porque la investigación se hubiera detenido, sino porque no surgió una catarata de aplicaciones transformadoras para la medicina, como imaginaban los entusiastas de la causa genética. Francis Collins, una de las cabezas del megaproyecto público, analizó en un artículo publicado recientemente en la revista Nature los pronósticos que sobre el asunto se habían difundido en medio de la euforia genética de 2000, y su cumplimiento a lo largo de los 10 años siguientes. El artículo abunda en conceptos como “transformaciones con cuentagotas”, o “logros puntuales”. Nada revolucionario para la práctica médica cotidiana, sino más bien un canto a la moderación.

En la categoría de los logros puntuales se encuentra el desarrollo de algunas pruebas para detectar tempranamente el riesgo de generar ciertos tipos de tumores –por ejemplo en mamas o colon– y la resistencia a ciertos tratamientos potencialmente tóxicos. Igualmente Collins sigue prometiendo. Luego de asumir que quizá todo lo hecho en este tiempo no haya afectado de manera directa al grueso de la atención médica, insiste en predecir grandes cambios, ahora de aquí a diez o veinte años.

DIEZ AÑOS DESPUES

Enfermedad coronaria, hipertensión, accidente cerebrovascular, diabetes o asma formaban parte del ancho abanico de patologías que podrían ser detectadas y prevenidas a tiempo, en base al conocimiento del genoma. Si bien este conocimiento está en muchos casos disponible, las pruebas de detección temprana y reparación genética deberán esperar. Es que actualmente se dispone de la capacidad para secuenciar el genoma completo de una persona a un costo razonable, pero la lectura e interpretación de toda esa información individual es aún una tarea muy compleja y difícil de llevar a cabo.

Tampoco hubo lugar para las peores pesadillas imaginadas a partir del hallazgo. No sólo controversias por el carácter público y privado del conocimiento rondaron el asunto. La polémica sobre los riesgos de develar el genoma humano se extendió a cuestiones legales, religiosas y sociales. La posibilidad de discriminación laboral o social basada en la probabilidad genética de contraer una determinada enfermedad era una preocupación ligada a la privacidad de los datos genéticos individuales. Sólo imaginar lo que pasaría si bases de datos con información genética de cada ciudadano circularan entre empleadores, compañías de seguros o bancos, hacía pensar en un futuro para nada venturoso.

Además de poner en juego definiciones tales como qué es un individuo “normal” a partir de su dotación genética, que podrían entrañar peligros bien mostrados por algunas ficciones futuristas. Tal es el caso de la película Gattaca, un thriller en el que todos los bebés recién nacidos eran sometidos a un control de calidad genética para determinar su predisposición a enfermedades en el futuro. En la película, estrenada en 1997, los médicos “reparaban” el paquete genético de los niños para obtener personas “libres” de determinadas enfermedades.

Anuncios rimbombantes rodearon al secuenciamiento del genoma humano. Diez años después, el largo camino del conocimiento nos muestra una vez más que no es tan rápido ni tan seguro de transitar. La cautela es buena compañía para no caer en expectativas que, como diría CG –Carlos Gardel, claro–, flores de un día son.

VIDA Y MILAGROS DE LA BIODIVERSIDAD

Publicado en General el 9 de Junio, 2010, 11:45 por feyerabend

DIALOGO CON RICARDO OJEDA, DOCTOR EN BIOLOGIA, ORGANIZADOR DEL CONGRESO DE LACTOBACILOS EN TUCUMAN

Vida y milagros de la biodiversidad

El jinete hipotético viajó esta vez a Tucumán para participar del Congreso de Lactobacilos, donde dio una charla sobre Darwin y aprovechó para dialogar sobre biodiversidad.

 Por Leonardo Moledo

Desde Tucumán

–Usted se dedica a la biodiversidad, ¿no es cierto?

–Biodiversidad como un tema que engloba distintos procesos. Eso incluye desde distribución de especies a cómo se conforman las especies que conviven en determinado lugar, cómo coexisten, cuáles son los mecanismos de adaptación a esos ambientes. Eso me lleva a estudiar no sólo zoología, sino también fisiología, distribución. Por ejemplo, ahora, a lo largo de los Andes, tenemos un proyecto...

–¿Por qué es importante conservar la biodiversidad?

–Ahí puedo darle respuestas que podrían ir de lo ético (son especies vivas y, como tales, deben estar presentes y sobrevivir) a aspectos que tienen que ver con el funcionamiento de un ecosistema: la desaparición de determinadas especies puede afectar la polinización de determinada planta, por ejemplo, lo cual implica que si desaparece la especie se produciría una catástrofe, una reacción en cadena que llevaría a la de-saparición de un ecosistema. Hoy, al hablar de biodiversidad, pensamos también en la industria farmacéutica: pensamos que el 40 por ciento de las drogas de esa industria proviene de las selvas tropicales. Es importante conservarla, entonces, por cuestiones que conciernen a nuestra salud.

–¿Y la pérdida de biodiversidad es un proceso rápido?

–El ritmo de cambio, de avance, es muy alto. Un caso concreto es el avance de las fronteras agrícolas sobre los ecosistemas naturales. Chaco es un buen ejemplo. Es uno de los ambientes de mayor diversidad de mamíferos, pero con estos avances va quedando muy poca superficie de ambiente seminatural que podamos conservar. Son especies que, ya lo podemos decir, han desaparecido. Desaparecen y no las podemos recuperar. Hay una relación muy estrecha entre la complejidad del hábitat y la biodiversidad. Y lo que se está haciendo es destruir un ambiente multiestratificado (gramíneas, arbustos, árboles).

–Cuando usted ve que en un ecosistema se produce la desaparición de una especie, ¿no ve que vuelve a alcanzar un nuevo grado de equilibrio?

–Bueno, alcanza una nueva condición. No me gusta usar la palabra “equilibrio”. En los ’70 tendíamos a pensar que la naturaleza estaba en equilibrio; cualquier perturbación la sacaba de equilibrio y luego volvía a alcanzarlo. Lo que está pasando es que estamos creando nuevos ambientes. El ecosistema de la soja, por ejemplo, es un ambiente nuevo, muy simple, muy pobre en especies. Pensar que eso va a regresar en algún momento a lo que era el bosque chaqueño multiestratificado, con árboles de más de 30 metros, es muy difícil.

–¿Y por qué es preferible un ambiente con mucha biodiversidad que uno con poca?

–Un ambiente más heterogéneo, más complejo, da espacio a distintas especies que ocupen distintos lugares. Es decir, hay mayor división de especies. Ambientes homogéneos, con poca variación, son muy simples y muy pobres. ¿Qué pasaría ante un eventual cambio? Un ambiente más complejo podría responder a la desaparición de una especie, porque, por ejemplo, podría haber otras especies capaces de ocupar su lugar. En cambio, en el otro, desaparece una especie y hay más riesgo de que caiga el sistema completo. Eso ha llevado a denominar los ambientes como saturados o no saturados en especies. Lo que hay en los ambientes con mucha biodiversidad es una suerte de colchón biológico...

–¿Y qué está pasando en la Argentina?

–Estamos perdiendo los ambientes más ricos en especies. El caso concreto es el de la selva de yungas. Tiene lugar entre Tucumán y Catamarca, a los 28 grados de latitud. Esa selva de yungas ha sido alterada en toda su función; queda un área muy reducida, lo cual lleva a una reducción de especies, porque la relación especies/área es muy simple: reducís áreas, reducís especies. En la yunga están desapareciendo especies que son únicas dentro de los límites políticos de la República Argentina: monos, marsupiales, ardillas, murciélagos... Lo que todavía no entendemos bien es el papel funcional de muchas de esas especies en el ecosistema. Otro caso es el de Chaco, con la sojización. Si bien la discusión sobre la sojización está presente en los medios, se dice muy poco sobre la desaparición del bosque chaqueño en sí mismo. Está de-sapareciendo un ecosistema muy complejo, de gran diversidad, que es irrecuperable. Una vez que se ha deforestado, ya no hay vuelta atrás. Y también podríamos citar el caso de La Pampa, donde prácticamente no hay pastizales en estado natural. También está el avance sobre los sistemas cordilleranos con la actividad minera. Todo eso lleva, además de la desaparición directa de especies, a la fragmentación de poblaciones y a otros aspectos que no tenemos cuantificados. El avance del hombre sobre los ambientes es realmente muy fuerte, prácticamente no hay ninguna que se salve.

–El problema clave sigue siendo la vieja polémica entre el preservacionismo y el progreso, o el desarrollo, o como quiera llamarlo...

–Le corrijo una cosa. Preservacionismo tiene una connotación negativa: es como si uno estuviera cerrando el sistema. De lo que se habla en biología, y en esto nos diferenciamos de algunas ONG, es de conservación, y pensamos en cuáles son las herramientas teóricas y prácticas para eso. Hoy tenemos principios teóricos en biogeografía y bioecología que nos permiten predecir lo que va a pasar si se desmontan 10 mil hectáreas, según dónde sea ese desmonte. El problema es que no se sabe qué se quiere hacer con la biodiversidad a nivel nacional. ¿

–¿Y por qué no hay políticas territoriales?

–Es todo muy caótico y difuso. Lamentablemente creo que en los últimos treinta años hemos tenido un retraso enorme en lo que es política ambiental en la Argentina. La década del ’90, en este sentido, fue una década de desmantelamiento: se desmantelaron todos los cuerpos técnicos del Estado, la Dirección de Fauna... Es triste que el Estado tenga que recaer en ONG´s y no en lo que están investigando los cuerpos técnicos del propio Estado: universidades, institutos... No hay políticas prioritarias para la conservación y el uso de los recursos naturales.

–¿Por qué?

–Acá debería hacer un mea culpa. Además de la falta de políticas estatales, creo que la propia comunidad científica está un poco sesgada por las formas de evaluación de sus miembros. Hay mucho trabajo académico, para el paper, que es lo que da mérito en la carrera de investigador, y poco compromiso. ¿Por qué no escribimos un libro de ecología, pero sí muchos artículos para revistas especializadas? Porque la propia carrera de investigador lo exige. Hay un analfabetismo científico muy grande, y eso es una culpa compartida: tanto nuestra como del periodismo, por no transmitir información de buena calidad. Y falta, sin duda, articulación con el sector político.

–Bueno, con el Ministerio de Ciencia y Técnica...

–Ojo, no estoy entrando en los últimos cinco años. Esa parte no la toco: bienvenidas esas innovaciones, y las seguimos apoyando. De todos modos, sigue habiendo una falta de integración.