Septiembre del 2008


El gran acelerador europeo de partículas arranca con éxito

Publicado en General el 10 de Septiembre, 2008, 7:03 por feyerabend

El gran acelerador europeo de partículas arranca con éxito

El superacelerador de hadrones se ha puesto hoy en marcha con el objetivo de hallar el bosón de Higgs.- Es la última pieza del 'puzzle' subatómico y puede abrir por fin la ventana al 'Big Bang'

JAVIER SAMPEDRO / ELPAÍS.com - Madrid - 10/09/2008

Poco más de 50 minutos ha tardado el primer haz de protones en recorrer esta mañana, en el sentido de las agujas del reloj, los 27 kilómetros del túnel circular que constituye el Gran Colisionador de Hadrones (LHC en sus siglas inglesas), el acelerador de partículas europeo que busca reproducir las condiciones físicas que dieron lugar al Universo. Este primer paso, solventado con éxito, ha sido recibido con aplausos entre el público congregado en el Laboratorio Europeo de Física de Partículas (CERN). A lo largo del día de hoy está previsto que se emita un segundo haz de protones en el sentido contrario a las agujas del reloj. Todavía habrá que esperar para el primer choque de partículas, informa Alicia Rivera desde Ginebra.

La historia de este mastodóntico proyecto, que por fin echa a andar, se remonta a varias décadas en el pasado. La sala de reuniones del partido tory está llena de militantes que charlan tranquilamente cuando, de pronto, la señora Thatcher entra por la puerta. A medida que Thatcher camina por la habitación, los militantes más cercanos forman corrillos a su alrededor y, en consecuencia, dificultan el movimiento de su líder.

Los militantes representan el campo de Higgs, una forma de energía que impregna todo el espacio y confiere masa a las partículas (como Thatcher). Un protón, por ejemplo, no tendría masa si no fuera por el campo de Higgs. Sin ese campo misterioso, todos seríamos livianos como el fotón, y nos moveríamos, como él, a la velocidad de la luz.

La anterior parábola, debida al físico británico David Miller, es un pequeño clásico de la divulgación científica. En 1993, el ministro británico de Ciencia, William Waldegrave, reparó en que su departamento estaba gastando mucho dinero en la búsqueda de una cosa llamada "el bosón de Higgs", y lanzó el desafío: "No sé si financiaré la búsqueda del bosón de Higgs, pero le pago una botella de champán a quien logre explicarme qué es". Miller se ganó el champán con la historia de la señora Thatcher.

El Gran Colisionador de Hadrones (Large Hadron Collider, o LHC), que ha entrado hoy en funcionamiento, a las 9.30 de la mañana, junto a Ginebra, tiene también otros objetivos, pero el principal es encontrar el bosón de Higgs, apodado "la partícula-Dios" por el premio Nobel Sheldon Glashow. Es una predicción central del modelo estándar con el que los físicos describen el mundo subatómico, y observarlo requiere las altas energías de colisión que alcanzará el LHC, un esfuerzo de 6.000 millones de euros.

Esas altas energías también han llevado a algunas personas a temer que el LHC pueda causar una catástrofe planetaria, mediante la creación de un agujero negro u otros fenómenos. Estos catastrofistas han llegado a presentar dos demandas judiciales contra el acelerador de Ginebra.

El grupo de físicos reunidos en el Consejo Asesor de Seguridad del LHC (LHC Safety Assessment Group, o LSAG) ha concluido, sin embargo, que "incluso si el acelerador llegara a producir microagujeros negros -una posibilidad contraria al modelo estándar de la física de partículas-, estos serían "incapaces de agregar materia en torno a ellos de una forma que resultara peligrosa para la Tierra".

El campo de Higgs -el conjunto de los militantes tories que llenan la habitación- fue postulado en 1963 por media docena de físicos, de los que el británico Peter Higgs ni siquiera era el más destacado (de hecho, hay quien prefiere llamarlo "campo de Higgs-Brout- Englert-Guralnik-Hagen-Kibble"). Pero fue Higgs el primero en hablar del "bosón de Higgs".

El campo de Higgs y el bosón de Higgs son dos formas de ver el mismo fenómeno. Esta dualidad se deriva de uno de los principios más desconcertantes -pero también mejor establecidos- de la física cuántica (la antiguamente llamada "dualidad onda-corpúsculo"). El caso más familiar es el de la doble naturaleza de la luz, que consiste a la vez en un campo electromagnético y en un chorro de partículas, o fotones.

El modelo estándar de la física subatómica divide las partículas en dos grandes grupos: las que constituyen la materia (fermiones, como los quarks) y las que transmiten las fuerzas (bosones, como el fotón). El propuesto bosón de Higgs, por tanto, sería una partícula, y eso es lo que los físicos esperan observar en el nuevo superacelerador de Ginebra.

En la parábola de Miller, el bosón de Higgs se puede visualizar así: imaginemos que, en vez de la señora Thatcher, lo que llega a la habitación es el mero rumor de que Thatcher va a venir. Los militantes más cercanos a la puerta forman un corrillo para oír la noticia. Luego pasan el rumor a los siguientes, que forman un corrillo, etcétera. Ese corrillo virtual que se propaga es el bosón de Higgs. También tiene masa, pero esta vez gracias a sí mismo.

Fue el físico teórico norteamericano Steven Weinberg quien encajó los campos de Higgs en el mismo centro neurálgico del modelo estándar de la física de partículas (o más bien creó con ellos el modelo estándar). El trabajo de Weinberg y sus colegas Abdus Salam y Sheldon Glashow tiene que ver con uno de los principales objetivos de la física actual: la unificación entre las fuerzas fundamentales de la naturaleza, es decir, la formulación de una teoría que explique todas esas fuerzas de una sola tacada.

Los grandes avances en la comprensión científica del mundo suelen consistir en unificaciones de ese tipo. La misma física en su conjunto recibió el impulso definitivo cuando Newton desarrolló el concepto de gravedad, que explicaba a la vez la órbita de la Luna, los movimientos de los planetas y el comportamiento de los objetos en tierra firme: una unificación.

La revolución de la energía eléctrica se debe al trabajo de Faraday y Maxwell, que comprendieron que dos fuerzas previamente percibidas como dispares, la electricidad y el magnetismo, eran en realidad dos formas de mirar a una única fuerza: el electromagnetismo. La gravedad y el electromagnetismo se convirtieron en las dos "fuerzas fundamentales" de la naturaleza conocidas a finales del siglo XIX.

Pero la exploración interna de la estructura del átomo reveló pronto otras dos "fuerzas fundamentales" más. Se llaman fuerza nuclear "fuerte" y "débil", y son las que mantienen unido el núcleo atómico y provocan los varios tipos de desintegración radiactiva. En total, cuatro fuerzas a unificar.

Cada una de estas fuerzas se asocia a una partícula mensajera (denominada bosón, como vimos antes). La partícula mensajera de la fuerza electromagnética es el fotón. Weinberg y sus colegas se dieron cuenta de que la fuerza nuclear débil podría explicarse mediante una partícula idéntica al fotón en todo excepto en su masa. El fotón no interactúa con el campo de Higgs, y como consecuencia no tiene masa. Pero el nuevo mensajero debía interactuar con el campo de Higgs adquiriendo una masa considerable (unas 90 veces la masa del protón).

Los mensajeros de la fuerza nuclear débil (los bosones W y Z) aparecieron poco después en los aceleradores de partículas, y tenían las propiedades predichas por Weinberg: idénticos al fotón en todo excepto en que tenían cerca de 90 veces la masa del protón.

Weinberg, Salam y Glashow recibieron el premio Nobel en 1979. Su teoría había unificado las fuerzas electromagnética y nuclear débil. El mismo tipo de idea se puede extender a otras partículas y fuerzas fundamentales. El campo de Higgs es por ello un elemento central del modelo estándar de la física de partículas.

Si el bosón de Higgs aparece en el LHC en los próximos años, la última pieza habrá encajado y el modelo estándar habrá recibido el espaldarazo definitivo. En caso contrario, habrá que modificar el modelo en sus fundamentos más básicos.

En la parábola de Miller, la "masa del protón" no es una sustancia que acompaña al protón en su desplazamiento: ahora son estos diez militantes y un segundo después son otros diez distintos. Pero siempre son diez, porque ése es el atractivo típico de la señora Thatcher. Por eso todos los protones tienen la misma masa.

Y también por eso las distintas partículas tienen diferentes masas: porque su atractivo para el campo de Higgs tiene distinta magnitud. El físico teórico Brian Greene -un string theorist, o especialista en la "teoría de cuerdas" que aspira a unificar las cuatro fuerzas fundamentales, incluida la gravedad- lo ha explicado con una variante de la parábola de Miller en que los militantes tories son reemplazados por una turbamulta de paparazzi que esperan a la entrada de un estreno de Hollywood.

Si llega un coche y se baja Brad Pitt, los paparazzi se agregarán en torno a él y apenas le dejarán moverse: el actor habrá adquirido una gran masa. Pero si el que aparece es una vieja gloria de Hollywood de la que no se acuerda ni su agente artístico, los paparazzi le dejarán pasar sin apenas oponer resistencia. La masa de la vieja gloria será por tanto muy pequeña. Y uno puede imaginar todo un espectro de masas intermedias.

El bosón de Higgs es también un componente esencial de las actuales teorías sobre el origen del universo, conocidas genéricamente como "inflación cósmica" o "universo inflacionario". La inflación -el bang del big bang, en palabras de Greene- es una expansión cósmica rapidísima, más veloz que la velocidad de la luz, que según estos modelos ocurrió una fracción de segundo después del origen del cosmos.

La inflación parece una teoría extraña, pero es necesaria para explicar que el universo actual sea homogéneo a gran escala: es decir, que consista en todas partes del mismo tipo de agregados de galaxias y supercúmulos de galaxias, pese a que las regiones distantes del cosmos no han tenido ocasión de interactuar para ponerse de acuerdo sobre cuáles han de ser sus propiedades básicas.

La carrera de los físicos para experimentar en aceleradores de partículas cada vez más potentes puede verse como un viaje hacia atrás en el tiempo. Como el universo era en su origen inconcebiblemente pequeño y denso en energía, y a partir de ahí empezó a expandirse y enfriarse, cada nuevo acelerador emula al universo primigenio en una fase algo anterior de su evolución inicial.

Visto desde el prisma de la unificación de las fuerzas fundamentales, cada incremento en la energía de las colisiones en los aceleradores nos acerca un poco más a la época remota en que todas las fuerzas eran en realidad la misma: como la electricidad y el magnetismo son la misma fuerza en la actualidad, y como el electromagnetismo y la fuerza nuclear débil resultan ser lo mismo a las energías de colisión que se alcanzaron en los años setenta.

En el origen del universo, todas las partículas y todas las fuerzas eran iguales: los campos de fuerza estaban evaporados a aquellas altísimas temperaturas, y sólo se fueron condensando después (donde "después" significa una fracción de segundo).

El campo (o una serie de campos) de Higgs fue el primero en condensarse, y ello eliminó en cascada la simplicidad del universo primitivo: las partículas elementales adquirieron distintas masas, y también los bosones mensajeros, con lo que la única fuerza primordial se separó en las actuales fuerzas fundamentales.

Todas las partículas elementales conocidas tienen masas distintas. Los protones y los neutrones que constituyen el núcleo atómico no son partículas elementales, sino que están hechos de dos tipos de quarks, up y down (un protón consiste en dos quarks up y uno down; un neutrón consiste en dos down y un up). Esto es lo que había predicho la teoría, pero los aceleradores han revelado además otros cuatro tipos de quarks, y todos tienen masas distintas, que cubren un intervalo entre 0,05 y 190 veces la masa del protón.

Todas esas partículas gratuitas con masas tan disparatadas quedarán explicadas si los experimentos proyectados en el LHC logran encontrar el bosón de Higgs. Quizá el apodo de "partícula Dios" que le puso Lederman le quede un poco grande, pero ni siquiera el santo grial ha sido tan buscado en la historia.

Todas esas partículas gratuitas con masas tan disparatadas quedarán explicadas si los experimentos proyectados en el LHC logran encontrar el bosón de Higgs. Quizá el apodo de "partícula Dios" que le puso Lederman le quede un poco grande, pero ni siquiera el santo grial ha sido tan buscado en la historia.


SE PONE EN MARCHA HOY EL MAYOR EXPERIMENTO CIENTIFICO DE TODA LA HISTORIA

Publicado en General el 10 de Septiembre, 2008, 6:35 por feyerabend
SE PONE EN MARCHA HOY EL MAYOR EXPERIMENTO CIENTIFICO DE TODA LA HISTORIA

El debut para el gran colisionador

Es un túnel de 27 kilómetros, en anillo, en la frontera entre Francia y Suiza, con el que se buscará resolver los enigmas del origen del Universo. Ocho argentinos participan del experimento, que ya demandó un costo de 6200 millones de euros.

 Por Pedro Lipcovich

Instantes antes de iniciar su carrera desmesurada, habla, para PáginaI12, Juan Protón: “Formaré parte del mayor experimento científico que se haya intentado sobre la Tierra. Mi sacrificio permitirá poner a prueba las teorías físicas más importantes, y tal vez demostrará que la realidad tiene 11 dimensiones, en vez de las cuatro ya conocidas. Ayudaré a entender cómo era el Universo en sus primerísimos instantes, porque –se envaneció Protón– me entregaré a las energías más poderosas que se hayan desatado sobre la Tierra”. Diez mil muchachos protonistas, diez mil científicos, prepararon este momento, durante los 14 años que demandó la construcción del Gran Colisionador de Hadrones, que hoy empezará a funcionar en la frontera franco-suiza. El Colisionador es un anillo de 27 kilómetros de largo, cuya construcción requirió 6200 millones de euros.

“Hadrones” es la categoría física que incluye a protones y a neutrones; el Gran Colisionador es un túnel de 27 kilómetros, en anillo, a una profundidad de entre 50 y 125 metros, en la frontera entre Francia y Suiza. En su extensión hay más de mil bobinas que producen un campo magnético cien mil veces mayor que el de la Tierra. Esa energía acelera los protones hasta el 99,9999999 (siete decimales) por ciento de la velocidad de la luz. Es el acelerador de partículas más grande construido por el hombre. El mayor hasta ahora, el Enrico Fermi de Chicago, con su anillo de seis kilómetros, suministra una potencia siete veces menor.

A esa velocidad, dos conjuntos de protones circulan en sentido inverso: cuando chocan, se generan, brevemente, partículas enormes. La última que así se descubrió, en el Fermi, en 1995, llamada quark top, tiene 174 veces la masa de un protón. Esas partículas, que ya no existen en la Tierra, existieron en el Universo, en las milésimas de segundo posteriores al Big Bang; las altísimas energías de aquellos instantes son reproducidas por el Colisionador. Así, investigar estas partículas fugaces equivale a investigar los primeros instantes del Universo.

Pero el propósito no es tanto saber qué pasó entonces, sino saber qué pasa ahora: poner a prueba las teorías básicas de la física. Entre aquellas partículas, interesa especialmente una, llamada bosón de Higgs, que tendría entre 130 y 200 veces la masa de un protón: su existencia es requerida por el “modelo estándar”, que, de las cuatro fuerzas consideradas fundamentales en la naturaleza –el electromagnetismo, la gravedad y, en el interior de los átomos, las fuerzas “fuerte” y “débil”–, explica todas menos la gravedad.

Y no sólo eso. Ricardo Piegaia –investigador argentino, integrante del proyecto– explicó a PáginaI12 que “el Colisionador pondrá también a prueba las teorías que explican las cuatro fuerzas: la teoría de las ‘supercuerdas’, que le otorga al Universo muchas más de las cuatro dimensiones conocidas, o la de la ‘supersimetría’. Se trata de establecer si, bajo esas altísimas energías, aparecen las partículas que cada una de ellas predice”. El Colisionador podría, también, señalar por qué, si el Big Bang produjo la misma cantidad de materia y de antimateria, hoy el Universo está compuesto prácticamente sólo por materia, ya que “algunas de las nuevas teorías, que el Colisionador corroborará o no, incluyen explicaciones para esa falta de simetría”, agregó Piegaia.

Y además está Alice: ese nombre de país de maravillas designa la investigación que hará chocar, no ya protones, sino núcleos de átomos de oro, mucho más pesados: “Ese choque recreará tiempos aún más primitivos en el Big Bang, y podría reconstituir, por unos instantes, un estado completamente distinto de la materia, llamado quark gluon plasma: en él los protones mismos se descomponen en sus partículas constitutivas, llamadas quarks y gluones, para forman una especie de gas”, contó Piegaia.

Son cuestiones de ciencia básica, pero “se puede asegurar que, si se descubren cosas como que el Universo tiene 11 dimensiones en vez de cuatro, habrá aplicaciones prácticas impensables”, razonó.

El Colisionador fue ideado hace tres décadas y empezó a construirse en 1994. Fue construido por el CERN, sigla en francés del Consejo Europeo para la Investigación Nuclear. El costo, financiado por los gobiernos, es de 6200 millones de euros. Han trabajado en él más de diez mil científicos de 40 países. El anillo trabaja a temperaturas próximas a los 272 grados bajo cero, y la longitud total de los filamentos de sus bobinas magnéticas alcanzaría para recorrer diez veces la distancia entre la Tierra y el Sol.

La puesta en marcha está prevista para las diez de la mañana europea, cinco de la mañana en la Argentina. A esa hora, por primera vez, un conjunto de protones circulará todo a lo largo del anillo. De todos modos, “hasta que empiece a haber suficientes colisiones pasará probablemente un mes, y lograr un descubrimiento que llegue a la primera plana de los diarios tardará por lo menos un año”, anticipó Piegaia.

Entre Dios, el espíritu y el cerebro

Publicado en General el 7 de Septiembre, 2008, 18:09 por feyerabend

Entre Dios, el espíritu y el cerebro

La ciencia está descubriendo cómo actúa el cerebro cuando una persona tiene una experiencia mística o una visión religiosa. Alicia Beltrami.

13:29 |
Alicia Beltrami
07.09.2008

Según la medicina, existe una explicación científica para ciertos estados de elevación o de trascendencia, cuya significado puede estar condicionado por las creencias y por el contexto sociocultural.

Desde que se encontró con Él, Roberto dejó de creer en Dios: ahora está seguro de que existe. Siente “esa energía superior” guiándolo y se da el lujo de un mano a mano cuando el Señor lo visita en sus sueños. Roberto tenía 27 años cuando escudriñaba en la metafísica religiosa y la causalidad se hizo presente: una medianoche de mucho frío dos ladrones tumbaron a patadas la puerta de su casa en Haedo y él se interpuso entre el arma y su papá. El tiro le dio en el brazo izquierdo y abrió un manantial de sangre que fluyó durante seis horas, hasta que Roberto se desvaneció y los médicos aceptaron atenderlo aunque no tuviera obra social.

“Sentí que mi cuerpo se quedaba en la cama y yo me elevaba. Me veía ahí, acostado, y a mi mamá sentada al lado. No lo podía creer, sentía mucha paz, fue impresionante –relata a revista C–. Cuando estaba en el cielo, ya no tenía mi brazo lastimado y no tenía dolor. No se puede explicar, es algo hermoso de lo que no podés volver”.

Roberto está convencido de que estuvo muerto y que se encontró con Dios, quien comenzó a asomar en aquel viaje al más allá como una imagen gris. Tuvo “muchísimo miedo”, bajó la cabeza hasta sentir esa presencia bien cerca y, despacito, volvió a elevar la vista: “Lo miré y él también me miró. Tenía como la fuerza del Sagrado Corazón de Jesús, pero era una esfera luminosa de energía y alrededor de él siete esferas más. Después empecé a sentir el brazo y me mandó a la tierra de nuevo".

Experiencias místicas como las de Roberto tenían dos tipos de explicaciones conocidas, aceptadas e irreconciliables entre sí. La de los místicos y religiosos que las consideran el medio por el cual los hombres se comunican con los dioses o con el Cosmos, y la de los agnósticos que las piensan como producto de la sugestión devenida en una fe exacerbada. Pero desde hace unos pocos años la neuroteología –una nueva rama de la ciencia– viró el punto de discusión al cerebro, donde los neurobiólogos buscan identificar los circuitos neuronales responsables de construir estas vivencias.

En su libro Dios está en el cerebro (Editorial Norma), el filósofo y escritor norteamericano Matthew Alper recopila varias investigaciones y define los síntomas más comunes a las experiencias místicas, que también pueden alcanzarse mediante prácticas no religiosas como la meditación, el yoga o la danza, entre otros rituales.

Según Alper, durante estos estados se tiene la “sensación de unión” con el universo y también hay una percepción de atemporalidad, en la que el calendario gregoriano y la apreciación del tiempo es más parecida a la que tenemos cuando, por ejemplo, soñamos. Se suma “la certeza de haber encontrado la verdadera realidad”, que además se siente como “sagrada” e “imposible de describir con palabras”.

La única certeza hasta aquí para el neuropsiquiatra del Servicio de Rehabilitación del Enfermo Neuropsicológico del CEMIC, Diego Sarasola, es que lo que vivió Roberto es mucho más complejo que una experiencia mística: “Lo que pudo haber ocurrido es un fenómeno perceptivo por un cuadro de hipoxia cerebral, que es un déficit en la oxigenación por la pérdida de sangre. Como consecuencia, son múltiples las alteraciones de neurotransmisores que pueden producirse generando lo que el paciente interpretará según sus experiencias previas y cultura. De hecho, algo similar ocurriría con las famosas visiones de túneles de luz, una de cuyas explicaciones alternativas es la activación al azar de zonas de la corteza occipital involucrada en la visión”.

Los desacuerdos con la explicación científica llegan con las interpretaciones que, en general, están ligadas a las emociones, las creencias y el contexto sociocultural.

“Algunos dirán que eran sus familiares muertos que los llamaban, otros van a decir que vieron a Dios. ¿Pero qué es Dios? –se pregunta Sarasola–. Por ahí vio una luz deslumbrante porque, sí, hay una percepción de claridad importante. La sensación de paz puede ser por una liberación endorfínica, pueden ser un montón de cosas. Hay que ser muy cuidadosos en la interpretación, una cosa es el fenómeno perceptivo en sí mismo, y otra la explicación que la persona haga de él”.

EL MÓDULO. En 1997, un equipo de científicos de la Universidad de California en San Diego, dirigidos por el prestigioso neuroteólogo Vilayanur Ramachandran, observó que el 25% de las personas que padecen un tipo especial de epilepsia que afecta a los lóbulos temporales, experimentan un marcado fervor religioso antes de padecer un ataque. Contaban que durante sus crisis veían a Dios, sentían un estado de iluminación repentina y una profunda comunión con el universo. En su vida cotidiana y al margen de los ataques, tendían a preocuparse mucho por cuestiones místicas.

En un experimento de laboratorio, Ramachandran utilizó sensores cutáneos (que miden el grado de conductibilidad eléctrica de la piel) para comparar y contrastar las respuestas emocionales de las personas al escuchar palabras relacionadas con el sexo, la política y la religión. A diferencia de la mayoría de los participantes, que mostraron mayor sensibilidad al lenguaje o a las imágenes sexuales, los que sufrían este tipo de epilepsia reaccionaban más intensamente a palabras como “Dios” o “espíritu”.

Concluyó así que podría existir una base neuronal en el lóbulo temporal, donde los epilépticos experimentan una actividad elevada, involucrada en las experiencias religiosas. Los científicos la apodaron “el módulo de Dios”.

Lo relevante también es que esta zona del cerebro es importante para la percepción del lenguaje y del habla, y una experiencia común narrada por quienes pasan por estados místicos es "escuchar la voz de Dios", lo que podría surgir al confundir el sonido del lenguaje interno con algo externo.

Ahora parece que hasta Juana de Arco, Mahoma y el apóstol Pablo, entre otros profetas y líderes espirituales, padecían epilepsia en el lóbulo temporal, según documentación histórica encontrada por investigadores del Centro de investigaciones neurológicas de UCLA.

El doctor Andrew Newberg invalida la existencia de un módulo de Dios. Él es un neuroteólogo que hace punta en este tipo de investigaciones y dirige el Centro de Espiritualidad y Neurociencias de la Universidad de Pennsylvania. “Las experiencias religiosas y espirituales suelen ser muy complejas, demasiado diversas como para obtenerse solo de una parte del cerebro. Si bien los lóbulos temporales son importantes para lograr estos estados, interactúan con muchas otras regiones. Más que un módulo, hay pruebas que indican que una serie de estructuras cerebrales trabajan juntas para generar la experiencia espiritual”, explica a C.

Newberg se encontró con la férrea resistencia de Michael Persinger, psicólogo especializado en Neurofisiología Clínica de la Universidad Laurentian de Canadá, quien se había obstinado en demostrar que las experiencias místicas podrían generarse estimulando el lóbulo temporal con electroimanes, e hizo la prueba en su propia cabeza. Se colocó un casco con electrodos y luego perjuró que sintió su primera sensación de estar unido con Dios, aunque algunos de sus propios conejillos de Indias se encargaron de desmentirlo.

Incluso, un equipo de especialistas del Hospital Italiano de la ciudad de Buenos Aires desautorizó la ley Persinger con el caso de una paciente que sufría esa particular epilepsia y que cada vez que tenía una crisis se ponía a rezar. Los médicos estimularon el cerebro para localizar en qué zona del temporal se originaba la experiencia, y la paciente tuvo el ataque, pero sin el agregado místico. Después le extirparon el lóbulo y desde entonces reza tranquila.

La doctora Stella Maris Valiensi, que siguió el caso, explica que la generación de los estados religiosos va más allá de una simple estimulación del cerebro: alguna situación debió haberse grabado en la memoria de la mujer para explicar que rezara durante los ataques.

“Cuando empezaron sus crisis, ella era chiquita y para evitarlas tomaba su crucifijo y empezaba a orar, y hacía lo mismo mientras las sufría. Como quedó grabado en su memoria, se repetía como parte de sus crisis posteriores. Así es cómo funcionan los recuerdos y el lóbulo temporal está muy relacionado con la memoria”.

FUERA DEL CUERPO. Paula Parco es bailarina y no sufre de epilepsia. Una tarde, al terminar un ensayo en la casa de una amiga, se recostó exhausta sobre un sillón. Comenzó a relajarse, a respirar profundo. Cuando llegó a un estado entre la vigilia y el sueño sintió que su cuerpo se desdoblaba y que otro ser –igual a ella– se elevaba. Paula la recuerda como su “parte superpoderosa, de una energía muy potente”, que le dijo, aunque sin palabras, “tranquila, ya nos vamos a unificar”. Ahí comprendió que estaba frente a “su ser espiritual más evolucionado” y desde entonces confía en que ya llegará el día en que se unifiquen. “Quizás ni me dé cuenta o a lo mejor ya fue”, remata entre risas que remueven el aire de solemnidad de la confesión.

Ella asegura que no fue un sueño; “porque no”, porque lo sabe y porque “fueron los segundos más breves y más intensos” que haya vivido. Nunca más le volvió a suceder, eso que en la jerga científica tiene un nombre: Experiencias Fuera del Cuerpo (EFC).

Poder desdoblarse no significa asemejarse a Ghost, la sombra del amor. Nadie más que Paula pudo percibir su fantasma,todo sucedió en su cerebro, duró sólo un instante y puede definirse como una alucinación, en el sentido de ver, sentir o hasta oler lo que no existe para los demás. Algo debió haber pasado en sus lóbulos parietales, una región cerebral que está involucrada en la capacidad de atención y de ubicación visuoespacial, y que en su normal funcionamiento permite distinguir dónde y cómo son los lugares.

“En las Experiencias Fuera del Cuerpo, una de las hipótesis sostenida indicaría que hay una inhibición de la actividad sanguínea en los lóbulos parietal y temporal, que se percibe de modo conciente en la persona como una desestructuración del espacio y luego se interpreta como un vuelo o un viaje astral, según la cultura de quien lo vive”, detalló Sarasola. “En nuestro cerebro está grabada nuestra estructura espacial y temporal, y cuando eso se altera uno lo interpreta como extraño”.

Un pico de estrés o ansiedad extrema podría desembocar en estos cuadros alucinatorios. La privación de los sentidos o un largo ayuno inciden de igual modo en los cambios de percepción. Hay estudios que indican, incluso, que las primeras sectas de cristianos estaban hasta treinta días sin comer para llegar a esos estados. Nada de esto por cierto le pasó a Paula, aunque sí estaba cansada y quizás, sin ser conciente, en estado de meditación.

Los lóbulos parietales también están involucrados en la meditación, que perfectamente realizada puede generar vivencias místicas. Para profundizar sobre sus efectos y ayudados por técnicas de medicina nuclear, Newberg y el psiquiatra y antropólogo Eugene D'Aquili lograron focalizar los circuitos neuronales implicados mientras un grupo de monjes budistas tibetanos meditaban.

En absoluto silencio, los religiosos transitaron un proceso de intensa concentración, esencial para acceder después a lo que llaman éxtasis. Las resonancias magnéticas tomadas de sus cerebros reflejaron una mayor actividad sanguínea en la corteza prefrontal, encargada de la concentración, y al igual que en las EFC, una inhibición del lóbulo parietal. Los monjes experimentaron una ausencia del sentido de espacio y tiempo y un alejamiento de la perspectiva normal de realidad. Si se le suma que el lóbulo frontal se excita durante la meditación, la experiencia se siente con mayor intensidad y, como dice D'Aquili, “esto hace que se alcance un estado de trascendencia extasiada y de totalidad, que trasmite tanto poder y fortaleza que se tiene la sensación de experimentar una realidad absoluta”.

A esta altura no hay discusión acerca de que el estado religioso se refleja en la actividad cerebral y de que las distintas experiencias involucran también a diferentes zonas del cerebro, o a las mismas pero activadas con distinta intensidad. Pero esos cambios neurológicos ¿son creados por el cerebro o este percibe y conecta con una realidad más espiritual? ¿El cerebro creó a Dios, o Dios lo creó así para comunicarse con los hombres?

UNA PALABRA. Matthew Alper, el escritor obsesionado por develar el misterio de Dios, tuvo que atravesar por una profunda depresión para obtener la respuesta. Él sostenía que al morirse, su cuerpo perecería pero jamás sucedería lo mismo con su espíritu, porque esa suma de experiencia conciente, esa esencia de la persona, sería eterna. Pero cuando la tristeza se le hizo carne, supo que su alma supuestamente inmortal solo reaccionaba a los efectos de sustancias químicas y se convenció “de que la conciencia humana debía ser una entidad física regida por procesos estrictamente físicos”.

"Dios es tan solo una palabra escrita en mi computadora", escribió Alper en el inicio de su camino en búsqueda de certezas. Si lo único que lo había sacado de su depresión había sido la medicina, hacia ella se dirigió. Recurrió a teorías, teorías y más teorías científicas.

En Dios está en el cerebro concluyó, apoyado en algunas investigaciones de Neuroteología, que ese ser superior al que gran parte de la humanidad adora no existe fuera de la cabeza humana. Y fue más allá: postuló que el hombre está biológica y genéticamente predispuesto a creer en una realidad espiritual para disminuir su miedo a la muerte y al sinsentido.

Desde una perspectiva evolucionista, según la cual la necesidad es la madre de la selección, afirmó que el ser humano desarrolló un grupo de genes espirituales responsables de la aparición de sitios fisiológicos cerebrales que desempeñan funciones heredadas: de la misma manera que lloramos, tendemos a creer en la espiritualidad. De otra manera, dice, es probable que no hubiésemos sobrevivido como especie. El rompecabezas cierra con una pieza más: la función trascendental de las experiencias místicas, que vienen a reforzar la creencia en una realidad sobrenatural.

ALUCINANTE. Además de realizar prácticas como la oración, los cánticos, la danza, el yoga o la meditación, muchas culturas utilizaron sustancias psicodélicas para llegar a estados místicos. Para Alper, es otro ejemplo de que Dios está en el cerebro porque si no tuviésemos ese mecanismo fisiológico que origina las experiencias religiosas sería imposible que las drogas pudiesen generarlas. No obstante, tanto Sarasola como el psiquiatra Jorge Ciprian Ollivier, miembro reconocido de la Escuela Argentina de Psiquiatría Biológica consideran esencial diferenciar las alucinaciones inducidas por estas sustancias: son mucho más intensas y no se podrían producir por un pico de ansiedad, el ayuno o la meditación. Ciprian Ollivier hace años que investiga sobre esquizofrenia y junto al departamento de química orgánica del Inifta- Conicet, dirigido por el doctor Arturo Vitale, encontraron en la orina de un grupo de esquizofrénicos y de tomadores de ayahuasca la misma cantidad del alucinógeno NN-dimetiltriptamina que, además, en pequeñas proporciones se activa durante los sueños en las personas sanas. Dedujeron que durante la toma del brebaje originario, de tribus de la Amazonia, se reproduce la causa química de un subtipo particular de esquizofrenia y asimilaron así los cuadros alucinatorios. Según Ciprian Ollivier, que probó la bebida, te sitúa en otro tiempo, espacio y gravedad.

Durante un estado inducido por ayahuasca, el músico Diego Bravo la estaba pasando mal. En el momento de mayor desesperación, mientras sentía que nunca regresaría del lugar al que lo había llevado la experiencia, intentó focalizar en un rostro conocido hasta que pudo ver a su hijo y más tarde a su padre y todo comenzó a brillar. Cuando pasó el efecto, volvió a su casa y su niño que recién se despertaba le preguntó de dónde venía. "Es que soñé que estabas alrededor de una fogata –le dijo el chico–, con gente, tomando cosas y yo te veía de arriba." Diego no supo qué decir y respondió lo de siempre: "Vengo de tocar".

Mientras Ciprian Ollivier dedujo que "podría ser telepatía" porque "telépatas somos todos, aunque no la podemos manejar y solo de vez en cuando tengamos alguna comunicación así. Son ondas, porque el cerebro emite ondas fortísimas". La ciencia no avaló nunca pruebas al respecto.

Diego, en cambio, buscó la respuesta en el guía de la ceremonia, quien le aseveró que era "lógico": "Con la ayahuasca te vas al mundo de los sueños". Era lo más parecido a lo que quería escuchar.

BIOLOGÍA Y ESPÍRITU. El científico Newberg concluye: "Creo que hay muchas piezas de este rompecabezas que incluyen una variedad de neurotransmisores, funciones y estructuras cerebrales, así como prácticas y experiencias que la gente tiene. Toda esta información es valiosa, pero debemos tener cuidado en cómo interpretamos los resultados, y si llegamos a la conclusión de que Dios crea estos cambios en el cerebro o el cerebro crea nuestras ideas acerca de Dios: eso es algo que la neurociencia no puede responder."

"Hasta el momento, la Neuroteología tiene la certeza de que los estados religiosos –continúa Newberg– utilizan una red similar de estructuras cerebrales que incluyen los lóbulos parietales, el frontal, el sistema límbico y el sistema nervioso autónomo. Dependiendo de la experiencia, estas zonas se ven afectadas de manera diferente".

Otro investigador de la nueva corriente neuroteológica, el psicólogo evolucionista de la Universidad de Oxford, Justin Barret, cree lo mismo que Newberg y agrega: "La verdadera respuesta es que muchas de las distintas partes del cerebro, inclusive los temporales, están activas durante las experiencias místicas, así como diferentes partes lo están mientras conversamos con un amigo. La razón es que la religión y las experiencias religiosas no son complementos agregados a la normalidad de la vida, sino una parte común de la existencia humana, que usa diferentes sistemas cerebrales".

Ambos científicos coinciden en que si bien estamos biológicamente obligados a encontrar sentido y plenitud a lo largo de nuestra vida, por lo que la religión bien podría considerarse un subproducto de una mente inteligente, eso no significa que exista “un gen espiritual” que determine las experiencias: “Estas son tan complejas y diversas que no parece probable que un gen sea el responsable”. Además, “el contexto es fundamental para la naturaleza espiritual de esos fenómenos. Cómo o cuánto la gente crea tendrá un profundo impacto sobre cómo interpretar los resultados. Todo el mundo probablemente tiene experiencias de tipo espiritual, en el fondo tan solo depende de cómo uno las define”, concluye Newberg.

Los logros que para el peluquero Alejandro Granado son consecuencia de practicar a diario las enseñanzas del budismo, para otros pueden ser fruto de la casualidad o hasta de un milagro. A modo de ejemplo, Alejandro cuenta que durante mucho tiempo quiso conocer la historia de los hombres de su familia, y aunque le habían asegurado que no quedaban en vida parientes que pudiesen ayudarlo, no pasaba un solo día sin meditar y repetir el mantra budista mientras focalizaba en su anhelo. Por eso, cuando una mañana abrió su casilla de mail no se sorprendió al leer que familiares españoles visitarían la Argentina y querían conocerlo.

En cambio, el periodista Alejandro Agostinelli estuvo meses negándose a calificar de mística una vivencia que aun hoy mantiene una dimensión mágica para él. Se estaba por cumplir un año de la muerte de su madre cuando escuchó su voz y rompió en llanto. Aunque provenía de un casete de un contestador telefónico –que él ni siquiera sabía que existía y que puso de casualidad en su walkman–, y sin obviar que la considera “una modesta experiencia de un escéptico”, Agostinelli considera que en ese momento de su vida hubo cierta magia. “Con las experiencias místicas –dice– hay mucha imaginación puesta al servicio de la narrativa, precisamente porque como hacen tanto impacto en tu vida, a la hora de trasmitirlas en palabras te encontrás con limitaciones y, sin ser conciente, las adaptás a un lenguaje persuasivo, mágico.”

Por su parte, Barret concluye que hay una “respuesta simple del por qué las personas somos religiosas y es que nuestras mentes están diseñadas de tal manera que somos naturalmente receptivos a ideas religiosas, cuando estas operan en condiciones
ambientales comunes a la tradición y a la cultura religiosa, pero para ser específico deben realizarse muchas investigaciones más”. Y en eso está.

Con el auge de este tipo de estudios, Barret acaba de recibir 2,5 millones de euros de una fundación privada para plasmar un proyecto con el que pretende investigar, entre otras cuestiones, cómo las estructuras de la mente humana determinan la expresión religiosa. Acercarse un poco más al por qué lo que para unos suscita fe, para otros es tan solo un misterio a resolver.

La batalla por Plutón

Publicado en General el 1 de Septiembre, 2008, 10:06 por feyerabend

La batalla por Plutón

Peripecias de un planeta pequeño, helado, que esconde su rostro y que no albergó en su superficie expedición astronómica alguna. Sin embargo, Plutón ha despertado, más allá de las etiquetas y sus clasificaciones, el interés y la inquietud de hombres y mujeres enamorados de las estrellas, planetas, galaxias y constelaciones, amantes de la astronomía como Mariano Ribas, autor de este artículo que hoy corona más de once años de divulgación de esos mundos lejanos.

 Por Mariano Ribas

Quizá porque era el último. O porque era el más chico. O tal vez porque cerraba la clásica lista de planetas que todos aprendimos en la escuela. O por todo eso junto: de algún modo, nos encariñamos con Plutón. Aquel mundito de frontera siempre tuvo un “no sé qué”. Un particular encanto que, sin dudas, se acentuaba por su excéntrico y difuso perfil: una órbita extremadamente ovalada e inclinada, y una anatomía helada, que nada tiene que ver con la de la Tierra o Marte, ni tampoco con la de Júpiter, o Saturno.

Y además, claro, el misterio sobre su rostro: a Plutón nunca lo vimos de cerca, porque nunca fue visitado por una nave espacial. El noveno planeta era un simpático outsider de la astronomía. Pero planeta al fin. Y de pronto, el gran batacazo: hace justo dos años, Plutón dejó de ser un planeta. Lo había decidido la Unión Astronómica Internacional, nada menos. Inmediatamente, la novedad se convirtió en uno de los temas científicos más resonantes y mediáticos de las últimas décadas. Hasta hubo chistes y charlas de café sobre el “pobre” Plutón, que había perdido su status planetario. Pero, ¿qué había pasado? En realidad, muchas cosas.

Por empezar, el Sistema Solar ya no era el mismo: desde hacía varios años era evidente que Plutón no estaba solo, sino que formaba parte de una legión de pequeños objetos que se le parecían. Incluso, hasta apareció uno que era más grande. Y que llegó a probarse el traje de “décimo planeta”.

Ante ese nuevo escenario, la Unión Astronómica Internacional (IAU) se vio obligada a hacer algo que, curiosamente, no existía: definir con precisión la mismísima palabra “planeta”. Y así, como veremos, cayó Plutón. Lejos de aclarar los tantos y aquietar las aguas, la definición de planeta de la IAU –-no del todo feliz, por cierto– levantó adhesiones y polvaredas en todas partes del mundo.

Y no sólo dividió las aguas dentro de la comunidad astronómica, sino que también desató debates, editoriales en revistas especializadas, foros de internet, y hasta manifestaciones públicas. Definir qué es y qué no es un planeta -–en el Sistema Solar y en otros sitios– no es un tema menor para la astronomía.

Más aún cuando, quiérase o no, también se está definiendo la suerte de Plutón. Y ahí, lo científico se entrevera, inevitablemente, con cuestiones afectivas, históricas, y por qué no hasta de orgullo nacional. Hace apenas unos días, en Estados Unidos, se celebró el muy promocionado Great Planet Debate (Gran Debate Planetario). Un encuentro científico que demostró que, lejos de haber finalizado, la batalla por Plutón recién empieza.

NOVEDADES EN LA FRONTERA

Todo parecía muy sencillo. Pero el Sistema Solar no era tan simple. Hasta hace poco, los 9 planetas parecían ser moradores solitarios en sus grandes dominios de espacio casi vacío. Nueve cuerpos dominantes, sólo acompañados por sus lunas (si las tenían), y mucho más grandes que los incontables cometas y asteroides que también orbitan al Sol.

Parecía obvio. Casi intuitivamente, todos sabíamos qué era un planeta. Y quizá por eso nunca nadie se tomó el trabajo de definirlo con precisión. Ni siquiera la Unión Astronómica Internacional, la mayor agrupación de astrónomos del mundo (fundada en 1919, y que cuenta con miles de miembros).

Pero a partir de 1992, la maqueta del Sistema Solar comenzó a cambiar: uno a uno, los grandes telescopios fueron encontrando nuevos objetos más allá de Neptuno. Vecinos de Plutón. Un poco más acá, un poco más allá, o prácticamente compartiendo su órbita. Y hoy se conocen más de 1000, aunque se sospecha que serían muchos más.

Todos forman un gigantesco anillo de escombros helados: el “Cinturón de Kuiper” (por el astrónomo holandés que propuso su existencia a mediados del siglo XX). De a poco, quedó bien en claro que Plutón estaba literalmente “mezclado” con los demás “objetos del Cinturón de Kuiper” (KBOs, sus siglas en inglés). Era uno de ellos. Y no estaba solo.

Y tal como revelaron los mejores telescopios (incluido el Hubble, en órbita terrestre), hasta era muy parecido a sus vecinos: pequeños mundos de roca y hielo, que demoran siglos en completar sus enormes órbitas (casi siempre más ovaladas e inclinadas que las de los planetas). Ya a fines de los ’90, muchos astrónomos comenzaban a darle a Plutón una doble identidad: planeta y KBO. Su corona comenzaba a tambalear.

LOS HERMANOS DE PLUTON

Los primeros KBOs descubiertos medían pocos cientos de kilómetros de diámetro. En esto, Plutón (de 2300 kilómetros) todavía marcaba claras diferencias. Pero con el tiempo, la brecha se fue cerrando: hacia 2002, ya se conocían cosas que medían de 1000 a 1500 kilómetros.

Y que, dadas su dimensiones, ya más respetables, se ganaron verdaderos nombres (y ya no simples entradas de catálogo): Varuna, Ixion, Orcus y Quaoar. En 2004, apareció el famoso Sedna, de unos 1600 kilómetros (que muchos medios locales anunciaron como el “décimo planeta”, sin que ningún astrónomo jamás hubiese dicho semejante cosa).

A esta altura, el parentesco entre Plutón y los demás KBOs era evidente. Y muchos ya lo veían como el “rey del Cinturón de Kuiper”, que merced a su mayor tamaño tuvo en suerte ser descubierto en 1930 –mucho antes que todos los demás KBOs– por aquel gigante de la astronomía que fue Clyde Tombaugh.

La astronomía ya había pasado por un episodio similar a comienzos del siglo XIX, cuando fueron descubiertos los primeros asteroides: en 1801, Ceres (el mayor de todos, con 950 kilómetros de diámetro), fue recibido como el “quinto planeta” que llenaba la enorme fosa espacial existente entre Marte y Júpiter.

Inmediatamente después vinieron Palas, Vesta y Juno, que también recibieron el título planetario. Pero no sólo resultó que eran muy pequeños en relación con los planetas, sino que pronto se encontraron miles y miles más, casi siempre en esa misma zona del Sistema Solar: todos formaban el espectacular “Cinturón de Asteroides”.

Cascotes orbitando en manada al Sol. Todos emparentados. Pero nada de planetas. Con Plutón, la historia parecía repetirse: primero aparece el más grande, y luego, todos sus hermanos. Pero faltaba el gran hermano.

ERIS Y LA CRISIS

Siendo el mayor habitante del Cinturón de Kuiper, Plutón aún respiraba tranquilo. Pero a comienzos de 2005, un grupo de astrónomos norteamericanos –encabezados por el Dr. Michael Brown– descubrió un objeto casi tres veces más lejano, que tardaba más de 5 siglos en dar una vuelta al Sol.

Sin embargo, el dato más fuerte era su tamaño: luego de algunas vacilaciones, el Telescopio Espacial Hubble confirmó que Eris –tal como fue bautizado oficialmente en 2006– era un poco más grande que Plutón: 2400 kilómetros. Y entonces, todo estalló: la lógica indicaba que si Plutón aún era oficialmente sostenido como el planeta 9, Eris debía ser el 10. O los dos, o ninguno. No había otra. Y así lo anunció la propia NASA. Sin embargo, la Unión Astronómica Internacional se demoró en dar su veredicto. La existencia del Cinturón de Kuiper, el indudable parentesco entre Plutón y sus vecinos, y fundamentalmente la aparición de Eris, llevaron las cosas a un callejón sin salida.

Claro, el tema no era simple. En el fondo, no sólo se trataba de la crisis de identidad de Plutón, sino fundamentalmente de la crisis del concepto de planeta. Hasta entonces, la astronomía no había establecido un tamaño mínimo para la categoría planetaria.

Estaba claro que un cometa o un asteroide no podían serlo, porque miden, a lo sumo, decenas o cientos de kilómetros (comparados con los miles de kilómetros que miden los planetas más chicos). Pero los KBOs, incluidos Plutón y Eris, parecían llenar esa brecha intermedia. Y entonces: ¿dónde estaba el corte? En realidad, la IAU nunca había establecido formalmente qué era un planeta. Ahora, inevitablemente tenía que hacerlo.

LA DEFINICION DE LA IAU

Y eso ocurrió a fines de agosto de 2006, durante la 26ª Asamblea General de la IAU, celebrada en Praga. Inicialmente, un Comité de Definición de Planeta, formado por astrónomos, escritores e historiadores, propuso una primera definición tentativa: en pocas palabras, un planeta sería todo cuerpo celeste en órbita alrededor del Sol, con suficiente masa como para que su gravedad lo moldeara hacia una forma aproximadamente esférica.

Así, la gravedad decidía: redondo, planeta; deforme, no planeta. Sonaba razonable, casi aséptico. Pero bajo esas pautas, el Sistema Solar pasaba a tener 12 planetas: los 8 clásicos, más Plutón y Caronte (considerados como “planeta doble”, dado que ambos giran en torno de un centro de masa común), Eris e incluso Ceres (el mayor integrante del Cinturón de Asteroides).

Pero esa definición no llegó muy lejos. La mayoría de los astrónomos criticaron que nada se decía sobre el entorno de cada potencial planeta. O sea, si estaba o no mezclado con otras cosas (aparte de sus lunas, claro). Finalmente, y luego de largas y por momentos muy tensas discusiones, llegó una nueva definición, ampliada y corregida por consenso mayoritario. Además de girar en torno del Sol directamente (por eso las lunas quedan afuera), y de tener forma redondeada, un planeta debía haber “limpiado la vecindad de cuerpos en competencia”. Con sus virtudes y defectos, esta definición sólo dejaba adentro del exclusivo club planetario a Mercurio, Venus, la Tierra, Marte, Júpiter, Saturno, Urano y Neptuno.

Y sacaba del medio a Plutón (y también a Eris y los demás), que sólo cumplía con los “requisitos” de orbitar al Sol y tener forma redondeada. Para esa clase de casos, la IAU inventó el vago término de “planeta enano”.

De ahí en más, el Sistema Solar quedó oficialmente con 8 planetas, y 3 “planetas enanos”: Plutón, Eris y Ceres (y hace días se les sumó otro KBO llamado Makemake). Seguramente, esa lista seguirá creciendo, dado que en el Cinturón de Kuiper hay otros objetos más que parecen cumplir con ambos requisitos.

POLEMICA PLANETARIA

La astronomía ya tenía una definición de planeta. Al menos, para el Sistema Solar. ¿Caso cerrado? Para nada. Desde su publicación, la definición de la IAU ha despertado toda clase de simpatías, pero también rotundos rechazos. Y aquí hay mucha tela para cortar.

Pero ante todo hay algo muy positivo: esta definición “blanquea” y está en sintonía con la realidad del “nuevo” Sistema Solar. Una comparsa astronómica integrada principalmente por una estrella, 8 cuerpos principales que la acompañan, y dos grandes anillos de objetos menores (podríamos agregar la Nube de Oort, una suerte de inmensa cáscara esférica formada por miles de millones de cometas “dormidos”).

También es indudable que Plutón es parte del Cinturón de Kuiper, y que tiene un total y absoluto parentesco con los demás cuerpos helados con los que está –vale la pena repetirlo– “mezclado”. El propio descubridor de Eris, Michael Brown, apoyó en su momento la nueva definición, aun al precio de que su criatura tampoco se calzara el traje de planeta: “avalo la difícil y valiente decisión de la IAU, Plutón y Eris no encajan como planetas”.

Sin embargo, muchos científicos le han pegado muy duro al nuevo criterio: “la definición de la IAU es científicamente indefendible: ¿desde cuándo clasificamos a los astros según lo que tengan alrededor?”, dice Alan Stern, un prestigioso astrónomo planetario que, entre otras cosas, lidera la misión New Horizons (la nave de la NASA que llegará en 2015 a Plutón).

El debate, como veremos enseguida, continúa. Y continuará por varios años. Pero es necesario hacer notar ciertos y jugosos detalles: en general, los mayores detractores de la nueva definición de planeta (y por ende, “defensores” de Plutón) son astrónomos estadounidenses. Y eso ocurre ahora, y ocurrió durante los debates de agosto de 2006, cuando, se sabe, hasta hubo “lobby” para mantener el status clásico del ahora “planeta enano”.

No nos olvidemos de que el descubridor de Plutón, el maestro Clyde Tombaugh, era estadounidense (a diferencia de Urano y Neptuno, que fueron hallados por europeos). Que sea o no un planeta es casi una cuestión de orgullo nacional. Por otra parte, en este proceso hay una clara metida de pata: la IAU deja muy en claro que los “planetas enanos” no son planetas. Lo cual es bastante absurdo, incluso en astronomía, donde hay “estrellas enanas”, y “galaxias enanas” que no dejan de ser tal cosa. Semánticamente, lo de la IAU es torpe: ¿desde cuándo un adjetivo anula a su sustantivo?

“EL GRAN DEBATE”

El caso de Plutón ha provocado reacciones que exceden ampliamente el ámbito astronómico y científico. Desde agosto de 2006 se ha desatado una verdadera batalla, a favor y en contra del ex planeta 9, en escenarios de lo más variados: manifestaciones con carteles pro-Plutón en plazas y calles estadounidenses, campañas mundiales vía e-mail, ataques y defensas en foros especializados (y no tanto), editoriales de grandes revistas (como Sky & Telescope, que abiertamente rechazó la definición de la IAU, y se resistió a sacar a Plutón de sus efemérides planetarias), encuestas con miles de votantes en sitios de internet, como el famoso Spaceweather (www.spaceweather.com).

Ante semejante escenario, no es raro, entonces, que hace unos días el Laboratorio de Física Aplicada de la Universidad Johns Hopkins, en Laurel, Maryland, haya organizado un evento cuyo título lo dice todo: The Great Planet Debate. Allí, entre el 14 y el 16 de este mes, cerca de 150 científicos, docentes, divulgadores y periodistas se reunieron para discutir los alcances actuales de la palabra planeta, la definición de la IAU, y el caso Plutón. Sin dudas, la principal atracción fue el cruce de opiniones entre dos “pesos pesado” de la astronomía estadounidense: a favor de Plutón, Mark Sykes, del Instituto de Ciencia Planetaria. Y en contra, el muy carismático Neil deGrasse Tyson, director del Planetario Hayden de Nueva York.

CRUCE DE IDEAS

Primero las diferencias: Sykes dijo categóricamente que la definición de “planeta” de la IAU no sirve. Entre otras cosas, porque el criterio decisivo y excluyente de “limpiar la vecindad” de objetos en competencia es confuso. Por ejemplo, Sykes señala que el mismísimo Júpiter -–¿quién se le va a animar a discutir su calidad planetaria?, convengamos– comparte su órbita con miles de asteroides “troyanos” (y eso es cierto, pero esos objetos están sólo en ciertos puntos de la órbita joviana, y no mezclados con el planeta). Además, Sykes se inclina por el criterio de redondez como la clave para definir a un planeta. Y por lo tanto, dice que Plutón, Eris y Ceres indudablemente lo son. Finalmente, se inclina por dividir a los planetas en tres grupos: terrestres, gaseosos y de hielo. Contemplativo, por cierto.

Tyson, en cambio, está totalmente de acuerdo en dejar a Plutón como “planeta enano” (o como se lo quiera llamar). E incluso llega a considerarlo un gran “cometa” (en realidad, si Plutón se acercase al Sol, se comportaría como tal, es cierto, sólo que está demasiado lejos como para que sus hielos se conviertan en gases, formando colas). Lo de Tyson no sorprendió a nadie. De hecho, desde 2000, tomó la radical y adelantada decisión de sacar a Plutón del “Paseo de los Planetas” del planetario que él dirige.

Y ahora, las coincidencias: ambos aceptan que hace falta una mejor definición de planeta. Y que eso, en parte, se debe a que aún resta clasificar y entender la enorme y compleja variedad de objetos que acompañan no sólo al Sol sino a las otras estrellas. Sykes y Tyson celebran que este apasionante debate científico haya llegado masivamente a la gente. Y que la gente haya mostrado interés.

Y es muy cierto: Plutón lo hizo. Más allá de las etiquetas, las tradiciones, los tecnicismos, los apasionamientos y los orgullos, aquel pequeño mundito de frontera logró que la astronomía estuviera en boca de todos. Y que la ciencia sea vivida y comprendida como un proceso cambiante, saludable, inquieto, divertido. En estos últimos tiempos, de algún modo, todos participamos de la gran batalla por Plutón. Quizá porque creíamos que era el último. Y el más chico. Y por aquella lista que todos aprendimos en la escuela... y por su “no sé qué”.

  

En agosto de 2006, se desato una verdadera batalla, a favor y en contra del ex planeta 9.
Imagen: New Mexico State University (EE.UU.)
 
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