Agosto del 2009


Entrevista a George Steiner, escritor, filósofo y profesor

Publicado en General el 24 de Agosto, 2009, 5:31 por feyerabend
La república


"En los bolsillos de los que se suicidan se encuentran los libros de filósofos como Hegel o Nietzsche, o Marx,
no los de Carnap, Hempel o Kripke..."

George Steiner es la encarnación del estereotipo del judío errante, políglota y ciudadano del mundo. Personaje controvertido, considerado por algunos el hombre más culto del mundo y por otros un compendio de vacía erudición, ha escrito innumerables libros que entremezclan literatura, crítica literaria y filosofía en una singular mixtura, ejemplificada por obras como La muerte de la tragedia (1961), Después de Babel (1975), Presencias reales (1989) y Gramáticas de la creación (2001). En la presente entrevista George Steiner nos habla sobre las problemáticas que plantea la ciencia, hacia la cual, en sus obras, se trasluce un profundo interés.

¿Es verdad que Usted comenzó sus estudios universitarios en ciencias naturales?

Sí, es verdad, en la universidad de Chicago. En 1948, cuando llegué allí, a los grandes científicos les gustaba impartir los cursos introductorios; de tal suerte que tuve a dos premios Nobel, Enrico Fermi y Harold Clayton Urey, como profesores de física y química. Me hubiera gustado continuar pero, desgraciadamente, carecía del suficiente background matemático.

¿Y entonces qué hizo?

Filosofía y literatura, pero ya sabía que las mayores energías mentales de la posguerra se prodigarían en la ciencia: no sólo por los descubrimientos que habría, sino por el sentido para prever los problemas del futuro. Y así como hubiese querido conocer a pintores si me hubiese tocado vivir en la Florencia o en la Bolonia del siglo XV o XVI, también quise conocer a los científicos cuando me fui a Princeton.

¿A quiénes en particular?

A Oppenheimer, Godel, Bohr… Y naturalmente a C.N. Yang y T.D. Lee, que precisamente tenían su cubículo junto al mío. Yo era muy joven, y todo lo que podía hacer era observarlos, tratando de entender un poco de su personalidad: fue una experiencia fantástica, era como estar en contacto con los grandes príncipes.

¿Los príncipes de las ciencias no son, a veces, un poco estresantes?

El más difícil de todos era André Weil. Recuerdo que cuando llegué al instituto me presentaron a los miembros permanentes de acuerdo con la usanza. La mayor parte de ellos se limitó a estrecharme la mano, y algunos llegaron a decirme: “Mucho gusto” o “Le deseo buen trabajo”. Él, por el contrario, me increpó fríamente: “Señor, no creo que tengamos mucho que decirnos, pero me gustaría que usted supiese una cosa. Los que son muy inteligentes se dedican a la teoría de los números. Los que son bastante inteligentes trabajan la geometría algebraica. El resto no existe”. Y nunca me volvió a dirigir la palabra. Él habrá sido un gran geómetra algebraico, pero seguro no era un ser humano con el que se podía tener mucho contacto.

¿Y los otros cómo eran?

Todos muy diferentes entre sí. Von Neumann, por ejemplo, era muy afectuoso con un pequeño insulso como yo. Bohr era increíblemente gentil. ¡La primera vez que conversé con él me mostró una fotografía de sus 12 nietos, vanagloriándose de conocerlos a todos por su nombre! Luego estaba Gödel, al que muchos creían el más grande de todos: incluso más que Einstein, porque su teorema había cambiado el pensamiento humano.

¿Intentó estudiarlo?

¡Naturalmente, es necesario hacerlo, por su importancia intelectual! Hasta un outsider como yo puede entender, en parte, su significado; es decir, que lo fragmentario es inevitable y es estructural. Lo que,
entre otras cosas, es una excelente metáfora de muchas cosas, incluida la vida misma.

¿Nunca ha usado metáforas científicas en su trabajo?

A veces. Por ejemplo, ya que me siento fascinado por expresiones como “antimateria” y “materia oscura”, tomé prestadas estas cosas para escribir mi novela The Portage to San Cristobal of A. H. ("El traslado de A. H. a San Cristóbal", Barcelona, Mondadori, 1994); "ya que la antimateria destruye la materia, imaginé que Hitler era su encarnación. En la tradición judía, Dios creó el universo pronunciando una palabra secreta: ahora bien, si existe una palabra que pueda destruirlo, ésa es ‘antimateria’ o ‘antivida’ y, ciertamente, Hitler la conocía”.

¿A parte de la ciencia ficción, cuáles son, en literatura, las metáforas científicas más utilizadas?

Naturalmente, hay una enorme influencia del darwinismo, a través de los conceptos de selección natural y de sobrevivencia de los más fuertes; no sólo en literatura, sino también en la filosofía política. Luego está la gran imagen de la termodinámica, y de la degradación a través del aumento de la entropía: no sólo en la naturaleza, sino también en el hombre y en la civilización. Por ejemplo, se podría decir que hoy Europa está cansada, en el sentido exacto que la palabra tiene en neurofisiología: de cansancio muscular, con la consecuente secreción de peligrosos venenos.

¿Heidegger, sobre el cual usted escribió un libro, podría ser un producto de este cansancio?

Heidegger es un arrogante terrible, como cuando dice “la ciencia no piensa”, o “la ciencia es insustancial porque únicamente ofrece respuestas”. Son afirmaciones estúpidas e interesantes al mismo tiempo; porque tanto para él como para la metafísica, las que importan son las preguntas. Sobre todo las preguntas sin respuesta.

¿Pero acaso hoy no es precisamente la ciencia la que se está enfrentando a los problemas metafísicos que atormentaban a Heidegger?

No, porque no tiene nada que decirnos acerca del significado de la vida y de la muerte; éstas no son preguntas científicas, sino mitológicas. Yo me irrito mucho con esos científicos que, cuando les pregunto qué es lo que va a suceder un nanosegundo antes del Big Bang, me dicen que es una pregunta sin sentido.

Esto ya lo decía Agustín.

¿Y a quién le importa? ¡Si yo puedo plantear la pregunta, es porque tiene un sentido hacerla!

¿Realmente usted cree que toda pregunta es sensata?

No. Pero en Princeton me reunía a menudo con Wolfgang Pauli, un hombre maravilloso, que un día dijo una frase fantástica: "¡En matemáticas y en física existen teoremas tan estúpidos que ni siquiera están equivocados!" Si alguien me dice que no tengo el derecho de plantear una pregunta, no lo acepto: lo veo como una gran debilidad.

La filosofía analítica a menudo ha demostrado que muchas preguntas carecen de sentido.

Pero yo no le tengo una gran consideración: se asemeja demasiado al ajedrez.

A propósito del cual, usted dijo una vez: “el ajedrez podrá ser un inagotable pasatiempo, pero no sé nada más”.

Naturalmente. Aunque lo mismo se puede decir de las fugas de la música barroca, o de los teoremas de matemáticas puras: son las grandes inutilidades que produce el homo ludens, el hombre que juega. Los animales no pueden hacerlo, pero los hombres juegan con los conceptos más elevados, y la filosofía analítica es una forma muy sofisticada de juego. Pero a ningún ser humano, que se haya encontrado en un momento de angustia, de necesidad, de alegría, de enfermedad o de éxtasis le importa un bledo la filosofía analítica. ¡En los bolsillos de los que se suicidan se encuentran los libros de filósofos como Hegel o Nietzsche, o Marx, no los de Carnap, Hempel o Kripke!

¿A propósito de diferencias, qué piensa de los estilos en matemáticas un especialista como usted en literatura comparada?

Quizá hoy la computadora está cambiando las cosas, pero las matemáticas clásicas poseen, no cabe duda, una poética, y existen estilos en matemáticas al igual que en la música o en la literatura. Recuerdo que un día un matemático me dijo que si yo le mostraba un manuscrito, tenía la capacidad para poder atribuírselo a Gauss, Dedekind o Poincaré, basándose únicamente en el estilo.

Quizá se podría abrir un curso de matemáticas comparadas. ¿Pero cómo comienzan los estudios en literatura comparada?

La primera cátedra de “literatura general” fue creada en Ginebra por el italiano Sismondi, en el periodo en el que Cavour y los otros exiliados del Risorgimento se habían refugiado en Suiza: no es sorprendente, pues, que el nacimiento oficial se haya realizado en un país que es políglota. Pero la idea de la comparación de las literaturas es típicamente judía: se la inventaron los estudiosos judíos que, de otra manera, no hubieran encontrado trabajo en los tradicionales y conservadores departamentos de literatura de los países que los acogían.

Es un buen ejemplo de adaptación.

No se puede sobrevivir si no se aprende a ser huéspedes. Somos huéspedes de la vida, sin saber por qué hemos nacido. Somos huéspedes del planeta, al que le hacemos cosas horribles. Y ser huéspedes requiere dar lo mejor de sí en el lugar en el que nos encontremos, aunque uno siempre esté listo para moverse, para recomenzar, si es necesario. Creo que vivir la hospitalidad de manera ejemplar es la misión, la función, el privilegio y el arte de los judíos.

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*Pier Giorgio Odifreddi (1950), matemático, ensayista y divulgador científico, ha escrito obras sobre filosofía, teología, política e historia de la ciencia. (Traducción de MTM, revisión de NGV)


http://ricerca.repubblica.it/repubblica/archivio/repubblica/2009/07/22/quando-studiavo-con-enrico-fermi.html


Entrevista a George Steiner, escritor, filósofo y profesor
"Cuando estudiaba física con Enrico Fermi"

Giorgio Odifreddi

ULTIMAS TARDES EN LINDAU: CONVERSACIONES CON UN PREMIO NOBEL

Publicado en General el 5 de Agosto, 2009, 7:04 por feyerabend
ULTIMAS TARDES EN LINDAU: CONVERSACIONES CON UN PREMIO NOBEL

Finalmente, aparece el doctor Kroto

Lindau, Alemania, frente al lago Constanza. Súper encuentro de la ciencia: la 59ª edición del congreso anual que reúne a la plana mayor, en este caso a premios Nobel de Química, con los aspirantes a científicos de primera, venidos de todas partes del mundo.

 Por Leonardo Moledo

Desde Lindau

Después de su horrible fracaso, el jinete pulula entre los 23 premios Nobel y los 600 jóvenes investigadores que se han concentrado en Lindau para hablar, discutir, escuchar conferencias de los grandes “Nobles” de la Academia de hoy. Pero al jinete no le interesan las conferencias, ni los investigadores, ni siquiera los premios Nobel. Al jinete lo acosa una única duda científica, una sola pulsión: ¿dónde está el doctor Harold Kroto, Premio Nobel de Química 1996, por su descubrimiento de los compuestos de carbono llamados fullerenos? Se sienta en un banco situado en el paseo que bordea el lago Constanza, a rumiar su desgracia. Frente a él, un pequeño embarcadero donde se menean algunos barquitos de vela que le recuerdan prodigiosa e irrespetuosamente al Tigre.

Y de repente... Dos camarógrafos toman posición frente a él..., iluminan, prueban, y al segundo un Premio Nobel elegante se sitúa frente a ellos. ¿Pero acaso no se trata del doctor Kroto? ¡Por supuesto! ¡Claro que es el doctor Kroto¡ El jinete derriba a los camarógrafos, que caen al suelo desangrándose, destruye los micrófonos y las cámaras y arroja los restos al lago, acorrala al doctor Kroto contra la pared y le empieza a preguntar. Sin preámbulos. Y el doctor Kroto, atemorizado a pesar de ser un Premio Nobel, contesta.

–Hay mucha gente que cree que la ciencia va a salvar a la sociedad, y hay mucha gente que le tiene miedo a la ciencia y piensa que nos va a llevar a la debacle. ¿Qué cree usted?

–Bueno, es un gran problema. Creo que nadie puede negar que la expectativa de vida ha aumentado muchísimo, que la tecnología ha ayudado a hacer mejores las vidas de las personas (a través de inventos como, por ejemplo, la penicilina). El gran problema es que la tecnología actualmente es extraordinariamente poderosa y está en manos de personas que podrían destruir a la humanidad. No sé la respuesta a su pregunta, no sé si la ciencia es en sí misma buena o mala. Creo que tenemos un problema.

–Hábleme, siga hablando...

–En el pasado (tal como ahora) había entre un 1 y un 5 por ciento de la gente que tenía serios disturbios mentales. Pero la diferencia es que, cuando mataban gente, debían hacerlo de a uno por vez. El asunto es que ahora, con la tecnología nuclear, uno puede destruir una ciudad entera. Está el caso de Hiroshima, de Dresde. El problema es, entonces, que seguimos contando con ese 5 por ciento de gente con serios disturbios mentales, pero ahora tienen en sus manos armas incomparablemente más poderosas y sacan provecho de eso. No hay más que mirar al Medio Oriente para darse cuenta de eso. Hay muchos niveles en los que se utiliza la tecnología para ejercer la violencia. Y siendo tan poderosa, corremos el riesgo de destruirnos a nosotros mismos. Yo no sé si podemos determinar si la ciencia y la tecnología son en sí mismas beneficiosas o perjudiciales. Por un lado, se ha aumentado notablemente la esperanza de vida, se ha disminuido la mortalidad infantil (en el siglo XVIII morían millones de chicos antes de los 8 años). Eso es un avance claro para el bienestar de la humanidad.

–Bueno, uno podría pensar en Troya, o Cartago, y la cantidad de muertes producidas allí también es pavorosa.

–Sí, pero es diferente. Porque, como le decía, tenían que matar de a uno por vez. No existía una bomba que uno tiraba y destruía todo en un segundo. Aunque se terminó destruyendo la ciudad, demoraron más de diez años. Hoy en día, 25 personas pueden matar tranquilamente a 5000 personas. Pienso en el caso del World Trade Center. Y ni hablar de las armas nucleares. Eso es algo que en la Antigüedad no pasaba, cuando no existía la tecnología moderna. Lo increíblemente estúpido es que sigamos creando los medios para que este 5 por ciento de lunáticos destruya a la humanidad de a poco. Eso es, ciertamente, un gran inconveniente.

–¿Y qué cree que va a pasar?

–Bueno, esa no es mi especialidad, y no soy demasiado bueno prediciendo cosas. No soy más inteligente que usted.

–Gracias.

–Lo que sí puede ser es que tenga un poco más de conocimiento técnico y, por lo tanto, conozca mejor los riesgos de las armas nucleares. Es terriblemente peligroso que estas tecnologías estén en manos de personas que no se caracterizan en absoluto por ser cuidadosas. El problema es que ahora estamos siendo llevados a la aplicación de tecnologías en una escala muy grande, pero no sabemos a dónde nos va a llevar esa aplicación. El ejemplo es el DDT, el arma más efectiva y poderosa contra la malaria que tenemos, que terminó provocando muchas muertes. ¿Qué pasará? Creo que es posible que de acá a 40 años naciones lunáticas (entre las que se incluyen los Estados Unidos y Gran Bretaña) continúen creando armas nucleares, que seguirán estando en manos de grupos de gente muy pequeños que seguirán utilizándolas de manera muy destructiva.

–¿Y qué piensa que deben hacer los científicos?

–Bueno, son muchos los científicos que trabajan duro para lograr que los países decomisen sus armas nucleares. Pero los países no se hacen demasiado eco de eso. Hasta que las naciones nucleares como Francia, Gran Bretaña o Estados Unidos no se deshagan de sus armas nucleares, no creo que Corea o Irán se deshagan de las suyas. Pero eso no está del todo claro. ¿Por qué habría de desprenderse de sus armas Irán si EE.UU. y Gran Bretaña no lo hacen? Estos son temas socio-políticos y socio-económicos en los que yo no soy especialista.

–¿Y qué significa para usted la ciencia?

–Creo que tiene por lo menos tres aspectos.

–A ver...

–Uno es el conocimiento causal: sabemos, por ejemplo, algunos aspectos de cómo funciona el universo. El segundo es la aplicación tecnológica: ese conocimiento que adquirimos lo podemos utilizar para cosas útiles, como motores eléctricos, o automóviles. Y el tercero, el más importante, es el método que usamos para analizar la evidencia. Para mí es el único método válido de arribar a conclusiones sobre las bases de la evidencia. Creo que si no se hace eso, si no se utiliza el método científico, se recae necesariamente en errores. No quiero decir que el método científico sea infalible: también se pueden cometer errores utilizando este método. Pero si se observa bien la evidencia y se aprende a analizarla correctamente, y luego se aprende a ponerla a prueba y a ver si lo que se descubrió se corresponde con la realidad, entonces la posibilidad de error se minimiza. Para mí es una actitud que sirve para resolver cualquier problema: basarse en la evidencia, y no en lo que a uno le gustaría que fuera.

–¿La ciencia aprehende la verdad?

–Sin duda. Uno trata de conocer las cosas tal cual son, basándose en la evidencia (que es lo central). Cuando no se tiene evidencia, cualquier cosa vale y así emergen todas las visiones estúpidas de la raza humana, y uno tiene todas las religiones. Eso no significa que sean útiles o no. Pueden ser verdaderas. Pero no hay ninguna evidencia que las sostenga.

–Pero la pregunta es... la ciencia, ¿solamente construye modelos que más o menos encajan con la realidad? ¿O encuentra la verdad en un sentido más bien filosófico?

–Bueno, yo diría que no hay una verdad indiscutible, independiente de toda filosofía. Los experimentos siempre tienen razón. Uno no tiene una teoría que explica algo y luego a partir de esa teoría interpreta la realidad de tal manera que cuando algo coincida con la teoría uno sienta que está encaminado a comprender la realidad. Si hablamos, por ejemplo, de las verdades que hay en la cabeza de la gente, cada uno tiene su propia verdad particular. Se puede sentir que algo es verdad, aunque no lo sea, y de ahí que haya budistas, y católicos, y judíos, todos con sus verdades parciales. Eso no tendría por qué enfrentarlos.

–Mmmm...

–Yo lo pienso como científico: si yo descubro y publico que tal y tal cosa pasan y viene otro científico y dice que eso es mentira, no me voy a pelear con él.

–¿En serio?

–Vamos a contrastar nuestros resultados y vamos a llegar a alguna conclusión en conjunto. Esa es la causa por la que la ciencia es diferente de todo el resto de las cosas. Eso ocurre porque la ciencia es independiente de las creencias de la gente. La ciencia depende de la manera en que la ciencia es. Una teoría puede no ser lo suficientemente sofisticada, o nuestros experimentos pueden no ser lo suficientemente agudos como para determinar una verdad, pero todo eso es perfectible: las teorías se pueden refundar y refinar. Las teorías nos pueden servir para movernos hacia adelante, hasta encontrar un obstáculo que nos impide movernos y entonces tenemos que refinarlas. De todos modos, toda teoría es una buena aproximación a una teoría más precisa. Esos son aspectos de lo que la ciencia es. Pero al fin de cuentas, la ciencia es un método de análisis o de estudio de problemas que van más allá de las aplicaciones que se puedan hacer. Es una manera de enfrentarse al mundo y de mirarlo y de cuestionarlo y de acercarse a la verdad universal, que, por definición, tiene que ser completamente independiente de los hombres particulares. Con las teorías podemos aproximarnos muy bien a esa verdad, aunque tal vez no se pueda aprehender en su totalidad. Pero dígame (señalando a los camarógrafos que se desangran en el suelo)... ¿no habría que ayudar a estos hombres?

El jinete ni le contesta y se marcha satisfecho. El reguero de sangre cruza el asfalto del paseo, y se derrama en el lago, justo en el medio del embarcadero, tan prodigioso e impertinentemente parecido al Tigre.

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