Diciembre del 2009


HARALD ZUR HAUSEN, PREMIO NOBEL DE MEDICINA 2008 POR SUS INVESTIGACIONES EN CANCER

Publicado en General el 21 de Diciembre, 2009, 5:47 por feyerabend
HARALD ZUR HAUSEN, PREMIO NOBEL DE MEDICINA 2008 POR SUS INVESTIGACIONES EN CANCER

“Habría que vacunar a los niños varones también”

El alemán Harald Zur Hausen es virólogo. Por descubrir la relación entre virus y cáncer –en el caso del HPV y el cáncer de cuello de útero– recibió el Premio Nobel de Medicina. Indicó a Página/12 que una campaña de vacunación a nivel mundial evitaría la mayoría de estas infecciones.

 Por Marcelo Rodríguez

–¿A qué se dedica hoy?

–Trabajo en el Centro Nacional de Investigación del Cáncer de la Universidad de Heidelberg, el más importante de Alemania, del que durante veinte años fui director; desde hace seis estoy felizmente jubilado, pero continúo trabajando allí.

–¿Cuál cree usted que es la relevancia social del descubrimiento por el cual le han dado el Nobel?

–Bueno, creo que el reconocimiento tiene que ver con el trabajo sobre el papilomavirus y los cánceres cervicales, y que resultó eventualmente en el desarrollo de una vacuna para prevenir estos tipos de cáncer. El cáncer de cuello de útero es el segundo más frecuente a nivel mundial entre las mujeres y por tales motivos estamos deseosos de poder prevenirlos en toda la población mundial.

–¿Qué se sabía sobre relaciones entre virus y cáncer cuando usted comenzó a investigar este tema?

–Cuando comencé en 1962 no era posible relacionar ningún agente infeccioso conocido con el cáncer humano. En 1985 se detecta por microscopía electrónica el primero de estos agentes en un tumor, el virus de Epstein-Barr. Tuve la oportunidad desde 1966 de trabajar yo mismo en este tema durante muchos años y pudimos demostrar presencia de material genómico de este virus en células de linfomas, en tumores de niños del Africa y en células de carcinoma nasofaríngeo.

–¿Se han podido desarrollar vacunas a partir de ese descubrimiento?

–Lamentablemente aún no existen vacunas disponibles para el control del Epstein-Barr, aunque algunas compañías están trabajando en el tema. El problema con este virus es que se ha diseminado por todo tipo de poblaciones, e incluso nosotros podríamos excretarlo en nuestra saliva, es ubicuo y fácilmente transmisible. Pero en la mayoría de los casos no produce síntomas, y esto impidió que muchas compañías pusieran el debido énfasis en el desarrollo de vacunas. Ocasionalmente causa mononucleosis infecciosas. La acción tumoral de este virus es poco común pero ocurre principalmente en pacientes inmunosuprimidos y en regiones específicas del mundo. Todavía no podemos comprender por qué los linfomas Burkitt por Epstein-Barr ocurren predominantemente en el Africa ecuatorial, y por qué el carcinoma nasofaríngeo se limita principalmente al sur de China y al área del Sudeste asiático.

–¿Y por qué son importantes las vacunas contra el HPV?

–Los papilomavirus están ampliamente diseminados alrededor del mundo, y calculamos que la mayoría de la población mundial está en alto riesgo de adquirir los papilomavirus que causan cánceres cervicales. De hecho, las mujeres tienen un 50, 70 u 80 por ciento de riesgo de ser infectadas durante su edad sexualmente activa. A pesar de eso sólo 1,1 por ciento van a desarrollar cáncer cervical con el tiempo, o al menos éstas son las cifras obtenidas en Alemania. Las lesiones menores serán detectadas por Papanicolaou y extirpadas por el ginecólogo, y si tempranamente se detecta cáncer, hay excelentes chances de curarlo. Pero a nivel mundial tenemos alrededor de 500.000 casos de cáncer cervical y por esto unas 250.000 personas mueren, la mayoría en el mundo en vías de desarrollo.

–También se habla de una relación entre HPV y cáncer bucal.

–Sí, existe una relación, y entre un tercio y un cuarto de los cánceres orofaríngeos están asociados a este tipo de virus. Existe evidencia de que estos virus causan estos tipos de cáncer, y de que están presentes en el cáncer de amígdalas y en cáncer anal, y en un 30 a 50 por ciento de los cánceres de pene y de vulva.

–¿Y eso es importante epidemiológicamente?

–Sí, claramente, porque se relaciona con la vacunación. Sería conveniente vacunar a los niños varones también, por varias razones: el cáncer orofaríngeo y el anal ocurren más frecuentemente en varones que en mujeres. Además las verrugas genitales –condilomas– aparecen en ambos sexos con relativa frecuencia, son extremadamente desagradables y recidivan bastante. Es totalmente posible erradicar estas infecciones con una vacunación a nivel mundial. Y debiera ser obligatorio vacunar a los niños varones también. Creo que es una cuestión de solidaridad de género, porque los hombres transmiten el virus a las mujeres y viceversa, pero sucede más comúnmente de hombre a mujer. O sea que para proteger al otro género la vacunación es muy importante.

–Se han leído algunas críticas suyas sobre el costo de las vacunas.

–Sí, porque la vacuna en la actualidad es demasiado cara. Desconozco su precio en la Argentina, pero en Alemania pagamos 465 euros por las tres inyecciones. En Estados Unidos, aproximadamente 365 dólares. Algunos gobiernos han sabido negociar un precio más bajo, pero los alemanes no somos hábiles para negociar (risas). Las compañías trataron de darme explicaciones por estos altos costos, pero no me han logrado convencer. Creo que los precios se van a reducir en el futuro porque habrá compañías en países como India y China que desarrollarán vacunas que contengan aún más variedad de tipos. India está produciendo una vacuna octovalente –contra ocho serotipos del virus– y otra compañía está trabajando en la producción de una vacuna nonavalente. Creo que la competencia va a aumentar en los próximos años y esto va a bajar costos considerablemente. Para el mundo en vías de desarrollo el cáncer de mama es más importante (que los causados por HPV).

–¿Es posible cubrir con una sola vacuna todos los tipos de virus que causan cáncer?

–En teoría sí, pero en la práctica no, hasta ahora. Varios grupos están trabajando en lo que se llama “vacunas de grupo específico”. Todos los virus que infectan el tracto genito-anal que pertenecen a los mismos subgrupos del HPV estarían cubiertos por este tipo de vacuna. El problema es que los niveles o títulos de anticuerpos que proveen son relativamente bajos y necesitamos más investigación para mejorar esta condición, pero creo que en el futuro sí será posible.

–¿Cuánto demorará?

–No podemos predecirlo. Depende de las pruebas clínicas, ojalá que un par de años. Veremos.

–¿Cómo piensa que influye la industria farmacéutica en la investigación científica?

–Quizá no tanto respecto de la dirección de la investigación, pero indudablemente sí en la aplicación de la información que resulta de la investigación. Por ejemplo, este tipo de vacunas no hubieran podido ser desarrolladas sin las compañías farmacéuticas. Es obligatorio que lo hagan, incluso con un respaldo financiero razonable. De modo que en ese sentido existe mucha influencia. Por supuesto que la industria farmacéutica puede influir en la investigación haciendo que ésta responda a las requisitorias relacionadas con su propia actividad. Sin embargo, debo decir que nunca he sido presionado por la industria farmacéutica.

–¿Y qué piensa de la importancia social de la ciencia?

–Es mi opinión, la ciencia es muy importante para la sociedad, es una de las fuerzas que movilizan su de-sarrollo. Es cierto que necesitamos que se conduzca una investigación básica, pero también que se vuelquen estos resultados de la investigación a la aplicación práctica. No creo que un país deba confiarse únicamente a que (sus científicos) interpreten la información, sino que debieran realizar ellos mismos por lo menos algún tipo de investigación básica.

–¿Cómo nivelar este problema entre países pobres y ricos?

–Es una pregunta difícil. Los países donde se hace investigación invierten mucha plata y pueden hacerlo fácilmente. Igualmente creo que se debe alentar a los países en desarrollo a realizar investigación básica. Algunos dicen que esto ya no va a ser posible, pero yo insisto en que hay que intentarlo, aunque sea en forma limitada, porque ésta sería una forma de lograr algún desarrollo y liderazgo en áreas específicas, y la correspondiente aplicación en esas áreas para el beneficio humano.

–¿Qué ha cambiado para usted después del Premio Nobel?

–Es una pregunta interesante, porque inicialmente cuando los periodistas me lo preguntaron yo decía que inmediatamente iba a volver a mi actividad normal. Pero no es verdad, porque en realidad recibo diariamente grandes pilas de correo, pedidos para colaborar en publicaciones y un montón de cosas que ya no puedo hacer más. De todos modos la vida sigue siendo todavía agradable y estoy trabajando duro en un nuevo proyecto de investigación que hemos desarrollado recientemente.

–¿Y de qué se trata?

–Trabajamos en otros cánceres porque creemos que existe evidencia epidemiológica de que pueden estar implicadas infecciones, en particular en el cáncer colorrectal, el de mama, el pancreático y el pulmonar en personas no fumadoras. Dado que son cánceres muy comunes, pensamos que si esta especulación resulta cierta tendrá mucha importancia en la prevención y el diagnóstico temprano. Ese es nuestro tema actual.

–Sólo faltaría el de próstata y estaríamos hablando de la mayoría de los cánceres comunes.

–En el cáncer prostático es difícil de diagnosticar, porque se trata de un retrovirus que no se ajusta a los mismos modelos epidemiológicos. Buscamos con criterio epidemiológico porque estos cánceres son interesantes para infectólogos, como yo mismo. El cáncer colorrectal, por ejemplo, ha aumentado su incidencia en países donde se consume mucha carne roja, como en Argentina. El riesgo de adquirirlo ha aumentado entre 20 y 40 por ciento tras el consumo de carne vacuna, porcina y de cordero.

–Pero se habla de la carne asada como factor de riesgo, ¿qué lógica tendría eso?

–Creemos que aparecen factores químicos cancerígenos en el proceso de cocción –asar y freír–. Estos factores también han inducido cáncer en roedores (de laboratorio). Como la carne de ave no produce este riesgo, necesitamos una explicación, y nuestra especulación es que en la infección existen algunos agentes resistentes que sobreviven a los procesos de cocción. Y de hecho así es, ya que existe un grupo de virus que resisten 80° C por un período prolongado. Nuestra sospecha es que la interacción entre el virus latente y estos factores químicos favorece el aumento de este riesgo en el desarrollo de este tipo de cánceres, y estamos trabajando en eso con vacas y ganado.

–¿Es el cáncer una sola enfermedad?

–Hay muchos tipos de etiologías en cáncer, y por lo tanto en mi opinión nunca habrá una única cura para el cáncer. Tendremos que ir allanando el camino con el estudio de los cánceres individuales

El Cielo de Galileo

Publicado en General el 20 de Diciembre, 2009, 16:48 por feyerabend

El Cielo de Galileo

 Por Mariano Ribas

Así a cuatrocientos años de la primera observación de Galileo se proclamó este año como “El año internacional de la astronomía”, que Futuro siguió calurosamente a través de los generosos artículos de Mariano Ribas. Y ahora, que el año se aproxima a su final, es justo dedicarle una gran nota al gran protagonista de esa gran epopeya que dio en llamarse la revolución científica, fuente, punto de partida y caudal de la ciencia moderna.
Escuchémoslo, pues, a Mariano.

L. M.

Y de pronto, nuestra idea del universo cambió para siempre: en diciembre de 1609, hace exactamente cuatro siglos, Galileo Galilei comenzó a perforar el cielo con un rudimentario telescopio, que él mismo había fabricado. Y sumergido en una rara mezcla de asombro, vértigo, desconcierto y felicidad, emprendió un viaje iniciático que lo condujo a una ráfaga de sorprendentes descubrimientos astronómicos. La Luna tenía cráteres y montañas, Júpiter estaba rodeado por satélites, Venus mostraba fases cambiantes, el Sol estaba manchado y la Vía Láctea dejaba de ser una franja difusa y fantasmal para convertirse en un río de estrellas imposibles de contar. Asombrosas revelaciones que no sólo lo desbordaron, sino que, por sus implicancias, lo llevaron a desafiar, con tozudez y valentía, viejos saberes que muy pocos habían desafiado. Con la razón, la ciencia, y el telescopio, Galileo destruyó el hasta entonces intocable universo de Aristóteles y Ptolomeo. Y dio nacimiento a la astronomía moderna. A toda una nueva imagen del cosmos.

En este 2009 que ya está entrando en su crepúsculo, y por una acertadísima decisión de la Unesco, la humanidad toda celebró el Año Internacional de la Astronomía. Justamente, por cumplirse 400 años de las primeras observaciones telescópicas de Galileo. En todas partes de la Tierra, observatorios, planetarios, e instituciones afines –profesionales y amateurs– redoblaron la apuesta hacia la divulgación astronómica. Sólo por nombrar los casos más resonantes, eventos mundiales como “100 horas de astronomía” (abril) y las “Noches galileanas” (octubre) convocaron multitudes junto a incontables telescopios desparramados en cada rincón del planeta (aquí nomás, en el Planetario de Buenos Aires, y con motivo del segundo evento, 1200 personas observaron a Júpiter y a la Luna en las noches del 22 y 24 de octubre, un caso que fue destacado por la revista especializada Sky & Telescope).

A lo largo de todo este año, Futuro también se ha hecho eco de la celebración, con muchos artículos especiales. Y por supuesto, ahora, que el aniversario es exacto, qué mejor que volver el tiempo atrás y, junto a Galileo, rememorar sus primeras y temerarias aventuras telescópicas. Las que cambiaron nuestra forma de ver y de pensar al universo.

DIBUJOS DE LAS FASES DE VENUS Y OTROS PLANETAS HECHOS POR GALILEO.

La Luna y el telescopio

Todo comenzó con la Luna. Y con el telescopio, claro. En realidad, Galileo Galilei no inventó el telescopio, pero sí perfeccionó aquel invento cuyo origen es sumamente difícil de precisar. La historia tradicional sitúa el nacimiento formal del telescopio en Holanda, en 1608, y a manos del óptico Hans Lippershey. Sin embargo, hay buenas razones para creer que hacia 1580 ya había toscos catalejos de unos pocos aumentos en Inglaterra y en España. Pero ésta no es la historia del telescopio, sino de lo que Galileo hizo con el telescopio.

Y lo primero que hizo, fue mejorarlo. Apenas se enteró de la novedad holandesa, a mediados de 1609, tomó la idea y se puso a fabricar uno. El primero de los casi cien que construyó a lo largo de su vida. Tenía apenas tres aumentos, y al igual que los demás, era un telescopio refractor que utilizaba un par de lentes de 2 a 3 centímetros de diámetro, una frontal (objetivo) y una lente ocular. Luego vino uno de 8 aumentos, que Galileo orgullosamente presentó ante el senado de Venecia en agosto. Ya para noviembre, el respetado profesor de matemáticas de la Universidad de Padua se despachó con un “poderoso” instrumento de 20 aumentos. Y durante la primera quincena de diciembre de 1609, justamente en Padua, Galileo se le animó a la Luna con aquel prometedor instrumento. Y quedó muy impresionado. En una carta a un amigo, unas semanas más tarde, escribió: “Evidentemente, la Luna no es suave y regular en su superficie, como muchos creían, sino, por el contrario, rugosa y desigual (...) está llena de prominencias y cavidades”.

Galileo vio cráteres, cordilleras, valles, fisuras y grandes llanuras grises. Paisajes. Todo un mundo nuevo a sus ojos. Un mundo que en cierto modo le recordaba a la Tierra. Y ese fue un momento de profundo conflicto intelectual para el padre de la astronomía moderna: desde los tiempos de Aristóteles, toda persona educada sabía –o repetía– que la naturaleza de los astros era completamente distinta a la de la Tierra. Se creía que los cuerpos celestes estaban hechos de éter, una sustancia pura, perfecta e incorruptible. Que eran suaves y perfectos. Y no irregulares y cambiantes, como las cosas terrestres (que estaban hechas de la mezcla de los cuatro “elementos” clásicos). En ese marco, la Luna era vista como una esfera lisa y pura, como una bola de cristal (más allá de sus manchas, que fueron justificadas de una u otra manera).

Pero el telescopio mostraba otra cosa: Galileo se topó, de pronto, con la brutal realidad. Tan es así, que para descartar toda duda, y hasta posibles alucinaciones, observó las cambiantes fases de la Luna durante un mes seguido. Miraba y dibujaba. Pacientemente. Y prestaba especial atención al terminador, la línea divisoria que marcaba la frontera entre el día y la noche en la Luna. Era allí donde todos los accidentes lunares cobraban relieve, profundidad y dramatismo. Y era allí donde se recortaban, en juegos de luces y sombras, las montañas de la Luna, cuya altura llegó a estimar (correctamente) en miles de metros, utilizando geometría simple. Observar, y fundamentalmente dar a conocer la imperfecta naturaleza de la Luna, fue el primer golpe de Galileo a viejas y veneradas doctrinas que nadie se había animado a discutir. Y vinieron muchos más

DIBUJOS DE JUPITER Y SUS LUNAS DE 1610.

Las lunas de Jupiter

El 7 de enero de 1610, apenas unas semanas después de sus primeras observaciones de la Luna, Galileo apuntó su telescopio hacia Júpiter. Y si bien no pudo reconocer detalle alguno en el disco del planeta (por las propias limitaciones del instrumento), sí llegó a ver algo por demás inesperado: a un lado de Júpiter, había tres “estrellas” alineadas. La noche siguiente habían cambiado de lugar. Y más tarde apareció una cuarta. Lo curioso era que siempre acompañaban al planeta, mientras variaban sus posiciones relativas. Galileo se dio cuenta que no estaba viendo simples estrellas, sino algo mucho más significativo: lunas. Satélites que revoloteaban en torno a Júpiter.

Poco importa, quizás, que al principio Galileo bautizara a las lunas de Júpiter como “astros Mediceos” (en honor a sus mecenas, la familia de Medici), o que se refiriera a ellos como “I, II, III y IV”. Lo verdaderamente importante, lo revolucionario, era que esos cuatro nuevos astros daban vueltas en torno a otra cosa que no era la Tierra. O dicho de otro modo: nuestro mundo no era el único centro natural del movimiento cósmico. Otro mazazo a la cosmología aristotélica, según la cual, todo cuerpo celeste, debía girar en torno a la Tierra.

El descubrimiento de las 4 lunas de Júpiter (que mucho más tarde recibieron los nombres de Io, Europa, Ganímedes y Calisto) fue quizás el más importante trofeo astronómico de Galileo. Y dadas sus implicancias, causó tal estupor, que filósofos, religiosos, y hasta astrónomos, se negaron a aceptarlo. Con calma y grandeza, Galileo simplemente les ofrecía su telescopio para que vieran esa realidad que tanto les costaba ver.

DIBUJOS DE LA LUNA.

El gran divulgador

Es cierto: parece que un tal Thomas Harriot, astrónomo británico, se le adelantó unos pocos meses en la observación telescópica de la Luna. Sin mayores repercusiones. Y hasta es posible –aunque mucho más discutible– que el alemán Simon Marius haya visto los satélites de Júpiter unas semanas antes. Pero lo que hizo grande a Galileo (entre otras tantas cosas, por supuesto) fue que contó lo que vio. Contó lo que descubrió. Y lo hizo muy bien. Fue un gran divulgador de la ciencia: el 12 de marzo de 1610, publicó en Venecia su célebre Siderius Nuncius (“El Mensajero de los astros”), una preciosa pieza de divulgación científica, clara, amena, entretenida y entendible, donde dio cuenta de sus primeros descubrimientos. Allí, además de hablar del relieve lunar y las lunas jovianas, el también óptico, músico y pintor italiano dio cuenta de otra de sus mayores revelaciones telescópicas: “la Vía Láctea no es otra cosa que congregados de innumerables estrellas distribuidas en cúmulos”.

Aquella franja enorme y difusa, aquel pálido puente celestial que cruzaba el cielo de horizonte a horizonte, se reveló ante el ojo escrutador de Galileo como un mar de puntos de luz. Miles, millones de estrellas tan apretujadas, que a simple vista parecían nubes y manchones borrosos. Y también, mezcladas entre ellas, auténticas nubes cósmicas (las nebulosas). Más aún: Galileo notó que el tamaño de las estrellas no variaba con el uso del telescopio, a diferencia de los planetas. Y entonces, las sospechó extremadamente lejanas. Años más tarde, en otros escritos, hasta se animó a pensarlas como otros soles, que estaban cientos o miles de veces más lejos que nuestro Sol. Se quedó corto, pero poco importa.

TELESCOPIO DE GALILEO.

Fases de Venus

Antes de seguir, hay que recalcar algo que agiganta todos los logros de Galileo: sus mejores instrumentos eran apenas comparables a un telescopio de juguete o un muy mediocre binocular de hoy en día. No sólo por su poca potencia (20 a 30 aumentos en el mejor de los casos), sino especialmente por sus graves aberraciones ópticas (aureolas de colores y baja resolución), su mínimo campo visual (que hacía dificilísimo ubicar los astros) y su muy frágil estabilidad.

Y bien, con todas esas limitaciones, Galileo siguió con su marcha triunfal de revelaciones: durante los últimos meses de 1610, se ocupó de Venus. Y vio que el planeta literalmente se transformaba ante sus ojos. Tenía fases, como la Luna, aunque siguiendo un ciclo mucho más largo, y variando de tamaño. ¿Curioso? Sin dudas. Pero el descubrimiento del particular ciclo de fases de Venus fue mucho más que una curiosidad. Era una confirmación rotunda al Modelo Heliocétrico del gran Copérnico: lo que Galileo vio entre fines de 1610 y principios de 1611 sólo podía explicarse con una geometría astronómica en la que el Sol ocupaba el centro, y Venus y la Tierra orbitaban a su alrededor (en ese orden). El otrora intocable modelo geocéntrico de Aristóteles y Ptolomeo estaba herido de muerte.

Saturno y el Sol manchado

Con la ayuda de su tosco telescopio refractor de 20 aumentos, Galileo casi, casi descubrió los anillos de Saturno. El 30 de julio de 1610, en una carta a la familia Medici, escribió: “Descubrí otra muy extraña maravilla (...) Saturno no es una sola estrella sino un conjunto de tres, que casi se tocan uno con otro”. Pensó que Saturno estaba acompañado por dos satélites, cosa nada rara teniendo en cuenta lo que muy poco tiempo antes había observado en Júpiter. Pero para su asombro, dos años más tarde, vio que ambos habían desaparecido, en lo que calificó como “un caso sorprendente”. Tan sorprendente como lo que vio en 1616: “los dos compañeros (de Saturno) ya no son pequeños globos (...) son dos medias elipses”. Sí, le faltó muy poco: el desorientado Galileo estaba viendo, sin saberlo, los cambiantes aspectos de los anillos de Saturno, que al quedar de perfil (en 1612) habían “desaparecido” (el descubrimiento formal de los anillos quedó en manos de Christiaan Huygens, casi medio siglo después).

Galileo le faltó el respeto a la aburrida e inmaculada Luna aristotélica y escolástica. Y también al Sol: si bien no las descubrió, fue uno de los primeros científicos europeos que observó las manchas solares en detalle (el mérito es compartido con Thomas Harriot, David Fabricius y Christoph Scheiner). Los chinos las habían visto a ojo desnudo mil o dos mil años antes. Pero utilizando la técnica de “proyección”, Galileo las vio en detalle. Vio cómo esas manchas cambiaban de forma y tamaño a medida que cruzaban el disco solar, a lo largo de semanas. Y le sirvieron para demostrar que el Sol no sólo era otro cuerpo natural, y no una bola perfecta, sino que también giraba sobre sí mismo. Rotaba. El Sol manchado de Galileo era mucho más interesante que el limpio y perfecto Sol de Aristóteles. Era un Sol vivo y cambiante (Galileo no lo supo, pero las manchas solares son regiones más frías del Sol, asociadas a poderosos campos magnéticos).

Los cráteres y las montañas de la Luna. Los satélites de Júpiter y las fases de Venus. La estructura estelar de la Vía Láctea y las manchas del Sol. La entrada triunfal del heliocentrismo y el ocaso del universo clásico. Hace justo cuatro siglos, un terco profesor de matemáticas, devenido en astrónomo imbatible, levantaba su mirada hacia el cielo con un aliado poderoso. Y se animaba a desafiar pesadas herencias y saberes hasta entonces intocables. Una osadía que hacia el final de su vida le costó la burla de muchos de sus contemporáneos, y el pesado castigo de la Inquisición, que lo condenó al arresto domiciliario, allí, en la pequeña villa de Arcetri.

En 2009, la humanidad toda celebró el Año Internacional de la Astronomía. La gran fiesta del Universo ganó las calles, los observatorios, los planetarios, los parques, las terrazas, y por qué no, los diarios. Millones y millones de personas miraron y pensaron el universo como nunca antes había sucedido. Y recordaron la figura y el legado del gigante que nos abrió los ojos. Hace 400 años. Galileo.