Octubre del 2008


Choque de Titanes

Publicado en General el 26 de Octubre, 2008, 4:42 por feyerabend

Choque de Titanes

 Por Mariano Ribas

Allí está Andrómeda. Luce calma e inofensiva: es aquel manchón, pálido y difuso, que en esta época, y desde nuestras latitudes, apenas se asoma sobre el horizonte del Norte hacia la medianoche. En las grandes ciudades, sólo podemos verla con la ayuda de unos binoculares. Pero en cielos verdaderamente oscuros y transparentes, es fácil observarla a ojo desnudo, como un suave resplandor ovalado, del tamaño de tres o cuatro lunas en fila.

Mirar a Andrómeda resulta por demás emocionante: es el objeto más lejano observable a simple vista. Está a una distancia de casi tres millones de años luz. Una fosa de espacio tan profunda que la luz, viajando a 300 mil Km/seg, demora casi tres millones de años en cruzar. Mucho espacio, y mucho tiempo.

Y eso también es profundamente emocionante: cuando miramos a Andrómeda, en realidad, la vemos como era hace casi tres millones de años. Esa suave luz galáctica que recién ahora pega en nuestras pupilas es muy vieja. Salió de allí cuando en la Tierra aún vivían Lucy y los demás Australopithecus afarensis, aquellas pequeñas criaturas bípedas que iniciaban el camino hacia nosotros.

Y sin embargo, noche a noche, año tras año, y siglo tras siglo, esa brutal brecha espacial que separa a Andrómeda de nuestra galaxia, la Vía Láctea, se va cerrando. Sin que lo notemos, mañana, ambas estarán un poco más cerca que hoy. Y alguna remotísima vez, dentro de miles de millones de años, estos dos pesos pesado de la fauna galáctica local se encontrarán en un fenomenal abrazo gravitatorio. Un episodio mayúsculo que desatará oleadas masivas de alumbramientos estelares, y finalmente, el nacimiento de toda una nueva galaxia.

REINAS DEL “GRUPO LOCAL”

Hasta hace apenas un siglo parecía que nuestra galaxia era todo el universo. Pero no: la Vía Láctea no está sola, sino que forma parte del llamado “Grupo Local”, una familia de unas 50 galaxias, desparramadas en un radio de unos pocos millones de años luz (y que es, apenas, una mota de polvo en un universo de unos 100 mil millones de galaxias, y mayormente vacío, pero esa es otra historia).

La inmensa mayoría del “Grupo Local” son modestas galaxias “enanas”, formadas por unos pocos miles de millones de estrellas. Otras son un poco más respetables, como las Nube Mayor y la Nube Menor de Magallanes, dos galaxias vecinas que se ven como manchones en nuestros cielos australes. Pero la verdad es que en esta cincuentena de galaxias, sólo hay tres verdaderamente notables.

La tercera en el podio es M33 (también conocida como “Galaxia del Triángulo”, por la constelación donde se la puede ubicar), una muy bonita galaxia espiral de 50 mil años luz de diámetro. La segunda es la nuestra, una galaxia espiral barrada, de 100 a 120 mil años luz de diámetro, y unos 400 mil millones de estrellas (lo de “barrada” se debe a que su núcleo está, justamente, atravesado por una barra de estrellas y gases).

Y sí, obviamente, la número 1 es Andrómeda, otra galaxia espiral, quizás un 40 o 50 por ciento más grande que la nuestra, pero con una masa estelar bastante parecida. Este fabuloso carrusel de estrellas –también conocido como M31– es uno de los íconos máximos de la astronomía. No hay libro o revista especializada que no tenga una foto de Andrómeda en sus páginas. Además, es uno de los objetos más notables del firmamento (boreal, especialmente, porque desde el Hemisferio Sur apenas podemos verla sobre el horizonte).

Indiscutiblemente, y más allá de los parámetros que se tengan en cuenta (parece, por ejemplo, que la nuestra tiene más “materia oscura”), Andrómeda y la Vía Láctea son los dos titanes del Grupo Local. Incluso, cada una de ellas tiene un séquito de varias “galaxitas” satélites, sujetas por sus tremendos tirones gravitatorios. Y bien, parece que las dos reinas locales tienen su suerte echada en el largo plazo. Y alguna vez, las dos serán una sola.

A TODA VELOCIDAD

Por empezar, pongamos las cosas a escala, para entenderlo mejor. Actualmente, la distancia entre la Vía Láctea y Andrómeda es de 2,9 millones de años luz. Tomando en cuenta esa brecha y los tamaños de ambas (prescindiendo de ciertas diferencias), podríamos representarlas como dos CD separados por tres metros. No parecen demasiado juntas. El punto es que se están acercando.

A partir de distintos estudios espectrales de la luz emitida por Andrómeda, queda bien en claro su velocidad radial con respecto a la Tierra -y a toda la Vía Láctea, en realidad- es de unos 140 Km/seg. Es decir, 500 mil Km/hora. En realidad, no es que la Vía Láctea esté quieta y que Andrómeda se nos venga encima, sino que esa es la suma de las velocidades de una con respecto a otra.

Los dos titanes del “Grupo Local” se están acercando entre sí, ni más ni menos. Están jugando al juego que mejor juegan y que más les gusta: el irresistible juego de la gravedad. A paso firme y sostenido, devorando millones y millones de kilómetros por día (nada a escala intergaláctica), la Vía Láctea y su hermana mayor se verán las caras bien de cerca dentro de 3 mil millones de años. Y entonces comenzará un lento y espectacular drama.

LA GRAN SIMULACION

Las colisiones entre galaxias no son fenómenos tan raros en el universo. De hecho, los más grandes telescopios han fotografiado cientos y cientos de casos, algunos verdaderamente impresionantes -tanto en detalle como en espectacularidad- como en el caso de las famosas galaxias “Antenas” (situadas a más de 60 millones de años luz). El estudio de esos choques galácticos ha echado algo de luz sobre la suerte que les espera a la Vía Láctea y Andrómeda.

Tanto o más importantes han sido las contribuciones de varios modelos teóricos y simulaciones por computadoras, realizadas durante los últimos años. Entre los casos más notables figuran los trabajos publicados en 2000 y 2001 por el astrónomo John Dubinsky (Universidad de Toronto), y más recientemente, en 2007, por un grupo de investigadores encabezados por Thomas Cox y Abraham Loeb (Centro de Astrofísica HarvardSmithsonian, en Massachusetts).

Y ni hablar de las espectaculares imágenes virtuales generadas por el doctor Frank Summers y sus colegas (Space Telescope Science Institute, en Baltimore, EE.UU.). Generando “Vías Lácteas y Andrómedas virtuales” en súper computadoras, y cargando pilas de datos (como sus masas, diámetros, densidades, orientaciones, distancia y velocidades), fue posible adelantarse en el tiempo, y recrear -aproximadamente, claro está– el encuentro entre las dos galaxias, su evolución, y sus consecuencias. Veamos qué pasará...

NACIMIENTO DE “VIA ANDROMEDA”

Nada especialmente significativo ocurrirá hasta dentro de unos 1500 millones de años. A partir de entonces, lentamente (y a medida que Andrómeda vaya apareciendo cada vez más grande y brillante en el cielo), las siluetas de ambas galaxias empezarán a deformarse progresivamente, producto de sus respectivos tironeos gravitatorios.

Y unos 1000 millones de años después tendrán su primer encuentro, a más 1 millón 500 mil Km/hora. Será un tremendo roce que las deformará completamente, abriendo sus cerrados cuerpos espiralados, hasta formar unas especies de letras “S” muy estiradas. Ambas galaxias, completamente desgarradas, seguirán de largo, alejándose durante unos cientos de millones de años más, para luego frenarse y, entonces sí, caer hacia su abrazo y fusión definitiva.

Lejos de chocar verdaderamente, tanto en su roce inicial como en su fusión final, Andrómeda y la Vía Láctea se atravesarán, e integrarán sus cuerpos cientos de miles de veces millonarios en estrellas. De hecho, y dados los enormes vacíos interestelares, es tremendamente improbable que alguna de sus estrellas choquen entre sí (para entenderlo un poco mejor, basta con imaginarse a dos granos de arena separados en el volumen de un estadio de fútbol).

En medio de retorcijones y corrientes alocadas de estrellas, lanzadas en una y otra dirección, ambas galaxias se irán asentando en un cuerpo único de forma aproximadamente ovalada. Habrán pasado unos cuatro mil millones de años desde nuestros días.

El largo y traumático parto del nuevo monstruo galáctico, que nosotros preferimos llamar “Vía Andrómeda” (aunque en otros sitios la llamen “Milkomeda”), traerá aparejado otro fenómeno nada menor: remolinos y colisiones directas entre las nebulosas que flotan entre las estrellas. Enormes masas de gas y polvo que miden cientos o miles de años luz, y que se verán inevitablemente forzadas a chocar y colapsar, desatando masivas oleadas de nacimientos de estrellas. Nuevos soles que se encenderán por primera vez en la flamante –y aún muy inestable– súper galaxia.

¿Y EL SISTEMA SOLAR?

En los cielos de la Tierra, el espectáculo estará garantizado desde el comienzo. La espiralada silueta de Andrómeda ocupando casi todo el cielo, es algo que eriza la piel de sólo pensarlo. Pero... ¿habrá alguien para verla? Más aún: ¿cuál será la suerte de todo el Sistema Solar en medio de semejante desbarajuste galáctico? Nada podemos saber acerca de la suerte de la humanidad. Tal vez, por aquel lejanísimo entonces, hayamos poblado buena parte de la galaxia, quién sabe con qué forma, y viajando a velocidades sublumínicas. O tal vez hayamos desaparecido muchísimo tiempo antes.

Lo cierto es que dentro de tres o cuatro mil millones de años, el Sol seguirá vivo. Sí, será una estrella bastante vieja, pero aún le quedará resto para brillar otros dos mil millones de años. Más allá de ciertas diferencias en cuanto a los tiempos y al desarrollo general de la colisión, los modelos de Dubinsky y de Cox/Loeb coinciden en algo: el Sol (arrastrando a todo el Sistema Solar) seguramente saldrá disparado hacia los bordes de la nueva galaxia, quizá quedando a unos 100 mil años luz de su centro (en comparación, actualmente, estamos a 27 mil años luz del núcleo de la Vía Láctea).

Pero, pase lo que pase, el viejo Sol sabrá defender y retener a su corte de mundos. En medio de la debacle galáctica, la gravedad solar se impondrá a los muy atenuados tirones de otras estrellas, mucho más lejanas, y a la deriva. Y así será hasta el final de sus días. Y cuando el viejo Sol finalmente muera, Vía Andrómeda ya habrá calmado hace rato sus penosas furias de parto. La colosal galaxia elíptica, con casi un millón de millones de estrellas, estará en paz. Y dominará orgullosa este rincón perdido del universo.

Pensando en la naturaleza

Publicado en General el 12 de Octubre, 2008, 11:47 por feyerabend

Pensando en la naturaleza

Reflexiones sobre el eterno tema de “naturaleza y cultura” son los hilos conductores en este adelanto que Futuro presenta del libro Ecología de la cultura (Katz Editores), del filósofo español Antonio Lastra. También podría decirse que el libro empieza con un estudio sobre el desmoronamiento del mundo en el célebre poema de Lucrecio y termina con una referencia poética a la naturaleza dominada por la mano del hombre, es decir, por la cultura.

 Por Antonio Lastra

La sociología de la filosofía, si fuera practicable, sería una ciencia irónica: por una parte, tendría que dar por sentado que lo que todos los filósofos comparten entre sí es más importante que lo que los separa o somete a cualquier otra circunstancia (política o religiosa sobre todo); por otra, tendría que especificar qué es lo que los filósofos comparten entre sí –el anhelo de conocer las cosas más importantes y lo más importante de todas las cosas– y constituye la filosofía propiamente dicha sub specie aeternitate, algo sobre lo que, al menos en algunas ocasiones, es o ha sido más prudente guardar silencio.

Con esta perspectiva, la historia de la filosofía no registraría avance alguno: la filosofía habría pronunciado siempre los mismos discursos, y sólo la incapacidad de los lectores que no fueran a la vez filósofos habría sido la fuente de las controversias. El lector que fuera a la vez filósofo –un lector inteligente y digno de confianza– habría entendido y captado siempre y en todo momento la escritura o la voz filosóficas, en la medida en que esa escritura y esa voz no habrían sido distintas de la expresión de una vida examinada, de su propia vida examinada.

El lector que fuera a la vez filósofo reconocería y comprendería a otro filósofo cuando leyera lo que ha escrito u oyera lo que dice; lo compartiría, incluso, sin reservas, pues nada de lo que llegara a encontrar en la escritura o en la voz del filósofo podría serle ajeno. El lector que fuera a la vez filósofo no entendería a otro filósofo mejor de lo que se entiende a sí mismo ni mejor de lo que el mismo filósofo se entiende a sí mismo. Leer esa escritura y oír esa voz sería, entonces, la única razón de ser de la historiografía filosófica, cuya tarea consistiría fundamentalmente en preservar o restaurar esa escritura y esa voz, cuya pérdida u omisión –por motivos políticos o religiosos sobre todo– es una amenaza recurrente.

SIMETRIAS Y ASIMETRIAS EPISTEMOLOGICAS

Las vidas examinadas de los filósofos aportarían, de este modo, los elementos necesarios para una verdadera autobiografía, para el conocimiento de nosotros mismos indispensable para conocer a los demás, filósofos o no filósofos. No haría falta exigir del filósofo que su filosofía fuera –como pedía Henry David Thoreau al escritor– un relato sencillo y sincero de su propia vida, y no sólo lo que ha oído de las vidas de otros. Es probable que, durante su época de estudiante en Harvard, George Santayana subrayara esta frase en su prontuario de máximas del autor de Walden, en cuya primera página aparecía.

El relato sencillo y sincero de la propia vida sería el primer elemento de la filosofía, tanto de la filosofía clásica como de la filosofía moderna. Ese relato sería, en efecto, una condición necesaria, pero no suficiente para Santayana o Thoreau, que añadirían la exigencia del relato, igualmente sencillo y sincero, del mundo, de la materia o de la naturaleza. El conocimiento de nosotros mismos y de los demás sería sólo el primer paso hacia el conocimiento del todo, de todas las cosas y especialmente de las cosas más importantes. Puesto que el cielo no ha cambiado –parafraseando una célebre frase de Santayana-, la filosofía ha de seguir siendo la misma, y probablemente haya de serlo también el filósofo.

Así expuesta, la filosofía podría no ser una disciplina y carecer de maestros y de discípulos: hasta cierto punto no se enseñaría ni se aprendería. Un filósofo no es superior a otro filósofo. Ningún filósofo sabe más que otro filósofo. Entre filósofos reina la igualdad; entre los filósofos y los que no lo son prevalece, por el contrario, la desigualdad. La insinuación de que no haya, por tanto, progreso alguno en la filosofía (de que sea una constante del pensamiento, sin principio ni fin, más que un continuum, y de que cierta intuición inmediata pueda suplir el esfuerzo intelectual una vez que el joven filósofo haya alcanzado naturalmente la madurez) lleva, sin embargo, a la sospecha de que carezca de contenido o de que su objeto sea el vacío, la nada, la mortalidad del alma, el desmoronamiento del mundo; de que sólo sea una actitud –una ética en el mejor de los casos– y de que lo único que podrían compartir los filósofos es la angustia, la resignación o el reconocimiento mutuo, tácitamente expresado (en el sentido emersoniano de ser víctimas de la expresión), de la ignorancia.

DE LO QUE NO SE SABE ES MEJOR CALLAR

La educación (doctrina), según Lucrecio, no altera la naturaleza humana (III, 307-322). El desconocimiento de nosotros mismos, a pesar de una vida dedicada al examen de nuestra vida, y el desconocimiento del mundo, a pesar de una vida dedicada al estudio de la materia o de la naturaleza, podrían ser el secreto mejor guardado de la filosofía. En su relación con los lectores u oyentes que no fueran a la vez filósofos, el filósofo podría guardar silencio respecto de lo que sabe que no sabe y de cuya existencia tiene dudas, o ser políticamente obediente y religiosamente piadoso; mucho más obediente y piadoso, de hecho, que los lectores y oyentes de sus escritos que no fueran a la vez filósofos y para quienes el descubrimiento de la verdad –el desconocimiento de nosotros mismos y el desconocimiento del mundo que suponen el desconocimiento de las causas últimas, o de la causa primera, de todas las cosas, especialmente de las cosas más importantes– resultaría terrible.

El filósofo no sería obediente y piadoso por miedo o esperanza, sino porque habría dejado atrás el miedo y la esperanza. En cierto sentido, la única enseñanza filosófica consistiría en aprender a vivir sin saber; en el mejor de los casos, en aprender a vivir con un conocimiento provisional de nosotros mismos y del mundo. En última instancia, los postulados de la ciencia y la política modernas –de la ciencia política moderna– coincidirían con los postulados de la antigua religión: bajo una superficie transitable y habitable, incluso hospitalaria, pero fatalmente delgada y frágil, hay una profundidad inescrutable.

La diferencia residiría sólo en el hecho bruto de que la antigua religión se basaba en la revelación de lo que el hombre necesita saber y en la promesa de su salvación en el futuro, una salvación que podríamos entender como el rescate de su ignorancia respecto de las únicas cosas que importan. La ciencia y la política modernas, por el contrario, no reconocen un límite a nuestra ignorancia: la provisionalidad del conocimiento científico y de los regímenes políticos –su validez y su facticidad– es infinita. Dentro de miles de años, los hombres sabrán de sí mismos y del mundo lo mismo que podemos saber nosotros o que hayan podido saber antes otros hombres; su conocimiento y el nuestro no serán menos precarios. En ocasiones, en demasiadas ocasiones desde un punto de vista humano, esa superficie civilizada se resquebraja –por motivos políticos o religiosos sobre todo– y la humanidad entera o partes de la humanidad se hunden en el abismo.

USQUE ADEO IN REBUS SOLIDI NIHIL ESSE VIDETUR

No hace falta decir que, en este caso, la comparación con el deshielo de Walden –con lo que ocurre en la naturaleza, que sigue siendo la misma desde que Lucrecio la descubriera en su poema– es apropiada, aunque no ofrezca consuelo alguno: la llegada de la primavera que provoca el resquebrajamiento del hielo invernal podría equipararse al surgimiento de una nueva civilización tras la catástrofe. La naturaleza crea y destruye interminablemente, indiscriminadamente. Esa nueva civilización no sería moralmente mejor que la anterior, como tampoco habría aumentado el conocimiento humano con ella, del mismo modo que una primavera no es superior a otra y nada puede impedir que, durante las noches del invierno siguiente, se forme una extensa capa de hielo, dura en apariencia, pero intrínsecamente débil, que cubra de nuevo el mundo. No tenemos, dirá Lucrecio en su poema, experiencia de la solidez (usque adeo in rebus solidi nihil esse videtur, I, 495).

Santayana pudo reconocer en esa sucesión de escepticismo y fe animal la conducta o la vida de la razón, que se expresa siempre con ironía y delicadeza. Esta exposición es esencialmente conservadora; a grandes rasgos describe la posición de Santayana y explica no sólo su filosofía política y religiosa, sino toda su filosofía, cuyo lenguaje puede ser prestado. Además, nos ayuda a entender, o al menos nos proporciona las primeras pautas para intentarlo, la duradera devoción de Santayana por Lucrecio y su poema sobre la naturaleza de las cosas, una devoción que podría resultar extraña si nos atuviéramos a una lectura estrictamente literal del poema –en lugar de la lectura comparada de Santayana–, como la que llevaría a cabo, medio siglo después, otro filósofo conservador, Leo Strauss.

Santayana y Strauss son los únicos filósofos del siglo XX que leyeron con atención a Lucrecio. Esta dedicación de dos filósofos eminentemente conservadores a Lucrecio es, en efecto, extraña, en el sentido de que es difícil de entender que ninguno de los dos pudiera asumir por completo la lectura, porque el epicureísmo –la filosofía que Lucrecio trata de revelar en su poema– ha sido tradicionalmente considerado heterodoxo o discorde en el seno de la propia filosofía y en sus relaciones con la política y la religión; bastaría con recordar, en el seno de la propia filosofía, lo que Kant escribió sobre Epicuro, cuyo espíritu filosófico sería en su opinión “el más auténtico entre los sabios de la antigüedad” , y el más afín a la ciencia natural moderna, o la sutil distinción de Marx respecto a que no se puede enseñar la filosofía de Epicuro más de lo que se puede aprender de ella.

De acuerdo con Kant y Marx, no todos los filósofos habrían sido tan “auténticos” o genuinos como Epicuro, lo que sugiere que hay falsos filósofos (empiristas y platónicos, igualmente dogmáticos en el contexto kantiano), en parte porque entender a Epicuro exige un esfuerzo intelectual que podría no dar sus frutos: Epicuro sabe más que sus discípulos y es superior a sus lectores. En alguna ocasión, Lucrecio llama a Epicuro “divino” y admite que su “poema” –la poesía en general– es inferior a la “filosofía” de su maestro: la poesía cumpliría una función ancilar respecto de la filosofía; de algún modo, el poema refleja ciegamente la naturaleza de las cosas.

La recepción del epicureísmo es, de hecho, paralela a la formación del materialismo y el ateísmo, que han sido las señas de identidad de la filosofía no conservadora, liberal, progresista o moderna: Deus sive natura es la formulación exacta de lo que Santayana llamaría ambiguamente –a propósito de Spinoza– la “religión última”. La religión última es, en realidad, la última religión, una religión superior o ulterior a cualquier otra, aunque no por la altura de sus miras, sino por la reducción de sus expectativas a los límites de la mera razón.

DARWIN Y EL DARWINISMO HOY, 150 AñOS DESPUES

Publicado en General el 3 de Octubre, 2008, 19:36 por feyerabend

DARWIN Y EL DARWINISMO HOY, 150 AñOS DESPUES

Sobre la Teoría de la Evolución

Recientes ataques a la Teoría de la Evolución por parte de quienes insisten (¡ya en el siglo XXI!) en la interpretación literal de la Biblia, movieron a Futuro a adelantarse al año Darwin (en 2009 se cumplen 200 años de su nacimiento) y publicar estas reflexiones sobre la actualidad y la potencia del darwinismo.

 Por Hector Palma*

Seguramente Charles R. Darwin (1809-1882) ha sido el científico sobre quien más se ha escrito y sus biografías se interpelan entre sí: apologéticas (como la clásica de J. Huxley y H. Kettlewell); sociologistas que minimizan su papel y lo ubican como un mero traductor biológico del laissez faire inglés (posición compartida tanto por el biólogo E. Radl como por el historiador J. Bernal); psicológicas (como los de H. Gruber o J. Greenace). Sin embargo, la historia de la ciencia es más interesante y rica que las biografías y revisar y actualizar el darwinismo implica, necesariamente, abordar otras múltiples dimensiones.

En primer lugar, desde 1859 hasta la actualidad, marcó el desarrollo de las ciencias biológicas. Los aportes de la genética (mendeliana, de poblaciones y finalmente la molecular), el neodarwinismo de Weismann, que elimina la herencia de los caracteres adquiridos, y la teoría sintética a partir de los años ’30 del siglo XX, que modificaron pero, sobre todo, reforzaron la propuesta inicial darwiniana basada en el origen común de lo viviente y en la selección natural. Quizá la expresión que mejor sintetiza la situación actual sea el feliz título del artículo de Th. Dobzhansky: “Nada en biología tiene sentido si no es a la luz de la evolución”.

CONCEPTOS Y METAFORAS

Pero el darwinismo ha tenido, además, una profunda repercusión en otras áreas de la ciencia evidenciando, dicho sea de paso, la íntima interrelación de los saberes científicos entre sí y el modo en que algunos desarrollos en áreas específicas –en este caso la biología evolucionista, pero algo similar ocurrió con la mecánica newtoniana– aportan conceptos explicativos, y metáforas por qué no, que se expanden hacia otras áreas.

En efecto, la teoría darwiniana de la evolución –en ocasiones deformada ideológicamente– colonizó y al mismo tiempo proveyó de herramientas conceptuales y explicativas a la sociología, la antropología, la economía, la ética, la sociobiología humana, la epistemología, la psicología y la medicina. En la primera mitad del siglo XX, con evidentes marcas de un evolucionismo más spenceriano y la influencia haeckeliana, el darwinismo estuvo presente en la antropología criminal (sobre todo, aunque no exclusivamente, en la teoría del criminal nato de la escuela positivista italiana de Lombroso) y formó parte sustancial del movimiento eugenésico que promovía la reproducción de los superiores y desalentaba o impedía la reproducción de los inferiores (catalogados según razas, pero sobre todo según diferencias de clase social, grupos o directamente nacionalidades, como gitanos, rusos judíos, hindúes y otros; o bien grupos como delincuentes, prostitutas, alcohólicos, deficientes mentales, enfermos en general –epilépticos, locos, sifilíticos, tuberculosos, etc.–, agitadores políticos, ácratas –es decir anarquistas–, maximalistas o bolcheviques y enfermos como los sifilíticos y tuberculosos). Así, el darwinismo, en intersección con un evolucionismo general e ideológico, contribuyó a establecer conexiones directas o indirectas (reales, imaginarias, ideológicas o potenciales) entre diversidad biológica y desigualdad política.

UNA REVOLUCION CULTURAL

Pero, además, el darwinismo provocó la revolución antropológica, cultural e ideológica más profunda y amplia derivada de una teoría científica en toda la historia. No sólo redefinía la noción de especie en una perspectiva poblacional desechando la perspectiva esencialista o tipológica, sino que ubicaba a la especie humana derivando de ancestros no humanos y como el resultado contingente del desarrollo evolutivo. Esto eliminaba no sólo la creencia en la creación especial (según la cual dios habría creado a cada especie por separado), sino sobre todo la idea de un hombre como ser hecho a imagen y semejanza del creador, como culminación de la creación y con un lugar privilegiado en el universo. Por ello la teoría darwiniana de la evolución es incompatible con la ortodoxia religiosa cristiana y eso explica la inclaudicable oposición de ésta. Cualquier intento de conciliación entre ambas –que de hecho los hay– conlleva violentar o bien la evolución o bien la religión. Esta disputa nunca cesó y, actualmente, se manifiesta en los constantemente renovados embates de los grupos religiosos más fundamentalistas sobre todo de EE.UU. y en menor medida en Europa, apoyados por algunos pocos científicos, aunque nunca en publicaciones especializadas, por reinstalar la discusión entre evolución y la llamada “teoría del diseño inteligente”. El debate adquiere, en realidad, estatus político e ideológico, dado que se encuentra, académica, intelectual y epistemológicamente saldado y lo que hoy se denomina “diseño inteligente” no es ni más ni menos que el famoso argumento de la teología natural de W. Palley de 1802, según el cual compuestos complejos –como un reloj o un ser viviente– no podían ser el resultado del azar de las fuerzas naturales sino un acto de creación sobre un diseño previsto. En la Argentina, por su parte, resulta llamativa, salvo excepciones, la ausencia de la cuestión de la evolución en los institutos de formación docente y por consiguiente en los establecimientos de enseñanza media (tanto confesionales como en muchos de los públicos) a despecho de que aparezca como parte del currículo en los documentos oficiales.

NOS VISITO

Vale la pena recordar también que Darwin, un ignoto joven en ese momento, pasó casi un año en el actual territorio argentino, como parte de su viaje, entre 1831 y 1836, alrededor del mundo. En su Diario de Viaje, además de las consabidas descripciones geológicas y biológicas cuenta que aprendió a tomar mate con los gauchos, conoció a Rosas, quien lo ayudó otorgándole un salvoconducto para circular en esos tiempos difíciles y fue partícipe involuntario de una de las rebeliones de los rosistas. Describe la figura del gaucho, el temor por los indios de la pampa, el carácter de la población del Río de la Plata y dos viajes a Malvinas, en tiempos de la toma definitiva de las islas por parte de la corona inglesa. Participó de la dramática devolución de tres indios fueguinos que habían sido llevados a Inglaterra en un viaje anterior. Y, en Mendoza, fue atacado por las vinchucas. En la Argentina, como en todo el mundo, la recepción del darwinismo no estuvo exenta de controversias, errores e interpretaciones sesgadas ideológicamente. Se refirieron a Darwin, por citar sólo a algunos, escritores como G. E. Hudson, científicos como G. Holmberg, G. Burmeister, F. Ameghino, C. O. Bunge o J. M. Ramos Mejía y políticos como Sarmiento o Lucio V. Mansilla.

Aunque es mucho lo que ya se ha dicho en 150 años, repensar el darwinismo sigue siendo asunto de interés para biólogos, historiadores, sociólogos, antropólogos, filósofos, educadores y políticos, pero también para todos los ciudadanos que intenten comprender, participar o promover un debate sobre su sentido en la cultura contemporánea.

* Filósofo y epistemólogo (Universidad Nacional de San Martín).