Publicado en General el 8 de Abril, 2012, 12:51
por Siddartha Mukherjee
Tópico de Cáncer
Identificada comúnmente como una enfermedad de la
vida moderna, el cáncer acompaña y amenaza al hombre desde la
Antigüedad. Los intentos por vencerlo conforman, en buena medida, la
historia de los progresos (y fracasos) científicos y filosóficos del ser
humano frente a la enfermedad. Desde los primeros médicos egipcios y
griegos hasta los asépticos laboratorios de la genética, pasando por las
operaciones medievales, los quirófanos victorianos, el descubrimiento
de la anestesia y los rayos X, el monumental y premiado volumen El
emperador de todos los males, del oncólogo Siddartha Mukherjee, es un
abordaje sensible e inteligente de la historia de esa enfermedad hoy
atravesada por el marketing, los medios, los negocios de los
laboratorios, a la que Estados Unidos llegó a declararle la guerra y que
recién ahora estamos empezando a comprender. A continuación, una breve
historia de esa larga batalla.
Por Soledad Barruti
“En
2010 unos 600 mil estadounidenses y más de 7 millones de personas en
todo el mundo murieron de cáncer. En Estados Unidos, una de cada tres
mujeres y uno de cada dos hombres desarrollarán cáncer durante su vida.
Una cuarta parte de las muertes estadounidenses, y alrededor del 15 por
ciento de todos los fallecimientos en el mundo, se atribuirán a él.”
Estos abrumadores números son la puerta de entrada a uno de los éxitos
editoriales de 2011. Ganador del Pulitzer y del First Book Award de The
Guardian, nominado al National Book Critics Circle Award y Top 10 del
año según un abanico crítico tan amplio como el The New York Times, la
revista Time y Oprah Winfrey, El emperador de todos los males se
presenta nada más y nada menos que como la biografía oficial del cáncer.
Escrito de a lapsos de entre 5 y 15 minutos por día (lo que quedaba de
tiempo libre a su ahora famosísimo autor, pero entonces respetado y
joven oncólogo full time más padre de familia, Siddartha Mukherjee), el
libro tiene casi 700 páginas y consiguió contrato cuando su escritura
iba más o menos por la mitad. Claro que con el diario del lunes lo
primero que uno piensa es que es increíble que los editores no se hayan
batido a duelo por publicarlo. Pero lo cierto es que su autor se topó
más bien con pensamientos encontrados donde imperaba la cautela. “Las
respuestas fueron bipolares. O me decían: ‘Nadie va a leer sobre el
cáncer’, o: ‘Cómo puede ser que este libro no haya sido escrito antes’.”
En lo que definitivamente acordaban todos era en que el cáncer
atemoriza, lo que no hacía más que avivar el entusiasmo de su autor.
“Para mí ésa era la respuesta equivocada. Si la gente tiene miedo, es la
principal razón para hablar”, dijo enfático mientras redondeaba su
ambicioso proyecto.
 El
Dr. Sidney Farber, confidente y asesor de Mary Lasker, legendaria “hada
madrina” de la investigación, que intimó a la nación norteamericana a
luchar contra la enfermedad.
BAJO EL SIGNO DEL CANGREJO
¿Dónde empieza la historia del cáncer? ¿Se puede hablar de su
nacimiento? Carla, la paciente que da comienzo al relato, no se formula
esa pregunta, al menos no de cara al médico que luego va a contar su
historia. Carla se pregunta qué tiene y si se va a poder curar. Para
ella el comienzo son unas tremendas migrañas, una fatiga irreconocible
para su carácter “alegre y entusiasta”. Las dos o tres visitas a médicos
que no dieron con ningún diagnóstico. Finalmente, su propio pedido de
que le hagan un análisis más profundo. La extracción de sangre y una
nueva extracción para confirmar el peor de los pronósticos: leucemia. La
segunda de sus preguntas no tendrá respuesta hasta el final del libro.
En medio, mientras Mukherjee recorre la historia del cáncer, Carla
pasará por la aislación total para someterse a la inmunodepresión
gracias a la que soportará el cruento y a la vez esperanzador
tratamiento oncológico. Es hacia las últimas páginas de El emperador...
cuando el lector se entera de que Carla se cura. Para sorpresa de su
propio médico y autor, que esperaba cerrar el libro con la muerte de su
paciente, la remisión de Carla se mantiene hasta ahora y su futuro
parece de lo más auspicioso. Pero contar el desenlace de la vida de
Carla no le quita ni un ápice de intriga al libro. Porque la trama de El
emperador... no está centrada en esta maestra jardinera joven (ni en
torno de ningún paciente) sino en los científicos que, como piezas de un
rompecabezas, fueron armando la silueta de esta enfermedad que por
momentos parece tener a la humanidad atenazada.
La empresa de la ciencia es lenta, y la figura que usa Mukherjee
para contarla es –una vez más– la de la guerra. Aunque no le gusten las
metáforas y cite una y otra vez a Susan Sontag –que en los años ‘70
combatió desde su libro La enfermedad y sus metáforas los estereotipos,
las fantasías punitivas y sentimentales alrededor del cáncer–, Mukherjee
es médico y trabaja en Estados Unidos, país que oficialmente declaró la
guerra no sólo a un sinnúmero de países, sino también a esta
enfermedad. Una guerra fría, filosa, de luz blanca, en la que los
médicos actúan como generales y héroes que batallan contra un monstruo
invasor que se despliega con sus mil y una caras sobre pacientes que son
soldados, víctimas, trinchera y campo de batalla.
“Solemos pensar en el cáncer como una enfermedad ‘moderna’ porque
sus metáforas lo son, y tanto. Es una enfermedad de la sobreproducción,
de crecimiento fulminante: crecimiento imparable, crecimiento inclinado
sobre el abismo del descontrol (...) El cáncer es una enfermedad
expansionista; invade los tejidos, establece colonias en paisajes
hostiles, busca un ‘santuario’ en un órgano y luego migra a otro. Vive
desesperada, inventiva, feroz, territorial, astuta y defensivamente; por
momentos es como si nos enseñara a sobrevivir. El cáncer explota las
características que nos hacen exitosos como especie o como organismo.”
Sin embargo, el cáncer aparece por primera vez en la Antigüedad, en un
papiro egipcio. Es el propio Imhotep el que escribe sobre “un fruto
sanguíneo no maduro, duro y frío al tacto” y él, que siempre tenía un
método de cura, frente al tumor se queda mudo. “Cura: no hay ninguna”,
sentencia.
De aquella era, Mukherjee cuenta también sobre los cadáveres
momificados que conservan sus tumores malignos como un misterio a salvo
del paso del tiempo.
Recién dos mil años después aparece un nuevo registro de la
enfermedad: en el 440 a.C., Atosa, reina de Persia, sintió la presencia
de un bulto sangrante en el pecho. Sumida en una aislación
autoinfligida, sin querer recibir tratamiento alguno, se rindió a su
padecer. Hasta que un esclavo, Democedes, la convenció de que podría
extirpárselo. Nadie sabe cómo resultó esa primera mastectomía, pero sí
que cuarenta años después la enfermedad de Atosa aparece nombrada por
primera vez. “Bautizar una enfermedad es describir cierto estado de
sufrimiento: un acto literario antes que un acto médico”, dice
Mukherjee. El racimo de vasos inflamados en torno del tumor fue la viva
imagen de un cangrejo desparramado en la arena para Hipócrates: de ahí
su nombre karkinos, cangrejo en griego. Luego, ese nombre se cruzaría
con otro término que lo completa: onkos, que describe “una carga o, más
comúnmente, un peso llevado por el cuerpo”.
Los griegos entendían que el cáncer era el desequilibrio de alguno
de los cuatro fluidos que circulaban por dentro. Había rojo, amarillo,
blanco y negro. En el 160 d. C., Claudio Galeno reservaba este último al
cáncer. “Galeno sostenía que el cáncer era bilis negra ‘atrapada’, esto
es bilis estática incapaz de escapar de un lugar y, con ello, coagulada
en una masa apelmazada.” Después de nombrarlo, Hipócrates aseguró que
era mejor no tratar el cáncer. Galeno, por su parte, creía que era
inútil, que “la bilis negra estaba por doquier”. Tintura de plomo,
colmillos de jabalí, pulmones de zorro o la compresión de un tumor con
planchas eran algunas de las recetas preferibles a entregarse a la
descarnada cirugía que se practicaba entonces.
 La
página publicada en 1969 en la revista Time que le hablaba directamente
al presidente: “Sr. Nixon: usted puede vencer al cáncer”. América
necesitaba una guerra más fácil que Vietnam y conquistar el espacio
interior como se había conquistado el exterior con la llegada a la Luna.
BREVE HISTORIA DE UNA LARGA LUCHA
Fue a partir de la primera autopsia que las teorías de Galeno
empezaron a desplomarse. No había bilis negra sino un organismo por
descubrir. El estudio de la anatomía retomó la idea de la ablación
quirúrgica del cáncer inaugurando toda una etapa tan prolífica como
sanguinaria, recién paliada por el descubrimiento de la anestesia, en
1846. “La anestesia y la antisepsia fueron avances tecnológicos aunados
que liberaron a la cirugía de su crisálida medieval. Armados de éter y
jabón carbónico, una nueva generación de cirujanos acometió los
procedimientos anatómicos terriblemente complejos”. Los aventurados
primeros oncólogos lograban quitar algunos tumores del cuerpo, pero no
lograban evitar que el cáncer volviera a crecer tarde o temprano. Una y
otra vez “volvían a la mesa de operaciones y cortaban, como si
estuvieran atrapados en un juego del gato y el ratón, mientras el cáncer
horadaba el cuerpo humano pedazo a pedazo”.
El encarnizamiento terapéutico para acabar con el maligno cangrejo
tuvo su máximo exponente en William Halsted: un médico cocainómano que
hacia fines del 1800 inventó la mastectomía radical. Vaciar lo más
posible el cuerpo de las mujeres (quitaba glándulas, músculos, incluso
huesos de las costillas) con el fin de lograr remisiones totales y, en
muchos casos, donde no era necesario operar, con la siniestra intensión
de doblegar su carácter.
Las cirugías eran todo un espectáculo. El 1900 inaugura la época de
los médicos celebrities “rebozantes de confianza” que operaban para
deleite de testigos tan privilegiados como intrigadísimos. “El quirófano
era para ellos un teatro de operaciones y la cirugía, una actuación
elaborada, a menudo presenciada por un público silencioso que miraba
desde una claraboya situada encima del teatro.” Deslumbrados por su
propio brillo, ni siquiera podían ver todavía el fracaso que escondía la
brutal operación. Es que no importaba cuánto quitaran, el cáncer volvía
o ya estaba esperando, agazapado, en algún otro órgano.
Para la misma época, en un escenario diferente, una serie de
casualidades dieron los descubrimientos de los rayos X, el radio y
finalmente, eureka, la loca idea de que esta nueva forma de energía tal
vez sirviera para todo esto. Fue un joven de veintiún años, Emil Grubbe,
quien a puro instinto hizo la primera prueba exitosa: “Grubbe comenzó a
bombardear con radiación a Rose Lee, una mujer mayor afectada con
cáncer de mama, por medio de un tubo improvisado de rayos X (...) La
irradió durante 18 días. Aunque doloroso, el tratamiento tuvo algún
éxito”. Gruebbe enseguida siguió con otras pacientes, todas con el mismo
resultado: los tumores se reducían. A comienzos del siglo XX “había
nacido una nueva rama de la medicina del cáncer, la oncología
radioterápica”.
Pero la nueva cura tenía dos problemas. La primera era que la
radiación en sí misma producía cáncer (y sus víctimas más notorias
fueron la propia Marie Curie y el joven inspirado Grubbe). La segunda,
que tampoco era eficaz con las metástasis. “El cáncer, aun cuando
comience localmente, espera de manera inevitable para salir de su
confinamiento.”
Escapar de la encrucijada de elegir entre “el rayo caliente o el
cuchillo frío” requirió de una nueva herramienta –o arma, para volver al
lenguaje de guerra que subyace detrás de este relato–. Un veneno
específico y sistémico para el cáncer.
El descubrimiento de la quimioterapia encuentra sus raíces a fines
del siglo XIX en las fábricas textiles, que explotaban el uso de
químicos y tinturas. ¿Qué reacción tiene un colorante sobre una célula?,
se preguntaba el médico alemán y Nobel de 1908 Paul Ehrlich. Tinturas
químicas para atacar microbacterias era lo que probaba cuando descubrió
sustancias que las destrozaban. La idea de encontrar una sustancia como
ésa que, cual “bala mágica”, destruyera el cáncer obsesionó por años no
sólo a Ehrlich sino a quienes siguieron sus pasos. Pero la similitud
entre las células cancerosas y las normales no hacían nada fácil la
tarea. La investigación recién dio sus frutos cuando el conocimiento
químico y molecular se volvió más profundo, alrededor de los años ‘50.
Hasta acá más o menos el racconto de los hechos, que nos lleva a las
prácticas actuales que se utilizan para curar el cáncer. Faltaba que la
ciencia ahondara en la genética para comprender la complejidad de la
enfermedad ante la que se enfrentaba. En ese camino, los científicos
irían virando hasta conformar su propio establishment, los pacientes se
convertirían en seres de derechos con sus propios reclamos, y la
curación sería no sólo un anhelo sino también un negoción
multimillonario que, como todos, o, tal vez, más que ningún otro, puede
representar los más turbios intereses por sobre cualquier otro
propósito.
 Imhotep,
el médico del Antiguo Egipto que menciona por primera vez, entre los
papiros conocidos, el cáncer. Escribe sobre “un fruto sanguíneo no
maduro, duro y frío al tacto”, y, él, que siempre tenía un método de
cura, frente al tumor se queda mudo. “Cura: no hay ninguna”, sentencia.
JUNTANDO FONDOS PARA LA SILENCIOSA GUERRA MUNDIAL
La primera vez que apareció una gran cantidad de dinero asociada al
cáncer fue en 1927. Alertados ya por el aumento de enfermos, el senador
Matthew Nelly le pidió al Congreso que ofreciera una suma de cinco
millones de dólares “por cualquier información que condujera a la
detención del cáncer humano”. Claro que la absurda propuesta, digna del
Lejano Oeste, no tuvo ninguna respuesta seria, pero fue el puntapié para
que en 1937 el país lanzara un “ataque nacional contra el cáncer”. Así,
ese mismo año el presidente Roosevelt promulgó la ley de creación del
Instituto Nacional del Cáncer para coordinar la investigación y la
educación sobre el tema. Los médicos se pusieron a trabajar con
entusiasmo, pero la propuesta se topó enseguida con un límite feroz: la
guerra real que los alemanes declaraban al mundo unos meses después
truncó esa primera abatida conjunta. Si bien la empresa bélica y sus
descubrimientos terminarían nutriendo la lucha contra el cáncer, para
los médicos ése fue un duro golpe que se sumaba al achique que ya habían
experimentado cuando, en la Primera Guerra, las empresas químicas
dejaron de desarrollar remedios para pasar a crear venenos para el
enemigo.
Por otro lado, no sólo la Segunda Guerra desplazaba los intereses.
Con el descubrimiento de las vacunas y los antibióticos la gente se
enfermaba menos. La ciencia había logrado que en treinta años la
esperanza de vida trepara de 47 a 68 años. Entre 1945 y 1960 se
construyeron en Estados Unidos casi mil hospitales y, ostentando salud,
florecía “una joven generación que soñaba con una existencia libre de la
muerte y de las enfermedades y arrullada por la idea de perdurabilidad
de la vida, se lanzaba al consumo de bienes durables”. Sin embargo, en
las sombras y en silencio “a diferencia de las demás enfermedades, el
cáncer se había negado a participar de esta marcha del progreso”.
En el mundo de posguerra, entonces, el cáncer aparecería y
desaparecería de la primera plana de los medios que despiertan la
atención pública. Si había guerra, conflictos económicos, si mataban
presidentes, o había que acunar el progreso como la llegada de Dios, el
cáncer parecía perder interés público. (Lo que no significaba que no
hubieran descubrimientos. Si la utilización de drogas específicas para
el cáncer prosperó después de la Segunda Guerra Mundial, por ejemplo, se
debió a que a raíz de un accidente con gas mostaza se creó una unidad
encubierta llamada Unidad de Guerra Química para estudiar esos
compuestos tóxicos y sus posibles utilidades. El resultado fue el avance
más grande contra un tipo de leucemia jamás logrado, “sellando la
vinculación entre la guerra química de los campos de batalla y la guerra
química del cuerpo”). Pero a primera vista, así como en la guerra
muchos científicos dejaban a los pacientes para idear bombas y otras
armas letales, en épocas de bonanza nadie quería seguir escuchando
hablar de nada terminal.
Para tener continuidad en esos avatares de la coyuntura mundial, la
investigación médica debería aggionarse. Es decir, sumar las ideas que
bullían en otros barrios, como el de la publicidad y el marketing. Los
médicos necesitaban volverse políticos que manejaran fondos. Fue Sidney
Farber, un prolífico estudioso de la enfermedad y hasta entonces
outsider que hacía sus valiosas pruebas ocupando escritorios vacíos y
huecos de escaleras, quien labraría esa relación.
Era una época propicia para la caridad. Los grupos de la alta
sociedad como el Variety Club de Nueva Inglaterra empezaban a “mostrar”
conciencia social y el público no hacía más que agradecer y aplaudir de
pie el melodrama. El Variety Club ya había adoptado una niña huérfana
cuando, en su búsqueda por entidades a las que beneficiar, se acercaron
al hospital de niños y conocieron a Farber. Juntos crearon el fondo para
la investigación del cáncer infantil. Y enseguida se lanzaron al
propósito principal: conseguir fondos. La primera propuesta fue
organizar una rifa. Obtuvieron casi 50 mil dólares. Mucho. Pero no tanto
como esperaban.
“Entendieron que necesitaban un niño como emblema, como gancho para
atraer al público.” Algo que no era tarea fácil. “Las salas estaban
ocupadas por pacientes en lamentables condiciones, deshidratados y con
náuseas a causa de la quimioterapia, niños casi incapaces de mantenerse
erguidos.” Había un solo chico, que no tenía leucemia sino un linfoma
poco común y un nombre poco común: Einar Gustafson.
La conversión de Einar en el símbolo del niño con cáncer es todo un
signo de época. Médico y mecenas le cambiaron el nombre a Jimmy, lo
hicieron hablar por la radio y en medio de la transmisión, después de
que Einar declarara que su deporte preferido era el béisbol, los
jugadores de su equipo favorito entraron a su habitación para cantar con
él el himno del juego en vivo, partiendo el corazón de los conductores,
de la audiencia, de todo un país que lloraba al ritmo de “llévame al
partido de béisbol, llévame con la multitud, cómprame cacahuate”. “Poco
se dijo del cáncer del niño: innombrable, la enfermedad acechaba en la
sombra como un espectro. (...) Pero aun antes de que los Bravers se
hubieran ido, se había formado una fila de donantes frente a la entrada
principal del hospital infantil.” La campaña contra el cáncer, al igual
que la política, necesitaba “íconos, mascotas, imágenes, consignas;
tanto las estrategias de la publicidad como las herramientas de la
ciencia”.
Enseguida, los cuartos de hospital se llenaron de dibujitos (“era
Disneyworld mezclado con Cancerlandia”), pero la idea recién prosperó
realmente cuando Farber y sus benefactores encontraron un hada madrina.
Mary Woodward Lasker, una multimillonaria neoyorquina “cuya misión era
transformar la geografía de la salud estadounidense mediante la creación
de grupos, la presión y la acción política” mientras “almorzaba con los
Rockefeller, bailaba con los Truman y cenaba con los Kennedy”.
Con ella nació la Sociedad Estadounidense del Cáncer (que sería
seguida por un montón de fundaciones y asociaciones). De su mano las
donaciones no paraban de crecer, se comenzó a usar la palabra “cruzada”
para la lucha y en el campo de la medicina, los recursos abundaban. Los
experimentos, como combinar rayos con quimioterapia para tratar
metástasis, daban sus frutos. Hacia 1958, Farber logró que por primera
vez un tumor sólido metástico respondiera al tratamiento. Se
sintetizaron más drogas y sustancias, se describieron varios tipos de
cánceres diferentes y así, entre cocktails y cocktails, había quienes se
permitían celebrar esas primeras ganancias.
 Einar
Gustavson, un paciente del Dr. Farber, convertido durante la postguerra
en emblema de la lucha contra el cáncer por el aristocrático Variety
Club de Nueva Inglaterra, que lo rebautizó “Jimmy” y lo hizo parte de
una campaña junto a su equipo de béisbol favorito para juntar fondos
destinados a investigación.
LA NUEVA GUERRA AMERICANA
Claro que la lucha química tenía su contracara tan salvaje como la
quirúrgica. Con el avance de la quimioterapia, el límite entre lo que
cura y lo que mata se fue volviendo cada vez más difuso. Sin idea de
pacientes con derechos, las personas parecían muchas veces las meras
portadoras de su acérrimo enemigo. Muertos por infecciones, por nuevos
cánceres, por náuseas feroces que derribaban a las personas como patadas
en el estómago, la idea de que cualquier cosa parecía mejor que morir
de cáncer era llevada al extremo. La fórmula cargaba con la convicción
de que si se salvaba una vida mejor, pero lo importante era salvar a la
humanidad. La presión estaba puesta sobre todos: políticos, médicos y
pacientes. Así, una vez más el cáncer dejaba de ser un murmullo y
saltaba con vehemencia a las tapas de los diarios, volviéndose La
Enfermedad de la época. La Gran Bomba –escribió una columnista del The
New York Times– era reemplazada por La Gran C. En 1969 la revista Time
sacaba un artículo instando al presidente: “Señor Nixon: usted puede
curar el cáncer”. Sólo faltaba voluntad y, siempre, más dinero; después
de todo, parecía mucho más abordable que el fin de la guerra de Vietnam.
Además, si el hombre podía llegar a la Luna, no podía ser tan complejo
llegar a la gran cura universal (dominar el espacio interior así como
habían hecho con el exterior): “Las guerras demandan una definición
clara del enemigo. De modo que el cáncer, una enfermedad polimorfa de
colosal diversidad, se reformuló como una entidad monolítica. Era una
enfermedad”. O más bien, La Enfermedad.
Ahora, si bien había ciertos avances en los tratamientos, nada –o
casi nada– se sabía todavía del cáncer en sí. ¿Qué lo generaba
exactamente? ¿Por qué su comportamiento era tan anárquico, tan feroz? La
idea de indagar en la causa era igual de importante para la cura como
para la posibilidad de prevención. Y esas preguntas todavía sin
respuesta llamaban al repliegue en los laboratorios. Con el antecedente
de que en 1911 el médico norteamericano y también Nobel Peyton Rous
había encontrado un virus que provocaba un extraño sarcoma, importantes
científicos se abocaron a investigar exhaustivamente todos los tipos de
virus y bacterias que pudieran, avivando sin querer una fantasía que
sobrevoló desde siempre: la idea de que el cáncer se podía transmitir,
como una gripe.
Por fortuna, en paralelo, el descubrimiento de que factores
ambientales como el hollín o el radio podían hacer mutar las células que
luego devendrían en cáncer empezaban a ahuyentar esas ideas de
contagio. Hacia 1960, con el cáncer de pulmón como epidemia, se
comenzaron a establecer los claros vínculos entre el hábito con más
pregnancia de las sociedades modernas y la enfermedad. El primer
carcinógeno irrefutable salió a la luz a mediados de esa década, pero
sus víctimas seguirían (siguen) cayendo mucho tiempo después de que las
primeras leyendas de alerta aparecieran en las cajas de Marlboro.
La detección de los carcinógenos avanzó en la idea de prevención.
“Nómbreme cinco cosas que debería hacer para no contraer cáncer”, le
pidió una periodista de The Guardian a Mukherjee. “No fume, no fume, no
fume, no fume y no fume”, respondió él. Si los médicos blanden desde
hace cincuenta años con tanta furia la campaña antitabaco, es porque
desde el comienzo entienden que hacer desaparecer el resto de los
carcinógenos nos llevaría a modificar el sistema en el que vivimos
integralmente. El mismo Mukherjee lo dice en su libro: “Somos simios
químicos: tras descubrir la capacidad de extraer, purificar y hacer
reaccionar moléculas para producir nuevas moléculas hemos empezado a
hilar un nuevo universo químico a nuestro alrededor. Así, nuestros
cuerpos, nuestras células, nuestros genes, se sumergen y vuelven a
sumergirse en un cambiante mundo de moléculas: pesticidas, drogas
farmacéuticas, plásticos, cosméticos, estrógenos, alimentos, hormonas.
Alguna de ellas serán inevitablemente carcinógenas. Pero no podemos
hacer que ese mundo desaparezca”.
Más allá de que en torno del cáncer el número de enfermos siempre ha
ido en ascenso, la posibilidad de detectarlo antes de que fuera
irreversible y los diferentes tratamientos que se iban aplicando
hicieron que la sobrevida ante algunas formas malignas fuera cada vez
mayor. Las conquistas de esos años (el papanicolaou y la mamografía, por
ejemplo, marcarían un antes y un después en la historia del cáncer de
cuello de útero y de mama) se completan con la especificidad en las
estrategias terapéuticas que traerían los ’70, cuando el estudio de las
hormonas logró llegar al descubrimiento de drogas como el tamoxifeno
que, junto con la cirugía, la radiación y la quimioterapia adyuvante (la
que se administra como complemento para disminuir la posibilidad de
reincidencia), generaron progresos muy significativos en algunos
cánceres de mama, logrando aumentar la sobrevida de una paciente de 17 a
30 años.
LOS OSCUROS ’80
Ahora bien, si el objetivo era la erradicación del mal, esos avances
no eran más que consuelo de pocos. Los ’80 fue la hora más oscura de la
quimioterapia, dice Mukherjee. “Fue una época extraordinariamente
cruel, que mezcló promesas con decepción y aguante con desesperación.”
No sólo por las pruebas de resistencia tóxica que se hacía sobre los
pacientes, sino porque venía de la mano con otra ola de presión social y
política surgida a la vera del avance de otra enfermedad masiva: el
sida.
Eran los mismos pacientes los que pedían que aprobaran las drogas
sin tanta prueba, que la medicina avanzara. “Los pacientes habían
perdido la paciencia. No querían ensayos, querían drogas y curas.” Pero
el rótulo de experimental no sólo era una precaución médica que se
alzaba para evitar dañar personas. Con la medicina cada vez más
privatizada, una vez superada la etapa experimental (en la que los
pacientes podían comprar los remedios), las prepagas tenían que
suministrarlos en forma gratuita, obstaculizando un negocio que de 1970 a
1990 alcanzó los tres mil millones de dólares y que hoy es un entramado
de cifras incalculables que despierta las peores sospechas.
“El cáncer moderno es un gran negocio y sus drogas son el cash del
futuro de las grandes droguerías. El costo del desarrollo de fármacos
claramente valdría la pena si prometieran curas o remisiones. Pero la
gran mayoría logra resultados mucho más modestos. Por ejemplo, la droga
llamada Tarceva extiende la vida de pacientes con cáncer de páncreas por
solo doce días y cuesta veintiséis mil dólares”, escribió Steven Shapin
para el The New Yorker en su reseña sobre el libro.
Ese medio no fue el único en señalar que el relato épico de
Mukherjee es justamente, a veces, demasiado épico. La omisión casi total
del manejo de los laboratorios, la exposición de un único caso de
engaño público realizado por un médico sospechosamente no norteamericano
(un sudafricano que fraguó resultados para promocionar su método para
el autotransplante de médula ósea), el escaso espacio que da a otros
cancerígenos que no sean el tabaco, dejan un tendal de dudas, no tanto
por lo que cuenta sino por las porciones del presente que deja sin
contar. El libro es un relato completo y apasionante, por momentos
bastante complejo también, de la parte de la historia que Mukherjee
quiso contar: un viaje de casi treinta siglos que recorren no sólo cómo
se fue encendiendo la luz alrededor del cáncer, sino la relación
científica y filosófica del hombre con esa enfermedad.
 El emperador de todos los males. Una biografía del cáncer Siddhartha Mukherjee Taurus 640 páginas
NUESTRO LADO INMORTAL
En los últimos años, la lucha contra el cáncer tuvo un fuerte
avance. En ese sentido, la elección de una paciente como Carla
–aparentemente terminal, que confiesa que el cáncer se ha convertido en
su vida, pero que aun así logra salvarse– puede oficiar de un nuevo
símbolo de época. Hay cánceres totalmente curables y remisiones que
duran toda la vida.
El descubrimiento del comportamiento genético de la enfermedad (el
hallazgo más contemporáneo) fue fundamental para el descubrimiento de
nuevas drogas específicas. “La célula cancerosa es una versión
distorsionada de nuestro ser normal –explica Mukherjee–. El cáncer está
cosido a nuestro genoma. Los oncogenes surgen de mutaciones de genes
esenciales que regulan el crecimiento de las células. Las mutaciones se
acumulan en ellos cuando los carcinógenos dañan el ADN, pero también a
partir de errores aparentemente azarosos en sus copias cuando las
células se dividen. El primer aspecto podría prevenirse, pero el segundo
es endógeno. El cáncer es un defecto de nuestro crecimiento, pero ese
defecto está profundamente arraigado en nosotros. Sólo podremos
librarnos del cáncer cuando podamos librarnos de los procesos de nuestra
fisiología que dependen del crecimiento: envejecimiento, regeneración,
curación, reproducción. (...) Desde un punto de vista conceptual, la
batalla contra el cáncer lleva la idea de la tecnología hasta su límite
último, porque el objeto sobre el que se interviene es nuestro genoma.”
El cáncer es poderoso, tanto que en el laboratorio el propio
Mukherjee trabaja con células cancerígenas totalmente en actividad de
una paciente que murió hace treinta años. “Uno de los ejemplos más
provocativos del comportamiento de una célula cancerosa es su
inmortalidad (...). El cáncer trata de una manera muy literal de emular
un órgano que se regenera, o tal vez –una posibilidad mucho más
perturbadora– a un organismo que se regenera. Su búsqueda de la
inmortalidad refleja la nuestra.” Ahora bien, Mukherjee también sabe que
“toda biografía debe también afrontar la muerte de su biografiado”. La
muerte de algo inmortal que vive en no-sotros: un oxímoron tan
despiadado como la misma enfermedad. Así, la idea de este médico que
refleja la de toda la campaña de una nueva generación de médicos que
libera una lucha renovada es dedicar su ciencia a que esa muerte no
ocurra antes de la vejez. “Tal vez el cáncer defina el límite exterior
intrínseco de nuestra supervivencia. Cuando nuestras células se dividen y
nuestro cuerpo envejece, y las mutaciones se acumulan inexorablemente
unas sobre otras, el cáncer bien podría ser el término final en nuestro
desarrollo como organismos. Sería una victoria sobre nuestra
inevitabilidad: una victoria sobre nuestro genoma.”
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Publicado en General el 5 de Mayo, 2011, 7:54
por feyerabend
LA ENERGIA NUCLEAR, UN DILEMA QUE NOS COMPROMETE A TODOS
Las múltiples caras de Chernobyl
Por Jorge Forno
Las
abuelas empapadas en saber popular y las conspicuas Leyes de Murphy nos
recuerdan que si algo puede salir mal, saldrá mal. Pero parece que
algunos dirigentes soviéticos no escuchaban a sus abuelas ni leían
grotescos compilados de máximas capitalistas, por lo que desconocían
estas reglas vigentes para casi todo tipo de asuntos, desde los más
pueriles hasta los más complejos, y en materia nuclear jugaron con fuego
para mantener el abastecimiento energético de la inmensa Unión
Soviética. En abril de 1986, la central nuclear de Chernobyl, en
territorio de la por entonces República Socialista Soviética de Ucrania,
fue escenario de un accidente originado en una desafortunada
combinación de ingredientes que incluían a un reactor emplazado en una
central nuclear de muy dudosa calidad y casi nula seguridad, la
impericia o negligencia de sus operadores, y, luego de detectado el
siniestro, la falta de un plan de contingencia adecuado.
Demasiados desatinos para un país que había sido pionero en el
desarrollo tecnológico. Así como son recordados sus éxitos espaciales,
la URSS también vivió tiempos de gloria en cuestiones nucleoeléctricas.
En 1954 había puesto en marcha el primer reactor destinado a la
producción de energía de origen nuclear en la ciudad de Obninsk,
concebida además como la primera ciudad científica del mundo. Como casi
todo hito de la Guerra Fría que se precie, el acontecimiento fue objeto
de profusa difusión por parte de los soviéticos, aunque ha sido
discutido por Occidente. Para el bloque capitalista, el reactor inglés
de Calder Hall, puesto en funcionamiento en 1956, se llevaba los
laureles por ser el primer reactor hecho y derecho, capaz de producir
energía eléctrica en una escala mucho mayor al de Obninsk.
EL REACTOR DE TIPO SOVIETICO
La Unión Soviética era un conglomerado de repúblicas de asombrosa
extensión territorial, que atravesaba dos continentes. Mientras sus
ciudades más pobladas y la mayor parte de su producción industrial se
ubicaban en el sector europeo, sus reservas de gas, petróleo y carbón se
encontraban en las regiones más alejadas de Europa o en Asia. Su
abastecimiento energético resultaba muy problemático y costoso. Era
necesario construir gasoductos de miles de kilómetros atravesando
regiones climática y geográficamente poco amigables y sobrecargar la
infraestructura de transporte para utilizar las generosas pero alejadas
reservas de combustibles fósiles. La posibilidad de echar mano al
recurso nuclear –que requiere poco volumen de combustible para generar
grandes cantidades de energía– se convertía, por ello, en una opción muy
considerable.
En el sitio web de la Agencia Internacional de Energía Atómica
(IAEA) es posible encontrar documentos escritos en los años previos al
accidente de Chernobyl. Allí los especialistas soviéticos defendían a
capa y espada su programa de producción de energía nuclear. El producto
estrella del programa era el reactor de tipo canal refrigerado por agua
ligera y moderado por grafito (RBMK), orgullosamente bautizado como el
Reactor de Tipo Soviético y heredero del mismo principio tecnológico de
aquella central pionera de Obninsk. Los documentos resaltaban las
ventajas de estos generadores, en cuanto a requerimientos de
fabricación, sencillez, operabilidad y facilidad de montaje. La
sugerencia de los especialistas era inundar la URSS de estos reactores
baratos y de construcción rápida, que proporcionaban energía a un costo
más que tentador y que eran capaces de trabajar siempre a destajo, aun
durante el proceso de carga de combustible.
LA OTRA CARA DEL RBMK
Pero algunas de las supuestas ventajas del RBMK escondían increíbles
fallas de seguridad que quedaron al desnudo en el accidente de la
central de Chernobyl, ocurrido en la madrugada del 26 de abril de 1986.
Según transcendió, todo comenzó cuando se intentaba realizar un
experimento muy riesgoso: bajar drásticamente la potencia del reactor,
diseñado para trabajar siempre al ciento por ciento y así aportar su
grano de arena a la energéticamente voraz industria soviética. Esto
ocasionó la descompensación del reactor a los pocos segundos,
generándose una burbuja de hidrógeno que se combinó con el oxígeno para
formar agua en una reacción explosiva (no fue una explosión nuclear sino
de vapor que arrastró elementos radioactivos). En el RBMK, la sencillez
de su construcción ocultaba la falta de un sistema de protección lo
suficientemente robusto para soportar presiones elevadas, por lo que el
techo del reactor voló por los aires desparramando una galería de
partículas radiactivas. Como si fuera poco, el grafito usado como
moderador –elemento que absorbe los neutrones para controlar la reacción
en el núcleo– es también altamente inflamable y rápidamente se prendió
fuego. El humo del incendio propagó los radionucleidos expulsados por la
explosión de la planta a una vasta región de la URSS y de Europa. Los
primeros indicios del accidente llegaron al mundo occidental tres días
después, cuando se detectaron partículas radiactivas en la región
escandinava. Eran tiempos en que el temor nuclear estaba muy presente,
pero no tanto por las centrales nucleoeléctricas sino más bien por la
amenaza que representaban los portentosos misiles de gran alcance que
apuntaban a las ciudades más importantes de Europa y Norteamérica. La
Unión Soviética debió admitir lo ocurrido cuando los reportes de
radiación y las elocuentes imágenes satelitales daban la vuelta al
mundo. Los habitantes de Prypyat, ciudad vecina a la zona de la
explosión, fueron reubicados en sitios considerados seguros. La
evacuación se extendió luego a un radio de casi 40 kilómetros e incluyó
al ganado.
CIFRAS DE TODO TIPO
Inicialmente se reportaron 31 muertes por enfermedad de radiación
aguda, en especial entre los bomberos que acudieron en los primeros
momentos a combatir el siniestro sin saber exactamente a qué se
enfrentaban. Una gran cantidad de trabajadores se expusieron a niveles
muy elevados de radiación en la construcción del famoso sarcófago,
erigido en forma urgente tras la tragedia. El sarcófago es un cajón de
concreto y acero que hace de escudo contra la radiación y fue pensado
para durar 25 años, por lo que actualmente está siendo reforzado por la
construcción de una nueva estructura.
Estimar el número de víctimas en un asunto tan sensible no es tarea
simple. Las cifras siempre aparecen teñidas de controversias de tinte
político, social y económico. ¿Cómo determinar fehacientemente las
causas de muerte directa o indirectamente relacionadas con el accidente
nuclear? La falta de un consenso hace que se arrojen todo tipo de
cifras. Algunos miden las muertes por decenas. Otros, basándose en datos
epidemiológicos indican que hasta 2006 hubo aproximadamente 1800 casos
bien documentados de cáncer tiroideo por absorción de yodo radiactivo en
altas dosis, y finalmente hay quienes las estiman en millones.
Algunos medios, por sensacionalismo o ingenuidad, colaboraron para
que la confusión sobre los efectos de Chernobyl sea mayor. Basta bucear
por internet para toparse con historias de mutantes de toda laya: desde
perros ciegos que olfatean la radiación hasta gallinas de dos metros de
altura tan evolutivamente veloces que se denunciaron como aparecidas dos
días después de la explosión. En medios pretendidamente más serios,
cada tanto se repiten documentales mostrando casos puntuales de niños
con leucemia o malformaciones nacidos en las regiones afectadas, que
luego son extrapolados ligeramente hasta alcanzar cifras del orden de
los millones. O sobrevivientes que requieren tratamientos médicos que
pueden obedecer a una multitud de causas, pero que sistemáticamente se
atribuyen a la radiación, un fantasma silencioso, invisible y muy
taquillero.
La comunidad internacional, y especialmente los países europeos han
brindado ayuda económica para solventar los costos de descontaminación,
gastos médicos y pago de indemnizaciones a la población en la región
afectada. Y en la zona de Prypiat, una ciudad hasta hoy desierta,
comienza a promocionarse una especie de “turismo radiactivo” sólo apto
para espíritus aventureros.
DE FUKUSHIMA EN ADELANTE
Veniticinco años después, los grupos antinucleares y la prensa
catastrofista se encontraron con el accidente de la planta nuclear de
Fukushima en Japón, una remake del accidente de Chernobyl. El árbol
nuclear tapó al bosque, en este caso un colosal terremoto seguido de un
gigantesco tsunami que dejaron un tendal de muertos y daños materiales.
La discusión se centró en la totalidad de la energía nuclear y no en un
modelo de central como la de Fukushima, que estaba en revisión desde
hacía varios años. Y que resistió bastante bien el fortísimo terremoto,
pero sucumbió cuando el sistema de enfriamiento se quedó sin fuente
energética alternativa –barrida por el violento maremoto– abandonando a
su suerte no sólo a los reactores, sino a barras de combustible nuclear
en desuso, depositadas en la central.
Fukushima no es Chernobyl. En este caso, el retaceo informativo
provino de la empresa operadora de la planta, pero el gobierno japonés
actuó rápidamente ante la contingencia. Sea como fuere, Fukushima
renueva la polémica por el uso de esta fuente de energía, criticada por
algunos ecologistas y defendida por otros. Tal es el caso de James
Lovelock –un gurú de la guerra contra el cambio climático– que en un
artículo publicado en 2004 señaló que la utilización de los combustibles
nucleares es menos contaminante en términos planetarios que otras
formas de energía convencionales. Según expresaba Loverlock, la
generación nucleoeléctrica constituye la única manera de detener en el
corto plazo el cambio climático, ya no hay tiempo para desarrollar otras
fuentes renovables a gran escala.
Como la vida misma, ninguna fuente de energía está exenta de
riesgos. Chernobyl y Fukushima nos enseñan que la falta de información
–provenga de un Estado socialista o de una empresa capitalista– o la
información falsa, conspiran contra la participación ciudadana y la
posibilidad de tomar decisiones adecuadas para minimizarlos.
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Publicado en General el 2 de Abril, 2011, 6:40
por feyerabend
Vamos mutando despacio
De la mano de los avances de la tecnología y el
estudio de los genes, la Teoría de la Evolución sigue galopando a paso
firme junto a Darwin. El Jinete Hipotético, convertido en mosca de la
fruta para la ocasión, se interna en las investigaciones actuales para
conocer el estado de la cuestión.
Por Leonardo Moledo
Cuénteme qué es lo que hace.
–Nosotros estudiamos la genética de la adaptación y la genética del
origen de las nuevas especies, y usamos como modelo la drosophila. Somos
algo así como señores de las moscas.
–¿Qué quiere decir adaptación?
–Bueno, es una palabra muy compleja y mal entendida. Una
característica adaptativa es aquella que le permite a un organismo vivir
y reproducirse en su ambiente. Esos son los dos componentes básicos de
la selección natural: la supervivencia y la reproducción. Ambas cosas
van juntas, porque obviamente un bicho que vive más tiempo tiene mayores
posibilidades de reproducirse. La evolución adaptativa es una
consecuencia de la selección natural. Es decir: se va seleccionando lo
más adaptado. Por eso son dos conceptos que van de la mano.
–¿Y qué quiere decir genética de la adaptación?
–Le pongo un ejemplo: en muchas especies, el tamaño del cuerpo es una característica adaptativa.
–Depende dónde y cuándo...
–Sin dudas, algo que es conveniente en el trópico puede no serlo en
el polo. Pero a lo que iba es a lo siguiente: para que una
característica que resulta adaptativa pueda pasar a la siguiente
generación, tiene que haber una correa de transmisión (que es la
herencia). Si esa característica tiene una base genética, entonces se
transmitirá a la siguiente generación y habrá evolución por selección
natural.
–O sea que seguimos evolucionando en este momento.
–Yo estoy convencido de que sí, aunque es una gran discusión que se
sigue dando hoy en día. Pero fíjese, por ejemplo, la última gran
epidemia de sida. En Europa existían variantes genéticas de ciertas
regiones del genoma que conferían resistencia al virus. Para
características relacionadas con algún patógeno, hay diferencias en la
población humana: hay quienes son más susceptibles y quienes son más
resistentes. Quien tiene características que le permiten hacer frente a
este patógeno tiene una ventaja. Los proyectos genómicos nos han dado
también muchas sorpresas. En Islandia, hace poco había un proyecto de
tener el genoma completo de todos los islandeses (que no son muchos).
Por cuestiones éticas esa iniciativa fracasó, pero de todos modos se
generó una base de datos importante en la cual se observó que algunas
personas tenían ciertas partes del genoma que estaban invertidas en 180
grados respecto de otras. Y resulta que cuando fueron a los datos
censales de las personas que eran portadoras de este reordenamiento en
la información genética, descubrieron que eran más fecundas. Esto
significa que la selección natural sigue teniendo la materia prima
necesaria para seguir actuando en las poblaciones humanas. Lo cual nos
permite decir que nosotros seguimos evolucionando por selección natural,
a pesar de esa gran coraza que nos ofrece la cultura.
–Lo que pasa es que hay rasgos que sin la cultura serían determinantes...
–Sí, pero eso no quiere decir que la selección natural no siga operando.
–Hay una cosa que siempre me intrigó. La base de la
selección natural es que nacen más individuos de los que el medio
ambiente puede tolerar. La pregunta es: ¿dónde están los animales que no
pueden sobrevivir? Por ejemplo, ¿dónde están los gorriones? Porque, si
es así, uno debería ver muchos gorriones muertos.
–Probablemente muchos estén en los estómagos de los predadores. Hay
un ejemplo que yo siempre pongo en las clases. Una hembra de esturión
puede producir hasta cinco millones de huevos. En el momento en que esos
huevos son puestos en el medio acuático, inmediatamente hay una
disminución impresionante de la cantidad de huevos. ¿Hasta qué momento
llega eso? Si el medio ambiente está en equilibrio, hasta los números
que implican el reemplazo de la generación parental. Pero es difícil
contestar a su pregunta, porque la selección natural puede actuar de una
enorme cantidad de maneras.
–Pero, de cualquier manera, uno no ve muchos animales muertos.
–Es que los cadáveres duran muy poco. Los carroñeros se comen los cuerpos muy rápidamente.
–La teoría de la selección natural no estuvo siempre en el
mismo estadio. Estuvo el equilibrio puntuado, la síntesis neodarwiniana,
Kimura, la deriva genética... ¿En qué estado está ahora?
–La Teoría de la Evolución de hoy no es la misma que la de 1859 de
Darwin. Ahora tenemos, obviamente, muchísimas más herramientas para
aproximarnos a estudiar toda la problemática de la evolución. Hay una
cosa que es importantísima de reconocer: no importa cuán sofisticada sea
la herramienta que utilicemos (contar con secuencias de genomas
completos, poder saber de qué modos se expresan determinados genes,
etc.). Porque todas terminan por servir para corroborar lo que Darwin
propuso: la descendencia con modificación y el rol central que ha jugado
la selección natural. Eso no implica que la selección natural sea el
único mecanismo. La deriva genética es lo que llamamos nosotros
“evolución por azar”.
–¿Qué es la deriva genética?
–Es un mecanismo evolutivo en el cual los distintos individuos de
una población pueden tener éxito reproductivo diferente, pero
independientemente de su constitución genética: simplemente por azar.
Imaginemos esta situación: una persona que tiene sus cromosomas X e Y.
Existe una probabilidad de ½ de que se le transmita un X y ½ de que se
le transmita un Y a la gameta, que es la exitosa y que va a producir un
huevo. En el primer caso daría un varón y, en el segundo, una mujer. Eso
es en una primera concepción. Supongamos que hay una segunda: las
probabilidades son exactamente las mismas. Ahora bien: si un varón tiene
solamente hijas mujeres, su cromosoma Y dejó de reproducirse. Y esto
ocurrió simplemente por azar.
–Con el tema de la descendencia, es interesante que el
propio Darwin admitió no tener ni idea de qué era. El problema es que
después emparchó la teoría con una suerte de lamarckismo ad hoc.
–La pangénesis es una herencia de caracteres adquiridos un poco más
sofisticada. Esa teoría, de todos modos, fue totalmente desestimada ya
antes del siglo XIX por Weissmann, que mediante un experimento muy
simple pudo demostrar que si yo hago mucha gimnasia, mis hijos no
necesariamente van a nacer musculosos.
–El otro día leía un fragmento de Lamarck en el cual
afirmaba que si se le tapara un ojo durante sucesivas generaciones a,
por decir algún animal, las ratas, finalmente terminarían por nacer con
el ojo atrofiado o por tener un solo ojo.
–Eso, evolutivamente, se ve. Formas de vida que descienden de
ancestros con ojos totalmente desarrollados, pero que adquieren una
forma de vida subterránea, lo van perdiendo. Es un relajamiento de la
selección. ¿Esto qué quiere decir? Los genomas están constantemente
bombardeados por mutaciones. Esas mutaciones, lo más probable (y eso lo
sabemos desde hace muchos años) es que sean perjudiciales. Si no hay un
factor que lo filtre, todo terminaría mal. Ese factor que filtra las
malas variantes es la selección natural. Gracias a la selección natural,
que detiene las mutaciones que afectarían al ojo, el ojo mantiene su
función. Ahora bien: si no hay nada que ver, la mutación por la cual el
ojo se ve afectado termina siendo neutra evolutivamente. La selección
natural, por lo tanto, no tiene motivos para detenerla. Esto puede
parecer lamarckista, pero no lo es: es completamente darwiniano.
–¿Cómo está la Teoría de la Evolución ahora?
–Bueno, pasó por varias revoluciones. Hoy en día contamos con varias
ideas y desarrollos que fueron, de alguna manera, incorporados al
cuerpo de teoría y a reforzarlo. Hoy en día, por ejemplo, la teoría de
Kimura (a la que los defensores del seleccionismo puro criticaban
agriamente) se convirtió en algo así como la hipótesis nula de la
evolución, a nivel molecular por lo menos.
–¿Qué quiere decir hipótesis nula?
–Es la hipótesis contra la cual tengo que confrontar mis resultados.
Es una teoría matemática muy fuerte con predicciones que yo puedo
contrastar estadísticamente. Si yo estudio la variación de un gen, lo
contrasto con lo esperado por la teoría y veo que estadísticamente no se
ajusta a lo que dice la teoría, tengo que proponer otro mecanismo, y no
lo que propone la teoría neutralista de la evolución, que es la
evolución por equilibrio entre la deriva genética y la tasa de mutación.
La teoría de la deriva genética lo que dice, básicamente, es que la
mayor parte de las diferencias que hay entre especies a nivel molecular
es el resultado de un origen por mutación y evolución aleatoria, es
decir que una variante aparece por mutación: o bien se fija, o bien se
pierde.
–Hay cosas que son muy fáciles de comprender porque son muy
visibles. Por ejemplo, el tamaño, que usted citaba al principio. Pero
hay cosas que son mucho más difíciles de entender, ¿no? Pienso, por
ejemplo, en las danzas de cortejo de los pájaros.
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Publicado en General el 20 de Diciembre, 2010, 8:27
por feyerabend
Parecidos...
Por Jorge Forno
La
lectura de los prospectos de medicamentos es un ejercicio poco amable,
que sin embargo ciertas personas curiosas realizan meticulosamente. Y en
ocasiones resulta una actividad muy ilustrativa. Por caso, si leemos un
texto típico de información médica podemos encontrarnos con párrafos
que rezan afirmaciones como éstas: “Aunque losartán es antihipertensivo
en todas las razas, en los hipertensos negros la respuesta media a la
monoterapia con losartán es inferior a la observada en los pacientes no
negros”. En el ejercicio de la sacrificada lectura nos enteramos, no
sólo de las propiedades del medicamento en cuestión, sino también de la
persistente vigencia del concepto de raza biológica en la medicina y
otras áreas de la ciencia. Una vez que el Proyecto Genoma Humano (PHG)
–una iniciativa pública destinada a conocer los secretos más íntimos de
nuestro ADN– había determinado que todos los seres humanos compartíamos
más del 99 por ciento de nuestra dotación genética, parecía que el
concepto de raza, tristemente célebre a lo largo de la historia de la
Humanidad, quedaría definitivamente desterrado en manos de la evidencia
científica. Sin embargo, diez años después, estudios de farmacología o
de prevalencia de enfermedades siguen buceando el tormentoso mar de las
diferencias entre individuos negros o blancos, asiáticos o africanos,
con criterios más o menos abarcativos.
LOS SECRETOS DE LA ABUELA
Aunque nunca sepultado, el tema de la raza biológica volvió a estar
sobre el tapete en los primeros años del siglo XXI generando nutridas
controversias. Esta discusión mereció incluso un número especial de la
revista Nature Genetics en noviembre 2004, en el que se cuestionaban las
afirmaciones acerca del uso y respuesta terapéutica de los medicamentos
según el origen racial de los individuos. El tema no es menor: se
discute si la aparición de enfermedades, su evolución y tratamiento son
una cuestión meramente fisiológica y determinada genéticamente según el
origen del individuo o, por el contrario, además de la carga genética
influyen en su aparición factores ambientales y sociales. Más allá de la
controversia, para cualquiera de las dos posturas, hasta los
aparentemente más triviales secretos de la abuela pueden ser una
información sensible a la hora de elaborar un diagnóstico. En las
prácticas médicas suelen mantener vigencia los puntillosos
interrogatorios acerca del origen, la ascendencia y las enfermedades
familiares de los pacientes y un conocimiento genético más acabado
podría facilitar enormemente la realización de los diagnósticos. Varios
grupos de investigación, aprovechando las cada vez más precisas y
rápidas técnicas de análisis genético, se han embarcado en la búsqueda
de los enigmas que encierra esa minúscula pero misteriosa fracción del
ADN que, se sabe, difiere entre los miembros de la especie humana.
CONTAR HASTA MIL
Meterse en las intimidades del ADN no es tarea fácil. El tiempo y el
esfuerzo humano y económico que demandó el Proyecto Genoma Humano dan
cuenta de ello. Se necesitaron diez años de trabajo colaborativo y un
inmenso apoyo político para obtener el primer mapa genético humano, y
trece años para su conclusión. Todo matizado, claro, por algunos
conflictos en cuanto al carácter del conocimiento producido, que
finalmente quedó bajo dominio público.
Trece años parece mucho, pero fue un lapso de tiempo que resultó
bastante menor al inicialmente previsto, gracias a que durante la década
del ‘90 se desarrollaron y perfeccionaron técnicas para secuenciar el
ADN, es decir para determinar en orden y arreglo de los nucleótidos
Adenina, Timina, Citosina y Guanina, que combinados portan el repertorio
completo de las instrucciones genéticas. El final científicamente feliz
del PGH inspiró nuevas iniciativas para escudriñar en lo más profundo
de nuestros genes. Así, en 2008 se puso en marcha el Proyecto 1000
Genomas. Como se indica en su sitio web oficial, http://www.100genomes.org,
la iniciativa busca develar, no ya las similitudes que hacen que un
genoma humano sea efectivamente humano, sino las instrucciones
bioquímicas que marcan las diferencias. Un verdadero y exhaustivo
catálogo de las diferencias que pueden significar variaciones en la
susceptibilidad a la acción de un fármaco o en la probabilidad de
contraer determinadas enfermedades.
PUBLICO Y PRIVADO
La idea, como el nombre del proyecto deja dicho, era secuenciar los
genomas de al menos mil personas, para registrar las variaciones que
encuentren en por lo menos el uno por ciento de ellas, es decir en diez
personas como mínimo. De esa forma se busca obtener una base de datos de
amplio alcance y que estaría disponible en Internet para consulta de
los científicos de todo el mundo ya que, como el genoma mismo, sería
conocimiento de uso público. Las personas participantes mantendrían su
anonimato y el criterio de selección –aunque el paper de presentación
del proyecto no lo menciona explícitamente– bordearía el concepto de
raza. Los seleccionados provendrían de un puñado de poblaciones
específicas como las de algunas tribus de Nigeria y Kenia, los chinos
residentes en Beijing; los toscanos en Italia; los indios Gujarati en
Houston, descendientes africanos que habiten el sudoeste de Estados
Unidos y las personas con ascendiente mexicano en Los Angeles.
En enero de 2008 el proyecto se puso en marcha con la participación
de tres pesos pesado de la genética: el norteamericano National Human
Genome Research Institute, el inglés Wellcome Trust Sanger Institute
(Hinxton, Inglaterra) y el chino Beijing Genomics Institute, más la
colaboración de algunos laboratorios universitarios de los Estados
Unidos. Pocos meses más tarde el proyecto sumó a compañías privadas que
desarrollaban novedosas y veloces técnicas de secuenciación, conformando
un gran consorcio con participación pública y privada que en estos días
se convirtió en la estrella de moda en las revistas científicas, cuando
se publicaron los primeros resultados –en realidad los primeros
avances– de sus investigaciones.
JUNTANDO LAS PIEZAS DEL ROMPECABEZAS
Lograr el secuenciamiento de un genoma es una tarea con varios
obstáculos a la vista: primero se deben romper las cadenas de ADN para
obtener fragmentos que luego deben ser ensamblados, como piezas de un
gigantesco rompecabezas biológico. Pero con un problema adicional: las
piezas pueden faltar, estar dañadas o repetidas, debido a las
limitaciones que aún hoy poseen las técnicas de secuenciación. Afinar el
análisis es posible, pero con un elevado costo en tiempo y dinero, por
lo cual para obtener los primeros resultados del proyecto se resignó
algún grado de precisión. Ciertos espacios vacíos del rompecabezas, para
el cual no se tienen las piezas, fueron cubiertos por aproximación, en
un procedimiento que según los investigadores no es significativo a la
hora de sopesar el margen de error.
El ensamblaje se realizó por medio de técnicas de computación que
proporcionaron una formidable capacidad de procesamiento, imprescindible
para el gigantesco volumen de información obtenida.
LOS ANUNCIOS Y LAS COSAS
A dos años de la puesta en marcha del Proyecto 1000 genomas, los
primeros anuncios son tan provisionales como prometedores. Y como suele
suceder, el paper publicado en Nature es mucho más cauteloso que los
comentarios aparecidos en los medios. El artículo explica
meticulosamente cómo se secuenciaron un grupo de 159 genomas completos y
otro grupo de 697 fragmentos de genomas. Los fragmentos secuenciados
equivalen a un 1,5 por ciento de un genoma completo y no son fragmentos
elegidos al azar. La diferencia radica en que cuando se secuencia el
genoma completo se mapea toda la información genética, de la cual sólo
una selecta minoría de ADN lleva el código para fabricar proteínas. Esta
fracción del ADN, conocida como exones, se encuentra distribuida en un
mar de ADN que no tiene expresión alguna conocida y que será
irremediablemente removido sin pena ni gloria en el proceso de síntesis
proteica, pero que en ocasiones puede actuar regulando la expresión
genética. Este ADN constituye las porciones llamadas intrones, que no
fueron secuenciadas en el segundo grupo de casos.
El artículo deja claro que los resultados de este primer avance en
la investigación permitieron comprobar la utilidad de las técnicas e
inferir la importancia funcional de algunas variaciones en regiones del
genoma, que estarían involucradas en patologías como el autismo, la
epilepsia y algunas discapacidades mentales. Un primer paso promisorio
para las siguientes etapas de la investigación, que espera resultados
más concluyentes para 2012.
VARIADA HERENCIA
La información fue presentada en algunos medios con diversos grados
de grandilocuencia, producto del entusiasmo de los científicos, y
también de la necesidad de mostrar resultados con un cierto grado de
impacto, dando por ciertas suposiciones reforzadas por este avance y que
en realidad esperan ser comprobadas en la próxima etapa del proyecto.
Por ejemplo, determinar unas 75 variantes genéticas relacionadas con
enfermedades que se consideran hereditarias.
Pero también mostraron la cara más inquietante que puede tener este
tipo de conocimiento. Conocer la predisposición de un individuo a
contraer determinadas enfermedades puede servir como herramienta de
prevención, pero también de discriminación social o laboral. Y si esta
predisposición se extiende generalizadamente para caracterizar a algunos
de los grupos de personas seleccionados para el proyecto, podríamos
estar echando más leña al fuego de la discriminación. Como vemos, un
tema que excede los límites de la ciencia.
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Publicado en General el 21 de Noviembre, 2010, 8:09
por feyerabend
Esclavos...
Por Marcelo Rodriguez
Fulvio era el nombre de un escriba que debió haber vivido –según nos lo contó en 1940 el escritor húngaro Arthur Koestler (1905-1983) en su novela histórica Espartaco– en la ciudad de Capua, cerca de Roma, alrededor de un siglo antes de la era cristiana. La pequeña ciudad, donde se encontraba la escuela de gladiadores destinados a morir combatiendo en la arena para divertir al público, se hallaba conmocionada por la proximidad de un ejército de esclavos sublevados, decididos a tomarla y liberar a los cautivos.
Fulvio volvió a su casa ese día y tomó la pluma para volcar por escrito sus impresiones, confusas al principio. Escribía en una miserable buhardilla en la quinta planta de un edificio de alquiler, apestado del olor a pescado viejo del mercado aledaño. “Sobre su tambaleante escritorio se cernía la cruz de vigas de madera que sostenía el techo, por lo cual se veía forzado a escribir siempre inclinado. Siempre que lo asaltaba una idea afortunada, daba un respingo y se golpeaba la cabeza contra la enorme viga, de modo que Fulvio estaba destinado a pagar cada pensamiento lúcido con un chichón en el cráneo.”
AMOS Y ESCLAVOS
Después de resumir los acontecimientos recientes, el escriba se dispuso a titular la segunda parte de su tratado: “De las causas que inducen al hombre a actuar en contra de sus propios intereses”. Mientras rememoraba litigios de su vida de abogado y escuchaba por las calles desfilar a los gladiadores condenados a muerte armados para defender a la ciudadela de las tropas de Espartaco, Fulvio reformuló el título: “De las causas que inducen a los hombres a actuar en contra de otros cuando se hallan aislados, y a actuar en contra de sus propios intereses cuando se asocian en grupos y multitudes”. Luego bajó a la calle y escuchó los mismos discursos una y otra vez: todos sentían la necesidad de seguir escuchándolos y repitiéndolos porque nadie creía en nada. El pueblo necesitaba creer para ocultar la terrible verdad de que la sociedad estaba dividida entre amos y esclavos. Sólo Fulvio parecía saberlo, mientras la insensatez humana lo atormentaba y la cabeza se le llenaba de chichones.
¿Eran los magullones en el cráneo del escriba en realidad su dolencia o eran la marca –aunque fuese dolorosa y nada placentera– de los intentos de su cuerpo por recuperar la salud, escondida bajo el sometimiento de vivir agachado?
 Samuel Cartwright (1793-1863).
EN LOS CAMPOS DE ALGODON
En la edición de mayo de 1851 de la revista médica The New Orleans Medical and Surgical Journal –más de una década antes de que fuera abolida la esclavitud en ese país, al final de la Guerra de Secesión estadounidense–, el doctor S.A. Cartwright reportaba una extraña enfermedad en un artículo titulado “Reporte sobre la enfermedad y las peculiaridades físicas de la raza negra”. Esta “enfermedad”, conocida como drapetomanía, consistía en una aparentemente inexplicable compulsión de la población afroamericana que los llevaba a querer fugarse de los campos de algodón y de las barracas donde vivían hacinados. La causa de esta “manía del esclavo fugitivo” –eso significa etimológicamente “drapetomanía”– era, según postulaba Cartwright, “una enfermedad metal o algún otro tipo de alienación mental, curable por regla general”, y los “factores de riesgo” para la aparición de esta patología –para utilizar términos afines a la medicina actual– eran básicamente dos: uno, no establecer la suficiente distancia entre amos y esclavos, tratarlos casi como si fueran iguales; el otro, tratarlos mal.
De modo que, dejándoles en claro a los esclavos su condición de tales con la mayor amabilidad, y procurando que no les faltara comida ni diversión, no había que temer que la epidemia de drapetomanía se propagase y afectara seriamente el orden político, económico y, desde luego, sanitario de la sociedad agrícola esclavista.
ENFERMEDADES Y SEUDOENFERMEDADES
La primera característica de las seudoenfermedades es que tienen un fuerte componente ideológico, además de carecer de suficiente sustento empírico (en otras palabras, “no convencen” más que a quienes comparten ciertas peculiaridades ideológicas). Las seudoenfermedades cumplen la función de promover el poder político de un grupo (los que ostentarán en virtud de ella la categoría de “sanos”) sobre otros grupos, en los que recae la categoría de “enfermos”.
“En la seudoenfermedad –afirma el filósofo mexicano Juan Rokyi Reyes Juárez– se pone casi siempre de manifiesto el intento de un sector social de imponerse sobre otro.”
En uno de sus más famosos discursos académicos, el francés Michel Foucault (1926-1984) pintaba la locura simplemente como una forma de excluir políticamente un determinado tipo de discursos, de afirmaciones, de formas de hablar, de argumentos y de temas de los que hablar. Una forma de dejarlos automáticamente fuera de juego: todo acierto que se haga desde esa posición de offside no es válido, es locura. De esta manera, Foucault daba cuenta de este espinoso tema no en tanto “enfermedad mental”, sino simplemente como un fenómeno social del lenguaje.
Pero cuando desde la ciencia médica se habla de “seudoenfermedades”, se lo hace desde una perspectiva positivista, en la que por definición existe algo a lo que se denomina enfermedad y, en oposición, algo a lo que muchos llaman “enfermedad” sin que lo sea. Todo un desafío porque, a lo largo de la historia de la ciencia, pocas cosas han variado tanto y se han mantenido en tensión tan permanente como los conceptos de salud y enfermedad.
De paso por Buenos Aires para participar del Congreso Iberoamericano de Filosofía de la Ciencia que se realizó el pasado mes de septiembre, Reyes Juárez, que es docente investigador de la unidad de Filosofía de la Universidad Autónoma de Zacatecas, estableció en su ponencia pautas bastante claras para pensar este tema desde una óptica positivista y biomédica, que es a su criterio la que más utilidad puede brindar para hacer frente a un fenómeno que cada vez se discute más en esta cultura industrial capitalista: la medicalización de la vida.
 Una cabalgata hacia la libertad, 1862.
UN PROBLEMA DE DEFINICION
Reyes Juárez rastreó el tema en el British Medical Journal (BMJ) y rescató una definición de seudoenfermedad que data de 2002 y que, aun con todo el formalismo que cabe esperar de este nivel de literatura médica, no está exenta de cierta picaresca. La seudoenfermedad, dice allí, es un “proceso humano o problema que algunos han definido como un trastorno médico, pero en el cual una persona tendría mejor resultado si el problema no fuese catalogado de esa manera”.
Se entenderá mejor de qué se trata cuando se repase la lista de veinte “afecciones” a las que el público consultado por el investigador del BMJ toma por “enfermedades”, a saber: envejecimiento, trabajo –o tal vez el exceso de él, el mal de los workaholics–, aburrimiento, bolsas bajo los ojos, ignorancia (!), calvicie, pecas, orejas grandes, canas, fealdad, parto, alergia al siglo XXI, descompensación horaria, infelicidad, celulitis, resaca, ansiedad por el tamaño del pene, embarazo (!), furia en la carretera, soledad.
Sea por consenso ideológico, por la influencia de la industria terapéutica, por la ambición de algunos investigadores que buscan notoriedad pública a caballo de temas “vendedores” o, en gran medida, por la compulsión a la diferenciación social a través de parámetros relacionados con la estética y el hedonismo –y cabría preguntarse qué estética y qué conceptos de placer son los que la sociedad del capital concentrado tiene como ideales–, a estos malestares que cualquiera puede padecer, y que incluso pueden llegar a ser un estigma de acuerdo con la vulnerabilidad psíquica de cada uno, se les suma el estigma médico. Exagerando aún más: el estigma de la ciencia médica, de la ciencia objetiva.
De lo que se está hablando es, por lo tanto, de un dispositivo social que convierte ciertos estigmas subjetivos relacionados con la percepción del cuerpo en estigmas objetivos legitimados como tales, cuando no por las instituciones médicas más prestigiosas, por publicaciones masivas y otros elementos de la cultura que condicionan la percepción de lo que es la salud y la enfermedad.
EL VALOR DEL CONCEPTO
Por eso es que, aun en una época como ésta en que la bioética aconseja rescatar ciertos principios hipocráticos –ciertamente no la teoría de los humores, pero sí el principio de que “no existen enfermedades sino personas enfermas”– e interrogar al paciente para escuchar su voz –“¿Qué cree usted que le pasa?”, una pregunta que los médicos habían dejado de hacer–, estar atentos al concepto de “seudoenfermedad” puede ser valioso, a fin de romper ciertos estigmas con que el poder médico, mal utilizado, puede transformarse en un factor de control social del cuerpo ajeno allí donde nadie lo ha llamado a hacerlo. Cuando la masturbación era considerada una enfermedad –ejemplifica Reyes Juárez, y habla de lo que sucedía hasta entrado este siglo en países del Occidente europeo y americano–, los métodos para “combatirla” llegaron a ser bastante drásticos, y no excluían la hospitalización de los masturbadores, la colocación de anillos sobre el prepucio que dificultaran la operación o, en el caso de las mujeres, la ablación del clítoris. Incluso hay historias clínicas donde se registra a la masturbación como causa de muerte de algún interno.
Parece haber un elemento necesario en la fundamentación de que existen estas seudoenfermedades, y es el conflicto de intereses entre la ciencia y los negocios, casi en calidad de mito fundante. Casos objetivos y reales de psiquiatras infantiles en Estados Unidos –el gremio de los psiquiatras infantiles en ese país parece haber hecho bastante para ganarse esa mala prensa–, donde se documentan las fuertes sumas de dinero que han recibido de la industria farmacéutica para extender la población target de algunos psicofármacos a edades cada vez más tempranas, en las que ni las asociaciones profesionales de psiquiatras y ni siquiera el Manual Diagnóstico DSM-IV (que, de descuidarse el paciente o el médico, convierte a casi toda conducta humana en “patología”) aprueban su uso.
Existe cierto sano consenso en que estos conflictos de intereses invalidan las razones para sostener tales prácticas médicas; y habilitan, en cambio, a sostener el argumento esgrimido contra las seudoenfermedades: el de que su existencia carece de sustento empírico.
Lo que no carece de sustento empírico suele ser, sin embargo, la eficacia de los fármacos, rigurosamente testeados mediante ensayos clínicos por los propios laboratorios que los desarrollan, los producen y, lógicamente, quieren venderlos. Y esto acarrea el consabido riesgo de acallar todo cuestionamiento ético, político o social con la sola prepotencia de los resultados.
“El consumismo y los intereses de las compañías farmacéuticas son en la actualidad los factores más importantes que impulsan el desarrollo de las seudoenfermedades”, remarca el investigador mexicano. La salud es un producto de consumo, y la ideología del óptimo bienestar propone siempre más, y extiende su influencia al mercado de bienes domésticos. “La fórmula –dice Reyes Juárez– parece insignificante y poco ingeniosa, pero cambia drásticamente los objetivos sanitarios, porque proponer siempre más significa estar cada vez más delgado, ser más joven, tener piel más lozana, ser más competitivo, obtener más placer; en definitiva, ser más saludables.”
Pero el concepto de seudoenfermedad es de clara raigambre positivista y se basa en una afirmación “dura”: en las seudoenfermedades, el conocimiento real del cuerpo –el de la medicina, basado en el modelo de la anatomía patológica generado en el siglo XIX– es sustituido por fantasías y percepciones sobre él. Estas “fantasías y percepciones” son, desde luego, derivadas de la cultura de consumo y de un sistema de valores identificable de manera bastante clara. “Las seudoenfermedades no son hechos del mundo, sino representaciones o construcciones ideológicas.”
Tradicionalmente, la medicina se había ocupado de la muerte –tal vez lo más objetivo que existe– y del dolor –quizá lo más subjetivo, porque no hay parámetros objetivos para evaluarlo, sino que es lo que el paciente dice que es–. Ahora, por lo visto, no podrá dejar de vérselas con las representaciones ideológicas que, aunque son de otra naturaleza, también forman parte del mundo real. Sobre todo cuando logran consenso y hay poderes que las sustentan.
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Publicado en General el 13 de Noviembre, 2010, 7:05
por feyerabend
“No existe ningún modelo científico eterno”
Primero revolucionó el conocimiento sobre los agujeros negros, después y presentó un modelo del universo, y de lo finito lo infinito, antes de que los satélites comprobaran que existía. Pero Jean Pierre Luminet, que esta semana expondrá sus ideas en Buenos Aires, también avanza en el terreno de las artes y presenta una visión del mundo y de la ciencia que entrecruza lo científico con el imaginario.
 Por Eduardo Febbro
Desde París
Definir una teoría sobre la topología del universo, sobre lo infinito del cosmos, sobre los agujeros negros y sobre lo visible y lo invisible no sofoca la humanidad del instante. La garúa cae con persistencia en el parque del Observatorio de París Meudon. Imposible encontrar la puerta de entrada en este vasto recinto. Corre la hora de la cita con el astrofísico francés Jean Pierre Luminet y ningún camino visible conduce a la puerta del Laboratorio Universo y Teorías, LUTH, donde trabaja. Jean Pierre Luminet toma su auto y acude en ayuda del visitante perdido en un ángulo lejano de parque. Astrofísico fuera de lo común, especialista en la gravitación relativista, pionero de las investigaciones sobre los agujeros negros, divulgador científico ejemplar, especialista en cosmología y en la topología del universo, poeta y novelista, Luminet concentra una alucinante convergencia de disciplinas. En 1979, Luminet fue el primero en simular las distorsiones ópticas provocadas por el campo gravitacional de un agujero negro; en 1982, innovó con el estudio de los efectos del paso de una estrella en las inmediaciones de un agujero negro súper masivo. A partir de 2003, Luminet concibió un modelo sobre la forma del espacio corroborado luego por las observaciones satelitales. Este modelo fue expuesto por el astrofísico francés en un libro que lleva el nombre de su esquema topológico: L’Univers Chiffonné, el Universo arrugado o “en bollo”. Esta patrón sobre la topología plantea que el universo podría estar cerrado sobre sí mismo, un poco como una pelota de fútbol pero con una forma dodecaédrica.
Calificado como un “descubrimiento mayor”, este modelo no cierra el debate ancestral sobre la infinitud o la finitud del universo. Sin embargo, agrega una contribución al conocimiento de nuestro vasto mundo. En paralelo a sus brillantes investigaciones científicas, Luminet escribió varios libros de poemas y novelas de divulgación científica sobre esos genios de la historia que son Newton, Galileo y Kepler.
La forma del universo
–Hemos tenido varios modelos del universo. En breve, el de Ptolomeo, el de Copérnico y el de Galileo. En la ciencia contemporánea, también hubo varios modelos sobre la infinitud o la no infinitud de nuestro universo. Usted ha propuesto un esquema fuera de lo común.
–La talla del universo, es decir, es finito o infinito, es una cuestión que se remonta a los pensadores de la antigüedad. En el curso de los siglos hubo un ir y venir entre la idea de un universo finito y un universo infinito. La situación moderna permite que esas cuestiones sean abordadas no ya desde las teorías de Galileo, Copérnico, Kepler o Newton sino con la ley de la Relatividad General de Einstein. A ella hay que agregarle preceptos matemáticos nuevos como los de la topología. Eso permite poner sobre el papel infinitos tipos de espacios posibles. Con la topología se descubrió que existe un número infinito de espacios posibles. Hay espacios finitos sin bordes, y modelos de espacios infinitos. Esas dos opciones son posibles en el marco de los modelos cosmológicos actuales, que se llaman modelos relativistas porque están basados en la teoría de Einstein. Son los famosos modelos en expansión derivados del Big Bang. Hay dos, sea que se trate de una expansión por contracción, sea de una expansión perpetua, acelerada. Con ello tenemos una respuesta sobre la dinámica, es decir, sobre la historia en el curso del tiempo, pero aún no tenemos una respuesta sobre la extensión del espacio: no sabemos si el espacio es finito o infinito.
–Es allí donde se sitúa su descubrimiento: el universo arrugado.
–Sí, lo llamé así de forma metafórica. Se trata de una modelización matemática con una forma del espacio fascinante que trasladé a la cosmología. Un universo arrugado es un modelo de espacio finito, que no tiene bordes. ¡Claro, no es simple concebir la idea de un espacio finito sin bordes! Para explicarlo de alguna manera diría que si viajamos en un cohete en línea recta sin dar la vuelta, un espacio finito sin bordes nos traerá a nuestro punto de partida. Hay en esto una analogía con la superficie de una esfera, que es en dos dimensiones. Una línea recta es como un gran círculo que da la vuelta completa. Se regresa al punto de partida sin chocar con ningún borde ni ir al infinito. Se puede imaginar esto, pero en tres dimensiones. Se pueden imaginar espacios normales, en tres dimensiones, en los que se viaja derecho y se vuelve al punto de partida. Ahora bien, este tipo de espacio es clásico y se conoce desde hace mucho. Pero hay variantes topológicas, como la que yo llamé el universo arrugado, en donde los espacios están reconectados. Si tomamos una hoja de papel y pegamos los bordes para hacer un cilindro y luego cortamos los extremos y los volvemos a pegar, tenemos entonces una superficie finita pero sin bordes. Así se pueden construir miles de espacios tridimensionales, finitos, sin bordes y reconectados. Es un poco como la pantalla de un videojuego: el cohete va hacia delante y en cuanto llega al borde de la pantalla el cohete reaparece del otro lado. Los bordes están así reconectados. Entonces, un modelo de espacio arrugado es un modelo de espacio tridimensional que carece de bordes. En realidad, hay bordes, pero como están pegados, reconectados, eso los suprime. Aclaro que este esquema no es un juego o una fantasía matemática sino una propuesta de espacio físico real.
Lo finito y lo infinito
–Con este modelo se crea una suerte de ilusión óptica que desemboca en réplicas del universo o de los objetos observados.
–Efectivamente. La reconexión de los espacios multiplica los caminos de los rayos luminosos entre dos puntos. Ello crea imágenes múltiples de un mismo objeto celeste: una galaxia lejana podría ser vista en varios ejemplares, en diferentes lugares del espacio, y sin reconocer que se trata del mismo objeto porque la estamos viendo en diferentes momentos de su historia. ¡La luz recorre muchos caminos distintos hasta llegar a nosotros! También se pueden fabricar modelos del espacio arrugado cuyo tamaño físico es más pequeño que el espacio que se observa. En general, se piensa que observamos un subconjunto de una realidad que es extraordinariamente grande, tal vez infinita. Aquí, al contrario, asistimos a una redundancia: observamos una duplicación del universo físico entero más allá del cual solo veríamos una réplica, una repetición. En el año 2003, las observaciones astronómicas realizadas por un satélite de la NASA que cartografió la luz fósil encontraron indicios capaces de sustentar este tipo de modelo, en lo concreto a uno de los modelos de espacio que propuse. Se trata de una forma del universo que se asemeja a un dodecaedro cuyos lados pegados, reconectados, hacen que viajemos de una cara a la otra sin salir nunca de la caja. Esta modelización topográfica del espacio del universo no pone en tela de juicio los modelos existentes, el Big Bang, por ejemplo. En cambio, sí pone en tela de juicio nuestra relación con lo real entre el espacio percibido, el verdadero espacio, y las ilusiones ópticas.
–De alguna manera usted encontró una de las formas de lo infinito.
–Me gusta mucho la paradoja que hay en todo esto. Siempre existió el debate entre espacio infinito y finito. Con el modelo del universo arrugado tenemos un modelo de universo finito pero capaz de dar la ilusión de lo infinito. En cierta forma volvemos a la pregunta fundamental planteada por Aristóteles: ¿el infinito actual o el infinito potencial? Con este modelo del universo arrugado tenemos un infinito que no está reactualizado porque el espacio sería así realmente finito, pero con la ilusión y la apariencia de ser infinito. Es un juego de espejos. Aclaro que no es el universo el que se repite en un juego de espejos sino la percepción que nosotros tenemos de él. Imaginemos una pieza tapizada de espejos en la cual encendemos velas. La habitación no se repite, es la ilusión de la visión la que crea la sensación de infinito. La pieza es única.
–Usted fija un límite, si se puede decir, a lo que la teoría de la Relatividad General puede explicar. Usted dice que se llega a un momento en que la teoría de Einstein no sirve para explicar la cuestión del infinito. Ello implica un afirmación objetiva: no existe teoría absoluta para explicar la vida, el universo.
–Por supuesto que no. Como toda teoría científica, por más bella y elegante que sea, la Relatividad General acabó por encontrar sus límites. Lo mismo ocurrió con algunas teorías de Newton, que funcionaron durante 150 años. A finales del siglo XIX la física era completamente newtoniana. Todo iba muy bien hasta que un físico inglés de la época recordó que existían solo dos nubes para poder explicarlo todo con Newton: esas dos nubes van a desembocar en la teoría de la relatividad y el la física cuántica. En el siglo XX se dijo lo mismo, que la Teoría de la Relatividad explicaba todos los fenómenos a gran escala mientras que la física cuántica explica todo lo que es infinitamente pequeño. Se dijo: casi no queda nada por hacer, a no ser unir las dos teorías para elaborar una teoría definitiva, final y única. Pensar así es inocente. La teoría de Einstein tiene dos límites: el primero a escala de lo infinitamente pequeño, el segundo, la Teoría de la Relatividad igualmente incompleta a escala de lo infinitamente grande. La Teoría General de la Relatividad no dice si el espacio es finito o infinito. Para completarla hace falta agregar las hipótesis de la topología, que es lo que yo hice.
–Usted aborda también esta pregunta en su libro El Universo arrugado. La idea del infinito, ¿acaso nos expone o nos protege?
–Depende del sentimiento cósmico que hay en cada individuo, de su cultura, de sus opciones filosóficas. Puede que sintamos terror frente a la idea del infinito porque como no tiene fin nos sentimos perdidos. No hay ni centro ni borde y así carecemos de referencias. Cuando en los siglos XVI y XVII, con la gran revolución astronómica que va de Copérnico a Newton, se plasma la concepción cosmológica de un universo, que era pequeño, finito y cerrado en la antigüedad, al universo inmenso, tal vez infinito, de Newton, se produce una pérdida de referencias. Para otras personas, al contrario, la idea de lo infinito no es perturbadora. Giordano Bruno decía “un espacio infinito multiplica al infinito las posibilidades”. Ello implica la idea de la pluralidad de los mundos, etc. Hoy, cuatro siglos más tarde, siguen existiendo las dos modelizaciones posibles, ambas compatibles con la relatividad y el modelo del Big Bang. Incluso en el seno de la comunidad científica hay quienes prefieren un espacio infinito y otros no. Puede que un científico racionalmente esté con la idea de un espacio finito y que, al mismo tiempo, filosóficamente prefiera el otro espacio.
La racionalidad científica y el imaginario
–¿Ambas opciones son posibles en la racionalidad científica?
–Desde luego que sí. Los científicos no se han sacado de encima la subjetividad. Desde el vamos, todo modelo científico parte de nuestro imaginario, igual que toda creación. Ese imaginario será luego reelaborado en un modelo que obedece a reglas, a obligaciones, a la coherencia matemática, a la comparación con las observaciones, a la experiencia. Insisto igualmente en que las preferencias de los científicos tienen una relación con la estética. Desde el nacimiento de la ciencia hay como una apuesta filosófica de que existe una forma estética en la organización del cosmos. La física es eso, una apuesta a favor de que existan leyes físicas en lugar de un caos sobre el que nunca entenderemos nada. Esa apuesta sobre la existencia de una forma de orden en el universo se asemeja a una forma de la estética. Para un matemático o un físico, la estética va a pasar por una formulación matemática o geométrica elegante en la descripción del universo.
–Hay en el espíritu humano una dualidad esencial: razón y providencia. Nada ilustra mejor esa dualidad como el baúl de Newton. El hombre que creó la ciencia moderna tenía un baúl lleno de escritos esotéricos que se descubrió muchos siglos después de su muerte. Como si el infinito sólo pudiese alcanzarse mediante el arte, la religión o la filosofía.
–Los escritos encontrados en al baúl de Newton no están en contradicción con sus escritos racionales. Pero creo que todos sus escritos escondidos en el baúl, es decir, sus investigaciones en torno de la alquimia, sus investigaciones sobre los escritos bíblicos, sus cálculos sobre el Apocalipsis, su fascinación por el esoterismo y el hermetismo, esto forma un todo. Newton es un personaje extremadamente complejo. Sin embargo, esa tendencia a mezclar investigaciones racionales e irracionales se explica porque nuestro imaginario no es racional. Sacamos nuestras teorías racionales de nuestro imaginario, que no lo es. En mi serie sobre los constructores del cielo mostré cómo Kepler, que es un personaje genial, no dudó en mezclar en todos sus tratados científicos, astronómicos y matemáticos las consideraciones místico-religiosas. Ahí vemos el funcionamiento de un espíritu extraordinariamente creativo, sin separación. El sabio más racional siempre funciona con su imaginario.
–Esa dualidad ciencia/imaginario, razón e irracionalidad, usted la expuso mediante un trabajo creativo muy fructífero: novelas históricas sobre los genios de la ciencia, música, poesía.
–Cuando yo era adolescente mi verdadera pasión era la literatura, la poseía. La poseía es una forma de expresión particular que se asemeja un poco a la ecuación matemática. En la poesía se intenta unir en una frase un núcleo, el núcleo duro del sentido, lo mismo que en una ecuación se concentra el núcleo duro de una teoría. La literatura, la poesía, la música, terminó por alimentar mi imaginario. No se si todo eso influyó en las ideas que luego tuve en la ciencia, tal vez sí. Pero son caminos subterráneos, con muchas ramificaciones. Antes de que me consagrara a los trapazos sobre el universo arrugado yo me dediqué a la investigación sobre lo invisible, es decir, a los agujeros negros. Me sentí atraído por lo invisible, por la idea de visualizar lo que no se ve. Y esto no es ajeno a mi fascinación por una forma de literatura como la de Borges o Cortázar. En esos juegos de espejos, la biblioteca de Babel, hay en todo esto muchas correlaciones. Sigo fascinado por las relaciones entre lo visible y lo invisible, lo percibido y lo no percibido, las ilusiones ópticas, los espejos. A su vez, la ciencia influyó en mi obra poética. Por ejemplo, mis poemas fueron adquiriendo con el tiempo una forma cada vez más topológica, una suerte de polisemia que proviene de un enfoque topológico, con una relación de conexiones entre frases y palabras que se pueden cambiar. Cada vez que cambiamos las conexiones se cambia el sentido del poema, y eso me gusta mucho. Esa es una clara influencia de mis investigaciones científicas en la poesía. Y como tengo la pasión de la escritura escribí libros de vulgarización científica sobre los agujeros negros, unos 15 en total, y luego novelas. En los años ’90 me interesé en la historia de las ciencias, en las ideas, y volví a la escritura con obras sobre los grandes creadores de ideas del pasado: Copérnico, Kepler, Newton. Los tres propusieron mucho más que el sol en el centro del universo, las elipsis y Newton la ley sobre la atracción universal. A través de las novelas sobre ellos quise contar la gran historia, el inmenso debate de ideas que hubo en el curso del tiempo. En total escribí seis novelas sobre estos genios y las ideas que se discutieron durante siglos y siglos. Quise contar la historia de la ciencia pero no mediante una biografía lisa en la que sólo se muestran los éxitos de los científicos y las cosas brillantes. No. Son gente de carne y hueso y yo elegí contar también las cosas escondidas. Fíjese en Kepler: con todos los problemas derivados de su enfermedad física, de sus problemas económicos y familiares fue capaz de llegar, en contados momentos, a desbloquear su espíritu, a evadirse.
La ciencia y el arte
–En realidad, esos científicos –como los de ahora–, al construir el cielo construyeron la Tierra.
–Desde luego. A menudo la gente cree ocuparse de la organización celeste es estar desconectado de los asuntos terrestres. ¡Para nada! Cuando miramos la historia vemos que sin esos cambios globales de la visión del mundo, la sociedad actual no sería lo que es. Las grandes preguntas humanas tampoco están ausentes en esas temáticas: el lugar del ser humano en el universo, el sentido de la existencia, etc., etc. Se puede pensar que la astrofísica evacua un poco al hombre del universo porque nos damos cuenta de que somos un puñado de polvo ínfimo. Pero, por otro lado, otros enfoques ofrecen lazos más interesantes y nos muestran que estamos inscriptos en una historia cósmica hecha de materia y de átomos fabricados por las estrellas durante miles de millones de años. Toda la historia del universo está en nosotros. Es maravilloso reencontrar mediante la ciencia moderna, que trata de desprenderse de las viejas ideas, toda la historia del universo en nosotros. Y no sólo a través de nosotros, sino también del conejo, la lombriz. En suma, la vida en sí, la comple-jidad acunada en la historia del universo. Esto cambia la perspectiva del sentimiento cósmico y las interrogaciones sobre lo que hacemos en el universo. Por cierto, estamos hechos de polvo, pero somos polvo pensante.
–A sus maneras distintas, ¿acaso la ciencia y el arte no son dos formas de creación de la verdad?
–No sé si se puede decir que toda creación desemboca en una forma de verdad. Seré prudente en este enunciado. No pienso en términos de una verdad absoluta con una gran “V”. Diría que hay verdades provisorias. La ciencia es una creación intelectual que puede confrontarse con las observaciones y la experiencia. No pretendo que eso sea la verdad del universo. El universo es como es y es indiferente a nuestras teorías. Además, no existe ningún modelo científico eterno. La teoría del universo arrugado subsiste desde hace 7 años, y no está mal. Si dura 20 años más es aún mejor. Ello querrá decir que abrió pistas nuevas sobre nuestras concepciones sobre el espacio. Ciencia, arte, todo esto es creación pura. No me animo a decir que es creación de la verdad. Tal vez sea una creación para nuestra verdad interior, que no es universal.
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Publicado en General el 5 de Octubre, 2010, 8:42
por feyerabend
Sol Negro
 Por Pablo Capanna
Sin ánimo de invadir las páginas de espectáculos (y gracias a la complicidad de Daniel Paz), estamos en condiciones de anticipar un estreno para enero 2011. Después de todo, si esto se llama Futuro, es porque algo podemos adelantar. La película quizá no llegue a los cines porque los autores todavía están pidiendo plata para financiarla, pero ya hace bastante que se habla de ella en Internet. Iron Sky es una producción finlandesa dirigida por Timo Vuorensola, con el mismo equipo que realizó Star Wreck, una parodia al gusto de los fans del cine de ciencia ficción, con algo de Monty Python pero con menos gracia.
La historia que cuenta parece bastante descabellada. Hans Kammler, un ingeniero de las SS, descubre la antigravedad y para 1945 tiene listo un plato volador capaz de volar a la Luna. A la hora de la capitulación alemana la nave parte desde una base secreta de la Antártida. De este modo, en la cara oculta del satélite los nazis construyen la base Schwarze Sonne (Sol Negro) y para el 2015 están de vuelta para conquistar al mundo. Ahí empieza una historia bizarra, al estilo de ¡Marte ataca!
EL OVNI ARIO
Lo que imaginó la guionista de la película no es totalmente caprichoso. Cuando se hace una parodia generalmente es porque se trata de algo que goza de alguna popularidad. En este caso, la parodia pretende desmitificar una leyenda en la que muchos están dispuestos a creer. Por lo menos, no es como algunas otras parodias, que de tan ambiguas parecen complacientes.
La película se hace eco de cierta mitología del nazismo que ha venido creciendo durante medio siglo. No sólo seduce a los neonazis confesos, sino a muchos curiosos, quizás ingenuos pero no menos neuróticos. El mito ovni, que generalmente gira en torno de los extraterrestres, se asocia aquí con el nazismo y hace pie en uno de los escasísimos lugares que todavía conservan algo de misterio, la Antártida. Al cabo de los años ha terminado por asimilarse con la línea dominante y ahora también incluye a los alienígenas.
Como observa el historiador Nicholas Goodrick-Clarke en Black Sun (2002), la mitología ovni-nazi ha ido creciendo conforme a una estructura serial. Los detalles se retocan constantemente, y se incorporan nuevas ideas y personajes, como en esos teleteatros donde cada cambio de guionista significa un cambio de género y los actores aparecen o desaparecen al compás de los contratos.
Para empezar, digamos que el Sol Negro es el símbolo que ha reemplazado a la esvástica entre los neo-nazis. El Gruppenführer (general de división) Hans Kammler existió. Fue el responsable de la producción de los misiles V2 y un genocida de siniestra presencia en los campos de exterminio, que al parecer se suicidó para no ser juzgado en Nuremberg.
Es probable que bajo su responsabilidad hayan surgido los proyectos aeronáuticos secretos del Reich. Entre ellos había dispositivos como los foo-figthers, diseñados para desorientar a los bombarderos, o la mítica V-7, que habría sido un disco volante. De hecho, en la inmediata posguerra una empresa canadiense construyó un prototipo de “plato volador” basándose en uno de esos diseños que había sido apropiado por los aliados.
Antes del fin de la Segunda Guerra Mundial, las “armas secretas” de Hitler ya eran leyenda. Medio siglo más tarde, el mito no sólo sigue vivo, sino que ha crecido. Se lo encuentra tanto en los panfletos y videos neonazis, como también en exitosas novelas como Genesis (1980) del inglés W. A. Harbison o en los tres volúmenes de D. H. Haarmann, Armas secretas maravillosas (1983-85), un compendio de todas las teorías conspirativas conocidas.
TODO EMPEZO EN MAR DEL PLATA
De la Antártida, se comenzó a hablar al día siguiente de la capitulación de Alemania. El 10 de julio de 1945 el submarino U-530 se entregó en Mar del Plata, y el 17 de agosto lo hizo el U-977. El día 16, el Chicago Times (en una nota que retomaron Le Monde, el Times de Londres y el New York Times) echó a correr la versión de que Hitler y Eva Braun se escondían en la Patagonia. Al día siguiente, Crítica, el diario porteño de Botana, sugirió que podían estar en la Antártida.
Ambos medios hacían hincapié en el hecho de que los tripulantes de los submarinos eran muy jóvenes y traían un cargamento de alimentos que, curiosamente, incluía quinientos contenedores de cigarrillos. Esto parecía sugerir que formaban parte de un convoy nazi que iba a aprovisionar una base antártica secreta. Pero nada se decía del submarino que se había rendido en Portugal. La juventud de los soldados no era nada sorprendente, porque para la defensa de Berlín se habían reclutado adolescentes. Además, nadie parecía recordar que los nazis habían hecho la más exitosa campaña de la historia contra el hábito de fumar. Las leyendas suelen obviar estos detalles. Oportunamente, Crítica traía a colación la expedición antártica de 1938-39. Seis años antes, los alemanes habían hecho un completo relevamiento de la Tierra de la Reina Maud, un territorio reclamado por Noruega al que habían rebautizado Nueva Suabia y reivindicaban como propio. También habían descubierto los lagos Schirrmacher, una suerte de oasis de aguas tibias en medio de los hielos.
Apenas concluida la guerra, la marina norteamericana realizó, con participación noruega y soviética, unas importantes maniobras en territorio antártico. La llamada Operación Highjump movilizó trece barcos, cien aviones, varios helicópteros y un submarino. Pero después de varios traspiés, incluyendo la pérdida de cuatro aviones, el almirante Byrd le había puesto fin anticipadamente.
Este fracaso pareció dar pie a varias leyendas. Según una de ellas, Byrd había descubierto el acceso al centro de la Tierra. Según otra, había sido derrotado por los nazis que estaban atrincherados en la Antártida. El ideólogo conspirativo D. H. Haarmann jura que en 1958 hubo otra campaña secreta, bajo la cobertura del Año Geofísico, donde se usaron armas nucleares, sin que nadie se enterara (¡!). Esa sería la causa del agujero de ozono que hoy padecemos (sic).
A dos años de que los submarinos se rindieran en Mar del Plata, y más allá de la afluencia de criminales de guerra que solían venir por otros caminos, el mito antártico nazi tomó forma. La tarea estuvo a cargo del periodista húngaro Ladislao Szabó, que escribía en Crítica y resumió sus conjeturas en Hitler está vivo (1947), un libro que fue traducido al francés y alimentó a la prensa sensacionalista durante tres años.
En los veinte años que siguieron, la historia de los submarinos y la base antártica de Hitler siguió complicándose, por ejemplo con los libros de Michael Barton, ¿Hitler vive? (1960) y La historia de los platos voladores alemanes (1968), que ya comenzaba a usar el ingrediente ovni.
LA CONEXION OCULTISTA
Si aquellas tempranas conjeturas podían llegar a entenderse por la persistencia del clima bélico, la locura dio un salto cualitativo a partir de 1947, cuando se registró en los Estados Unidos el primer avistamiento de platos voladores. Poco después de que Kenneth Arnold los viera pasar volando, un pintoresco personaje llamado George Adamski dijo haberse entrevistado con uno de sus tripulantes, que decía proceder de Venus.
Mientras se multiplicaban los ufólogos, el naciente mito ovni fue asumido entre 1951 y 1955 por diversos grupos ocultistas, muchos de los cuales simpatizaban con el nazismo tanto como éste con ellos. El primer lazo lo anudó un ingeniero suizo (ex oficial de las SS) llamado Erich Halik. En las páginas de su revista Hombre y Destino Halik anunció que los seres con quienes se había encontrado Adamski no eran venusinos sino alemanes procedentes de la Antártida. Es más, había dos bases alemanas, una en cada Polo. Maestro del reciclaje, Halik se las ingenió para meter de todo en una historia relativamente simple. Incluyó a los cátaros, el Grial y el esoterismo fascista de Rahn, Evola y Serrano. Hasta la alquimia, a la cual recurrió para proponer un nuevo símbolo: el Sol Negro.
Halik pertenecía al círculo esotérico de Wilhelm Landig, otro SS muerto en 1997, que popularizó el mito en tres exitosas novelas: Los ídolos contra Thule (1971), Tiempo de lobos en Thule (1980) y Rebeldes para Thule (1991). Con todas las licencias que permite la novela, Landig se lanzó a desarrollar toda una saga fantástica de los platos voladores nazis. Ahora eran naves movidas por energías espirituales, como el famoso Vril, con base en el Antártico pero de apoyo en Argentina y Chile.
Otro responsable de la construcción del mito es el ideólogo Ernst Zündel, uno de los más conspicuos negadores del Holocausto y editor de numerosas publicaciones neonazis. Zündel fue quien editó y difundió los libelos de Willibald Mattern, un alemán radicado en Chile, que hacía lo suyo para mantener vivo el mito.
En sus libros Expediciones secretas al Polo (1978) y Hitler en el Polo Sur (1979) Zündel reciclaba todas las especulaciones anteriores. Por más delirante que fuese la idea, sostenía que tras derrotar a Byrd los nazis habían prosperado en la Antártida y ahora se aprestaban a volver. No sólo eso: también habían encontrado la forma de acceder al centro de la Tierra. Pero sin duda, el bonus track era el testimonio del encuentro de un tal Reinhold Schmidt con unos habitantes de Saturno rubios y altos que hablaban perfectamente alemán. Ahora quedaba claro que la clave de la superioridad aria era su origen extraterrestre.
EL REGRESO DE LAS VALKYRIAS
Por si aún faltaba algo para completar el delirio, apareció una nueva generación de ideólogos, que encabezan los austríacos Jürgen Ratthofer y Ralf Ettl.
Ya no falta nada. El esoterismo hace su aporte con el Vril, la Atlántida y el secreto de la pirámide. Pero también abundan los elementos de ciencia ficción: los taquiones, la antigravedad y las máquinas del tiempo. Hitler sigue vivo, a pesar de que ya debería andar por los 121 años.
Gracias al posmodernismo, ya no hay límites claros entre la realidad y la ficción. Ratthofer pone a la religión de Marción, un heresiarca antisemita del siglo II, en el eje de sus especulaciones teosóficas. Cuando todos anuncian la era de Acuario como el reino de la paz, el amor y las buenas ondas, el austríaco pronostica que será la hora de la guerra final, que por supuesto ganarán los arios.
¿Cómo lo sabe? Una de las fuentes en las que confía son los mensajes en lengua sumeria que le han hecho llegar algunas medium de confianza. Eso le permite asegurar que alemanes y sumerios son pueblos hermanos, porque ambos descienden de una raza superior que llegó desde Aldebarán hace quinientos millones (¡!) de años. Por supuesto, el sistema de Aldebarán tiene dos planetas; en uno habita la raza superior, que tiene un régimen nazi, y en el otro la inferior, que por ahora está sometida, a la espera de una solución final.
Ettl, por su parte, nos cuenta de las naves espaciales que en 1943 Hitler envió a Aldebarán para pedir ayuda. La expedición llegó en 1967, e inmediatamente los aldebaranos despacharon una armada de 280 naves para vengar a los nazis. Ya tenían que haber llegado en algún momento entre 1992 y 2005, pero parecen haber tenido inconvenientes. Ya ni en la puntualidad sumeria se puede creer...
Todos estos delirios, por fin, aparecen potenciados y ampliados en una novela del ideólogo conspirativo Jan Udo Holey, que firma Jan van Helsing. Sus libros están prohibidos en Alemania y Suiza por racismo y negación del Holocausto. La novela se titula Operación Aldebaran (1997) y es el más acabado reciclaje del mito, que no omite nada de lo que hemos visto y hasta incluye a Perón en la trama marplatense.
Ahora todo parece cerrar. Como sabrán los que van mucho al cine, Van Helsing era un experto en vampiros, enemigo jurado de Drácula, y de esas cosas debía saber mucho. Gracias a él la humanidad se ha sentido aliviada. Si es cierto que los nazis vinieron de Aldebarán, podemos ponernos contentos, porque por lo menos no eran humanos. De paso, como son inmigrantes ilegales, podríamos empezar a discriminarlos...
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Publicado en General el 4 de Septiembre, 2010, 16:23
por feyerabend
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HISTORIA DE LA MEDICINA
Mucha sangre, y quién sabe cuántas lágrimas
Por su alto grado de riesgo y sus dudosos
beneficios, hoy sería impensable que un médico prescriba una sangría, en
especial a una persona sana. Sin embargo, el sangrado terapéutico fue
por siglos la práctica más común –y de primera elección– en la medicina
occidental. Y no sólo eso: una de las más prestigiosas revistas de
medicina se llama, hoy, The Lancet, el instrumento para hacer sangrías.
¿Por qué?
Por Marcelo Rodriguez
“La
salud excesiva, aun en los atletas, es peligrosa por la imposibilidad
de mantenerse siempre en el mismo punto y por la imposibilidad de
mejorar [...]. Será pues conveniente mantener esa exuberancia por debajo
del máximo.”
Hipócrates
Claudio Galeno (130-200), cuyo nombre es hoy sinónimo de “médico”
por haber sido él quien lanzó al mundo el modelo de la medicina
grecorromana –al compás de las conquistas militares del emperador Marco
Aurelio–, fue un fundamentalista de la sangría. Pero en realidad la
práctica es ancestral y su origen real se desconoce.
Punzar las infecciones para que se desangren o supuren era común en
varias medicinas antiguas. Pudo haber sido una extensión por inducción
del hecho de que una hinchazón cede cuando es depurada la herida. Pero
el hacer sangrar tanto a sanos como a enfermos, cortando un vaso
periférico por el supuesto bien del paciente, procede de la antigua
Grecia, donde se hablaba de “venas” y de “flebotomía” porque no existía
distinción entre arterias y venas, es decir, entre los vasos que salen
del corazón para irrigar el organismo y los que llevan la sangre de
vuelta al corazón.
Al inicio de la era cristiana, la sangría ya se había vuelto moda,
tanto que, alrededor del año 30, el médico griego Celso, en actitud que
hoy algunos llamarían “apocalíptica”, se quejaba de los avances médicos
de entonces: “No es nuevo purgar sangre cortando una vena, pero el que
apenas haya una enfermedad en la que la sangre no sea purgada, eso sí
que es nuevo”.
Galeno recogió esas tradiciones, las sistematizó y las relanzó al
mundo en carácter de doctrina. Su método de sangrías “topológicas”
fijaba un lugar específico donde hacer la incisión, según cuál fuera la
dolencia que aquejaba al enfermo. De manera que para aliviar los
“dolores de hígado” –hoy se sabe que, en rigor, el hígado “nunca duele”—
se debía hacer un corte en el codo derecho; para aliviar las dolencias
del bazo, en el codo izquierdo; los cortes sobre los costados exterior e
interior del tobillo eran indicados, respectivamente, para calmar los
dolores de espalda y los dolores de testículos.
La práctica de la sangría se llevaba de maravillas con la teoría de
los humores, que había sido sistematizada siete siglos antes por
Hipócrates. Pero éste, siempre partidario de métodos menos cruentos como
el ayuno, no le dio en su corpus el lugar central que iba a darle
Galeno en el siglo II.
MEDICINA PREVENTIVA
“Pletórico” hoy significa “lleno” y no es un término usado en
medicina, pero por entonces se consideraba a ese estado como el origen
de muchas enfermedades. La plétora –el exceso de sangre contaminada con
otros humores, decían los médicos de la Antigüedad tardía– tendía a
acumularse en las partes del organismo lesionadas o debilitadas, y allí
se convertía en foco de la enfermedad. Galeno dejó escrito que la
plétora era la causa de las infecciones, del empeoramiento de las
fracturas, de los tumores, de muchas afecciones de la piel. “La mezcla
humoral determinaba el carácter de la inflamación resultante: la sangre
en que predominaba la bilis amarilla producía el herpes; la bilis muy
caliente, la erisipela; la sangre caliente y espesa, ántrax; la flema,
edema”, describe Shigehisa Kuriyama en su obra La expresividad del
cuerpo (2005). El exceso de bilis negra era la causa del cáncer, que
para Galeno era una forma más de inflamación.
Dado que la plétora no era una enfermedad en sí sino una potencial
causa, la instrumentación de la sangría fue una de las primeras
estrategias de medicina preventiva. Se confiaba en que al depurar sangre
se prevenían posibles complicaciones, e incluso que a la larga se
fortalecía al cuerpo porque se tornaba menos vulnerable a las
inflamaciones si sufría heridas.
Propietarios de ese saber, los médicos medievales prescribirán la
sangría como primera opción casi universal, desde lejos y sin tomar
contacto con el paciente, ya que de la práctica en sí se encargaban los
barberos. Las sanguijuelas –el anélido Hirudo medicinalis, un gusano muy
frecuente en Europa que se alimenta de sangre– fueron utilizadas con
tal fin desde la Antigüedad por las propiedades de su saliva, que tiene
un efecto anestésico, posee un componente anticoagulante (hirudina) y
contiene una sustancia semejante a la histamina, con efecto
vasodilatador.
LAS RAMAS DEL ARBOL
Sin hablar de los riesgos que seguramente implicaba en realidad, tal
vez el efecto placebo de esta medida depurativa fuera sustancial,
porque a la sangre se le atribuyeron múltiples significaciones sociales a
lo largo de toda la historia. La naturaleza del sistema circulatorio
será develada en muy cómodas cuotas a partir del siglo XI.
El polifacético Avicena (Abu Ibn Sina, 980-1037), además de ser el
gran codificador de la medicina medieval, fue el primero en describir la
circulación pulmonar: el circuito por el cual la sangre se oxigena. La
gran incógnita es cómo las enseñanzas de un médico y filósofo musulmán
–nacido en la actual Uzbekistán– pudieron haber sido sacralizadas
incluso por el intolerante cristianismo europeo. Pero lo cierto es que
el pensamiento aristotélico retornó a Occidente en gran parte a través
de Avicena, que además conocía profundamente la obra de Galeno y de
Hipócrates.
Su obra completa consta de unos 450 volúmenes, entre los que se
destaca el Canon. Avicena, que identificaba a Dios con la Razón y no
creía en la inmortalidad del alma, fue el primero en describir la
anatomía del ojo, en diagnosticar la diabetes, la úlcera gástrica y la
meningitis, en realizar traqueotomías y en sugerir que la peste podía
ser causada por las ratas.
Recién a partir de los trabajos del británico William Harvey
(1578-1657) se considera adquirido un conocimiento más o menos acabado
de la circulación de la sangre y de sus formas de propulsión a través de
las arterias y las venas. Pero eso no fue razón para que se dejaran de
implementar las sangrías según el precepto galénico: hasta bien entrado
el siglo XIX, los médicos europeos y americanos la seguirán
prescribiendo habitualmente.
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Publicado en General el 4 de Julio, 2010, 5:45
por feyerabend
El secreto de tus genes
Para los estudiantes que se iniciaban en la genética, una regla mnemotécnica sencilla y bien rioplatense parecía concentrar todos los secretos del ADN. Las bases que constituyen el código genético –adenina, timina, guanina y citosina, simbolizadas respectivamente por A, T, G y C– se unían de a pares siguiendo una tanguera e inapelable regla de combinaciones: Aníbal Troilo (A con T) y Carlos Gardel (C con G).
Pero las cosas nunca son tan simples. Comprender los secretos más profundos del código genético demandaría a los científicos años de duro trabajo. Así como en épocas pasadas los cartógrafos lidiaban con información geográfica confusa y armaban un fenomenal rompecabezas para unir mapas antiguos con datos que les acercaban intrépidos exploradores y comerciantes aventureros, la dilucidación del genoma humano significó una empresa de proporciones tan gigantescas como aquella, no exenta de controversias. Se trataba de localizar y secuenciar varios miles de genes que constituyen el genoma de los humanos. Un verdadero mapa que contendría el conocimiento completo de la organización, estructura y función genética en los cromosomas, portadores de la información que organiza la vida y las condiciones hereditarias. Pero, ¿qué pasaría con esa información? ¿Sería de uso público y libre o se patentaría y habría que pagar para acceder a ella?
Secuenciar y cartografiar la totalidad del genoma humano requería de grandes dotaciones de hombres de ciencia, equipamiento y, por supuesto, dinero, y en el proyecto se habían embarcado dos contendientes de peso: el consorcio público Proyecto Genoma Humano y el privado Celera Genomics. La carrera por obtener el primer borrador del genoma humano resultó, tal como la tarea de los cartógrafos de antaño, una acción colaborativa no siempre reconocida en la que abundaban las intrigas, el espionaje y las copias no autorizadas. Sucesivos y rimbombantes anuncios sobre logros en la titánica tarea se convirtieron en moneda corriente a finales del siglo pasado y principios del actual.
WATSON VS. VENTER
En 1990 el Departamento de Energía y los institutos de salud de los Estados Unidos fundaron el Proyecto Genoma Humano. Las riendas del proyecto estaban a cargo de John Watson, un veterano conocedor del ADN y sus propiedades. En 1953 había desentrañado junto a Francis Crick –con una ayudita inconsulta de Rosalind Franklin y sus difracciones de rayos X– la estructura del ADN. Un plazo de 15 años y 90 mil millones de dólares eran las bases de una cruzada que contó además con las más modernas herramientas informáticas y una amplísima colaboración internacional, principalmente de Francia, Alemania y Japón. Un trabajo colaborativo paradigmático de lo que se dio en llamar megaciencia, que arrojó sus primeros resultados en el año 2000, difundidos con bombos y platillos en Internet.
El otro contendiente de la carrera, Celera Genomics, era una empresa fundada en mayo de 1998 por Applera Corporation y John Craig Venter, un biólogo especialista en genética viral y –también hay que decirlo– en negocios. Celera y Craig Venter manejaban plazos más cortos –se proponían lograr la secuencia completa del ADN en tres años– y utilizaban técnicas diferentes de secuenciación y herramientas más nuevas y costosas. Es más: Celera fue el proveedor de buena parte del equipamiento que requería el consorcio público. En su afán por ganar la carrera, el 6 de abril de 2000 la empresa de Craig Venter anunció que había obtenido la secuencia casi completa –el “casi” era una salvaguarda frente a un mínimo margen de error metodológico– del genoma humano.
Completa –o casi– pero no ordenada: igual a tener todas las piezas de un rompecabezas, pero sin armarlo. El genoma había sido secuenciado pero no cartografiado, utilizando además –vaya detalle– información pública del proyecto rival. Sus competidores no se quedaron quietos: hicieron valer su enorme peso político –nada menos que estar apadrinados por los Estados más poderosos de la Tierra– y se llegó a un aparente acuerdo: el 26 de junio de 2000, Bill Clinton y Tony Blair anunciaron al mundo que el consorcio de laboratorios del Proyecto Genoma Humano y la Celera Genomics Corporation habían logrado completar el mapa genético tan ansiado, un auténtico manual de instrucciones bioquímicas vitales. En el año 2001, ambos grupos presentaron artículos en las revistas Nature y Science, mostrando que el secreto del genoma humano había sido develado. La publicación simultánea evitó el choque de colosos por la autoría del hallazgo. En las publicaciones se dieron a conocer genomas de 5 etnias diferentes, entre los cuales se encontraba el del controvertido Craig Venter, que si bien tuvo que aceptar que la información del genoma fuera pública, siguió pensando en patentar el conocimiento que pudiera tener aplicabilidad industrial. La información se hizo tan pública que un diario alemán se dio el lujo de publicar seis páginas con secuencias del genoma humano. Textos tan amenos como Gtcaa o Cattg se convirtieron en un infierno para lectores y editores.
CERCA DE LA REVOLUCION
El logro prometía, y mucho. Se esperaban avances extraordinarios en la prevención y cura de enfermedades de origen genético, una verdadera revolución para la medicina que permitiría terapias dirigidas a patologías de difícil tratamiento. Pero en los diez años que pasaron los cambios fueron, aunque valiosos, menos espectaculares de lo que se creía. No porque la investigación se hubiera detenido, sino porque no surgió una catarata de aplicaciones transformadoras para la medicina, como imaginaban los entusiastas de la causa genética. Francis Collins, una de las cabezas del megaproyecto público, analizó en un artículo publicado recientemente en la revista Nature los pronósticos que sobre el asunto se habían difundido en medio de la euforia genética de 2000, y su cumplimiento a lo largo de los 10 años siguientes. El artículo abunda en conceptos como “transformaciones con cuentagotas”, o “logros puntuales”. Nada revolucionario para la práctica médica cotidiana, sino más bien un canto a la moderación.
En la categoría de los logros puntuales se encuentra el desarrollo de algunas pruebas para detectar tempranamente el riesgo de generar ciertos tipos de tumores –por ejemplo en mamas o colon– y la resistencia a ciertos tratamientos potencialmente tóxicos. Igualmente Collins sigue prometiendo. Luego de asumir que quizá todo lo hecho en este tiempo no haya afectado de manera directa al grueso de la atención médica, insiste en predecir grandes cambios, ahora de aquí a diez o veinte años.
DIEZ AÑOS DESPUES
Enfermedad coronaria, hipertensión, accidente cerebrovascular, diabetes o asma formaban parte del ancho abanico de patologías que podrían ser detectadas y prevenidas a tiempo, en base al conocimiento del genoma. Si bien este conocimiento está en muchos casos disponible, las pruebas de detección temprana y reparación genética deberán esperar. Es que actualmente se dispone de la capacidad para secuenciar el genoma completo de una persona a un costo razonable, pero la lectura e interpretación de toda esa información individual es aún una tarea muy compleja y difícil de llevar a cabo.
Tampoco hubo lugar para las peores pesadillas imaginadas a partir del hallazgo. No sólo controversias por el carácter público y privado del conocimiento rondaron el asunto. La polémica sobre los riesgos de develar el genoma humano se extendió a cuestiones legales, religiosas y sociales. La posibilidad de discriminación laboral o social basada en la probabilidad genética de contraer una determinada enfermedad era una preocupación ligada a la privacidad de los datos genéticos individuales. Sólo imaginar lo que pasaría si bases de datos con información genética de cada ciudadano circularan entre empleadores, compañías de seguros o bancos, hacía pensar en un futuro para nada venturoso.
Además de poner en juego definiciones tales como qué es un individuo “normal” a partir de su dotación genética, que podrían entrañar peligros bien mostrados por algunas ficciones futuristas. Tal es el caso de la película Gattaca, un thriller en el que todos los bebés recién nacidos eran sometidos a un control de calidad genética para determinar su predisposición a enfermedades en el futuro. En la película, estrenada en 1997, los médicos “reparaban” el paquete genético de los niños para obtener personas “libres” de determinadas enfermedades.
Anuncios rimbombantes rodearon al secuenciamiento del genoma humano. Diez años después, el largo camino del conocimiento nos muestra una vez más que no es tan rápido ni tan seguro de transitar. La cautela es buena compañía para no caer en expectativas que, como diría CG –Carlos Gardel, claro–, flores de un día son.
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Publicado en General el 9 de Junio, 2010, 11:45
por feyerabend
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DIALOGO CON RICARDO OJEDA, DOCTOR EN BIOLOGIA, ORGANIZADOR DEL CONGRESO DE LACTOBACILOS EN TUCUMAN
Vida y milagros de la biodiversidad
El jinete hipotético viajó esta vez a Tucumán para participar del Congreso de Lactobacilos, donde dio una charla sobre Darwin y aprovechó para dialogar sobre biodiversidad.
 Por Leonardo Moledo
Desde Tucumán
–Usted se dedica a la biodiversidad, ¿no es cierto?
–Biodiversidad como un tema que engloba distintos procesos. Eso incluye desde distribución de especies a cómo se conforman las especies que conviven en determinado lugar, cómo coexisten, cuáles son los mecanismos de adaptación a esos ambientes. Eso me lleva a estudiar no sólo zoología, sino también fisiología, distribución. Por ejemplo, ahora, a lo largo de los Andes, tenemos un proyecto...
–¿Por qué es importante conservar la biodiversidad?
–Ahí puedo darle respuestas que podrían ir de lo ético (son especies vivas y, como tales, deben estar presentes y sobrevivir) a aspectos que tienen que ver con el funcionamiento de un ecosistema: la desaparición de determinadas especies puede afectar la polinización de determinada planta, por ejemplo, lo cual implica que si desaparece la especie se produciría una catástrofe, una reacción en cadena que llevaría a la de-saparición de un ecosistema. Hoy, al hablar de biodiversidad, pensamos también en la industria farmacéutica: pensamos que el 40 por ciento de las drogas de esa industria proviene de las selvas tropicales. Es importante conservarla, entonces, por cuestiones que conciernen a nuestra salud.
–¿Y la pérdida de biodiversidad es un proceso rápido?
–El ritmo de cambio, de avance, es muy alto. Un caso concreto es el avance de las fronteras agrícolas sobre los ecosistemas naturales. Chaco es un buen ejemplo. Es uno de los ambientes de mayor diversidad de mamíferos, pero con estos avances va quedando muy poca superficie de ambiente seminatural que podamos conservar. Son especies que, ya lo podemos decir, han desaparecido. Desaparecen y no las podemos recuperar. Hay una relación muy estrecha entre la complejidad del hábitat y la biodiversidad. Y lo que se está haciendo es destruir un ambiente multiestratificado (gramíneas, arbustos, árboles).
–Cuando usted ve que en un ecosistema se produce la desaparición de una especie, ¿no ve que vuelve a alcanzar un nuevo grado de equilibrio?
–Bueno, alcanza una nueva condición. No me gusta usar la palabra “equilibrio”. En los ’70 tendíamos a pensar que la naturaleza estaba en equilibrio; cualquier perturbación la sacaba de equilibrio y luego volvía a alcanzarlo. Lo que está pasando es que estamos creando nuevos ambientes. El ecosistema de la soja, por ejemplo, es un ambiente nuevo, muy simple, muy pobre en especies. Pensar que eso va a regresar en algún momento a lo que era el bosque chaqueño multiestratificado, con árboles de más de 30 metros, es muy difícil.
–¿Y por qué es preferible un ambiente con mucha biodiversidad que uno con poca?
–Un ambiente más heterogéneo, más complejo, da espacio a distintas especies que ocupen distintos lugares. Es decir, hay mayor división de especies. Ambientes homogéneos, con poca variación, son muy simples y muy pobres. ¿Qué pasaría ante un eventual cambio? Un ambiente más complejo podría responder a la desaparición de una especie, porque, por ejemplo, podría haber otras especies capaces de ocupar su lugar. En cambio, en el otro, desaparece una especie y hay más riesgo de que caiga el sistema completo. Eso ha llevado a denominar los ambientes como saturados o no saturados en especies. Lo que hay en los ambientes con mucha biodiversidad es una suerte de colchón biológico...
–¿Y qué está pasando en la Argentina?
–Estamos perdiendo los ambientes más ricos en especies. El caso concreto es el de la selva de yungas. Tiene lugar entre Tucumán y Catamarca, a los 28 grados de latitud. Esa selva de yungas ha sido alterada en toda su función; queda un área muy reducida, lo cual lleva a una reducción de especies, porque la relación especies/área es muy simple: reducís áreas, reducís especies. En la yunga están desapareciendo especies que son únicas dentro de los límites políticos de la República Argentina: monos, marsupiales, ardillas, murciélagos... Lo que todavía no entendemos bien es el papel funcional de muchas de esas especies en el ecosistema. Otro caso es el de Chaco, con la sojización. Si bien la discusión sobre la sojización está presente en los medios, se dice muy poco sobre la desaparición del bosque chaqueño en sí mismo. Está de-sapareciendo un ecosistema muy complejo, de gran diversidad, que es irrecuperable. Una vez que se ha deforestado, ya no hay vuelta atrás. Y también podríamos citar el caso de La Pampa, donde prácticamente no hay pastizales en estado natural. También está el avance sobre los sistemas cordilleranos con la actividad minera. Todo eso lleva, además de la desaparición directa de especies, a la fragmentación de poblaciones y a otros aspectos que no tenemos cuantificados. El avance del hombre sobre los ambientes es realmente muy fuerte, prácticamente no hay ninguna que se salve.
–El problema clave sigue siendo la vieja polémica entre el preservacionismo y el progreso, o el desarrollo, o como quiera llamarlo...
–Le corrijo una cosa. Preservacionismo tiene una connotación negativa: es como si uno estuviera cerrando el sistema. De lo que se habla en biología, y en esto nos diferenciamos de algunas ONG, es de conservación, y pensamos en cuáles son las herramientas teóricas y prácticas para eso. Hoy tenemos principios teóricos en biogeografía y bioecología que nos permiten predecir lo que va a pasar si se desmontan 10 mil hectáreas, según dónde sea ese desmonte. El problema es que no se sabe qué se quiere hacer con la biodiversidad a nivel nacional. ¿
–¿Y por qué no hay políticas territoriales?
–Es todo muy caótico y difuso. Lamentablemente creo que en los últimos treinta años hemos tenido un retraso enorme en lo que es política ambiental en la Argentina. La década del ’90, en este sentido, fue una década de desmantelamiento: se desmantelaron todos los cuerpos técnicos del Estado, la Dirección de Fauna... Es triste que el Estado tenga que recaer en ONG´s y no en lo que están investigando los cuerpos técnicos del propio Estado: universidades, institutos... No hay políticas prioritarias para la conservación y el uso de los recursos naturales.
–¿Por qué?
–Acá debería hacer un mea culpa. Además de la falta de políticas estatales, creo que la propia comunidad científica está un poco sesgada por las formas de evaluación de sus miembros. Hay mucho trabajo académico, para el paper, que es lo que da mérito en la carrera de investigador, y poco compromiso. ¿Por qué no escribimos un libro de ecología, pero sí muchos artículos para revistas especializadas? Porque la propia carrera de investigador lo exige. Hay un analfabetismo científico muy grande, y eso es una culpa compartida: tanto nuestra como del periodismo, por no transmitir información de buena calidad. Y falta, sin duda, articulación con el sector político.
–Bueno, con el Ministerio de Ciencia y Técnica...
–Ojo, no estoy entrando en los últimos cinco años. Esa parte no la toco: bienvenidas esas innovaciones, y las seguimos apoyando. De todos modos, sigue habiendo una falta de integración.
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