Marzo del 2009


La madre de todas las células

Publicado en General el 24 de Marzo, 2009, 13:19 por feyerabend

La madre de todas las células

La publicitada medida del presidente de los EE.UU., Barack Obama, que libera fondos federales para la investigación con células madre, vuelve a animar el debate sobre la ciencia como racionalidad suprema, libre de valores. ¿Qué son y para qué sirven las células madre?

 Por Matias Alinovi

El episodio lo refiere Plutarco, en los Nueve libros de la historia. Cuando Teseo, el héroe griego, volvió victorioso de Creta después de haber matado al minotauro y liberado a los atenienses del tributo de jóvenes que todos los años debían enviar a la isla, los ciudadanos de Atenas pensaron, previsiblemente, en levantarle un monumento. Alguien propuso que el monumento fuera el barco mismo en el que Teseo había atravesado dos veces el Egeo, la memoria del viaje. Así que en la cima de alguna de las colinas de Atenas procedieron los ciudadanos agradecidos a instalar el barco, a la intemperie de las noches áticas.

Con el tiempo, murieron y nacieron atenienses, pero fue insoslayable tarea munícipe de todas las generaciones restaurar el barco de Teseo. Durante siglos, la madera que inexorablemente se pudría fue reemplazada por madera nueva. Y después se reemplazó la madera de reemplazo. Hasta que un día entre los días se paró frente al barco un ateniense entre los atenienses, y con alguna fatuidad declaró: “Este no es el barco de Teseo”. Otros, que no esperaban más que la aparición del primero, dijeron: “Desde luego que es el barco de Teseo”, y ya no hubo modo de acallar la discusión, ni tampoco motivo. La conclusión de Plutarco es la síntesis magnífica que a veces puede ser la historia: “De allí surgieron dos escuelas filosóficas, divididas por la respuesta distinta que daban al argumento aumentativo”.

Plutarco no explicitaba el argumento aumentativo, consciente quizá de que tampoco hacía falta porque de algún modo ya estaba cabalmente formulado en el relato. Unos atenienses creían en la identidad material; los otros no. Unos creían en la identidad atómica del barco, digamos así; los otros en una intencional: mientras las generaciones preservaran la forma del barco, preservarían la intención de Teseo al construirlo, y de algún modo el barco conservaría su identidad. Lo que oponía a aquellas dos escuelas, en definitiva, era qué propiedades son esenciales, y cuáles no, a la hora de definir la identidad.

Esas discusiones procedían de una práctica concreta. Lo que inadvertidamente hacían aquellas generaciones de atenienses era “carpintería regenerativa”. Regeneraban el barco por trasplante de la madera. Pero cuáles no habrían sido los matices en la división de las escuelas filosóficas, que sin suda habrían proliferado, si los atenienses hubieran imaginado otros mecanismos de restauración. Por ejemplo, que el barco regenerara solo su madera; que de alguna manera pudiera estimularse el crecimiento de la madera del barco para que se acomodara a la forma original. Y cuáles no habrían sido las posibilidades de la ingeniería naval ateniense en ese caso.

REGENERATE Y ANDA

La posibilidad de regenerar tejidos a partir de las células del propio organismo condujo, en los últimos veinte años, al desarrollo de una nueva especialidad de la medicina, la medicina regenerativa. Una especialidad que plantea todos los problemas éticos y filosóficos que ya planteaban los trasplantes de órganos sólidos, y aún más. ¿Qué se propone la medicina regenerativa? Aprovechar, dirigir, manipular, estimular las extraordinarias capacidades potenciales que el cuerpo tendría para regenerar tejidos dañados. Con ese propósito, instrumenta dos materiales propios del cuerpo humano. Por un lado, los factores de crecimiento, es decir, las sustancias que en el organismo estimulan la multiplicación de determinadas células.

Esas sustancias serían capaces, en principio, de convocar a las células a la reparación, como el deber a los atenienses. Por el otro, las llamadas células madre –o troncales, o progenitoras celulares, o estaminales–, es decir, las células inespecíficas del organismo, no especializadas –en el sentido en que las neuronas están especializadas en el funcionamiento del cerebro, o los miocitos en el funcionamiento del corazón– y cuya función sería la de permanecer expectantes a una convocatoria a la reparación, una suerte de atentos reservistas de los ejércitos celulares del organismo. El ejemplo típico es el del corazón y el infarto.

Se cree que después de un infarto, el organismo desencadena unos mecanismos que estimulan la producción de factores de crecimiento, que, a su vez, convocan a las células madre de otros tejidos a diferenciarse –a definirse– y a encontrar su destino como células del corazón. Basta con enunciar el propósito de la medicina regenerativa para entusiasmarse con sus extraordinarias posibilidades: manejar la convocatoria a la autorreparación del cuerpo sin intervenir directamente evitaría todos los problemas inmunológicos propios del trasplante directo, y aun los de cualquier cirugía y los de la administración de medicamentos. Pero nada es tan simple como parece.

LA FUERZA DEL DESTINO

Lo que distingue a las células madre es entonces su potencialidad. Una potencialidad que reconoce grados, y que permite clasificarlas. En el ápice de la potencialidad, está el cigoto, célula madre por excelencia y madre de todas las células, es decir, la célula que resulta de la unión de las dos células sexuales humanas, el óvulo y el espermatozoide. Esa célula es perfectamente potencial en el sentido en que puede convertirse en cualquiera de las células de un embrión, y aun en las que no forman directamente parte del embrión, como las de la placenta. El cigoto da lugar a un organismo completo. Se dice, por eso, que es totipotente (es decir, que tiene la capacidad de devenir cualquier otra célula).

El cigoto comienza a dividirse, primero en nuevas células totipotentes, y luego en células que, progresivamente, van perdiendo la totipotencia, como si desarrollarse fuera perder capacidades potenciales. Al cabo de una semana de divisiones, las células que forman el embrión están distribuidas sobre una circunferencia irregular: en un lugar preciso, interior a la circunferencia, algunas células parecen amontonarse. Ese amontonamiento se llama macizo celular interno, y las células que lo conforman ya no son totipotentes, sino pluripotentes. Son las células que darán lugar al embrión propiamente dicho; mientras que las que se distribuyen sobre la circunferencia conducirán a la formación de la placenta. Ocurrió la primera diferenciación.

Las células pluripotentes son, entonces, capaces de diferenciarse en cualquier célula del organismo, pero no en las de la placenta. A medida que el desarrollo embrionario avanza, se van formando nuevas poblaciones de células madre, pero con una potencialidad de generar tejidos cada vez más restringida. Aparecen las células multipotentes, que sólo pueden generar células de su propia capa o linaje embrionario de origen, y las unipotentes, que sólo pueden dar lugar a un tipo de célula particular.

Pero la potencialidad no se agota en el embrión. Los organismos adultos también poseen un determinado tipo de células madre, aunque con capacidades limitadas respecto de las del embrión. La diferencia es el grado de la especialización: mientras que las células madre del macizo celular interno son capaces de originar todos los tejidos, las del adulto están especializadas, y en general sólo son capaces de dar lugar a células de un determinado tejido.

EL ORIGEN DE LA CONTROVERSIA

Tenemos entonces una gran división entre las células madre embrionarias –-las del macizo celular interno, pluripotenciales– y las adultas –las que se encuentran en los tejidos del organismo adulto, listas a intervenir, pero ya especializadas–. Con relativo éxito, las adultas se utilizan desde hace algunos años en el tratamiento de distintas enfermedades. La mejor fuente de células madre dentro del organismo adulto ha sido, hasta ahora, la médula ósea. Si uno aspira células madre de la médula de cualquier hueso mediante una punción, y las inyecta en el organismo, puede estimular la reparación de un tejido dañado. Las células madre hematopoyéticas de médula ósea, que son las encargadas de la formación de las células de la sangre, son bien conocidas y empleadas desde hace tiempo en el tratamiento de las enfermedades hematológicas.

Una cuestión bien distinta es la del uso de las células madre embrionarias. En este caso no se trataría de utilizarlas en tratamientos terapéuticos –no todavía, digamos– sino que servirían como modelo de estudio del desarrollo embrionario. Las investigaciones con células madre embrionarias podrían conducir, en principio, a entender cuáles son los mecanismos que permiten a una célula pluripotente diferenciarse para formar cualquier célula del organismo. Pero lo cierto es que el uso de las células embrionarias presenta inconvenientes de diverso tipo, el primero de los cuales es el de su obtención.

Las células madre embrionarias se obtienen a partir de embriones que son producto de la fertilización in vitro. Son embriones que no han sido implantados en un útero y que permanecen congelados en el laboratorio. Si se permite al embrión desarrollarse durante un cierto tiempo en una placa de cultivo, al cabo de ese tiempo se tiene un embrión con células madre que pueden utilizarse con fines experimentales –o quizás, en un futuro cercano, terapéuticos–. Pero el problema es que con las técnicas actuales, el procedimiento supone el sacrificio del embrión, y con él, la interrupción de su desarrollo. El origen de la controversia sobre las células madre es el del status del embrión.

CONDICION NECESARIA PERO NO SUFICIENTE

Al principio, todos fuimos un embrión. Eliminándolo, no habríamos sido. Pero eso, ¿qué quiere decir? ¿Cuándo empieza lo que empieza? ¿Qué actos influyen definitivamente sobre la potencialidad del ser? La idea de que un hecho debe ocurrir no es observable, dicen los científicos. La ciencia observa hechos, pero no la necesidad de que ocurran. Restringiéndose a esos hechos, lo que la ciencia ve en la división del cigoto es un fenómeno biológico, unos mecanismos celulares. Es claro que uno podría argumentar que son mecanismos sobre los que los científicos tienen alguna experiencia, algún conocimiento. Digamos que son conscientes de que en el final de ese proceso suele ocurrir la aparición de una conciencia.

Para decirlo en otros términos, el embrión es una condición necesaria, aunque no suficiente, para la existencia de una conciencia. Los partidarios de la investigación con embriones creen que lo que se interrumpe al interrumpir el desarrollo del embrión es un fenómeno biológico, y no una vida humana. El Vaticano –para caracterizar de algún modo a la oposición– entiende que en el embrión existe un ser humano aunque no haya nacido todavía, y que interrumpir su desarrollo es, de algún modo, matarlo.

Uno podría pensar, sin embargo –sin identificar el sacrificio del embrión con la muerte de un humano–, en la interrupción de una conciencia futura. Es difícil sustraerse a la idea de futuro ante la división de las células del embrión. Una idea de futuro que procede de una cierta experiencia de los fenómenos biológicos: cada vez que ocurre esa división –claro que en condiciones particulares, y no en el laboratorio– suele ocurrir al cabo de cierto tiempo la aparición de una conciencia.

Pero quizás el de conciencia futura sea un concepto mal definido, y de ahí procedan algunas falacias. Quizá la conciencia sólo pueda definirse en el presente. En la posición del Vaticano existe, en todo caso, un compromiso con una metafísica aristotélica que considera que una posibilidad es algo que existe y que no existe al mismo tiempo. Esa no es la única manera de pensar la posibilidad, y eso es lo interesante del debate. El debate metafísico debería tomar a la idea de posibilidad como objeto de reflexión.

Quizá la forma de acabar con la controversia sea, simplemente, de facto, es decir, obteniendo células madre de fuentes no embrionarias. Algunos científicos norteamericanos lograron hace poco obtener células madre de un ratón sin sacrificar los embriones. Otros investigadores consiguieron activar mediante estímulos eléctricos, la división de óvulos no fecundados. Y un biólogo japonés, Shinya Yamanaka, descubrió en 2007 que las células adultas podían reprogramarse hacia un estado embrionario con relativa facilidad. Todos esos descubrimientos recientes podrían convertirse, en breve, en técnicas alternativas para la obtención de células madre embrionarias.

UNA CONCLUSION

El ejemplo del barco de Teseo funcionaría no sólo como metáfora de la regeneración, sino también como ejemplo de que la controversia metafísica surge de una práctica concreta. Las discusiones sobre las células madre, reavivadas a partir de la medida de Obama, parecen dejar a quienes se oponen al uso de los embriones parados, definitivamente, del lado de la irracionalidad. Esa sensación procedería de la idea de que la racionalidad científica es la forma más alta de la racionalidad humana, y, en ese sentido, más libre de valores. Como si la ciencia partiera siempre de presupuestos no examinados, ni examinables. Como si cualquier examinación de esos presupuestos atentara contra la libertad de investigación, y aun contra la razón misma.

Pero hay otra forma de pensar la ciencia, y es en términos de práctica científica. La noción de práctica científica ha ido variando con el tiempo, y por eso historizar es siempre sano. En definitiva, se puede ser un defensor de los logros de la ciencia, y sin embargo situar históricamente la empresa científica. No considerar a la ciencia como una abstracción, sino como un conjunto de acciones que pueden ser valoradas.

LA NUEVA VÍA LÁCTEA

Publicado en General el 1 de Marzo, 2009, 2:52 por feyerabend

La Nueva...

“La galaxia no es otra cosa que congregados de innumerables estrellas distribuidas en cúmulos.” Galileo Galilei (Siderius Nuncius, 1610)

 Por Mariano Ribas

De la mano de nuevos instrumentos y nuevas técnicas, los herederos de Galileo siguieron sus pasos y se lanzaron de cabeza a la titánica faena de trazar el complejo perfil de nuestra galaxia. Su tamaño, su forma, su estructura, su masa y hasta la posición de nuestro Sistema Solar, irremediablemente perdido en ese remolino de cientos de miles de millones de estrellas.

Durante los últimos años, los astrónomos han afinado el lápiz. Y gracias a una serie de flamantes descubrimientos y mediciones muy precisas, hoy podemos celebrar el Año Internacional de la Astronomía con una Vía Láctea más grande, más elegante, más compleja y más asombrosa. Toda una nueva galaxia.

De Herschel a Hubble

Es muy difícil saber cómo es realmente la Vía Láctea. De hecho, en el cielo apenas vemos parte de su perfil. Y la razón es tan simple como inevitable: vivimos hundidos dentro de ella, inmersos en sus profundidades. Es como querer conocer la forma y el tamaño de un enorme palacio, viviendo siempre encerrados en uno de sus más insignificantes rincones. Sólo tenemos una ventana. Y desde allí podemos intentar algo. Uno de los primeros que se arriesgó a mirar un poco más allá, justamente, fue William Herschel, un “caza-cometas” aficionado a la astronomía.

Todos lo conocemos por ser el descubridor de Urano (en 1781), pero Herschel hizo muchas otras cosas. Entre ellas, y con la ayuda de su hermana Carolina, se cargó al hombro la titánica tarea de mapear, con un telescopio, la distribución de las estrellas en distintas regiones del cielo. Herschel suponía que todas las estrellas eran parecidas al Sol. al que creía en el centro de la galaxia; los Herschel armaron un crudo boceto de la Vía Láctea, que la presentaba como una suerte de lente vista de perfil, y cuyo largo era unas 5 veces mayor que su espesor. Para empezar, no estaba nada mal.

Durante el siglo XIX, el modelo “lenticular” de la Vía Láctea tuvo algunos retoques y mejoras. E incluso ciertos intentos por determinar su tamaño y su cantidad de estrellas. Pero para el siguiente hito, verdaderamente significativo, hubo que esperar hasta comienzos del siglo XX, cuando Jacobus Cornelius Kaptein se despachó con un estudio cuantitativo que, entre otras cosas, sugería que la Vía Lactea medía unos 50 mil años luz de diámetro, por unos 10 mil años luz de espesor.

Y algo nada menor: el Sol, lejos de estar en el centro, se encontraba perdido hacia la parte media de su estructura. A esta misma conclusión llegó su colega, el estadounidense Harlow Shapley, ya en la década de 1920, cuando estudió la distribución de los “cúmulos globulares” de la galaxia (enormes agrupaciones esféricas de decenas o miles de millones de estrellas).

Mientras tanto, Edwin Hubble confirmaba que el Universo estaba en expansión, que la Vía Láctea era apenas una galaxia más y que las galaxias venían en distintos tamaños y formas: elípticas, espirales e irregulares, dando pistas sobre el posible aspecto de la nuestra.

La Gran Espiral

Ya en los años ’40, el alemán Walter Baade notó que las estrellas más brillantes y calientes (las azules) solían ser más abundantes en los brazos de las galaxias espirales que había observado. Otro buen indicio. Enseguida, William Morgan tomó la posta de Baade y, junto a sus colegas del Observatorio Yerkes, se lanzó a un meticuloso mapeado de la estructura de la Vía Láctea, tomando como referencia, justamente, las distancias y la distribución de estrellas azules. Pero también la posición de las grandes regiones de formación estelar (“nebulosas de emisión”).

Al juntar las piezas, Morgan y los suyos se dieron cuenta de que, en realidad, y tal como muchos sospechaban, la Vía Láctea era una galaxia espiral (y ya no un disco uniforme, de aspecto lenticular), con un núcleo enorme y masivo, y a su alrededor algunos brazos espiralados. En 1951, Morgan presentó formalmente su nueva Vía Láctea ante la Sociedad Americana de Astronomía (www.aas.org). Y recibió una estruendosa ovación de pie.

El modelo de Morgan mostraba 3 brazos espiralados, que por entonces fueron bautizados “Perseo”, “Orión” y “Sagitario” (tomando en cuenta aproximadamente las regiones del cielo que ocupaban). No hubo mayores cambios durante las décadas siguientes: en los años ’60, ’70 y ’80, varios grupos de científicos usaron radiotelescopios para trazar la estructura de la Vía Láctea.

Y si bien llegaron a resultados diversos, la maqueta general era esencialmente la misma: una galaxia espiral, de unos 100 mil años luz de diámetro por 20 mil de espesor (en su parte central), formada por unas 200 mil millones de estrellas. ¿Y el Sistema Solar? Estábamos perdidos a casi 30 mil años luz del centro galáctico, en el brazo menor (o sub-brazo) de Orión.

2005: “la Barra”

Uno de los grandes problemas a la hora de sondear las profundidades de la Vía Láctea son sus densas nubes de gas y polvo, que se concentran especialmente hacia su núcleo. La luz visible no puede traspasar esa bruma galáctica, que actúa como verdadera muralla para los telescopios convencionales. Pero hay un truco que nos permite ver lo que la galaxia parece no querer dejarnos ver: la luz infrarroja.

Porque la luz infrarroja sí puede traspasar esas pesadas cortinas de gas y polvo. Y de esa manera, los telescopios infrarrojos ven a unas y otras. Así fue como en los años ’90, y muy especialmente a comienzos de 2000, los telescopios infrarrojos penetraron la densa y polvorienta zona central de la Vía Láctea. Y ahí vino la sorpresa.

En 2005, y con la ayuda del Telescopio Espacial Spitzer de la NASA (www.spitzer.caltech.edu/espanol), un grupo de astrónomos estadounidenses, encabezado por Robert Benjamin (Universidad de Wisconsin, en Whitewater), confirmó algo que, hasta entonces, era apenas una sospecha: la Vía Láctea no es una galaxia espiral clásica. Es una galaxia espiral barrada. Su núcleo está atravesado por una inmensa barra de unos 25 mil años luz de diámetro, formada por miles de millones de estrellas, y nubes de gas y polvo.

Una gruesa barra de cuyos extremos, sí, parten los brazos espirales. De pronto, la Vía Láctea se nos presentaba mucho más parecida a clásicas galaxias barradas, como NGC 1365 o NGC 1300. Y ya no tanto a galaxias espirales más simétricas y convencionales, como por ejemplo M74. Otro ajuste de tuercas en la descripción de su compleja morfología. Pero había más.

2008: solo 2 grandes brazos

La Vía Láctea era una espiral barrada. El cambio no era menor. Pero todavía parecía tener 4 brazos principales: el de Escudo-Centauro, el de Sagitario, el de Norma y el de Perseo (más algunos sub-brazos, como el de Orión, que incluye al Sistema Solar). Pero el año pasado, Benjamin y los suyos tomaron unas 800 mil imágenes infrarrojas de distintas zonas de la galaxia. Nunca antes se había encarado semejante mapeo galáctico. Y la cuestión es que, luego de cotejar distancias y distribuciones de todas esas estrellas, los científicos descubrieron que su cantidad aumentaba alevosamente en dirección al brazo de Escudo-Centauro, pero no en dirección a los supuestos brazos de Sagitario y de Norma, menores y menos densos.

Así, la Vía Láctea se quedó con sólo dos brazos mayores: el de Escudo-Centauro y el de Perseo. Ambos parten de los extremos de la barra central. Y tienen, por lejos, la mayor cantidad de estrellas jóvenes, azules y muy brillantes, pero también de estrellas rojas y viejas. Los demás son brazos menores, sub-brazos o simples escisiones. Sobre la base de estos nuevos datos, la NASA preparó un nuevo bosquejo de la Vía Láctea. Una mezcla de ciencia y arte que es, justamente, la ilustración que acompaña a este artículo.

2009: mas grande y masiva

Evidentemente, nuestra imagen de la Vía Láctea ha cambiado durante estos últimos años. Pero muy recientemente han llegado novedades que tienen que ver con asuntos literalmente más pesados, y ya no tanto de estructura o de silueta. Ahora también parece que la galaxia es más grande y más masiva de lo que creíamos. Tan es así que, lejos de ser la “hermana menor” de Andrómeda (una espectacular galaxia espiral de la que nos separan “apenas” casi 3 millones de años luz), resulta que la Vía Láctea sería absolutamente equiparable a su vecina.

El anuncio se hizo en enero, una vez más durante un encuentro de la Sociedad Americana de Astronomía (celebrado en Long Beach, California). Allí, el astrónomo Mark Reid (Harvard-Smithsonian Center for Astrophysics) presentó las más flamantes y directas mediciones de la masa (cantidad de materia) de la Vía Láctea jamás realizadas.

Sintéticamente, lo que hicieron Reid y sus colegas fue medir las distancias y movimientos de casi 20 regiones de la galaxia con muy intensa formación estelar (llamadas radio masers), en un radio de unos 10 mil años luz del Sistema Solar. Y para eso utilizaron una poderosa red de diez radiotelescopios: el Very Long Baseline Array (www.vlba.nrao.edu), que se extiende desde Hawai hasta Nueva Inglaterra. Con esos datos calcularon a qué velocidad se movían los masers en torno del centro de la galaxia.

Y resultó que lo hacían más rápido de lo esperado: a 270 km/segundo (en lugar de unos 240 km/segundo). ¿Conclusión? Si la galaxia (o sus partes) gira más rápido, debe ser porque toda la Vía Láctea es más masiva (más adelante se entenderá por qué lo de “toda”). Es simple: a mayor velocidad de giro, mayor debe ser la masa que debe haber entre cada región y el centro de la galaxia (que es el “eje” de giro) para evitar que esas regiones se escapen al espacio intergaláctico.

En resumen: Reid y sus colegas estimaron que la Vía Láctea tiene 3 billones de masas solares (3 millones de millones). Ni más ni menos que un 50 por ciento más de lo que se creía hasta hace muy poco. Y que su disco principal (la espiral, con la barra y los brazos) es un 15 por ciento más grande: en lugar de medir algo más de 100 mil años luz de diámetro, llega al menos a 120 mil años luz.

Pero volvamos a la terrorífica cifra de 3 billones de masas solares, porque aquí subyace una trampita: resulta que apenas el 10 por ciento de esa cifra corresponde a la galaxia visible, a la elegante espiral barrada que aquí vemos dibujada, formada por estrellas, nebulosas y cúmulos estelares. En definitiva, lo que vemos directa o indirectamente. El resto... bueno, el resto es algo literalmente oscuro.

Oscuros misterios

La galaxia pesa 3 billones de veces más que el Sol. Pero lo que vemos y medimos es 10 veces menos. El resto es la dichosa “materia oscura”, una entidad desconocida que baña todo el universo, superando holgadamente a la “materia normal”. Y que, tal como lo dice su nombre, es invisible, aunque puede detectarse por su influencia gravitatoria. En el caso de la Vía Láctea, desde hace algunas décadas los astrónomos saben que su estructura visible y espiralada está envuelta por una especie de burbuja (o “halo”) de materia oscura.

Y algo similar parece ocurrir en tantísimas otras galaxias. En todas las escalas cósmicas, la materia oscura es moneda corriente. Y otro capítulo aparte es “Sagitario A”, el súper agujero negro que domina el núcleo de la galaxia (Futuro ya se ha ocupado de este tema en 2008). Esta bestia gravitatoria pesa 4 millones de masas solares.

Lo cierto es que después de todos estos ajustes, de masa, tamaño y de materia oscura, ya no tenemos nada que envidiarle a nuestra vecina Andrómeda. Ambas galaxias son –cabeza a cabeza, y por lejos– los dos pesos pesado del “Grupo Local”, un conglomerado de 50 galaxias: nuestro barrio galáctico. “Hasta ahora pensábamos que Andrómeda era la dominante del Grupo Local, y que la Vía Láctea era su hermana menor –dice Reid–, pero parece que, en realidad, ambas son hermanas gemelas.” Vivimos en una galaxia premium. Un poco de caricias para nuestro orgullo astronómico, tan vapuleado desde los tiempos de Copérnico y Galileo.

Y a propósito: ¿qué diría Galileo de todo esto? Hoy, la humanidad está celebrando sus proezas científicas, su valentía y su honestidad intelectual. Hace cuatro siglos, Galileo perforaba el cielo y sus apariencias, telescopio en mano. Observó la Luna, las manchas del Sol, y descubrió las fases de Venus y los satélites de Júpiter. Pero también, claro, se le animó a la Vía Láctea, aquel mar de “innumerables estrellas”. Nuestra casa en el Universo. Esa isla inmensa, espiralada, barrada, elegante y súper masiva. Galileo estaría muy contento de conocerla tan bien como nosotros.