HISTORIA DE LA CIENCIA

Publicado en General el 24 de Enero, 2010, 9:26 por feyerabend

HISTORIA DE LA CIENCIA

La medicina en los tiempos de la conquista

La salvaje conquista de América por parte de los españoles no sólo se llevó a cabo por la fuerza de las armas, las penurias de la esclavitud y el desmantelamiento material y simbólico de las culturas. La enfermedad también ayudó, como un dardo envenenado asociado a la cruz y la espada. Una ayudita que el pequeño dios europeo, insigne en su maldad, les daba a sus sicarios.

 Por Raúl A. Alzogaray

La noche del 10 de julio de 1533 nacieron en la isla Española dos niñas juntas. Estaban pegadas a la altura del abdomen y parecían compartir un único ombligo. Su padre, José López Ballesteros, las llevó de inmediato a la iglesia. Cuando el cura las vio quedó desconcertado. ¿Eran una o dos personas? Por las dudas, bautizó a una y luego, dirigiéndose a la otra, murmuró: “Si no eres baptizada, yo te baptizo”. Las llamaron Joana y Melchiora.

Ocho días después, las dos murieron. El cirujano Joan Camacho las abrió y comprobó que tenían la cantidad de órganos correspondientes a dos personas. Hasta el ombligo, que por fuera parecía uno solo, se dividía interiormente “en dos caños” que se dirigían uno hacia cada niña.

La conclusión fue que eran dos seres humanos y por lo tanto había dos almas. El cronista Gonzalo Fernández de Oviedo presenció estos hechos y los describió para la posteridad en su Historia General y Natural de las Indias. “Se deben alegrar los que lo vieron –escribió Oviedo–, y los que aquesto leyeren, en quedar certificados que subieron dos ánimas al cielo a poblar aquellas sillas que perdió Lucifer y sus secuaces, pues dos niñas que juntas nacieron, recibieron el sacramento del bautismo conforme a la Iglesia.”

Esta anécdota, en la que se mezclan la religión y la medicina, proviene de un momento en que la historia americana sufría cambios trágicos. Había pasado menos de medio siglo desde la llegada de Colón y los españoles ya habían provocado la muerte de millones de indígenas y la destrucción de los dos imperios más grandes del continente. Mientras España imponía su religión, sus leyes y su ciencia en el territorio recién descubierto, condenaba e intentaba relegar al olvido las tradiciones y conocimientos de los pueblos originarios.

JUAN, EL PRIMER CIRUJANO

En los tiempos de la conquista existía en Europa una clara distinción entre médicos y cirujanos. Los primeros pertenecían a una clase económicamente acomodada y habían cursado estudios universitarios. Atendían a la nobleza y buscaban cómo curar las enfermedades.

Los cirujanos, en cambio, carecían de formación universitaria. Solían llamarlos “maestros”, recibían bajos salarios y se dedicaban principalmente a la atención de los pobres. Realizaban sangrados, amputaciones y otras “tareas sucias”.

Colón llegó al Nuevo Mundo en octubre de 1492. Desembarcó en una isla a la que llamó Española (hoy compartida por República Dominicana y Haití) y fundó el Fuerte Navidad. En la lista de los tripulantes que lo acompañaron figura un cirujano del que sólo se conoce su nombre: el maestro Juan. Cuando Colón regresó a España, dejó a Juan en el Fuerte Navidad “para curarles [a la gente del lugar] las llagas y otras necesidades á que su arte se extendiese”.

En la segunda expedición de Colón (1493) viajó el sevillano Diego Alvarez Chanca, un Médico de la Armada enviado por los Reyes Católicos. Su habilidad profesional fue puesta a prueba no bien desembarcó en La Española, cuando casi todos los viajeros cayeron seriamente enfermos.

Más tarde, en un informe dirigido a los reyes, Colón alabó generosamente la “gran diligencia e capacidad” de Chanca (también pidió que aumentaran el sueldo del médico, porque le estaban pagando menos de lo que estaría ganando en España).

INTERCAMBIO DE MICROBIOS

El viaje de ida de la Santa María, la Niña y la Pinta fue relativamente sano. El único enfermo fue un hombre mayor que tenía piedras en un riñón.

Como la Santa María fue usada para construir el Fuerte Navidad, sólo la Niña y la Pinta regresaron a España. Es probable que en ellas haya viajado la sífilis, una enfermedad de transmisión sexual hasta ese momento desconocida en Europa.

Quizás iba en alguno de los diez indígenas que Colón se llevó a España, o la contrajeron los marinos españoles (oportunidades de contagio no les faltaron). O ambas cosas. Como sea, la sífilis se esparció rápidamente por el Viejo Mundo. Los españoles les echaron la culpa del contagio a los franceses y la llamaron morbo francés; los franceses, creyendo que provenía de Nápoles, la bautizaron mal napolitano; los alemanes la nombraron sarna española.

En la segunda expedición de Colón participaron 1500 personas, incluidos siete de los diez indígenas que habían viajado a España y volvían al Nuevo Mundo entrenados como traductores. En los barcos iba también la viruela, que enfermó a buena parte de los viajeros y mató a cinco de los indígenas. El propio Colón estuvo tan debilitado por la enfermedad que durante semanas fue incapaz de escribir el diario del viaje.

A lo largo del siglo XVI, las epidemias de enfermedades traídas de Europa abundaron en el Nuevo Mundo: viruela, paperas, sarampión, peste bubónica, tifus, fiebre tifoidea, lepra. Como los indígenas nunca habían estado expuestos a estos males, sus sistemas inmunológicos no estaban preparados para combatirlos. Morían de a millones, mientras los españoles observaban preocupados cómo disminuía la mano de obra gratuita (pero estaban convencidos de que las epidemias eran una ayudita que les daba Dios para que se adueñaran del continente).

ACEITE HIRVIENDO Y PLEGARIAS

A comienzos de 1519, desobedeciendo las órdenes de su jefe, el gobernador de Cuba, el capitán Hernán Cortés, navegó hasta la península de Yucatán. Junto con unos pocos soldados y caballos se internó en un territorio al que bautizó Nueva España (hoy México) y en poco tiempo saqueó y destruyó el poderoso imperio azteca. La enfermera Isabela Rodríguez fue una de las pocas mujeres que lo acompañaron. Mujer de armas tomar, además de curar y dar consuelo a los heridos, hacía guardia y peleaba codo a codo con los soldados.

Por aquel entonces, en los campos de batalla europeos, las hemorragias eran contenidas con vendas. Si eso no las detenía, se aplicaba sobre las heridas aceite hirviendo. En los campos de batalla de Nueva España, en cambio, se usaba lo que se tenía a mano. A falta de vendas apropiadas, se oprimían las hemorragias con mantas o con las ropas de los muertos. Si no había aceite, se extraía la grasa del cadáver de algún indio y se la derramaba hirviendo sobre las heridas.

Cuando veían que no quedaban esperanzas, los médicos aconsejaban a sus pacientes confesarse, hacer testamento y recibir los santos sacramentos. Durante el sitio de Tenochtitlán, la capital del imperio azteca, cobró renombre el soldado Juan Catalán, que bendecía las heridas y rezaba por su pronta curación. Los indígenas aliados de los españoles, impresionados por esta actividad, acudían en tal gran número a requerir sus servicios, que Catalán se la pasaba el día haciendo la señal de la cruz y recitando salmos.

AL COMPAS DE LA VIRUELA

La viruela llegó a Tenochtitlán casi al mismo tiempo que los españoles. Según el fraile Bernardino de Sahagún, “de esta pestilencia murieron muy muchos indios. Tenían todo el cuerpo y toda la cara y todos los miembros tan llenos y lastimados de viruela que no se podían bullir ni menear de un lugar, ni bolverse de un lado a otro, y si alguno los meneava davan vozes [gritaban de dolor] [...] muchos murieron de hambre, porque no havía quien podiese hazer comida. Los que escaparon de esta pestilencia quedaron con las caras ahoyadas, y algunos los ojos quebrados”.

Los españoles entraron a una Tenochtitlán literalmente cubierta de cadáveres. Muchos aztecas habían muerto en el combate, pero a muchísimos más los mató la viruela. De inmediato, Cortés mandó reconstruir la ciudad, la llamó México y la gobernó durante tres años. Un día recibió la visita de Francisco de Garay, el gobernador de Jamaica, que se había internado en el continente en busca de riquezas que nunca encontró. Cortés lo recibió amistosamente y le ofreció soldados y tierras. Hasta le propuso convertirse en consuegros.

Garay no pudo disfrutar nada de esto, porque en la Navidad de 1523 le dio “dolor de costado”. Se le daba este nombre a una enfermedad que provocaba dolor en el pecho, la espalda o los costados del tórax. Podía ser gripe, tifus, neumonía o la peste, ya que todas estas dolencias producen esos síntomas.

Los médicos le sacaron sangre y lo purgaron. Estas dos prácticas, muy difundidas en Europa, se debían a la equivocada creencia de que las enfermedades se producían cuando se rompía el equilibrio entre los líquidos del cuerpo. Se creía que la mejor manera de corregir esto era sacar los líquidos sobrantes.

El tratamiento no dio resultado y Garay falleció (las malas lenguas difundieron el rumor de que Cortés lo había envenenado, pero los médicos certificaron que murió de causa natural). Uno de los que lo atendieron fue el médico sevillano Cristóbal de Ojeda, que años después acusaría a Cortés de haber mandado quemar con aceite las manos y pies de Cuauhtémoc, el último gobernante azteca, para que revelara dónde estaba escondido el tesoro de los aztecas (cuya existencia nunca pudo ser comprobada).

Según otra costumbre traída de Europa, los barberos estaban autorizados a practicar la cirugía. Por eso, el día que lo acorraló un grupo de conjurados dispuesto a matarlo, el conquistador Pedro de Alvarado fingió que se sentía mal. Dijo: “Señores, a mí me ha dado dolor de costado, volvamos a los aposentos e llámenme un barbero que me sangre”. Esto desconcertó a sus enemigos. Alvarado mandó ahorcar a dos de ellos, los demás prefirieron posponer la conjura por tiempo indefinido.

LOS OTROS MEDICOS

Cuando los españoles invadieron el Nuevo Mundo, parte de lo que hoy es México estaba dominado por el imperio azteca. Durante la conquista, los invasores se dedicaron con gran éxito a destruir los textos indígenas. Sin embargo, muchos detalles de la cultura azteca se conservaron gracias a la obra de un puñado de religiosos que, a diferencia de los conquistadores, se interesaron en las creencias y costumbres de los vencidos.

Entre esos religiosos se destaca Bernardino de Sahagún, un franciscano que aprendió la lengua azteca, se instaló en un pueblo cercano a la ciudad de México y les pidió a los ancianos indígenas del lugar que le contaran cómo era la vida antes de la conquista. Con la información que obtuvo escribió los doce volúmenes de su Historia General de las cosas de la Nueva España.

La medicina azteca combinaba el conocimiento adquirido mediante la práctica con elementos de magia y religión. El saber médico se transmitía de padres a hijos. También se lo enseñaba en los templos, junto con temas bélicos, religiosos y astronómicos.

Algunos médicos se especializaban en el tratamiento de las enfermedades. Otros se dedicaban exclusivamente a la cirugía (nunca les faltaba trabajo, porque los aztecas se la pasaban guerreando). Conocían jugos vegetales que adormecían a los pacientes antes de las operaciones y usaban cabellos para coser las heridas. Cortés confiaba más en ellos que en los cirujanos españoles.

Los aztecas conocían unas setenta enfermedades o condiciones médicas y tenían tratamientos para todas. Las enfermedades que más probablemente los afectaban eran la diarrea de origen bacteriano, el reumatismo, las infecciones del aparato respiratorio, la tuberculosis y la sífilis. Los tratamientos consistían en la aplicación de medicinas de origen vegetal, animal o mineral. Les atribuían propiedades curativas a más de 130 plantas y mantenían jardines botánicos, donde cultivaban vegetales traídos de otras regiones y estudiaban sus propiedades medicinales.

MESTIZAJE CULTURAL

En algunos casos, los tratamientos se complementaban con rituales de purificación, plegarias o el uso de amuletos. Creían que los dioses enviaban ciertas enfermedades a modo de castigo. Conocían la importancia de la prevención sanitaria. Para evitar las “enfermedades de las muelas”, por ejemplo, sabían que había que limpiarlas bien después de comer y sacar con un palillo los restos de comida que quedaban entre ellas.

Cuidaban la higiene personal y era común que todas las clases sociales tomaran un baño diario. Las calles de Tenochtitlán eran barridas y lavadas todos los días. Había leyes que prohibían arrojar basura a las aguas del lago que rodeaba la ciudad. Si aparecía una enfermedad infecciosa, aislaban a los afectados en centros de cuarentena.

Después de la conquista, los vencedores impusieron en el Nuevo Mundo los conocimientos, las instituciones y las leyes médicas españolas. La medicina indígena fue suprimida, con excepción de los conocimientos sobre plantas medicinales. Pero el mestizaje cultural fue inevitable. En el México actual, y en muchas otras partes de América, todavía se practica una medicina folklórica que reconoce sus orígenes en las culturas precolombinas.

HARALD ZUR HAUSEN, PREMIO NOBEL DE MEDICINA 2008 POR SUS INVESTIGACIONES EN CANCER

Publicado en General el 21 de Diciembre, 2009, 5:47 por feyerabend
HARALD ZUR HAUSEN, PREMIO NOBEL DE MEDICINA 2008 POR SUS INVESTIGACIONES EN CANCER

“Habría que vacunar a los niños varones también”

El alemán Harald Zur Hausen es virólogo. Por descubrir la relación entre virus y cáncer –en el caso del HPV y el cáncer de cuello de útero– recibió el Premio Nobel de Medicina. Indicó a Página/12 que una campaña de vacunación a nivel mundial evitaría la mayoría de estas infecciones.

 Por Marcelo Rodríguez

–¿A qué se dedica hoy?

–Trabajo en el Centro Nacional de Investigación del Cáncer de la Universidad de Heidelberg, el más importante de Alemania, del que durante veinte años fui director; desde hace seis estoy felizmente jubilado, pero continúo trabajando allí.

–¿Cuál cree usted que es la relevancia social del descubrimiento por el cual le han dado el Nobel?

–Bueno, creo que el reconocimiento tiene que ver con el trabajo sobre el papilomavirus y los cánceres cervicales, y que resultó eventualmente en el desarrollo de una vacuna para prevenir estos tipos de cáncer. El cáncer de cuello de útero es el segundo más frecuente a nivel mundial entre las mujeres y por tales motivos estamos deseosos de poder prevenirlos en toda la población mundial.

–¿Qué se sabía sobre relaciones entre virus y cáncer cuando usted comenzó a investigar este tema?

–Cuando comencé en 1962 no era posible relacionar ningún agente infeccioso conocido con el cáncer humano. En 1985 se detecta por microscopía electrónica el primero de estos agentes en un tumor, el virus de Epstein-Barr. Tuve la oportunidad desde 1966 de trabajar yo mismo en este tema durante muchos años y pudimos demostrar presencia de material genómico de este virus en células de linfomas, en tumores de niños del Africa y en células de carcinoma nasofaríngeo.

–¿Se han podido desarrollar vacunas a partir de ese descubrimiento?

–Lamentablemente aún no existen vacunas disponibles para el control del Epstein-Barr, aunque algunas compañías están trabajando en el tema. El problema con este virus es que se ha diseminado por todo tipo de poblaciones, e incluso nosotros podríamos excretarlo en nuestra saliva, es ubicuo y fácilmente transmisible. Pero en la mayoría de los casos no produce síntomas, y esto impidió que muchas compañías pusieran el debido énfasis en el desarrollo de vacunas. Ocasionalmente causa mononucleosis infecciosas. La acción tumoral de este virus es poco común pero ocurre principalmente en pacientes inmunosuprimidos y en regiones específicas del mundo. Todavía no podemos comprender por qué los linfomas Burkitt por Epstein-Barr ocurren predominantemente en el Africa ecuatorial, y por qué el carcinoma nasofaríngeo se limita principalmente al sur de China y al área del Sudeste asiático.

–¿Y por qué son importantes las vacunas contra el HPV?

–Los papilomavirus están ampliamente diseminados alrededor del mundo, y calculamos que la mayoría de la población mundial está en alto riesgo de adquirir los papilomavirus que causan cánceres cervicales. De hecho, las mujeres tienen un 50, 70 u 80 por ciento de riesgo de ser infectadas durante su edad sexualmente activa. A pesar de eso sólo 1,1 por ciento van a desarrollar cáncer cervical con el tiempo, o al menos éstas son las cifras obtenidas en Alemania. Las lesiones menores serán detectadas por Papanicolaou y extirpadas por el ginecólogo, y si tempranamente se detecta cáncer, hay excelentes chances de curarlo. Pero a nivel mundial tenemos alrededor de 500.000 casos de cáncer cervical y por esto unas 250.000 personas mueren, la mayoría en el mundo en vías de desarrollo.

–También se habla de una relación entre HPV y cáncer bucal.

–Sí, existe una relación, y entre un tercio y un cuarto de los cánceres orofaríngeos están asociados a este tipo de virus. Existe evidencia de que estos virus causan estos tipos de cáncer, y de que están presentes en el cáncer de amígdalas y en cáncer anal, y en un 30 a 50 por ciento de los cánceres de pene y de vulva.

–¿Y eso es importante epidemiológicamente?

–Sí, claramente, porque se relaciona con la vacunación. Sería conveniente vacunar a los niños varones también, por varias razones: el cáncer orofaríngeo y el anal ocurren más frecuentemente en varones que en mujeres. Además las verrugas genitales –condilomas– aparecen en ambos sexos con relativa frecuencia, son extremadamente desagradables y recidivan bastante. Es totalmente posible erradicar estas infecciones con una vacunación a nivel mundial. Y debiera ser obligatorio vacunar a los niños varones también. Creo que es una cuestión de solidaridad de género, porque los hombres transmiten el virus a las mujeres y viceversa, pero sucede más comúnmente de hombre a mujer. O sea que para proteger al otro género la vacunación es muy importante.

–Se han leído algunas críticas suyas sobre el costo de las vacunas.

–Sí, porque la vacuna en la actualidad es demasiado cara. Desconozco su precio en la Argentina, pero en Alemania pagamos 465 euros por las tres inyecciones. En Estados Unidos, aproximadamente 365 dólares. Algunos gobiernos han sabido negociar un precio más bajo, pero los alemanes no somos hábiles para negociar (risas). Las compañías trataron de darme explicaciones por estos altos costos, pero no me han logrado convencer. Creo que los precios se van a reducir en el futuro porque habrá compañías en países como India y China que desarrollarán vacunas que contengan aún más variedad de tipos. India está produciendo una vacuna octovalente –contra ocho serotipos del virus– y otra compañía está trabajando en la producción de una vacuna nonavalente. Creo que la competencia va a aumentar en los próximos años y esto va a bajar costos considerablemente. Para el mundo en vías de desarrollo el cáncer de mama es más importante (que los causados por HPV).

–¿Es posible cubrir con una sola vacuna todos los tipos de virus que causan cáncer?

–En teoría sí, pero en la práctica no, hasta ahora. Varios grupos están trabajando en lo que se llama “vacunas de grupo específico”. Todos los virus que infectan el tracto genito-anal que pertenecen a los mismos subgrupos del HPV estarían cubiertos por este tipo de vacuna. El problema es que los niveles o títulos de anticuerpos que proveen son relativamente bajos y necesitamos más investigación para mejorar esta condición, pero creo que en el futuro sí será posible.

–¿Cuánto demorará?

–No podemos predecirlo. Depende de las pruebas clínicas, ojalá que un par de años. Veremos.

–¿Cómo piensa que influye la industria farmacéutica en la investigación científica?

–Quizá no tanto respecto de la dirección de la investigación, pero indudablemente sí en la aplicación de la información que resulta de la investigación. Por ejemplo, este tipo de vacunas no hubieran podido ser desarrolladas sin las compañías farmacéuticas. Es obligatorio que lo hagan, incluso con un respaldo financiero razonable. De modo que en ese sentido existe mucha influencia. Por supuesto que la industria farmacéutica puede influir en la investigación haciendo que ésta responda a las requisitorias relacionadas con su propia actividad. Sin embargo, debo decir que nunca he sido presionado por la industria farmacéutica.

–¿Y qué piensa de la importancia social de la ciencia?

–Es mi opinión, la ciencia es muy importante para la sociedad, es una de las fuerzas que movilizan su de-sarrollo. Es cierto que necesitamos que se conduzca una investigación básica, pero también que se vuelquen estos resultados de la investigación a la aplicación práctica. No creo que un país deba confiarse únicamente a que (sus científicos) interpreten la información, sino que debieran realizar ellos mismos por lo menos algún tipo de investigación básica.

–¿Cómo nivelar este problema entre países pobres y ricos?

–Es una pregunta difícil. Los países donde se hace investigación invierten mucha plata y pueden hacerlo fácilmente. Igualmente creo que se debe alentar a los países en desarrollo a realizar investigación básica. Algunos dicen que esto ya no va a ser posible, pero yo insisto en que hay que intentarlo, aunque sea en forma limitada, porque ésta sería una forma de lograr algún desarrollo y liderazgo en áreas específicas, y la correspondiente aplicación en esas áreas para el beneficio humano.

–¿Qué ha cambiado para usted después del Premio Nobel?

–Es una pregunta interesante, porque inicialmente cuando los periodistas me lo preguntaron yo decía que inmediatamente iba a volver a mi actividad normal. Pero no es verdad, porque en realidad recibo diariamente grandes pilas de correo, pedidos para colaborar en publicaciones y un montón de cosas que ya no puedo hacer más. De todos modos la vida sigue siendo todavía agradable y estoy trabajando duro en un nuevo proyecto de investigación que hemos desarrollado recientemente.

–¿Y de qué se trata?

–Trabajamos en otros cánceres porque creemos que existe evidencia epidemiológica de que pueden estar implicadas infecciones, en particular en el cáncer colorrectal, el de mama, el pancreático y el pulmonar en personas no fumadoras. Dado que son cánceres muy comunes, pensamos que si esta especulación resulta cierta tendrá mucha importancia en la prevención y el diagnóstico temprano. Ese es nuestro tema actual.

–Sólo faltaría el de próstata y estaríamos hablando de la mayoría de los cánceres comunes.

–En el cáncer prostático es difícil de diagnosticar, porque se trata de un retrovirus que no se ajusta a los mismos modelos epidemiológicos. Buscamos con criterio epidemiológico porque estos cánceres son interesantes para infectólogos, como yo mismo. El cáncer colorrectal, por ejemplo, ha aumentado su incidencia en países donde se consume mucha carne roja, como en Argentina. El riesgo de adquirirlo ha aumentado entre 20 y 40 por ciento tras el consumo de carne vacuna, porcina y de cordero.

–Pero se habla de la carne asada como factor de riesgo, ¿qué lógica tendría eso?

–Creemos que aparecen factores químicos cancerígenos en el proceso de cocción –asar y freír–. Estos factores también han inducido cáncer en roedores (de laboratorio). Como la carne de ave no produce este riesgo, necesitamos una explicación, y nuestra especulación es que en la infección existen algunos agentes resistentes que sobreviven a los procesos de cocción. Y de hecho así es, ya que existe un grupo de virus que resisten 80° C por un período prolongado. Nuestra sospecha es que la interacción entre el virus latente y estos factores químicos favorece el aumento de este riesgo en el desarrollo de este tipo de cánceres, y estamos trabajando en eso con vacas y ganado.

–¿Es el cáncer una sola enfermedad?

–Hay muchos tipos de etiologías en cáncer, y por lo tanto en mi opinión nunca habrá una única cura para el cáncer. Tendremos que ir allanando el camino con el estudio de los cánceres individuales

El Cielo de Galileo

Publicado en General el 20 de Diciembre, 2009, 16:48 por feyerabend

El Cielo de Galileo

 Por Mariano Ribas

Así a cuatrocientos años de la primera observación de Galileo se proclamó este año como “El año internacional de la astronomía”, que Futuro siguió calurosamente a través de los generosos artículos de Mariano Ribas. Y ahora, que el año se aproxima a su final, es justo dedicarle una gran nota al gran protagonista de esa gran epopeya que dio en llamarse la revolución científica, fuente, punto de partida y caudal de la ciencia moderna.
Escuchémoslo, pues, a Mariano.

L. M.

Y de pronto, nuestra idea del universo cambió para siempre: en diciembre de 1609, hace exactamente cuatro siglos, Galileo Galilei comenzó a perforar el cielo con un rudimentario telescopio, que él mismo había fabricado. Y sumergido en una rara mezcla de asombro, vértigo, desconcierto y felicidad, emprendió un viaje iniciático que lo condujo a una ráfaga de sorprendentes descubrimientos astronómicos. La Luna tenía cráteres y montañas, Júpiter estaba rodeado por satélites, Venus mostraba fases cambiantes, el Sol estaba manchado y la Vía Láctea dejaba de ser una franja difusa y fantasmal para convertirse en un río de estrellas imposibles de contar. Asombrosas revelaciones que no sólo lo desbordaron, sino que, por sus implicancias, lo llevaron a desafiar, con tozudez y valentía, viejos saberes que muy pocos habían desafiado. Con la razón, la ciencia, y el telescopio, Galileo destruyó el hasta entonces intocable universo de Aristóteles y Ptolomeo. Y dio nacimiento a la astronomía moderna. A toda una nueva imagen del cosmos.

En este 2009 que ya está entrando en su crepúsculo, y por una acertadísima decisión de la Unesco, la humanidad toda celebró el Año Internacional de la Astronomía. Justamente, por cumplirse 400 años de las primeras observaciones telescópicas de Galileo. En todas partes de la Tierra, observatorios, planetarios, e instituciones afines –profesionales y amateurs– redoblaron la apuesta hacia la divulgación astronómica. Sólo por nombrar los casos más resonantes, eventos mundiales como “100 horas de astronomía” (abril) y las “Noches galileanas” (octubre) convocaron multitudes junto a incontables telescopios desparramados en cada rincón del planeta (aquí nomás, en el Planetario de Buenos Aires, y con motivo del segundo evento, 1200 personas observaron a Júpiter y a la Luna en las noches del 22 y 24 de octubre, un caso que fue destacado por la revista especializada Sky & Telescope).

A lo largo de todo este año, Futuro también se ha hecho eco de la celebración, con muchos artículos especiales. Y por supuesto, ahora, que el aniversario es exacto, qué mejor que volver el tiempo atrás y, junto a Galileo, rememorar sus primeras y temerarias aventuras telescópicas. Las que cambiaron nuestra forma de ver y de pensar al universo.

DIBUJOS DE LAS FASES DE VENUS Y OTROS PLANETAS HECHOS POR GALILEO.

La Luna y el telescopio

Todo comenzó con la Luna. Y con el telescopio, claro. En realidad, Galileo Galilei no inventó el telescopio, pero sí perfeccionó aquel invento cuyo origen es sumamente difícil de precisar. La historia tradicional sitúa el nacimiento formal del telescopio en Holanda, en 1608, y a manos del óptico Hans Lippershey. Sin embargo, hay buenas razones para creer que hacia 1580 ya había toscos catalejos de unos pocos aumentos en Inglaterra y en España. Pero ésta no es la historia del telescopio, sino de lo que Galileo hizo con el telescopio.

Y lo primero que hizo, fue mejorarlo. Apenas se enteró de la novedad holandesa, a mediados de 1609, tomó la idea y se puso a fabricar uno. El primero de los casi cien que construyó a lo largo de su vida. Tenía apenas tres aumentos, y al igual que los demás, era un telescopio refractor que utilizaba un par de lentes de 2 a 3 centímetros de diámetro, una frontal (objetivo) y una lente ocular. Luego vino uno de 8 aumentos, que Galileo orgullosamente presentó ante el senado de Venecia en agosto. Ya para noviembre, el respetado profesor de matemáticas de la Universidad de Padua se despachó con un “poderoso” instrumento de 20 aumentos. Y durante la primera quincena de diciembre de 1609, justamente en Padua, Galileo se le animó a la Luna con aquel prometedor instrumento. Y quedó muy impresionado. En una carta a un amigo, unas semanas más tarde, escribió: “Evidentemente, la Luna no es suave y regular en su superficie, como muchos creían, sino, por el contrario, rugosa y desigual (...) está llena de prominencias y cavidades”.

Galileo vio cráteres, cordilleras, valles, fisuras y grandes llanuras grises. Paisajes. Todo un mundo nuevo a sus ojos. Un mundo que en cierto modo le recordaba a la Tierra. Y ese fue un momento de profundo conflicto intelectual para el padre de la astronomía moderna: desde los tiempos de Aristóteles, toda persona educada sabía –o repetía– que la naturaleza de los astros era completamente distinta a la de la Tierra. Se creía que los cuerpos celestes estaban hechos de éter, una sustancia pura, perfecta e incorruptible. Que eran suaves y perfectos. Y no irregulares y cambiantes, como las cosas terrestres (que estaban hechas de la mezcla de los cuatro “elementos” clásicos). En ese marco, la Luna era vista como una esfera lisa y pura, como una bola de cristal (más allá de sus manchas, que fueron justificadas de una u otra manera).

Pero el telescopio mostraba otra cosa: Galileo se topó, de pronto, con la brutal realidad. Tan es así, que para descartar toda duda, y hasta posibles alucinaciones, observó las cambiantes fases de la Luna durante un mes seguido. Miraba y dibujaba. Pacientemente. Y prestaba especial atención al terminador, la línea divisoria que marcaba la frontera entre el día y la noche en la Luna. Era allí donde todos los accidentes lunares cobraban relieve, profundidad y dramatismo. Y era allí donde se recortaban, en juegos de luces y sombras, las montañas de la Luna, cuya altura llegó a estimar (correctamente) en miles de metros, utilizando geometría simple. Observar, y fundamentalmente dar a conocer la imperfecta naturaleza de la Luna, fue el primer golpe de Galileo a viejas y veneradas doctrinas que nadie se había animado a discutir. Y vinieron muchos más

DIBUJOS DE JUPITER Y SUS LUNAS DE 1610.

Las lunas de Jupiter

El 7 de enero de 1610, apenas unas semanas después de sus primeras observaciones de la Luna, Galileo apuntó su telescopio hacia Júpiter. Y si bien no pudo reconocer detalle alguno en el disco del planeta (por las propias limitaciones del instrumento), sí llegó a ver algo por demás inesperado: a un lado de Júpiter, había tres “estrellas” alineadas. La noche siguiente habían cambiado de lugar. Y más tarde apareció una cuarta. Lo curioso era que siempre acompañaban al planeta, mientras variaban sus posiciones relativas. Galileo se dio cuenta que no estaba viendo simples estrellas, sino algo mucho más significativo: lunas. Satélites que revoloteaban en torno a Júpiter.

Poco importa, quizás, que al principio Galileo bautizara a las lunas de Júpiter como “astros Mediceos” (en honor a sus mecenas, la familia de Medici), o que se refiriera a ellos como “I, II, III y IV”. Lo verdaderamente importante, lo revolucionario, era que esos cuatro nuevos astros daban vueltas en torno a otra cosa que no era la Tierra. O dicho de otro modo: nuestro mundo no era el único centro natural del movimiento cósmico. Otro mazazo a la cosmología aristotélica, según la cual, todo cuerpo celeste, debía girar en torno a la Tierra.

El descubrimiento de las 4 lunas de Júpiter (que mucho más tarde recibieron los nombres de Io, Europa, Ganímedes y Calisto) fue quizás el más importante trofeo astronómico de Galileo. Y dadas sus implicancias, causó tal estupor, que filósofos, religiosos, y hasta astrónomos, se negaron a aceptarlo. Con calma y grandeza, Galileo simplemente les ofrecía su telescopio para que vieran esa realidad que tanto les costaba ver.

DIBUJOS DE LA LUNA.

El gran divulgador

Es cierto: parece que un tal Thomas Harriot, astrónomo británico, se le adelantó unos pocos meses en la observación telescópica de la Luna. Sin mayores repercusiones. Y hasta es posible –aunque mucho más discutible– que el alemán Simon Marius haya visto los satélites de Júpiter unas semanas antes. Pero lo que hizo grande a Galileo (entre otras tantas cosas, por supuesto) fue que contó lo que vio. Contó lo que descubrió. Y lo hizo muy bien. Fue un gran divulgador de la ciencia: el 12 de marzo de 1610, publicó en Venecia su célebre Siderius Nuncius (“El Mensajero de los astros”), una preciosa pieza de divulgación científica, clara, amena, entretenida y entendible, donde dio cuenta de sus primeros descubrimientos. Allí, además de hablar del relieve lunar y las lunas jovianas, el también óptico, músico y pintor italiano dio cuenta de otra de sus mayores revelaciones telescópicas: “la Vía Láctea no es otra cosa que congregados de innumerables estrellas distribuidas en cúmulos”.

Aquella franja enorme y difusa, aquel pálido puente celestial que cruzaba el cielo de horizonte a horizonte, se reveló ante el ojo escrutador de Galileo como un mar de puntos de luz. Miles, millones de estrellas tan apretujadas, que a simple vista parecían nubes y manchones borrosos. Y también, mezcladas entre ellas, auténticas nubes cósmicas (las nebulosas). Más aún: Galileo notó que el tamaño de las estrellas no variaba con el uso del telescopio, a diferencia de los planetas. Y entonces, las sospechó extremadamente lejanas. Años más tarde, en otros escritos, hasta se animó a pensarlas como otros soles, que estaban cientos o miles de veces más lejos que nuestro Sol. Se quedó corto, pero poco importa.

TELESCOPIO DE GALILEO.

Fases de Venus

Antes de seguir, hay que recalcar algo que agiganta todos los logros de Galileo: sus mejores instrumentos eran apenas comparables a un telescopio de juguete o un muy mediocre binocular de hoy en día. No sólo por su poca potencia (20 a 30 aumentos en el mejor de los casos), sino especialmente por sus graves aberraciones ópticas (aureolas de colores y baja resolución), su mínimo campo visual (que hacía dificilísimo ubicar los astros) y su muy frágil estabilidad.

Y bien, con todas esas limitaciones, Galileo siguió con su marcha triunfal de revelaciones: durante los últimos meses de 1610, se ocupó de Venus. Y vio que el planeta literalmente se transformaba ante sus ojos. Tenía fases, como la Luna, aunque siguiendo un ciclo mucho más largo, y variando de tamaño. ¿Curioso? Sin dudas. Pero el descubrimiento del particular ciclo de fases de Venus fue mucho más que una curiosidad. Era una confirmación rotunda al Modelo Heliocétrico del gran Copérnico: lo que Galileo vio entre fines de 1610 y principios de 1611 sólo podía explicarse con una geometría astronómica en la que el Sol ocupaba el centro, y Venus y la Tierra orbitaban a su alrededor (en ese orden). El otrora intocable modelo geocéntrico de Aristóteles y Ptolomeo estaba herido de muerte.

Saturno y el Sol manchado

Con la ayuda de su tosco telescopio refractor de 20 aumentos, Galileo casi, casi descubrió los anillos de Saturno. El 30 de julio de 1610, en una carta a la familia Medici, escribió: “Descubrí otra muy extraña maravilla (...) Saturno no es una sola estrella sino un conjunto de tres, que casi se tocan uno con otro”. Pensó que Saturno estaba acompañado por dos satélites, cosa nada rara teniendo en cuenta lo que muy poco tiempo antes había observado en Júpiter. Pero para su asombro, dos años más tarde, vio que ambos habían desaparecido, en lo que calificó como “un caso sorprendente”. Tan sorprendente como lo que vio en 1616: “los dos compañeros (de Saturno) ya no son pequeños globos (...) son dos medias elipses”. Sí, le faltó muy poco: el desorientado Galileo estaba viendo, sin saberlo, los cambiantes aspectos de los anillos de Saturno, que al quedar de perfil (en 1612) habían “desaparecido” (el descubrimiento formal de los anillos quedó en manos de Christiaan Huygens, casi medio siglo después).

Galileo le faltó el respeto a la aburrida e inmaculada Luna aristotélica y escolástica. Y también al Sol: si bien no las descubrió, fue uno de los primeros científicos europeos que observó las manchas solares en detalle (el mérito es compartido con Thomas Harriot, David Fabricius y Christoph Scheiner). Los chinos las habían visto a ojo desnudo mil o dos mil años antes. Pero utilizando la técnica de “proyección”, Galileo las vio en detalle. Vio cómo esas manchas cambiaban de forma y tamaño a medida que cruzaban el disco solar, a lo largo de semanas. Y le sirvieron para demostrar que el Sol no sólo era otro cuerpo natural, y no una bola perfecta, sino que también giraba sobre sí mismo. Rotaba. El Sol manchado de Galileo era mucho más interesante que el limpio y perfecto Sol de Aristóteles. Era un Sol vivo y cambiante (Galileo no lo supo, pero las manchas solares son regiones más frías del Sol, asociadas a poderosos campos magnéticos).

Los cráteres y las montañas de la Luna. Los satélites de Júpiter y las fases de Venus. La estructura estelar de la Vía Láctea y las manchas del Sol. La entrada triunfal del heliocentrismo y el ocaso del universo clásico. Hace justo cuatro siglos, un terco profesor de matemáticas, devenido en astrónomo imbatible, levantaba su mirada hacia el cielo con un aliado poderoso. Y se animaba a desafiar pesadas herencias y saberes hasta entonces intocables. Una osadía que hacia el final de su vida le costó la burla de muchos de sus contemporáneos, y el pesado castigo de la Inquisición, que lo condenó al arresto domiciliario, allí, en la pequeña villa de Arcetri.

En 2009, la humanidad toda celebró el Año Internacional de la Astronomía. La gran fiesta del Universo ganó las calles, los observatorios, los planetarios, los parques, las terrazas, y por qué no, los diarios. Millones y millones de personas miraron y pensaron el universo como nunca antes había sucedido. Y recordaron la figura y el legado del gigante que nos abrió los ojos. Hace 400 años. Galileo.

ÚLTIMAS NOTICIAS DEL CEREBRO

Publicado en General el 12 de Noviembre, 2009, 8:05 por feyerabend
ÚLTIMAS NOTICIAS DEL CEREBRO

De la cabeza

Masa gris, gelatinosa y de pliegues casi infinitos, el cerebro humano es considerado el objeto más misterioso y complejo del universo. Y también, el más atractivo para estudiar: de a poco, se va conformando una comunidad local de neurocientíficos cognitivos que explora esta gran frontera de la ciencia haciendo foco en áreas hasta ahora oscuras como la conciencia, la moral, la empatía y la toma de decision.

Federico Kukso
Ahí va uno. Ahí va otro. Y otro más. Pocos –casi ninguno– de los siete mil millones de seres humanos que a diario se despiertan, comen, se angustian y alegran, duermen y sueñan sobre otros mundos en este mundo se percatan de la existencia de un zumbido hueco, uno que está ahí incluso antes de que el ser humano comenzara a llamarse a sí mismo ser humano: aunque silenciosos e imperceptibles para la imaginación más aceitada, los impulsos nerviosos vuelan a velocidades hipersónicas a lo largo de un cosmos interno tan o más interesante que el cosmos externo. Esos chispazos conforman la verdadera banda sonora de la humanidad, un soundtrack eléctrico y bioquímico, que revela una conversación permanente: el diálogo fruicioso de las neuronas, aquellas estrellas invisibles que alfombran y pueblan el interior de nuestras cabezas. Y al hacerlo, nos hacen ser tal cual somos.

Así es el cerebro, aquella masa gelatinosa y gris de pliegues casi infinitos, invisible hasta que uno hace zapping en la madrugada y cae, desorientado y sin rumbo, en uno de los tantos canales científico-médicos que glamourizan las ciencias y desnudan con música de striptease al órgano rey, el gran dictador que todos –sea uno de izquierda o derecha– llevamos dentro.

No hay objeto más misterioso y complejo en el universo, capaz de disparar más preguntas que respuestas. Y los neurocientíficos lo saben: son ellos –y ellas– los que meten las narices (y desde ya, sus propios y particulares cerebros) en una de las más grandes fronteras de las ciencias, aquella sacudida en los últimos años por grandes revoluciones.

Eso se ve en el mundo y en la Argentina donde de a poco se va conformando una comunidad local e interdisciplinaria de neurólogos, físicos, matemáticos y psiquiatras orientada a comprender esta especie de nuez de 1,4 kilogramos y cien mil millones de neuronas (tantas como la cantidad de estrellas en la Vía Láctea). Y ya no vale estudiar únicamente al cerebro enfermo: ahora todos los cañones apuntan a desentrañar cómo toma decisiones, qué es la conciencia, qué rol juegan las emociones, el origen de la creatividad, la memoria, el lenguaje y demás actividades cognitivas que se aplican en la vida diaria.

DERRIBANDO MITOS. Si la primera mitad del siglo XX fue la era de la física y la segunda parte la era de la biología, el principio del siglo XXI es la era de las ciencias del cerebro-mente, o sea, de las neurociencias cognitivas que hace tiempo abandonaron aquella época oscura en la que la neurología clásica (y su precursora, la frenología) consideraba al cerebro como un mosaico de áreas o sistemas cada uno de ellos con una función bien definida y delimitada.

“Somos cerebros con patas”, dice el biólogo y divulgador ubicuo Diego Golombek, moderador en el Primer Diálogo Abierto sobre el Cerebro, organizado por INECO (Centro de Estudios de la Memoria y la Conducta) en celebración de su cuarto aniversario.

Y sigue el autor de Cavernas y palacios, un libro de lectura fundamental para adentrarse en la materia: “El cerebro guía nuestras decisiones, nuestra atención y memoria. Gran parte de lo que somos está comprimido en él. Son temas que uno se pregunta todo el tiempo, en el colectivo, en la casa o en charlas con amigos”.

La abundancia de preguntas es obvia. Al fin y al cabo, el estudio de la conciencia no tiene más de cien años. Aun así, paso a paso, van aflorando las respuestas en un campo en el que se sepultan a diario mitos bien anclados al sentido común y se confirman verdades.

Mito derribado número uno: aquel que dice que sólo usamos el 10% de nuestro cerebro, una afirmación que, si se la rastrea como un arqueólogo, encuentra su origen en los textos del estadounidense Dale Carnegie, autor de libros de autoayuda, quien citó mal un pasaje de William James. “El cerebro humano funciona siempre al máximo de su capacidad –indica Iván Izquierdo, investigador de la Universidad Católica de Rio Grande do Sul en Porto Alegre, Brasil, y especialista en memoria–. Eso de que sólo usamos el 10% del cerebro es una imbecilidad. El cerebro funciona como un auto subiendo una pendiente. Más que eso no puede, por más drogas que se tomen. No hay medicamento que mejore la memoria normal. Lo que sí hay son fármacos que mejoran la memoria que no funciona bien, por ejemplo gente con mal de Alzheimer”.

El segundo mito demolido es aquel que señala que la gente con alto coeficiente intelectual (o IQ) y que sólo tuvo 10 en el colegio es más inteligente. “Las mediciones del coeficiente intelectual no sirven –remarca el neurólogo Facundo Manes, creador y director de INECO–. La inteligencia social prevalece muchas veces sobre la analítica”.

EL ÓRGANO DE LA CIVILIZACIÓN. Según los propios neurocientíficos, la ciencia del cerebro está hoy donde estaba la química inorgánica en los días de Mendeleyev, o en la época pre-newtoniana en física. Aun así, van aflorando algunas respuestas. Por ejemplo, el rol de los lóbulos frontales, considerados por el gran neuropsicólogo soviético Alexander Luria (1902-1977), “los órganos de la civilización”: son el último logro en la evolución del sistema nervioso. Sólo en los seres humanos (aunque también en cierta medida en los grandes simios) alcanzan un desarrollo tan grande. “Son el CEO del cerebro, el líder, el director de orquesta que coordina los mil instrumentos de suenan y activan –describe Elkhonon Goldberg en El cerebro ejecutivo–. Sin ellos, la civilización nunca podría haber surgido. Ahí reside la intencionalidad del individuo, el juicio. Son cruciales para la imaginación, la empatía, la identidad. Ellos encierran los impulsos, las ambiciones, la personalidad, la esencia individual, la previsión y planificación. Los lóbulos frontales nos hacen humanos”.

Por eso, esta zona de la corteza cerebral es una de las favoritas de los nuevos detectives de la mente. “A mí me interesa estudiar el cerebro social –cuenta Jean Decety, jefe de laboratorio de Neurociencia Cognitiva Social de la Universidad de Chicago, Estados Unidos, que se dedica a escanear los cerebros de presos en cárceles estadounidenses–. No pudimos haber sobrevivido como especie sin haber sido seres sociales. Uno de los aspectos del cerebro social es la empatía. O sea, me interesan preguntas como ¿por qué nos preocupamos por los otros? ¿Por qué a veces somos altruistas y otras veces somos egoístas? Así nos moldeó la evolución. La gente sin empatía es psicópata”.

Un enfoque similar es el de Mario Méndez (Universidad de California, Estados Unidos). “Hoy sabemos que la función principal del cerebro humano es lo social –cuenta–. Sobrevivimos porque usamos el cerebro para formar grupos”.

Otra área candente, por ejemplo, es la que estudia la toma de decisiones. Lo que han mostrado las neurociencias es que la mayoría de los juicios humanos no son conscientes. “Desde que nos levantamos vivimos tomando decisiones y uno no tiene tiempo de procesar los pros y los contras de cada decisión –explica Manes–. Se ha demostrado que factores emocionales de experiencias previas influyen en la toma de decisiones. Algunas llegan a la conciencia pero la mayoría no”.

La elección de terminología similar a la del psicoanálisis no es casual: los actuales neurocientíficos no buscan chocar con los intelectuales del diván si no incluirlos en la misma causa. “Somos los continuadores de Freud”, dice el argentino Tristán Bekinschtein (Universidad de Cambridge). Y se gana los aplausos.

EL VIAJE CONTINÚA. Así como se avanza en este campo, “el gran misterio a resolver” según el filósofo Daniel Dennett, también se abandonan clisés, lugares comunes, como el de comparar el funcionamiento del cerebro con el de una computadora o un gran archivo. Una metáfora inservible si se tiene en cuenta que las computadoras no son plásticas y moldeables por la experiencia como los cerebros y que no tienen niñez ni adolescencia como los seres humanos, época crucial en el desarrollo del juicio.

Aún en pañales, las ciencias del cerebro ya despegaron en un viaje hacia la intimidad del ser. Y Josef Parvizi (Universidad de Stanford) lo sabe bien: “En el fondo, nuestro objetivo es entender la naturaleza humana. Recién ahora comenzamos a darnos cuenta de que los seres humanos no somos tan racionales como creíamos –advierte–. La ciencia no es ganar un premio Nobel o hacer descubrimientos, sino entender nuestra naturaleza”.

El ABC del ACV

Los datos son tan contundentes que agregar cualquier palabra de más molesta: en la Argentina cada cuatro minutos una persona sufre un ataque cerebrovascular o ACV. Dato dos: el ataque cerebral es la tercera causa de muerte en el mundo y es la primera causa de discapacidad en adultos (la Organización Mundial de la Salud estima que 5,5 millones de personas mueren cada año por ACV). Y hoy, en el país, gran parte de la población no sabe qué es y, peor, tampoco quiere saberlo. “Hace 20 años, Canadá estaba como nosotros estamos ahora, en un estado de desconocimiento absoluto. Y se propusieron cambiar. Ahora tiene los mejores estándares en el mundo. Primero, lo importante es mostrar y divulgar con campañas qué es un ACV. Muchos ven esto en la tele y cambian de canal”, cuenta el neurólogo Luciano Sposato, director del Centro de Stroke del Instituto de Neurociencias de la Fundación Favaloro.

–¿Y? ¿Qué es un ACV?

–Es un problema neurológico. Se produce por un problema en las arterias que llegan al cerebro: o se tapan o se rompen. Si se tapan se produce un infarto igual que en el corazón y si se rompen producen una hemorragia. En los dos casos se produce muerte neuronal. O sea, las neuronas no se reproducen. Las secuelas dependen de la zona en el cerebro en la que se haya producido.

–¿Y cómo se detecta que una persona está sufriendo un ACV?

–Los principales síntomas son debilidad o adormecimiento de la mitad del cuerpo: cara, brazo, pierna. También se da confusión o dificultad para hablar, problemas repentinos para ver con uno o los dos ojos y dolor de cabeza súbito y muy fuerte.

–¿Están identificados los factores de riesgo?

–Se sabe que se van acumulando a lo largo de la vida. El ACV por lo general es más frecuente a partir de los 55 años, pero no eso no quiere decir que no haya casos en gente joven. Hay una relación muy fuerte con el corazón. Junto al cerebro son los órganos fundamentales. La mayoría de los pacientes cuenta que en la semana previa a tener el ACV “tuvieron un disgusto” o una situación importante de estrés. Todos estamos sometidos a cierta cantidad de estrés pero varía nuestra capacidad de adaptarnos.

–¿O sea, uno puede tener un pico de estrés un lunes y tener un ACV el viernes?

–Sí. No es de un día para el otro.

–¿Qué no se sabe del ACV?

–Hay factores de riesgos que desconocemos. Lo que se sabe es la existencia de perfiles de riesgo: tener hipertensión arterial, diabetes, enfermedades del corazón y fumar, por ejemplo. Los hombres sufren más ACV que las mujeres, aunque no se entiende muy bien por qué ellas tienen más secuelas y tienen menor respuesta a los tratamientos.

–¿Cuántas personas tienen secuelas?

–El 30% muere el primer mes. El 20% queda sin secuelas y el resto queda con secuelas severas o moderadas. Una persona que tuvo un ataque cerebrovascular tiene más riesgo de tener otro que una persona que nunca tuvo uno. Los médicos deben trabajar como detectives en casos de ACV para averiguar por qué se produjo.

Entrevista a George Steiner, escritor, filósofo y profesor

Publicado en General el 24 de Agosto, 2009, 5:31 por feyerabend
La república


"En los bolsillos de los que se suicidan se encuentran los libros de filósofos como Hegel o Nietzsche, o Marx,
no los de Carnap, Hempel o Kripke..."

George Steiner es la encarnación del estereotipo del judío errante, políglota y ciudadano del mundo. Personaje controvertido, considerado por algunos el hombre más culto del mundo y por otros un compendio de vacía erudición, ha escrito innumerables libros que entremezclan literatura, crítica literaria y filosofía en una singular mixtura, ejemplificada por obras como La muerte de la tragedia (1961), Después de Babel (1975), Presencias reales (1989) y Gramáticas de la creación (2001). En la presente entrevista George Steiner nos habla sobre las problemáticas que plantea la ciencia, hacia la cual, en sus obras, se trasluce un profundo interés.

¿Es verdad que Usted comenzó sus estudios universitarios en ciencias naturales?

Sí, es verdad, en la universidad de Chicago. En 1948, cuando llegué allí, a los grandes científicos les gustaba impartir los cursos introductorios; de tal suerte que tuve a dos premios Nobel, Enrico Fermi y Harold Clayton Urey, como profesores de física y química. Me hubiera gustado continuar pero, desgraciadamente, carecía del suficiente background matemático.

¿Y entonces qué hizo?

Filosofía y literatura, pero ya sabía que las mayores energías mentales de la posguerra se prodigarían en la ciencia: no sólo por los descubrimientos que habría, sino por el sentido para prever los problemas del futuro. Y así como hubiese querido conocer a pintores si me hubiese tocado vivir en la Florencia o en la Bolonia del siglo XV o XVI, también quise conocer a los científicos cuando me fui a Princeton.

¿A quiénes en particular?

A Oppenheimer, Godel, Bohr… Y naturalmente a C.N. Yang y T.D. Lee, que precisamente tenían su cubículo junto al mío. Yo era muy joven, y todo lo que podía hacer era observarlos, tratando de entender un poco de su personalidad: fue una experiencia fantástica, era como estar en contacto con los grandes príncipes.

¿Los príncipes de las ciencias no son, a veces, un poco estresantes?

El más difícil de todos era André Weil. Recuerdo que cuando llegué al instituto me presentaron a los miembros permanentes de acuerdo con la usanza. La mayor parte de ellos se limitó a estrecharme la mano, y algunos llegaron a decirme: “Mucho gusto” o “Le deseo buen trabajo”. Él, por el contrario, me increpó fríamente: “Señor, no creo que tengamos mucho que decirnos, pero me gustaría que usted supiese una cosa. Los que son muy inteligentes se dedican a la teoría de los números. Los que son bastante inteligentes trabajan la geometría algebraica. El resto no existe”. Y nunca me volvió a dirigir la palabra. Él habrá sido un gran geómetra algebraico, pero seguro no era un ser humano con el que se podía tener mucho contacto.

¿Y los otros cómo eran?

Todos muy diferentes entre sí. Von Neumann, por ejemplo, era muy afectuoso con un pequeño insulso como yo. Bohr era increíblemente gentil. ¡La primera vez que conversé con él me mostró una fotografía de sus 12 nietos, vanagloriándose de conocerlos a todos por su nombre! Luego estaba Gödel, al que muchos creían el más grande de todos: incluso más que Einstein, porque su teorema había cambiado el pensamiento humano.

¿Intentó estudiarlo?

¡Naturalmente, es necesario hacerlo, por su importancia intelectual! Hasta un outsider como yo puede entender, en parte, su significado; es decir, que lo fragmentario es inevitable y es estructural. Lo que,
entre otras cosas, es una excelente metáfora de muchas cosas, incluida la vida misma.

¿Nunca ha usado metáforas científicas en su trabajo?

A veces. Por ejemplo, ya que me siento fascinado por expresiones como “antimateria” y “materia oscura”, tomé prestadas estas cosas para escribir mi novela The Portage to San Cristobal of A. H. ("El traslado de A. H. a San Cristóbal", Barcelona, Mondadori, 1994); "ya que la antimateria destruye la materia, imaginé que Hitler era su encarnación. En la tradición judía, Dios creó el universo pronunciando una palabra secreta: ahora bien, si existe una palabra que pueda destruirlo, ésa es ‘antimateria’ o ‘antivida’ y, ciertamente, Hitler la conocía”.

¿A parte de la ciencia ficción, cuáles son, en literatura, las metáforas científicas más utilizadas?

Naturalmente, hay una enorme influencia del darwinismo, a través de los conceptos de selección natural y de sobrevivencia de los más fuertes; no sólo en literatura, sino también en la filosofía política. Luego está la gran imagen de la termodinámica, y de la degradación a través del aumento de la entropía: no sólo en la naturaleza, sino también en el hombre y en la civilización. Por ejemplo, se podría decir que hoy Europa está cansada, en el sentido exacto que la palabra tiene en neurofisiología: de cansancio muscular, con la consecuente secreción de peligrosos venenos.

¿Heidegger, sobre el cual usted escribió un libro, podría ser un producto de este cansancio?

Heidegger es un arrogante terrible, como cuando dice “la ciencia no piensa”, o “la ciencia es insustancial porque únicamente ofrece respuestas”. Son afirmaciones estúpidas e interesantes al mismo tiempo; porque tanto para él como para la metafísica, las que importan son las preguntas. Sobre todo las preguntas sin respuesta.

¿Pero acaso hoy no es precisamente la ciencia la que se está enfrentando a los problemas metafísicos que atormentaban a Heidegger?

No, porque no tiene nada que decirnos acerca del significado de la vida y de la muerte; éstas no son preguntas científicas, sino mitológicas. Yo me irrito mucho con esos científicos que, cuando les pregunto qué es lo que va a suceder un nanosegundo antes del Big Bang, me dicen que es una pregunta sin sentido.

Esto ya lo decía Agustín.

¿Y a quién le importa? ¡Si yo puedo plantear la pregunta, es porque tiene un sentido hacerla!

¿Realmente usted cree que toda pregunta es sensata?

No. Pero en Princeton me reunía a menudo con Wolfgang Pauli, un hombre maravilloso, que un día dijo una frase fantástica: "¡En matemáticas y en física existen teoremas tan estúpidos que ni siquiera están equivocados!" Si alguien me dice que no tengo el derecho de plantear una pregunta, no lo acepto: lo veo como una gran debilidad.

La filosofía analítica a menudo ha demostrado que muchas preguntas carecen de sentido.

Pero yo no le tengo una gran consideración: se asemeja demasiado al ajedrez.

A propósito del cual, usted dijo una vez: “el ajedrez podrá ser un inagotable pasatiempo, pero no sé nada más”.

Naturalmente. Aunque lo mismo se puede decir de las fugas de la música barroca, o de los teoremas de matemáticas puras: son las grandes inutilidades que produce el homo ludens, el hombre que juega. Los animales no pueden hacerlo, pero los hombres juegan con los conceptos más elevados, y la filosofía analítica es una forma muy sofisticada de juego. Pero a ningún ser humano, que se haya encontrado en un momento de angustia, de necesidad, de alegría, de enfermedad o de éxtasis le importa un bledo la filosofía analítica. ¡En los bolsillos de los que se suicidan se encuentran los libros de filósofos como Hegel o Nietzsche, o Marx, no los de Carnap, Hempel o Kripke!

¿A propósito de diferencias, qué piensa de los estilos en matemáticas un especialista como usted en literatura comparada?

Quizá hoy la computadora está cambiando las cosas, pero las matemáticas clásicas poseen, no cabe duda, una poética, y existen estilos en matemáticas al igual que en la música o en la literatura. Recuerdo que un día un matemático me dijo que si yo le mostraba un manuscrito, tenía la capacidad para poder atribuírselo a Gauss, Dedekind o Poincaré, basándose únicamente en el estilo.

Quizá se podría abrir un curso de matemáticas comparadas. ¿Pero cómo comienzan los estudios en literatura comparada?

La primera cátedra de “literatura general” fue creada en Ginebra por el italiano Sismondi, en el periodo en el que Cavour y los otros exiliados del Risorgimento se habían refugiado en Suiza: no es sorprendente, pues, que el nacimiento oficial se haya realizado en un país que es políglota. Pero la idea de la comparación de las literaturas es típicamente judía: se la inventaron los estudiosos judíos que, de otra manera, no hubieran encontrado trabajo en los tradicionales y conservadores departamentos de literatura de los países que los acogían.

Es un buen ejemplo de adaptación.

No se puede sobrevivir si no se aprende a ser huéspedes. Somos huéspedes de la vida, sin saber por qué hemos nacido. Somos huéspedes del planeta, al que le hacemos cosas horribles. Y ser huéspedes requiere dar lo mejor de sí en el lugar en el que nos encontremos, aunque uno siempre esté listo para moverse, para recomenzar, si es necesario. Creo que vivir la hospitalidad de manera ejemplar es la misión, la función, el privilegio y el arte de los judíos.

..........................

*Pier Giorgio Odifreddi (1950), matemático, ensayista y divulgador científico, ha escrito obras sobre filosofía, teología, política e historia de la ciencia. (Traducción de MTM, revisión de NGV)


http://ricerca.repubblica.it/repubblica/archivio/repubblica/2009/07/22/quando-studiavo-con-enrico-fermi.html


Entrevista a George Steiner, escritor, filósofo y profesor
"Cuando estudiaba física con Enrico Fermi"

Giorgio Odifreddi

ULTIMAS TARDES EN LINDAU: CONVERSACIONES CON UN PREMIO NOBEL

Publicado en General el 5 de Agosto, 2009, 7:04 por feyerabend
ULTIMAS TARDES EN LINDAU: CONVERSACIONES CON UN PREMIO NOBEL

Finalmente, aparece el doctor Kroto

Lindau, Alemania, frente al lago Constanza. Súper encuentro de la ciencia: la 59ª edición del congreso anual que reúne a la plana mayor, en este caso a premios Nobel de Química, con los aspirantes a científicos de primera, venidos de todas partes del mundo.

 Por Leonardo Moledo

Desde Lindau

Después de su horrible fracaso, el jinete pulula entre los 23 premios Nobel y los 600 jóvenes investigadores que se han concentrado en Lindau para hablar, discutir, escuchar conferencias de los grandes “Nobles” de la Academia de hoy. Pero al jinete no le interesan las conferencias, ni los investigadores, ni siquiera los premios Nobel. Al jinete lo acosa una única duda científica, una sola pulsión: ¿dónde está el doctor Harold Kroto, Premio Nobel de Química 1996, por su descubrimiento de los compuestos de carbono llamados fullerenos? Se sienta en un banco situado en el paseo que bordea el lago Constanza, a rumiar su desgracia. Frente a él, un pequeño embarcadero donde se menean algunos barquitos de vela que le recuerdan prodigiosa e irrespetuosamente al Tigre.

Y de repente... Dos camarógrafos toman posición frente a él..., iluminan, prueban, y al segundo un Premio Nobel elegante se sitúa frente a ellos. ¿Pero acaso no se trata del doctor Kroto? ¡Por supuesto! ¡Claro que es el doctor Kroto¡ El jinete derriba a los camarógrafos, que caen al suelo desangrándose, destruye los micrófonos y las cámaras y arroja los restos al lago, acorrala al doctor Kroto contra la pared y le empieza a preguntar. Sin preámbulos. Y el doctor Kroto, atemorizado a pesar de ser un Premio Nobel, contesta.

–Hay mucha gente que cree que la ciencia va a salvar a la sociedad, y hay mucha gente que le tiene miedo a la ciencia y piensa que nos va a llevar a la debacle. ¿Qué cree usted?

–Bueno, es un gran problema. Creo que nadie puede negar que la expectativa de vida ha aumentado muchísimo, que la tecnología ha ayudado a hacer mejores las vidas de las personas (a través de inventos como, por ejemplo, la penicilina). El gran problema es que la tecnología actualmente es extraordinariamente poderosa y está en manos de personas que podrían destruir a la humanidad. No sé la respuesta a su pregunta, no sé si la ciencia es en sí misma buena o mala. Creo que tenemos un problema.

–Hábleme, siga hablando...

–En el pasado (tal como ahora) había entre un 1 y un 5 por ciento de la gente que tenía serios disturbios mentales. Pero la diferencia es que, cuando mataban gente, debían hacerlo de a uno por vez. El asunto es que ahora, con la tecnología nuclear, uno puede destruir una ciudad entera. Está el caso de Hiroshima, de Dresde. El problema es, entonces, que seguimos contando con ese 5 por ciento de gente con serios disturbios mentales, pero ahora tienen en sus manos armas incomparablemente más poderosas y sacan provecho de eso. No hay más que mirar al Medio Oriente para darse cuenta de eso. Hay muchos niveles en los que se utiliza la tecnología para ejercer la violencia. Y siendo tan poderosa, corremos el riesgo de destruirnos a nosotros mismos. Yo no sé si podemos determinar si la ciencia y la tecnología son en sí mismas beneficiosas o perjudiciales. Por un lado, se ha aumentado notablemente la esperanza de vida, se ha disminuido la mortalidad infantil (en el siglo XVIII morían millones de chicos antes de los 8 años). Eso es un avance claro para el bienestar de la humanidad.

–Bueno, uno podría pensar en Troya, o Cartago, y la cantidad de muertes producidas allí también es pavorosa.

–Sí, pero es diferente. Porque, como le decía, tenían que matar de a uno por vez. No existía una bomba que uno tiraba y destruía todo en un segundo. Aunque se terminó destruyendo la ciudad, demoraron más de diez años. Hoy en día, 25 personas pueden matar tranquilamente a 5000 personas. Pienso en el caso del World Trade Center. Y ni hablar de las armas nucleares. Eso es algo que en la Antigüedad no pasaba, cuando no existía la tecnología moderna. Lo increíblemente estúpido es que sigamos creando los medios para que este 5 por ciento de lunáticos destruya a la humanidad de a poco. Eso es, ciertamente, un gran inconveniente.

–¿Y qué cree que va a pasar?

–Bueno, esa no es mi especialidad, y no soy demasiado bueno prediciendo cosas. No soy más inteligente que usted.

–Gracias.

–Lo que sí puede ser es que tenga un poco más de conocimiento técnico y, por lo tanto, conozca mejor los riesgos de las armas nucleares. Es terriblemente peligroso que estas tecnologías estén en manos de personas que no se caracterizan en absoluto por ser cuidadosas. El problema es que ahora estamos siendo llevados a la aplicación de tecnologías en una escala muy grande, pero no sabemos a dónde nos va a llevar esa aplicación. El ejemplo es el DDT, el arma más efectiva y poderosa contra la malaria que tenemos, que terminó provocando muchas muertes. ¿Qué pasará? Creo que es posible que de acá a 40 años naciones lunáticas (entre las que se incluyen los Estados Unidos y Gran Bretaña) continúen creando armas nucleares, que seguirán estando en manos de grupos de gente muy pequeños que seguirán utilizándolas de manera muy destructiva.

–¿Y qué piensa que deben hacer los científicos?

–Bueno, son muchos los científicos que trabajan duro para lograr que los países decomisen sus armas nucleares. Pero los países no se hacen demasiado eco de eso. Hasta que las naciones nucleares como Francia, Gran Bretaña o Estados Unidos no se deshagan de sus armas nucleares, no creo que Corea o Irán se deshagan de las suyas. Pero eso no está del todo claro. ¿Por qué habría de desprenderse de sus armas Irán si EE.UU. y Gran Bretaña no lo hacen? Estos son temas socio-políticos y socio-económicos en los que yo no soy especialista.

–¿Y qué significa para usted la ciencia?

–Creo que tiene por lo menos tres aspectos.

–A ver...

–Uno es el conocimiento causal: sabemos, por ejemplo, algunos aspectos de cómo funciona el universo. El segundo es la aplicación tecnológica: ese conocimiento que adquirimos lo podemos utilizar para cosas útiles, como motores eléctricos, o automóviles. Y el tercero, el más importante, es el método que usamos para analizar la evidencia. Para mí es el único método válido de arribar a conclusiones sobre las bases de la evidencia. Creo que si no se hace eso, si no se utiliza el método científico, se recae necesariamente en errores. No quiero decir que el método científico sea infalible: también se pueden cometer errores utilizando este método. Pero si se observa bien la evidencia y se aprende a analizarla correctamente, y luego se aprende a ponerla a prueba y a ver si lo que se descubrió se corresponde con la realidad, entonces la posibilidad de error se minimiza. Para mí es una actitud que sirve para resolver cualquier problema: basarse en la evidencia, y no en lo que a uno le gustaría que fuera.

–¿La ciencia aprehende la verdad?

–Sin duda. Uno trata de conocer las cosas tal cual son, basándose en la evidencia (que es lo central). Cuando no se tiene evidencia, cualquier cosa vale y así emergen todas las visiones estúpidas de la raza humana, y uno tiene todas las religiones. Eso no significa que sean útiles o no. Pueden ser verdaderas. Pero no hay ninguna evidencia que las sostenga.

–Pero la pregunta es... la ciencia, ¿solamente construye modelos que más o menos encajan con la realidad? ¿O encuentra la verdad en un sentido más bien filosófico?

–Bueno, yo diría que no hay una verdad indiscutible, independiente de toda filosofía. Los experimentos siempre tienen razón. Uno no tiene una teoría que explica algo y luego a partir de esa teoría interpreta la realidad de tal manera que cuando algo coincida con la teoría uno sienta que está encaminado a comprender la realidad. Si hablamos, por ejemplo, de las verdades que hay en la cabeza de la gente, cada uno tiene su propia verdad particular. Se puede sentir que algo es verdad, aunque no lo sea, y de ahí que haya budistas, y católicos, y judíos, todos con sus verdades parciales. Eso no tendría por qué enfrentarlos.

–Mmmm...

–Yo lo pienso como científico: si yo descubro y publico que tal y tal cosa pasan y viene otro científico y dice que eso es mentira, no me voy a pelear con él.

–¿En serio?

–Vamos a contrastar nuestros resultados y vamos a llegar a alguna conclusión en conjunto. Esa es la causa por la que la ciencia es diferente de todo el resto de las cosas. Eso ocurre porque la ciencia es independiente de las creencias de la gente. La ciencia depende de la manera en que la ciencia es. Una teoría puede no ser lo suficientemente sofisticada, o nuestros experimentos pueden no ser lo suficientemente agudos como para determinar una verdad, pero todo eso es perfectible: las teorías se pueden refundar y refinar. Las teorías nos pueden servir para movernos hacia adelante, hasta encontrar un obstáculo que nos impide movernos y entonces tenemos que refinarlas. De todos modos, toda teoría es una buena aproximación a una teoría más precisa. Esos son aspectos de lo que la ciencia es. Pero al fin de cuentas, la ciencia es un método de análisis o de estudio de problemas que van más allá de las aplicaciones que se puedan hacer. Es una manera de enfrentarse al mundo y de mirarlo y de cuestionarlo y de acercarse a la verdad universal, que, por definición, tiene que ser completamente independiente de los hombres particulares. Con las teorías podemos aproximarnos muy bien a esa verdad, aunque tal vez no se pueda aprehender en su totalidad. Pero dígame (señalando a los camarógrafos que se desangran en el suelo)... ¿no habría que ayudar a estos hombres?

El jinete ni le contesta y se marcha satisfecho. El reguero de sangre cruza el asfalto del paseo, y se derrama en el lago, justo en el medio del embarcadero, tan prodigioso e impertinentemente parecido al Tigre.

www.leonardomoledo.blogspot.com

BIOLOGIA EVOLUTIVA: ORANGUTANES, GORILAS, CHIMPANCES... Y NOSOTROS

Publicado en General el 14 de Junio, 2009, 7:52 por feyerabend

BIOLOGIA EVOLUTIVA: ORANGUTANES, GORILAS, CHIMPANCES... Y NOSOTROS

Lazos familiares

Nuestro parentesco con los grandes simios es tan cercano que una muy pequeña proporción del genoma nos diferencia. En esa notable construcción darwiniana que es el árbol de la vida y sus numerosas bifurcaciones, las cuatro ramas se separaron hace bastante poco (en términos evolutivos, claro está). Hasta el punto de que existe un movimiento que pretende que gorilas, orangutanes y chimpancés tengan derechos idénticos a los de los seres humanos.

 Por Raúl A. Alzogaray

En su libro El origen del hombre (1871), Charles Darwin escribió: “Probablemente Africa estuvo habitada en otros tiempos por simios que ya no existen, similares al gorila o al chimpancé, y como estos dos animales son actualmente los más parecidos a los humanos, también es probable que nuestros antepasados hayan vivido en Africa”.

El gran naturalista inglés sabía que para muchos de sus contemporáneos esta afirmación era repulsiva, porque le atribuía a la humanidad un origen muy poco noble, así que les hizo notar que al menos les quedaba el consuelo de pertenecer a un linaje prodigiosamente antiguo.

Los descubrimientos realizados por los científicos desde que Darwin publicó su libro le dan la razón: los chimpancés y los gorilas son nuestros más cercanos parientes vivos. También se confirmó su sospecha de que los tres tenemos un antepasado común que vivió en Africa hace varios millones de años y hoy ya no existe.

EL ARBOL DE LAS RAMAS QUE SE BIFURCAN

La evolución suele ser comparada con un árbol. Si uno sube por el tronco a partir del suelo, en determinado momento encuentra una bifurcación que origina dos ramas. Siguiendo por una de esas ramas, aparecerá más adelante una nueva bifurcación. Dejando atrás una bifurcación tras otra, se terminará alcanzando el extremo de una joven ramita.

En forma análoga, a través del tiempo, los grupos de seres vivos se bifurcan como las ramas de un árbol. Estudiando los fósiles y los genes, los científicos reconstruyen el árbol de la vida y les ponen fechas aproximadas a sus bifurcaciones. Los orangutanes, los gorilas, los chimpancés y los humanos somos parientes cercanos, porque descendemos de un grupo de animales que existió hace 16 millones de años.

Por esa fecha, el grupo se bifurcó, dando origen a la rama de los actuales orangutanes. La otra rama se volvió a bifurcar hace 9 millones de años, formando la rama de los actuales gorilas y otra rama que se bifurcó una vez más hace 6 millones de años. De esta última bifurcación surgieron la rama de los chimpancés y la de los humanos.

De esta manera, los humanos no descendemos de los orangutanes, ni de los gorilas ni de los chimpancés, pero estamos más emparentados con ellos que con cualquier otro grupo de animales contemporáneos (en los últimos 6 millones de años, los humanos hemos tenido una veintena de parientes más cercanos que los chimpancés, entre ellos los neandertales, pero todos se extinguieron).

AMOR CON BARRERAS

¿Cómo se bifurcan las poblaciones naturales? Una de las posibles causas es la aparición de una barrera geográfica. Imaginemos un grupo de simios que viven en las cercanías de un río tan ancho y caudaloso que no lo pueden cruzar. En un año de inusual sequía, el río se transforma en un hilo de agua. Varios simios lo cruzan y se instalan en la otra orilla. Cuando termina la sequía, el río recupera su ancho normal y los individuos que lo cruzaron quedan aislados del resto. Así se forman dos grupos, uno a cada lado del río.

Con el paso de los siglos, cada grupo va cambiando en forma espontánea, como lo hacen todos los grupos de seres vivos. Un día, se vuelve a secar y los habitantes de las dos orillas se reúnen de nuevo, pero ya no son lo que eran y no se pueden reproducir unos con otros.

Quizá sus aspectos cambiaron tanto que los machos de un grupo no reconocen como posibles parejas a las hembras del otro (o viceversa). O llegan a emparejarse, pero los espermatozoides de un grupo no reconocen a los óvulos del otro y por lo tanto no los fecundan.

La barrera geográfica dio origen a una barrera biológica. El grupo original ya no existe, pero hay dos nuevas poblaciones que descienden de él. Una historia como ésta pudo ser el origen de los grupos chimpancé y humano.

¿QUE TIENEN LOS CHIMPANCES QUE YO NO TENGA?

Un dicho hindú afirma que los chimpancés pueden hablar, pero no lo hacen para que no los pongan a trabajar. Sin embargo, el estudio de su anatomía indica que no podrían hablar como los humanos. Los chimpancés tienen la laringe (órgano de la voz) en la parte alta de la garganta. Esta ubicación genera un arreglo anatómico que les permite beber y respirar al mismo tiempo, pero limita la producción de sonidos.

La laringe de los bebés humanos está ubicada en la misma posición que en los chimpancés. Por eso pueden respirar mientras son amamantados. En el decimooctavo mes, la laringe humana empieza a bajar, y sigue bajando hasta la adolescencia. Este descenso crea en la garganta una caja de resonancia que permite formar sonidos que ningún otro simio puede producir, pero nos impide beber y respirar al mismo tiempo.

Entre otras diferencias anatómicas, nuestro cerebro es cuatro veces más grande que el de los chimpancés. Tenemos mandíbulas y dientes más pequeños, y menos pelo en el cuerpo. A diferencia de los humanos, los chimpancés no tienen mentón ni pueden caminar erguidos.

También hay diferencias en el desarrollo. El embarazo humano es más prolongado, los dientes de leche y los definitivos tardan más en salir, la madurez sexual tarda más en ser alcanzada y el período de crecimiento se extiende por más tiempo.

Cada vez que uno de sus óvulos está maduro y listo para ser fecundado, las hembras de los chimpancés emiten olores que excitan a los machos y presentan llamativas hinchazones rosadas en la región anovaginal. La ovulación de las mujeres, en cambio, suele pasar inadvertida. Además, la disposición de hombres y mujeres para realizar el acto sexual es permanente, mientras que en los chimpancés se manifiesta sólo en ciertas épocas.

Otras diferencias están relacionadas con la salud. Los chimpancés son resistentes a los microbios que producen el paludismo, y no sufren las complicaciones de las hepatitis B o C que se manifiestan con frecuencia en los humanos. Aunque se contagian el sida, no padecen sus síntomas.

TIEMPO DE CAMBIOS

Los genomas humano y de chimpancé tienen aproximadamente la misma extensión: unos 3 mil millones de “letras”. Si se las compara una por una, el orden en que aparecen resulta idéntico en un 99 por ciento. Esto significa que desde que ambas ramas se separaron, hace 6 millones de años, el 1 por ciento de las letras fueron reemplazadas por otras.

¿Cuál es el origen de estos cambios en el genoma? Ocurren en forma natural. Cuando una célula se está por dividir para formar dos células hijas, su genoma se duplica. Gracias a esta duplicación, cada célula hija reciba una copia del genoma de la madre.

Duplicar un genoma de 3 mil millones de letras es una tarea ardua, pero las células poseen mecanismos que lo hacen en unos pocos minutos. También existe un sistema de corrección: cuando el mecanismo coloca una letra equivocada, el sistema la reemplaza por la correcta. Pero el sistema no es perfecto y algunos errores quedan sin corregir. De esta manera, el genoma va cambiando a través del tiempo.

La mayoría de los cambios son neutros y no confieren ventajas ni desventajas a los individuos que los llevan. Se pueden mantener en la población o desaparecer por azar.

Otros cambios afectan en forma desfavorable a sus portadores. Puede que los hagan más débiles o menos fértiles; o que los maten antes de nacer. Son cambios que disminuyen (o vuelven imposible) la probabilidad de tener hijos.

Unos pocos cambios son benéficos. Los individuos que los llevan son más atractivos para las hembras o tienen una habilidad que les facilita la supervivencia. Son cambios que favorecen la probabilidad de tener hijos y, por lo tanto, se transmiten a través de las generaciones.

QUINCE MILLONES

El 1 por ciento de las letras de los genomas chimpancé y humano son distintas. Si suponemos que los cambios ocurrieron con igual frecuencia en los dos genomas, entonces el 0,5 por ciento ocurrió en el ADN chimpancé y el otro 0,5 por ciento en el de los humanos.

El 0,5 por ciento de 3 mil millones es 15 millones. Esta es la cantidad de cambios que nos convirtieron en lo que somos (y que convirtieron a los chimpancés en lo que son).

Quince millones es una gran cantidad, pero los cambios que realmente importan son seguramente muchos menos, porque los genes ocupan apenas el 10 por ciento de nuestro genoma (no se sabe bien cuál es la función del resto del ADN). Probablemente la mayoría de los cambios ocurridos fuera de los genes no tuvieron ningún efecto sobre nuestra evolución.

Ultimamente se han desarrollado programas de computadora para localizar las regiones donde los genomas chimpancé y humano muestran mayores diferencias. Esto permitió identificar un puñado de lugares que podrían tener mucho que ver con la aparición de las características exclusivamente humanas.

Uno de estas regiones es un fragmento de 181 letras llamado HAR1. Su función está relacionada con el desarrollo de la corteza cerebral (una parte del cerebro que participa en los procesos de memoria, lenguaje y pensamiento). El fragmento HAR1 apenas cambió durante la evolución de los animales. Por ejemplo, el HAR1 de las gallinas y el de los chimpancés difieren en sólo dos letras, a pesar de que la bifurcación que originó a estos dos grupos ocurrió hace 300 millones de años.

El HAR1 humano, en cambio, sufrió lo que los científicos llaman una “evolución acelerada”, porque en el corto lapso de 6 millones de años acumuló 18 diferencias. Es probable que esta cantidad de cambios le hayan proporcionado al cerebro humano algunas de las funciones que lo hacen tan diferente de los demás cerebros del reino animal.

EL TRABAJO HACE LA DIFERENCIA

Otras regiones del genoma humano que acumularon numerosas diferencias participan en la formación de las palabras, la digestión del almidón y la lactosa (el azúcar de la leche), y el movimiento de las muñecas y los pulgares.

Los cambios que sufrieron estos genes en los últimos 6 millones de años podrían haber favorecido la aparición de las características que nos diferencian de los demás animales: el habla, la capacidad de digerir ciertos nutrientes y la habilidad para manejar herramientas.

Pero en las letras del genoma no está todo: la actividad de algunos genes también es diferente. Los genes de los glóbulos blancos y de las células del hígado trabajan de manera similar en los humanos y los chimpancés. Los genes del cerebro, en cambio, trabajan mucho más en los humanos. ¿Hasta qué punto contribuye esta diferencia a las características físicas o mentales que nos distinguen de los chimpancés? Para conocer la respuesta habrá que esperar que los científicos averigüen cuáles son estos genes tan trabajadores.

CERCA DEL FIN

Una asociación internacional, el Proyecto Gran Simio (proyectogransimio.org.ar), propone tratar a los orangutanes, gorilas y chimpancés como seres humanos, “garantizándoles la protección moral y legal básicas de la que sólo los seres humanos gozan”. La idea es otorgarles el derecho a la vida, proteger su libertad individual y prohibir su tortura (concepto que incluiría la experimentación científica y el cautiverio en zoológicos).

Desde febrero de 2007, la legislación de las Islas Baleares, una provincia autónoma de España, les otorga derechos legales a los grandes simios. Quienes se oponen a esta situación sostienen que los derechos implican obligaciones que los simios no pueden contraer. “Los derechos y las responsabilidades van juntos”, dijo el biólogo Steve Jones.

No podríamos arrestar a un chimpancé por robar una banana, porque ellos no tienen un sentido moral de lo que está bien y lo que está mal. Conferirles derechos es darles algo por lo cual no podemos esperar nada a cambio. Los que defienden a los simios responden que los humanos les otorgamos derechos a nuestros bebés, sin esperar que ellos nos den su consentimiento o contraigan responsabilidades.

Mientras se discuten estas cosas, el Proyecto para la Supervivencia de los Grandes Simios creado por las Naciones Unidas (unep.org/grasp) advierte que los orangutanes, gorilas y chimpancés están en serios problemas. Si no se hace algo ya mismo, la destrucción del ambiente y otras actividades humanas los conducirán a una rápida extinción.

Acelerando los aceleradores nucleares

Publicado en General el 20 de Mayo, 2009, 4:48 por feyerabend

Acelerando los aceleradores nucleares

Uno no pensaría que los aceleradores de partículas fueran máquinas románticas, pero el jinete, quizás inspirado por el gran acelerador del CERN, trata de averiguar qué pasa con esa rama del mundo y la industria nuclear en la Argentina.

 Por Leonardo Moledo

–Usted es físico, especialista en física nuclear experimental, trabaja en la CNEA, donde dirige el Grupo de Espectroscopia Nuclear.

–Sí, me formé como físico nuclear experimental. Trabajé muchos años en investigación básica acerca de la estructura del núcleo atómico. Pero ya hace unos 15 años me volqué a las aplicaciones de las técnicas nucleares, en especial, con los aceleradores de partículas. Me interesan las aplicaciones de haces de partículas aceleradas porque permiten hacer muchas cosas.

–Bombardear núcleos, por ejemplo.

–Sí, para estudiar la estructura de núcleos desconocidos, para producir radioisótopos de uso médico.

–¿Los haces son de protones?

–Los aceleradores pueden acelerar sólo objetos cargados. O un protón, o un deuterón, un ion, o el núcleo de algún elemento, carbono, oro, oxígeno, uranio. Y con esos haces de partículas cargadas se pueden hacer muchísimas cosas.

–¿Por ejemplo?

–Por ejemplo, esos haces de partículas cargadas se usan para curar el cáncer en determinados casos. Esta técnica se denomina protón-terapia, y consiste en usar estos haces de partículas cargadas, que pueden guiarse y enfocarse en campos eléctricos y magnéticos con mucha precisión. Es una técnica con notables ventajas comparativas con la radioterapia convencional que usa fotones, porque éstos no pueden enfocarse, ya que los fotones son neutros eléctricamente. Además un haz de fotones a medida que penetra se atenúa, hay menos fotones, quedan en el camino y entonces si quiero llegar a un tumor profundo, hay que hacer malabarismos, para disminuir la dosis de radiación de los tejidos sanos.

–En cambio, con los protones es distinto.

–Con una partícula cargada es todo lo contrario, es rápida, deja poca energía en el camino y hacia el final de su trayectoria es donde deja la mayor cantidad de energía..., es el proyectil ideal. Si hay un tumor profundo, con darle la energía necesaria llega justo a su objetivo. Esta es una de las técnicas que se usan hoy en día lamentablemente sólo en los países más desarrollados.

–¿Y ustedes trabajan en esa dirección?

–Sí. Hay gran interés por ejemplo en el Instituto Roffo para instalar una maquina para hacer protón-terapia. Pero además, estoy trabajando en otra radioterapia que también usa aceleradores y que es de segunda generación. En la radioterapia convencional, fotónica: se apunta y se destruye.

–En el fondo lo que se hace es usar la fuerza bruta.

–Sí. Y tiene ciertas limitaciones. Lo que estamos intentando hacer es una terapia por captura neutrónica en boro (BNCT). Esta terapia tiene dos pasos, el primero es dopar el tumor selectivamente con una sustancia que es el isótopo Boro-10, que es una de las pocas sustancias en la naturaleza que captura neutrones. Entonces, se dopa con Boro-10 y se irradia con neutrones; el Boro-10 los captura y se produce una microexplosión que destruye el ADN de la célula, para impedir su proliferación. Esta terapia esta en desarrollo a nivel internacional. Hasta ahora se ha aplicado en reactores nucleares, porque son las únicas fuentes de neutrones que tenemos en la civilización. Pero estamos trabajando en la alternativa de producir pequeños aceleradores de protones para poder llevarlo a los hospitales.

–Porque si no tendrían que instalar un reactor nuclear en el hospital.

–Sí, y eso es impensable por razones de seguridad radiológica. Hasta ahora esta terapia está frenada porque hay que llevar a los pacientes a una central nuclear, y eso es un incordio; además allí no hay infraestructura adecuada, en cambio instalar un acelerador en un hospital especializado en cáncer, se puede hacer. Además hay una larga tradición de presencia de aceleradores en hospitales oncológicos. Es por eso que este proyecto me tiene desarrollando un acelerador pequeño de alta corriente. No es imposible hacerlo. Queremos desarrollar una máquina en la Argentina y es un enorme desafío. Pero tenemos que desarrollar nuestra propia tecnología.

–¿Y este tratamiento se ha probado? ¿Dio buenos resultados? ¿Por qué no se usa masivamente?

–Se está probando tanto en animales como en seres humanos. En Japón, el país más avanzado en radioterapia, se invierten millones en esta radioterapia entre otras. En los congresos internacionales se ven resultados espectaculares, normalmente los tumores tratados con esta terapia han sido los más agresivos, para los cuales no hay otras alternativas. Hasta ahora hay resultados limitados.

–¿Por qué?

–Primero hay que trabajar en drogas más selectivas y segundo hay que tener aceleradores en los hospitales, con eso se verán mejores resultados. Acá, en el RA6 en el Centro Atómico Bariloche, hay un Programa de Investigación Clínica, hay una salita pegada al lado del reactor, allí se han irradiado varios pacientes...

–¿Y qué pasó?

–Los pacientes que se llevan a Bariloche son seleccionados por los especialistas del Roffo, los pacientes que van son los que tienen patologías en sus extremidades, y están en una situación muy delicada. El objetivo es ganar experiencia. Lo que hemos visto es el efecto de la irradiación local en el órgano, y en la zona donde están los melanomas, y allí los resultados son buenos. Lo que pasa es que las células cancerosas circulan por todo el cuerpo. Primero hubo ensayos de tolerancia a la droga. No es que el paciente se salva y esta es la droga milagrosa, esto es un paliativo, se retrasa la progresión de la enfermedad.

–¿Y en otros países?

–En Italia hay un reactor en el que hace unos años explantaron el hígado de un paciente, totalmente metastatizado, se lo llevó al reactor, se irradió y luego se reimplantó. Esto se hizo en dos casos con resultados espectaculares. El primer paciente vivió varios años y luego falleció pero por otras razones. Todas las metástasis desaparecieron completamente. En esa línea se trabaja entre el Roffo y la CNEA. Todavía no hay una casuística suficiente, pero ya es aceptado que es una técnica que promete. Los japoneses apuntan a una línea de tener aceleradores en hospitales. Y nosotros hace unos cuantos años que estamos desarrollando un acelerador.

–¿En qué etapa están y quiénes apoyan este desarrollo?

–Estamos a un 40% del total del acelerador, estamos armando sus partes, todo en la Argentina. Las instituciones que apoyan son la Comisión Nacional de Energía Atómica (CNEA), la Universidad Nacional de San Martín (Unsam) la Agencia Nacional de Promoción (ANPCyT), el Conicet, el Instituto Roffo y el Centro Médico Vidt.

–¿Qué tamaño va a tener?

–El recinto que lo alberga tiene que tener diez metros de alto, es una máquina que va a trabajar en un ambiente climatizado. La máquina está abierta y, cuando se apaga el acelerador, no hay más radiación. Esa es su diferencia con un reactor, en el cual no hay manera de suspender la radiación. Tiene ventajas, es la máquina apropiada para un hospital.

–Cuénteme para qué más sirve un acelerador.

–Los aceleradores sirven para muchas cosas. Hace tiempo que impulso en CNEA un programa abarcativo de desarrollo de aceleradores, como la otra vertiente de la tecnología nuclear. En la Argentina se ha desarrollado la tecnología nuclear de reactores, somos productores y vendedores, pero en el campo de los aceleradores hasta ahora hemos sido sólo usuarios y yo quisiera que seamos productores de aceleradores.

–Aparte de las médicas, ¿qué otras aplicaciones?

–Se está pensando en usarlos para el problema de la digestión de residuos radiactivos de los reactores.

–¿Digestión?

–Se llama así. Sabemos que la disposición final es un problema y se discuten opciones, enterrarla a grandes profundidades en estructuras geológicas estables, entre otras. Y otra opción es usar aceleradores para incinerar nuclearmente ciertos componentes.

–Cuénteme cómo.

–Si a un elemento radiactivo le hago absorber uno o más neutrones, lo puedo transformar en un elemento estable (no radiactivo). Eso se llama incineración nuclear. Se está pensando en usar aceleradores acoplados en reactores, como una máquina digestora de residuos radiactivos. El acoplamiento de un acelerador a reactores subcríticos puede llegar a ser una máquina productora de energía. Es un esquema que se ha reflotado con el nombre de “amplificador de energía”. Si la Argentina quiere jugar en primera, va a tener que poder desarrollar esta tecnología.

–¿Y algo más?

–Los aceleradores se necesitan para producir radioisótopos, como productores de neutrones para los scanners de seguridad de aeropuertos y fronteras. Estas máquinas dan una imagen a base de neutrones que interactúan con los elementos y para saber qué elementos hay, si son explosivos, drogas, saber qué hay adentro sin abrirlo. También las neutrografías, se pueden usar para mirar el estado de estructuras de hormigón armado: son un tipo especial de radiografías que permiten saber qué cosas hay adentro. Los haces se usan también para nanotecnología. En el Tandar CNEA trabajamos con microhaces, en dispositivos de alta precisión, en haces nanométricos, maquinamos estructuras. Son herramientas analíticas muy poderosas. Hace unos años medimos la cantidad de plomo en la atmósfera de la Ciudad de Buenos Aires, usando el acelerador. Tienen múltiples aplicaciones, por eso insisto que sería ventajoso que en la Argentina produjéramos aceleradores.

–Me parece que voy a instalar uno en casa.

STHEPEN HAWKING- HISTORIA DEL TIEMPO

Publicado en General el 25 de Abril, 2009, 9:17 por feyerabend

Una estrella exuberante de los medios de comunicación, presa de una enfermedad mortal, Stephen Hawking parece haber heredado de Einstein el aura de la fama y la reputación de genio. El hombre es celebrado quizás, según algunos científicos, desproporcionadamente. Su libro Historia del tiempo, un gran bestseller, probablemente más vendido que leído, se convirtió en película contra todo lo razonable, y sería agradable creer que la cosmología se ha convertido en una lectura imprescindible para tener conversación en las fiestas sociales.

La verdad es que Hawking no sólo resulta atractivo por los progresos intelectuales que ha hecho, sino por haberlos hecho sin la menor colaboración de su cuerpo, un armazón tan débil que Hawking podría parecer una forma única de inteligencia des-corporeizada. Sin embargo, la imagen no encaja con el hombre, cuyo magnetismo deriva en parte de su brillantez, su coraje y su vulnerabilidad; y en parte de su ingenio rápido, su debilidad por los pósters de Marilyn Monroe y su molesta humanidad.

Nacido el 8 de enero de 1942, en el tricentenario de la muerte de Galileo (dato que él cita a menudo), se crió en las afueras de Londres, dentro de ese tipo de hogar excéntrico que parece pasar por normal en Inglaterra. Aquello era, según su hermano menor Edward, «un poco como los Munsters»: la familia tenía abejas en el sótano. El padre, que pasaba buena parte del tiempo en Africa, era un médico especializado en investigación, pero Hawking rechazó la biología y a los catorce años estaba decidido a dedicarse a las matemáticas y a la física. Tres años después se matriculó en Oxford, se dejó crecer el cabello y procedió a despachar el trabajo académico. Popular entre los estudiantes y con fama de ser lo bastante inteligente para no estudiar, jugaba al bridge por las noches y durante el día hacía de timonel a los colegas que remaban; en una foto tomada en 1961 aparece sentado en la proa de un bote, elegante con el traje blanco y el sombrero de paja, junto a una fila de ocho hombres más grandes y con camisetas a rayas. «Steve y yo teníamos que estar en el río todas las mañanas, seis días a la semana —recordaba más tarde el físico Gordon Berry—. Algo tenía que perder, y fueron concretamente los laboratorios experimentales.»

De manera que cuando Hawking hizo los exámenes finales previos a la licenciatura, después de varios años de holgazanear en clase, sus notas se situaron en la frontera entre el sobresaliente y el notable. La admisión en Cambridge, la escuela por él elegida, exigía el sobresaliente. Convocado ante los examinadores, explicó la situación con toda franqueza. «Si saco sobresaliente iré a Cambridge —les dijo—. Si saco notable me quedaré en Oxford. Conque confio en que me darán ustedes el sobresaliente.» Y se lo dieron.

En Cambridge empeoraron sus ocasionales torpezas y la tendencia a articular mal las palabras, que ya había aparecido en Oxford. Se le hizo difícil anudarse los zapatos. El padre se dio cuenta de esos problemas durante unas vacaciones de Navidad. Hawking, que aún no tenía veintiún años, fue a un especialista y pocas semanas después se le diagnosticaba una esclerosis lateral amiotrófica, también llamada enfermedad de Lou Gehrig. Es una enfermedad degenerativa que hace que los músculos —pero no la inteligencia— se atrofien. La enfermedad, que por regla general afecta a personas de edad, progresó rápidamente al principio. Habiéndole dado dos años de vida, Hawking se sumió en la depresión. «Tuve la sensación de ser algo así como un personaje trágico —declaró a un entrevistador—. Me puse a escuchar a Wagner.»

Dos años después las cosas empezaron a mejorar. Se casó con Jane Wilde, una estudiante de bachillerato que había conocido antes del diagnóstico, y comenzó a aplicarse a lo suyo. Su tutor en la tesis, Dennis Sciama, recomendó a Hawking que conociera al matemático Roger Penrose, dedicado por entonces a estudiar qué ocurría cuando una estrella agota el combustible y se colapsa. Penrose demostró que, al expandirse el universo regido por la teoría de la relatividad general de Einstein, una vez que una estrella se colapsa más allá de un determinado punto, inevitablemente tiene que convertirse en una singularidad, el hipotético punto situado en el interior de los agujeros negros donde la materia se comprime hasta alcanzar una infinita densidad y donde el espacio, el tiempo y las leyes de la física dejan de operar. Estimulado por esta idea, Hawking se lanzó a la investigación de las estrellas completamente colapsadas y encontró el trabajo de su vida. Como ha observado el escritor Dennis Overbye, «Costaba no pensar en Hawking como en su propia metáfora».

El 23 de diciembre de 1992 Stephen Hawking fue entrevistado en un programa radiofónico de la BBC, llamado Los discos de la isla desierta, donde se pedía al invitado que eligiera las ocho piezas musicales que le gustaría tener consigo en el improbable caso de naufragar en una isla desierta y disponer de una buena cadena de sonido. Éstas son las elegidas por Hawking:

Gloria de Poulenc
El concierto para violín de Brahms
El cuarteto de cuerda de Beethoven Opus 132
La Valquiria, acto 1, de Wagner
«Please Please Me» de los Beatles
El Requiem de Mozart
Turandot de Puccini
«Je ne regrette ríen» de Edith Piaf

Se le ocurrió a Hawking que, si una estrella podía colapsarse hasta ser una singularidad, el proceso también debía ser posible en dirección contraria. Una singularidad puede ser tanto un principio como un final. En cuyo caso el universo, que se sabía que estaba expandiéndose, podría haber comenzado como una singularidad. Hawking pudo demostrar algo más que esto: un universo que se expande infinitamente, demostró, debe haber comenzado en una singularidad.

Pero ¿qué pasa si el universo no se expande infinitamente? ¿Qué pasa si contiene la suficiente masa para que la explosión vaya perdiendo velocidad y se invierta, para acabar en la fatal implosión llamada el Big Crunch? ¿También ese universo tendría que haber comenzado en una singularidad? La respuesta, dijo Hawking, era sí. En 1970 publicó, junto con Penrose, un artículo donde demostraban que el universo debía haber empezado como la singularidad del Big Bang.

Aquel noviembre, mientras se preparaba para acostarse («Mi incapacidad hace que sea un proceso lento, con lo que me tomaba mucho tiempo»), Hawking tuvo otra ocurrencia: puesto que nada podía escapar de un agujero negro, éste nunca puede disminuir. Sólo puede seguir igual o aumentar; no se puede dividir, no se puede encoger, no puede volar hecho pedazos. Con cada nueva porción de materia que ingiere, su masa aumenta y el horizonte de sucesos se hincha un poco mas.

Un investigador de Princeton, Jacob Bekenstein, recogió la idea. Bekenstein vio un paralelismo entre los agujeros negros y la idea de entropía, la medida del caos azaroso dentro de un sistema. Según la segunda ley de la termodinámica, la cantidad de desorden de un sistema cerrado aumenta necesariamente con el tiempo; la entropía, como los agujeros negros, siempre crece. Puesto que todo sistema tiene entropía, cada vez que un agujero negro se traga otra porción de materia su entropía debe aumentar al mismo tiempo que su horizonte de sucesos. El tamaño del agujero negro y su cantidad de entropía podrían ser equivalentes.

Hawking rechazó la analogía. Su objeción era que en cualquier sistema con una cierta cantidad de desorden, o entropía, también tendría que haber temperatura, y todo lo que tiene temperatura, por baja que sea, emite radiaciones. «Pero por su misma definición los agujeros negros son objetos que se supone que no emiten nada», escribió. De ahí, decidió, que la comparación tenga que estar equivocada. Además, Bekenstein lo irritaba.

Dos fisicos soviéticos convencieron a Hawking de que considerara la posibilidad de que los agujeros negros pudieran, pese a todo, emitir partículas. Cuando Hawking repitió los cálculos encontró, «para mi sorpresa y fastidio, que incluso los agujeros negros sin rotación debían, al parecer, crear y emitir partículas de manera regular». En las conferencias, Hawking proyectaba una transparencia contra la pared en la que se leía la sencilla frase: «Yo estaba equivocado».

Llegó a esta conclusión estudiando los agujeros negros desde la perspectiva de la mecánica cuántica y del principio de incertidumbre, para los que el espacio nunca está del todo vacío. Más bien está poblado por pares vagabundos de partículas «virtuales» —gemelos de materia y antimateria— que oscilan entre la existencia y la aniquilación, todo en una fracción de fracción de nanosegundo, demasiado rápido para poderse observar. Hawking propuso que si tales pares aparecieran cerca del horizonte de sucesos, la partícula de antimateria podría ser absorbida por el agujero negro, mientras la otra, poquísimo más lejos, podría pasar más allá del monstruo y caer en el universo cotidiano. La partícula parecería estar brotando del agujero negro. En cuyo caso, en palabras de Hawking, «Los agujeros negros no son tan negros».

La radiación del agujero negro no procede en realidad del agujero negro propiamente dicho sino de la capa de espacio que lo rodea. Sin embargo, la llamada radiación de Hawking tiene un peaje en el agujero negro, pues al entrar la partícula arremolinándose hacia la eternidad, como cae el agua por un sumidero, para nunca volver, su compañera viuda, que no puede aniquilarse en ausencia del socio, no tiene más remedio que convertirse en materia.

Lo cual exige energía. Esa energía tiene que proceder del agujero negro. Pero la energía, nos enseñó Einstein, no es más que otra forma de la masa, y viceversa. De manera que cuando un agujero negro da a la partícula virtual una pizca de energía, también pierde una minúscula cantidad de masa, lo cual supuestamente no puede ocurrir. El agujero negro se encoge un poco y radia más deprisa.

En último término los agujeros negros se evaporan mediante una fuerte explosión equivalente a mil millones de bombas de hidrógeno de un megatón. Esto no ocurrirá en ningún momento próximo; el agujero negro tipo tardará unos 1067 años en desvanecerse.

Hawking ha descrito este proceso de una forma aún más extravagante, basándose en la idea de que el principio de incertidumbre hace teóricamente posible que una partícula se mueva más deprisa que la luz. «Es baja la probabilidad de que se mueva durante mucha distancia a más velocidad que la luz, pero puede ir más deprisa que la luz durante el espacio suficiente, para salir del agujero negro, y luego seguir más despacio», dijo Hawking en una conferencia de 1991. Advirtió, no obstante, que esto es improbable que ocurra en los agujeros negros grandes. Incluso los  agujeros negros cuya masa equivale a la del Sol son demasiado grandes, porque las partículas tendrían que sobrepasar la velocidad de la luz durante kilómetros antes de regresar al universo ordinario.

Pero ¿qué pasa con los agujeros negros excepcionalmente pequeños? Esta es otra historia. Hawking propone la posibilidad de que cuando el universo era joven y mucho más denso que ahora se crearan los agujeros negros primordiales, bocaditos del tamaño de una montaña. Estos miniagujeros negros, artefactos de la creación, no debieron tardar mucho en evaporarse. Hawking imagina que deberían estar evaporándose precisamente ahora, desapareciendo en explosiones de rayos gamma. Los científicos, muchos de los cuales dudan de la existencia de estos monstruos en miniatura, todavía están por detectar las señales delato-ras de tales acontecimientos. Lo que no significa que no vaya a haberlas.

De manera que la idea de Hawking de que los agujeros negros no podían hacerse más pequeños quedó refutada por el descubrimiento de la radiación de Hawking, que demuestra que los agujeros negros pueden  desaparecer por completo. Algo similar ocurrió con sus ideas sobre la singularidad del principio del tiempo. Se puso a reconsiderarla. La relatividad general, es cierto, exige la existencia de singularidades; pero en el punto de la singularidad, donde se comprime la materia hasta una densidad infinita, la relatividad general quiebra. Tal vez la mecánica cuántica, que opera con la incertidumbre, pueda sostener que la singularidad del  Big Bang es algo que alguna vez ha existido.

Hawking decidió que su anterior idea de que el universo comenzó con una singularidad estaba equivocada. Tal vez el universo espacio-temporal no comenzase de ningún modo. El argumento viene a ser algo así: si nos acercamos lo bastante al principio del universo, el tiempo no existe; si el tiempo no existe, no hay un momento de la creación, no hay momento del génesis, no hay momento de ninguna clase. Sin tiempo, no hay tiempo.

Por desgracia, los mortales ordinarios tienen dificultades para pensar así. Hawking señala que en cualquier caso el universo Parecería empezar y acabar en una singularidad. («Así pues, en cierto sentido todos seguimos estando condenados», escribe Hawking.) Pero en otro sentido —un sentido sumamente conceptual que implica muchos posibles universos a la vez que un concepto matemático llamado «tiempo imaginario»— el tiempo es una especie de círculo que no tiene principio ni final. En esta propuesta «sin límites» Hawking compara, de forma característica, el universo con la Tierra. Se parta de donde se parta, nunca se acaba. Nunca empieza. De manera similar, «Preguntarse que ocurrió antes del Big Bang es como preguntarse por un punto situado un kilómetro al norte del Polo Norte —escribe Hawking—. La magnitud que medimos como tiempo tuvo un principio, pero eso no significa que el espacio-tiempo tenga un límite, lo mismo que la superficie de la Tierra no tiene ningún límite en el Polo Norte, por lo menos eso lo que se me ha dicho; personalmente yo no he estado nunca allí».

Hawking también especuló sobre universos bebé, subproductos del modelo inflacionario del universo debido a Alan Guth, según el cual durante una fugaz fracción de un instante el universo se infló desmesuradamente. Si este proceso creó pequeñas hinchazones dentro de la fábrica del espacio-tiempo, esas pequeñas colinas y valles bien pudieron crecer, inflándose en universos paralelos conectados al nuestro por agujeros de gusano, túneles cuánticos que atraviesan el espacio-tiempo. En cuyo caso nuestro universo podría ser uno entre muchos.

A lo largo de todo esto Hawking ha proseguido su trabajo a pesar del devastador deterioro físico. En 1969, dos años después de nacer el primero de sus hijos, ya no podía arreglárselas con un bastón y se vio obligado a usar silla de ruedas. Al final ha llegado a depender de los cuidados constantes de una enfermera y de estudiantes graduados que sepan interpretar todos sus vacilantes farfulleos. En 1979, al ser elegido profesor de la cátedra Lucasiana de Matemáticas de Cambridge, puesto que en su tiempo ocupó sir Isaac Newton, estampó su firma por última vez. Su discurso resultó casi incomprensible; luego, durante una traqueotomía de urgencia, en 1985, perdió por completo la facultad de hablar. Se le devolvió con un sintetizador de voz computerizado que lleva en la silla de ruedas.

Nada de esto lo ha salvado de las crisis normales que pesan sobre la carne. En 1990, en un divorcio singularmente poco aireado, se separó de su esposa Jane. Y una noche lluviosa de marzo de 1991 se equivocó al calibrar la distancia de los vehículos que se aproximaban al cruzar la calle y acabó «en la calzada, con las piernas sobre los restos de la silla de ruedas». En el accidente se rompió el brazo, se hizo un corte en la cabeza (que necesitó trece puntos) y se produjeron daños irremediables en el sistema computerizado que le permite hablar. A pesar de esto, conserva la capacidad de sonreír y continúa llevando adelante, en su trabajo intelectual si no en la vida personal, el mandato que sir Arthur Eddington dio en una conferencia, en 1928: «Les pido que miren en ambos sentidos —dijo Eddington—, pues el camino que conduce a saber algo de las estrellas pasa por el átomo; importantes conocimientos sobre el átomo se han alcanzado a través de las estrellas».

En el documental sobre Hawking dirigido por Errol Morris, la hermana de Hawking, Mary, dice: «Mi padre era muy bueno en las discusiones teológicas, de modo que todos hablábamos de teología». Esta parece ser una costumbre que Hawking no ha perdido nunca. En sus escritos Hawking vuelve repetida y ambivalentemente sobre el problema de, dicho en palabras de su hermana May, «la existencia de Dios o lo contrario». A menudo se burla de la idea. Escribe con sentido del humor sobre sus experiencias en el Vaticano, donde asistió a un congreso de cosmología en 1981: «Al final del congreso los participantes tenían concedida una audiencia con el papa. Éste nos dijo que estaba muy bien estudiar la evolución del universo después del Big Bang, pero que debiéramos investigar sobre el Big Bang en cuanto tal, porque aquel fue el momento de la creación y por lo tanto obra de Dios. Me alegré de que no supiera el tema de la conferencia que yo acababa de dar: la posibilidad de que el espacio-tiempo fuese finito pero no tuviera ninguna clase de límites, lo que significa que no tuvo principio, no existió el momento de la creación. No tenía ganas yo de compartir la suerte de Galileo».

Pero al mismo tiempo Hawking escribe que alguna vez se encontrará la teoría unificada que combine los principios de la relatividad con los de la mecánica cuántica: «A su tiempo los grandes principios serán comprensibles para todo el mundo, no sólo para unos pocos científicos. Entonces todos, los filósofos, los científicos y la gente normal y corriente, podrán tomar parte en la discusión sobre el tema de por qué existimos nosotros y el universo. Si encontramos la respuesta a esta pregunta, será el definitivo triunfo de la razón humana: pues entonces conoceremos el pensamiento de Dios».

La madre de todas las células

Publicado en General el 24 de Marzo, 2009, 13:19 por feyerabend

La madre de todas las células

La publicitada medida del presidente de los EE.UU., Barack Obama, que libera fondos federales para la investigación con células madre, vuelve a animar el debate sobre la ciencia como racionalidad suprema, libre de valores. ¿Qué son y para qué sirven las células madre?

 Por Matias Alinovi

El episodio lo refiere Plutarco, en los Nueve libros de la historia. Cuando Teseo, el héroe griego, volvió victorioso de Creta después de haber matado al minotauro y liberado a los atenienses del tributo de jóvenes que todos los años debían enviar a la isla, los ciudadanos de Atenas pensaron, previsiblemente, en levantarle un monumento. Alguien propuso que el monumento fuera el barco mismo en el que Teseo había atravesado dos veces el Egeo, la memoria del viaje. Así que en la cima de alguna de las colinas de Atenas procedieron los ciudadanos agradecidos a instalar el barco, a la intemperie de las noches áticas.

Con el tiempo, murieron y nacieron atenienses, pero fue insoslayable tarea munícipe de todas las generaciones restaurar el barco de Teseo. Durante siglos, la madera que inexorablemente se pudría fue reemplazada por madera nueva. Y después se reemplazó la madera de reemplazo. Hasta que un día entre los días se paró frente al barco un ateniense entre los atenienses, y con alguna fatuidad declaró: “Este no es el barco de Teseo”. Otros, que no esperaban más que la aparición del primero, dijeron: “Desde luego que es el barco de Teseo”, y ya no hubo modo de acallar la discusión, ni tampoco motivo. La conclusión de Plutarco es la síntesis magnífica que a veces puede ser la historia: “De allí surgieron dos escuelas filosóficas, divididas por la respuesta distinta que daban al argumento aumentativo”.

Plutarco no explicitaba el argumento aumentativo, consciente quizá de que tampoco hacía falta porque de algún modo ya estaba cabalmente formulado en el relato. Unos atenienses creían en la identidad material; los otros no. Unos creían en la identidad atómica del barco, digamos así; los otros en una intencional: mientras las generaciones preservaran la forma del barco, preservarían la intención de Teseo al construirlo, y de algún modo el barco conservaría su identidad. Lo que oponía a aquellas dos escuelas, en definitiva, era qué propiedades son esenciales, y cuáles no, a la hora de definir la identidad.

Esas discusiones procedían de una práctica concreta. Lo que inadvertidamente hacían aquellas generaciones de atenienses era “carpintería regenerativa”. Regeneraban el barco por trasplante de la madera. Pero cuáles no habrían sido los matices en la división de las escuelas filosóficas, que sin suda habrían proliferado, si los atenienses hubieran imaginado otros mecanismos de restauración. Por ejemplo, que el barco regenerara solo su madera; que de alguna manera pudiera estimularse el crecimiento de la madera del barco para que se acomodara a la forma original. Y cuáles no habrían sido las posibilidades de la ingeniería naval ateniense en ese caso.

REGENERATE Y ANDA

La posibilidad de regenerar tejidos a partir de las células del propio organismo condujo, en los últimos veinte años, al desarrollo de una nueva especialidad de la medicina, la medicina regenerativa. Una especialidad que plantea todos los problemas éticos y filosóficos que ya planteaban los trasplantes de órganos sólidos, y aún más. ¿Qué se propone la medicina regenerativa? Aprovechar, dirigir, manipular, estimular las extraordinarias capacidades potenciales que el cuerpo tendría para regenerar tejidos dañados. Con ese propósito, instrumenta dos materiales propios del cuerpo humano. Por un lado, los factores de crecimiento, es decir, las sustancias que en el organismo estimulan la multiplicación de determinadas células.

Esas sustancias serían capaces, en principio, de convocar a las células a la reparación, como el deber a los atenienses. Por el otro, las llamadas células madre –o troncales, o progenitoras celulares, o estaminales–, es decir, las células inespecíficas del organismo, no especializadas –en el sentido en que las neuronas están especializadas en el funcionamiento del cerebro, o los miocitos en el funcionamiento del corazón– y cuya función sería la de permanecer expectantes a una convocatoria a la reparación, una suerte de atentos reservistas de los ejércitos celulares del organismo. El ejemplo típico es el del corazón y el infarto.

Se cree que después de un infarto, el organismo desencadena unos mecanismos que estimulan la producción de factores de crecimiento, que, a su vez, convocan a las células madre de otros tejidos a diferenciarse –a definirse– y a encontrar su destino como células del corazón. Basta con enunciar el propósito de la medicina regenerativa para entusiasmarse con sus extraordinarias posibilidades: manejar la convocatoria a la autorreparación del cuerpo sin intervenir directamente evitaría todos los problemas inmunológicos propios del trasplante directo, y aun los de cualquier cirugía y los de la administración de medicamentos. Pero nada es tan simple como parece.

LA FUERZA DEL DESTINO

Lo que distingue a las células madre es entonces su potencialidad. Una potencialidad que reconoce grados, y que permite clasificarlas. En el ápice de la potencialidad, está el cigoto, célula madre por excelencia y madre de todas las células, es decir, la célula que resulta de la unión de las dos células sexuales humanas, el óvulo y el espermatozoide. Esa célula es perfectamente potencial en el sentido en que puede convertirse en cualquiera de las células de un embrión, y aun en las que no forman directamente parte del embrión, como las de la placenta. El cigoto da lugar a un organismo completo. Se dice, por eso, que es totipotente (es decir, que tiene la capacidad de devenir cualquier otra célula).

El cigoto comienza a dividirse, primero en nuevas células totipotentes, y luego en células que, progresivamente, van perdiendo la totipotencia, como si desarrollarse fuera perder capacidades potenciales. Al cabo de una semana de divisiones, las células que forman el embrión están distribuidas sobre una circunferencia irregular: en un lugar preciso, interior a la circunferencia, algunas células parecen amontonarse. Ese amontonamiento se llama macizo celular interno, y las células que lo conforman ya no son totipotentes, sino pluripotentes. Son las células que darán lugar al embrión propiamente dicho; mientras que las que se distribuyen sobre la circunferencia conducirán a la formación de la placenta. Ocurrió la primera diferenciación.

Las células pluripotentes son, entonces, capaces de diferenciarse en cualquier célula del organismo, pero no en las de la placenta. A medida que el desarrollo embrionario avanza, se van formando nuevas poblaciones de células madre, pero con una potencialidad de generar tejidos cada vez más restringida. Aparecen las células multipotentes, que sólo pueden generar células de su propia capa o linaje embrionario de origen, y las unipotentes, que sólo pueden dar lugar a un tipo de célula particular.

Pero la potencialidad no se agota en el embrión. Los organismos adultos también poseen un determinado tipo de células madre, aunque con capacidades limitadas respecto de las del embrión. La diferencia es el grado de la especialización: mientras que las células madre del macizo celular interno son capaces de originar todos los tejidos, las del adulto están especializadas, y en general sólo son capaces de dar lugar a células de un determinado tejido.

EL ORIGEN DE LA CONTROVERSIA

Tenemos entonces una gran división entre las células madre embrionarias –-las del macizo celular interno, pluripotenciales– y las adultas –las que se encuentran en los tejidos del organismo adulto, listas a intervenir, pero ya especializadas–. Con relativo éxito, las adultas se utilizan desde hace algunos años en el tratamiento de distintas enfermedades. La mejor fuente de células madre dentro del organismo adulto ha sido, hasta ahora, la médula ósea. Si uno aspira células madre de la médula de cualquier hueso mediante una punción, y las inyecta en el organismo, puede estimular la reparación de un tejido dañado. Las células madre hematopoyéticas de médula ósea, que son las encargadas de la formación de las células de la sangre, son bien conocidas y empleadas desde hace tiempo en el tratamiento de las enfermedades hematológicas.

Una cuestión bien distinta es la del uso de las células madre embrionarias. En este caso no se trataría de utilizarlas en tratamientos terapéuticos –no todavía, digamos– sino que servirían como modelo de estudio del desarrollo embrionario. Las investigaciones con células madre embrionarias podrían conducir, en principio, a entender cuáles son los mecanismos que permiten a una célula pluripotente diferenciarse para formar cualquier célula del organismo. Pero lo cierto es que el uso de las células embrionarias presenta inconvenientes de diverso tipo, el primero de los cuales es el de su obtención.

Las células madre embrionarias se obtienen a partir de embriones que son producto de la fertilización in vitro. Son embriones que no han sido implantados en un útero y que permanecen congelados en el laboratorio. Si se permite al embrión desarrollarse durante un cierto tiempo en una placa de cultivo, al cabo de ese tiempo se tiene un embrión con células madre que pueden utilizarse con fines experimentales –o quizás, en un futuro cercano, terapéuticos–. Pero el problema es que con las técnicas actuales, el procedimiento supone el sacrificio del embrión, y con él, la interrupción de su desarrollo. El origen de la controversia sobre las células madre es el del status del embrión.

CONDICION NECESARIA PERO NO SUFICIENTE

Al principio, todos fuimos un embrión. Eliminándolo, no habríamos sido. Pero eso, ¿qué quiere decir? ¿Cuándo empieza lo que empieza? ¿Qué actos influyen definitivamente sobre la potencialidad del ser? La idea de que un hecho debe ocurrir no es observable, dicen los científicos. La ciencia observa hechos, pero no la necesidad de que ocurran. Restringiéndose a esos hechos, lo que la ciencia ve en la división del cigoto es un fenómeno biológico, unos mecanismos celulares. Es claro que uno podría argumentar que son mecanismos sobre los que los científicos tienen alguna experiencia, algún conocimiento. Digamos que son conscientes de que en el final de ese proceso suele ocurrir la aparición de una conciencia.

Para decirlo en otros términos, el embrión es una condición necesaria, aunque no suficiente, para la existencia de una conciencia. Los partidarios de la investigación con embriones creen que lo que se interrumpe al interrumpir el desarrollo del embrión es un fenómeno biológico, y no una vida humana. El Vaticano –para caracterizar de algún modo a la oposición– entiende que en el embrión existe un ser humano aunque no haya nacido todavía, y que interrumpir su desarrollo es, de algún modo, matarlo.

Uno podría pensar, sin embargo –sin identificar el sacrificio del embrión con la muerte de un humano–, en la interrupción de una conciencia futura. Es difícil sustraerse a la idea de futuro ante la división de las células del embrión. Una idea de futuro que procede de una cierta experiencia de los fenómenos biológicos: cada vez que ocurre esa división –claro que en condiciones particulares, y no en el laboratorio– suele ocurrir al cabo de cierto tiempo la aparición de una conciencia.

Pero quizás el de conciencia futura sea un concepto mal definido, y de ahí procedan algunas falacias. Quizá la conciencia sólo pueda definirse en el presente. En la posición del Vaticano existe, en todo caso, un compromiso con una metafísica aristotélica que considera que una posibilidad es algo que existe y que no existe al mismo tiempo. Esa no es la única manera de pensar la posibilidad, y eso es lo interesante del debate. El debate metafísico debería tomar a la idea de posibilidad como objeto de reflexión.

Quizá la forma de acabar con la controversia sea, simplemente, de facto, es decir, obteniendo células madre de fuentes no embrionarias. Algunos científicos norteamericanos lograron hace poco obtener células madre de un ratón sin sacrificar los embriones. Otros investigadores consiguieron activar mediante estímulos eléctricos, la división de óvulos no fecundados. Y un biólogo japonés, Shinya Yamanaka, descubrió en 2007 que las células adultas podían reprogramarse hacia un estado embrionario con relativa facilidad. Todos esos descubrimientos recientes podrían convertirse, en breve, en técnicas alternativas para la obtención de células madre embrionarias.

UNA CONCLUSION

El ejemplo del barco de Teseo funcionaría no sólo como metáfora de la regeneración, sino también como ejemplo de que la controversia metafísica surge de una práctica concreta. Las discusiones sobre las células madre, reavivadas a partir de la medida de Obama, parecen dejar a quienes se oponen al uso de los embriones parados, definitivamente, del lado de la irracionalidad. Esa sensación procedería de la idea de que la racionalidad científica es la forma más alta de la racionalidad humana, y, en ese sentido, más libre de valores. Como si la ciencia partiera siempre de presupuestos no examinados, ni examinables. Como si cualquier examinación de esos presupuestos atentara contra la libertad de investigación, y aun contra la razón misma.

Pero hay otra forma de pensar la ciencia, y es en términos de práctica científica. La noción de práctica científica ha ido variando con el tiempo, y por eso historizar es siempre sano. En definitiva, se puede ser un defensor de los logros de la ciencia, y sin embargo situar históricamente la empresa científica. No considerar a la ciencia como una abstracción, sino como un conjunto de acciones que pueden ser valoradas.